por Natsuki

Capitulo 9: ¡Sorpresa!

Karel no se movió en toda la mañana de su despacho. No fue a almorzar y apenas probó el emparedado de atún que Mongan le trajo con una coca-cola fría.
Puso al día todo el trabajo acumulado y preparó la reunión del lunes. Cuando quiso darse cuenta eran ya más de las siete.
Mongan se había marchado hacia horas; los sábados solía irse pronto para descansar un poco antes de su salida nocturna, y en la oficina apenas quedaba personal.
El publicista lo prefería. Se alegraba de poder irse seguro de que nadie le saldría al paso con la morbosa pregunta de qué se sentía al ingerir ostras en mal estado. Durante todo el día se había producido un ir y venir de compañeros interesados por su salud. Mentir le resultaba incomodo, y no había podido evitar ser en más de una ocasión descortés con aquellos que se preocupaban por él.
Después de ordenar su mesa se colocó el abrigo, se aseguró que la bufanda continuaba bien cerrada con doble nudo y salió apagando las luces. Al bajar las escaleras vio que aun había una persona trabajando.
Laurent Dench se hallaba junto a una mesa con el auricular del teléfono en la oreja. Tenia los canosos cabellos revueltos y una expresión crispada en su arrugado rostro. No llevaba chaqueta y los faldones de su camisa celeste le asomaban por encima del pantalón. La mano que sujetaba el auricular temblaba mientras que la otra trataba de encender un cigarrillo que colgaba de la comisura de su boca.
Karel no pudo evitar sentir una punzada de lastima al pasar junto a él.
Era la viva imagen de un hombre desesperado que veía como años de fructífera carrera se iban por el desagüe. Le oyó renegar e insultar a la persona que estaba al otro lado del hilo telefónico. Aquel parecía ser un último intento por localizar el modelo ideal para la KL, aunque era evidente que no estaba dando buenos resultados.
Apretó el paso y se apresuró a salir de las oficinas. Lo último que deseaba aquel día era tener que consolar a un compañero al borde del fracaso.

* * *

  1. Vivió el resto del fin de semana como un autentico eremita.
    No quiso salir cuando Morgan lo telefoneó e insistió en ir a recogerlo para tomar unas copas, ni permitió que este cambiara sus planes para acercarse y ver una película juntos mientras cenaban comida china. El domingo ni siquiera descolgó el teléfono cuando sus compañeros de básquet lo llamaron insistentemente, preocupados por su ausencia en el partido que puntualmente jugaban todas las semanas. Atrincherado en su apartamento se dedico a leer y ver la televisión, aunque sin lograr concentrarse en una u otra cosa.
    Gran parte del tiempo la pasó tratando de convencerse de que la depresión que comenzaba a instalarse en su vida era fruto de la ruptura con Maddy y no de su encuentro con Noel, un suceso aislado que deseaba dejar atrás y bien enterrado. Pero la rabia que sentía contra el modelo le hacía difícil olvidarlo por completo.
    En varias ocasiones estuvo apunto de telefonear a la joven, pero la idea terminaba diluyéndose sin dejar a tras ningún remordimiento.
    El lunes por la mañana acudió a la oficina con las fuerzas renovadas.
    El trabajo siempre había logrado aislarlo de los problemas y en aquella ocasión no fue una excepción. Afrontó la reunión con los representantes de Victoria’s Secret con el dinamismo y el entusiasmo que le caracterizaba y durante un tiempo casi mágico creyó que todo lo ocurrido desde el jueves había sido un mal sueño.
    Pero el encanto se rompió cuando uno de los enviados de Secret preguntó de pasada y sin aparente mala fe, si el apretado nudo de la bufanda que lucia no le estaba cortando el resuello.
    Al día siguiente optó por acudir al trabajo sin bufanda, aunque con el cuello de la camisa bien alto, la corbata fuertemente anudada y la cabeza hundida entre los hombros.
    Paso la mayor parte del día en el piso treinta y tres, donde se hallaba el estudio, supervisando el reportaje fotográfico de otra de las campañas de su cartera. Durante horas observó con mirada critica el ir y venir de un puñado de modelos ataviados como supuestos espermatozoides y soportó las continuas quejas del fotógrafo que protestaba por la falta de veracidad en el conjunto. Al final de la jornada había una treintena de pruebas fotográficas sobre su mesa para la campaña del ayuntamiento en prevención de los embarazos no deseado.
    Morgan entró cuando ya tenía escogida cuatro de ellas para los primeros carteles promociónales.
    -Te invito a un café –propuso sonriéndole amigablemente.
    Karel comprobó la hora en la pantalla de su ordenador.
    -Casi son las seis...
    -Por eso, nos tomamos un café rápido y luego a casa. O si lo prefieres podemos cenar fuera –añadió sentándose en la mesa de un salto.
    El publicista señaló la cafetera junto a la ventana sin apartar la vista de las pruebas.
    -Sírvete tu mismo.
    -No, hombre –protestó-. ¿Es que esa corbata tan ceñida esta deteniendo el riego sanguíneo a tu cerebro? Tu café es una mierda.
    Karel no replicó. El comentario sobre la corbata se lo había oído a su amigo demasiadas veces a lo largo del día como para que aun continuara afectándole.
    -Bajemos al Café Jamaica –Morgan se inclinó para poder mirarle directamente a la cara-. Buena música, buen café y a lo mejor tenemos suerte y ligamos.
    Como no obtuvo respuesta posó la mano sobre las fotos y sonrío.
    -No aceptare una negativa.
    El publicista dejó escapar un suspiro resignado.
    -De acuerdo, pero algo rápido. Aun tengo que escoger las fotos para los folletos.
    Morgan consulto su reloj, sujetó la corbata de Karel y tiró de ella con firmeza.
    -Será un visto y no visto, te lo prometo.

