
por Natsuki
Capitulo 7: Caricias Robadas.
Trató de continuar dormido a pesar de que la música le taladraba los tímpanos.
A regañadientes abrió un ojo.
Vio los asientos delanteros del taxi en el que viajaba y la espalda ancha del conductor. Una cascada de mechones rasta coronados por un tams tejido con los colores de la bandera de Jamaica le caía sobre los hombros.
Abrió el otro ojo.
Del retrovisor colgaba la identificación del conductor, un carné amarillento de bordes ennegrecidos con la foto de un joven negro de dientes enormes; un muñeco con aspecto de ser un fetiche budu y la silueta del continente africano con el rostro de Bob Marley en el centro.
Se frotó los párpados y aspiró con fuerza la mezcla de tabaco y marihuana que hacia casi irrespirable el aire del vehículo. Consulto su reloj. Eran más de las once de la noche.
Miró hacia su izquierda y comprobó que tenía la cabeza apoyada en el hombro de alguien. Alzó la vista y confirmó para su sorpresa que era Noel quien le servia de almohada. Con brusquedad se apartó de él.
-Mierda –masculló al notar una fuerte punzada en las sienes.
Noel se hallaba reclinado contra la ventanilla. Estaba pálido y tenía los ojos fuertemente cerrados.
-¿Ya te has despertado?
Karel apenas si pudo oír lo que le decía. Las notas reggae de “The World Should Know” resonaban dentro del taxi con la fuerza de una explosión. Inclinándose hacia el conductor le golpeó en el hombro.
-Perdone... ¿le importaría bajar el volumen de la radio?
Como respuesta el hombre le mostró el dedo anular de su mano derecha.
-Muchas gracias por nada –gruño dejándose caer pesadamente sobre el respaldo-. ¿Adónde vamos? –preguntó elevando la voz.
-A tu casa.
Noel había entreabierto los párpados y miraba a través de la ventanilla con unos ojos enrojecidos e hinchados. Karel lo imitó, al otro lado del cristal reconoció las calles que como una mancha difusa pasaban ante ellos.
-¿Cómo sabes mi dirección?
-Consulte tu carné.
Se miró la ropa y descubrió manchas amarillentas en la solapa de la chaqueta y en la camisa. Al tocarlas una costra reseca se desprendió.
-Que asco –comentó comprobando que tenía las mismas salpicaduras en los zapatos-. Apesto.
-Has vomitado –le informo Noel-. Varias veces.
El publicista se comprimió la cabeza entre las manos. La sentía como una pelota a la que sacudieran insistentemente con un bate de béisbol. Inesperadamente el coche freno con violencia; por la inercia se vio precipitado hacia delante golpeándose contra el asiento y rebotando hacia atrás.
-¡Por Dios! ¿Es que esta loco?
El conductor, sonriendo estúpidamente a través del retrovisor, le mostró el signo de la victoria con los dedos.
El vehículo se había detenido a mitad de una larga calle jalonada de altos y añejos falsos plátanos desnudos de hojas. Miró y vio que estaba ante la escalinata del número veintitrés, un edificio de tres plantas con grandes ventanales y anchas cornisas donde se hallaba su apartamento.
-¿Cuánto le debo, pedazo de animal? –pregunto haciendo ademán de sacar la cartera.
Noel le detuvo con un gesto.
-Déjalo, invita la casa.
Tenía los ojos acuosos y la expresión ausente, y una media sonrisa que delataba su extrema embriaguez.
-Bueno... gracias.
Se removió en el asiento, eludiendo la mirada del modelo, y ajustándose torpemente el desecho nudo de la corbata carraspeo varias veces antes de hablar.
-Esto... ha sido un día... interesante, si.
Dudó que añadir.
Vio por el rabillo del ojo que Noel le observaba a la expectativa, y su incomodes creció.
-Imagino que ya nos volveremos a ver –dijo apresurándose a abrir la portezuela-. Que te vaya bien.
-Mañana me odiaras.
-¿Odiarte? –repitió Karel con un pie fuera del vehículo.
El modelo, que no parecía haberse percatado de que las últimas palabras eran una despedida, continuaba mirándole con aquella mueca de borracho feliz.
-¿Por qué lo dices? –inquirió mostrando su extrañeza-. ¿Por la resaca que tendré mañana? –negó con la cabeza tratando de sonreír –No tienes porque pensar eso, que me haya bebido media ciudad no es culpa tuya.
Cerró la puerta y el taxi arrancó con un ensordecedor acelerón que dejo marcados los neumáticos en el asfalto.
Con paso inseguro y agarrado de la barandilla de hierro forjado de la escalinata, ascendió hasta la entrada del edificio sin volver la vista a tras. Tardo unos minutos en encontrar las lleves y otros tantos en introducir la correcta en la cerradura, la cual le parecía que no dejaba de girar sobre si misma. Los apliques de cristal que alumbraban el vestíbulo se encendieron al detectar su presencia, cegándolo momentáneamente y obligándolo a subir hasta la primera planta casi a tientas.
De la misma manera se había visto forzado a entrar en uno de los muchos antros a los que Noel lo había arrastrado a él y a las dos mujeres. El tugurio, cercano a Central Park, era oscuro y siniestro apenas iluminado por algunas luces que pendían precariamente del techo, pero estaba atestado de clientes que trataban de hacerse un hueco en la pista de baile a fuerza de codazos y puntapiés.
Al entrar había estado apunto de caerse, pero los rápidos reflejos de Noel lo evitaron asiéndolo fuertemente por la cintura y guiándolo entre el gentío como un consumado explorador. Susan y Claudia no tardaron mucho en perderse de vista. Ante este descubrimiento los dos se miraron y sin mediar palabra se abrieron paso a empujones y disculpa hacia la salida. Corrieron más de tres manzanas sofocados por el esfuerzo y la risa antes de detenerse junto al Carnegie Hall, donde Karel vomitó entre carcajadas y arcadas.
Aquella había sido la primera vez en toda la noche. Reprimiendo una mueca de asco se concentró en la puerta de su apartamento. Franquearla tampoco le iba a resultar fácil. Le parecía que las cerraduras hubieran encogido ya que ninguna llave terminaba por entrar. Tras un largo forcejeo y toda una sarta de insultos, logró adentrarse hasta el vestíbulo. No encendió la luz. A oscuras tiró las llaves hacia donde intuía se hallaba una pequeña mesa de cristal que le servía de recibidor, pero por el sonido que produjo al caer comprendió que no había dado en la diana.
Desnudándose fue hacia el salón, haciéndose mentalmente la promesa de quemar aquella ropa a la primera oportunidad. Estaba seguro de haber vomitado varias veces más. Era imposible que el hedor y los numerosos rastros resecos fueran solo del vomito a los pies de la escalinata del Carnegie Hall.
Se esforzó por hacer memoria, pero lo único que acudía a su mente era la imagen de Noel sujetándole la cabeza y limpiándole la boca con un pañuelo.
Una oleada de calor invadió su rostro.
No estaba acostumbrado a sufrir la necesidad de ser atendido de aquella manera y mucho menos por un desconocido. Una punzada de remordimiento le hizo sentirse aun más embarazado. Tenía que admitir que a su manera, Noel había tratado de ser amable. Algo que no había agradecido sino con una descortés despedida.
-Yo no le pedí nada –masculló entre dientes, tratando inútilmente de deshacerse de los incómodos remordimientos.
Entro en el salón y acciono el conmutador de la luz. Dos lámparas de pie colocadas estratégicamente en los extremos de la amplia sala se encendieron