* * *

El centro comercial estaba, como de costumbre, atestado.
Llegar hasta la entrada del café resultó igual que una prueba de obstáculos en la que Morgan demostró ser un autentico experto. En cambio Karel quedó atrapado en varias ocasiones por la muchedumbre que deambulaba arrastrando enormes bolsas con llamativos logotipos y que hacían planes para seguir gastando dinero.
Al entrar en el Café Jamaica tras su amigo se detuvo en seco. Aquel era el lugar donde viera por primera vez a Noel y también donde él y Maddy habían compartido su último momento feliz. No le resultaba extraño sentirse incomodo, lo que le sorprendía era haber pensado antes en el modelo que en su ex – novia.
Su amigo le hizo señas desde un hueco entre la nutrida clientela que se amontonaba en el mostrador.
Una de las camareras vestidas con su pulcro delantal y sujetando una libreta y un lapicero, estaba tomándole nota. Al ver a Karel acercarse le sonrió con amabilidad.
-¿Lo de siempre señor Berenson?
El aludido le devolvió la sonrisa mientras asentía y se sentaba en un alto taburete de madera.
-Para mi lo mismo –pidió Morgan y aproximando el rostro al de la camarera añadió-. Servido por el ángel del lugar, por supuesto.
La chica dejó escapar una risa jocosa y golpeó con el lapicero la cabeza del hombre.
-No sea malo señor Rollins.
Morgan hizo un mohín infantil acercándose aun más a la joven.
-Un día debes dejar que te demuestre lo malo que puedo llegar a ser.
La camarera volvió a reír coqueta y antes de girarse le dedico un guiño seductor.
-Y tú un día deberías dejar de ligar con todas las mujeres con las que te topas –comentó distraído Karel
-La vida es corta y ligera de pies –replicó acodándose en la barra-. Y hay muchas mujeres que conquistar antes de terminar criando malvas.
No era la primera vez que escuchaba aquella frase en boca de su amigo. Era su excusa predilecta para no dejar pasar ni una sola oportunidad de seducir a una mujer. Iba a recordarle lo pueril que resultaba haciendo ese tipo de comentarios cuando notó que alguien le golpeaba levemente el hombro. El recuerdo de Noel entregándole la cartera acudió como una revelación a su mente, haciendo que todo su cuerpo se tensara inconscientemente. Giró la cabeza con brusquedad con un insulto preparado que no llegó al pronunciar.
-¿Maddy?
Tenía ante él a la joven, con su largo cabello cayéndole hermosamente sobre los hombros y una expresión entre asustada y compungida en sus claros ojos. Al ver la palidez de sus pecosas mejillas notó que los remordimientos le carcomían el ánimo.
-Hola Karel.
-No... no esperaba verte aquí.
Morgan carraspeo.
-Creo que he visto a una conocida –dijo con una amplia sonrisa-. Voy a saludarla.
Y sin añadir nada más se encamino hacia las puertas de doble bisagras que al fondo del local daban acceso a los aseos.
Karel se volvió hacia Maddy que continuaba frente a él pero a una distancia prudencial.
-La verdad es que desde la última vez que tu y yo estuvimos aquí no he regresado –musito la joven bajando la mirada-. No quería encontrarme contigo.
El publicista respiró con fuerza.
-Lo comprendo.
-Pero hoy sabia que estarías aquí.
-¿Sabias? –repitió frunciendo el entrecejo-. Pero si ni yo mismo...
-Morgan me dijo que haría porque bajaras a tomar café –le interrumpió.
Karel no pudo reprimir una sonrisa. De nuevo el casamentero volvía a actuar.
-Y yo necesitaba verte.
Percibió que un leve temblor recorría el cuerpo de Maddy que aun mantenía la mirada clavada en sus botas negras.
-Yo también necesitaba verte –dijo, aunque temió que su tono no había resultado muy convincente.
-Karel... –la joven levantó la vista, en sus ojos las lagrimas pugnaban por desbordarse-. No hago más que pensar en las cosas horribles que te dije, estaba furiosa y no quería atender a razones -dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas-. Yo no quería tratarte como lo hice – añadió.
Tenía las manos enrojecidas de oprimírselas y le temblaban los labios al hablar.
-Maddy, tenias razón en muchas cosas.
La joven sacudió la cabeza con fuerza mientras un hipido se le escapaba del pecho.
-¡Te he echado mucho de menos! –exclamó, y si más se lanzó a los brazos del hombre.
Karel se sorprendió y durante unos segundos no supo como reaccionar. Miró a su alrededor incomodo antes de decidirse a abrazarla con fuerza.
-No llores por favor –le pidió estrechándola contra su pecho-. Soy culpable de ser un egoísta y me merezco todo lo que me digas.
El cuerpo de Maddy se estremeció por el llanto. Se alzó de puntillas para poder ocultar el rostro en el cuello de Karel mientras le rodeaba los hombros por debajo de las axilas.
-Te quiero mucho –gimió la joven-. Mucho.
Notó que las lagrimas le humedecían el cuello de la camisa, pero no trato de evitarlo.
-Tranquilízate –le pidió-. Y vayamos a un lugar más discreto.
Iba a añadir algo más cuando el cuerpo de ella se volvió rígido entre sus brazos. Una sensación de desasosiego se apodero del él. Algo no funcionaba.
-¿Mad?
Se apartó de ella un palmo y vio que tenía los ojos clavados en su cuello. La muchacha alargó un dedo rígido y presiono con él la carne.
-Cuidado, que haces daño –se quejó. Y al instante se arrepintió.
-¿Te hago daño? –la voz de la joven sonó fría como el hielo –Tenía entendido que los chupetones no dolían.
Karel sintió que la sangre dejaba de correr por sus venas.
-Espera –rogó-. Puedo explicarlo.
-Claro que puedes.
Maddy se retiró de él lentamente. Ahora sus mejillas estaban rojas como una manzana madura y en la mirada relampagueaba el odio.
-Pero yo no quiero escucharlo.
-No es lo que parece –protestó.
-Por supuesto que es lo que parece –rugió-. Parece que no has perdido el tiempo.
El publicista trata de acercarla de nuevo a él sujetándola por el antebrazo.
-¡No! Escucha.
La bofetada fue tan sonora que parte de la clientela se volvió hacia ellos dos. Karel se cubrió la mejilla con la mano ante la desagradable picazón que comenzaba a extenderse por ella.
-La próxima vez será un rodillazo en la entrepierna –amenazó la joven sin un vestigio de la pena que segundos antes la embargaba.
Sin una palabra más se giró y salió del local dejando a Karel como centro de todas las miradas. El publicista se frotó la dolorida cara mientras buscaba el nudo de la corbata. Para su asombro descubrió que estaba medio desecho, lo cual había facilitado que el primer botón de la camisa se abriera, posiblemente cuando Maddy se le abrazó, y que las marcas quedaran a la vista.
-Pero ¿qué ha pasado? –preguntó Morgan a su espalda.
Karel se volvió con brusquedad taladrándolo con la mirada.
-¿Quién te manda a ti jalarme de la corbata? –le espetó.
-¡Vaya! –silbó el hombre señalándole el cuello-. Menuda leona la que te ha dejado esas marcas.
-¡Vete al infierno, Morgan! –gritó, y sin prestar atención al nutrido grupo de curiosos que no perdían detalle de la escena, se marcho del café a la carrera.
-Señor Berenson... –llamó la camarera dejando dos humeantes tazas sobre el mostrador-. Su café.
-Déjalo hermosa –le tranquilizó Morgan con una expresión de absoluto desconcierto en su rostro-. Ponlos para llevar.

* * *

Karel cerró la puerta de su oficina con un terrible portazo que hizo vibrar las paredes acristaladas. Uno de los empleados que cruzaba en aquel momento ante el despacho, se quedó atónito observándolo, pero inmediatamente desvió la mirada y reanudo el paso al ver la furia con la que el publicista se sentaba y golpeaba con los puños cerrados la mesa.
Karel no daba crédito a lo que le estaba sucediendo.
¿Cómo era posible que aun sin estar presente Noel Lean fuera capaz de arruinarle la vida?
Golpeó varias veces más la mesa con los puños crispados hasta que desesperado se dejó caer hacia atrás en la silla clavando la mirada en el techo.
Al cabo de unos minutos percibió por el rabillo del ojo movimiento en el exterior. Volvió la cabeza y vio a Morgan subir las escaleras con un vaso de plástico blanco en cada mano. Cerró con fuerza los párpados, mientras angustiado se frotaba la frente.
Ahora venia lo peor. Su amigo no cejaría hasta saber todo lo referente a aquellas marcas. Pero, ¿con qué cara le explicaba que estas eran debidas a una especie de afer no consentido con un hombre?
Esperó con el corazón acelerado que la puerta se abriera y que apareciera con una enorme sonrisa socarrona en los labios. Pero los minutos pasaron y no sucedió nada.
Abrió los ojos y miró de nuevo hacia la escalera.
Morgan estaba en el rellano, junto a la chica de las fotocopias, aun con los vasos en las manos.
-No pierde ni una sola oportunidad –mascullo Karel.
Pero algo en la actitud de la pareja llamó la atención.
La joven parecía estar más nerviosa de lo que solía cuando se encontraba con Morgan, apretaba contra su pecho una carpeta color crema y parecía hablarle en un tono confidencial. Su amigo la escuchaba con detenimiento y una expresión de sorpresa en el rostro. Por dos veces levantó la vista para mirarle por encima del hombro de la mujer. En sus ojos Karel vio una extraña mezcla de estupor y preocupación.
Dejando a Morgan a tras, la chica bajo las escaleras en una peligrosa carrera.
Su amigo cruzó ante él con paso rápido en dirección a la sala de juntas. Al hacerlo le miró y movió los labios.
-“Ahora vuelvo” –creyó leer en ellos.
Karel frunció el entrecejo. ¿Qué estaba sucediendo?
Apenas unos instantes después vio cruzar ante su despacho con paso atropellado a Lauret Dench. El hombre aun lucia un aspecto desaliñado, la chaqueta arrugada, el nudo de la corbata desecho; pero en esta ocasión había una enorme sonrisa iluminándole el demacrado rostro.
Debió de verle porque parándose en seco se giró hacia su oficina. Sin llamar, abrió la puerta de golpe y entró con el ímpetu de un muchacho de diez años.
-¡Amigo mío! –grito abriendo los brazos y lanzándose sobre él
Alarmado por el entusiasmo que demostraba el hombre se puso en pie. Dench salvó la distancia que los separaba de dos zancadas y rodeándole con los brazos lo estrujó contra su torso con una fuerza descomunal.
Karel se sintió zarandeado y apresado a la vez que terriblemente confuso. Dench jamás ante lo había abrazado, ni siquiera lo había llamado amigo. Ante aquella desproporcional e injustificable muestra de aprecio, pensó lo peor.
-Tranquilo Laurent –dijo tratando de apartarse-. ¿Estas bien?
-¿Cómo no voy a estarlo? –exclamó consintiendo en retirarse lo suficiente como para que el publicista pudiera volver a respirar-. Después de lo que has hecho por mí, estoy como los ángeles.
Karel le miró espantado. Sin duda alguna había perdido por completo la cabeza.
-¿Yo? ¿A ti? -no sabía muy bien que sería más conveniente, si seguirle la corriente o tratar de hacerle recobrar la cordura-. No estoy muy seguro de a lo que te refieres.
-¿Qué no? –Dench lo sujetó por los hombros y lo sacudió con fuerza mientras reía estrepitosamente-. ¡Serás bromista!
Le soltó los hombros y se apartó de él unos metros. La expresión de euforia se borro de su rostro.
-Eres un buen tipo y mejor compañero –dijo con absoluta seriedad-. Otro habría corrido a colgarse las medallas, pero tú has preferido permanecer a un lado.
-De veras, no se a que...
El hombre le interrumpió negando con la cabeza.
-De hecho no nos hubiéramos enterado de no ser porque Tromp quiso que le explicara él porque había decidido trabajar para nosotros – y añadió-. Tuviste que ser muy persuasivo para convencer a alguien así de que bajara su cachet.
Karel comenzó a sentir que perdía el control.
Estaba claro que para Dench toda aquella palabrería tenia sentido.
-Laurent, te juro que no sé de que me estas hablando.
Morgan entró en aquel momento en el despacho. El publicista se volvió hacia él, aun sostenía los vasos con ambas monos. Vio que su expresión era seria, y una incomoda sensación de alarma lo atrapó haciendo que su cuerpo comenzara a sudar copiosamente.
-Morgan, ¿qué esta pasando?
-Eso.
El aludido señaló con uno de los vasos en dirección a la pared acristalada.
La junta ejecutiva en pleno desfilaba en aquellos momentos ante la oficina del publicista.
Harpet, vistiendo su inmaculado traje gris, caminaba junto a Patrick Tromp, que con su bambolearte paso trataba de desplazar de una forma elegante los cinto cincuenta kilos de volumen que poseía mientras fingía prestar atención a la conversación de su jefe ejecutivo. Tras ellos caminaban el jefe de producción Jeff Monroe y Henry Ericson, el coordinador de estudio, este último luciendo una de sus extravagantes chaquetas de flores. Los dos se desvivían por mostrarse amables con el hombre de mirada ambarina y lujosa cazadora de cuero que caminaba entre ellos.
Este no parecía tener interés alguno en lo que le contaban; se entretenía en apartarse del rostro mechones de la sedosa cabellera rubia que poseía, con movimientos premeditadamente lentos y estudiados. Al pasar frente al despacho, miró de soslayo a Karel y le sonrió.
Este se atragantó con su propia saliva al reconocerlo.
-Noel Lean –oyó que decía Morgan-. La nueva imagen de la KL.
Dench se aproximó al publicista y dándole un par de sonoras palmadas en la espalda, añadió:
-Y todo gracias a ti.


Continuara...


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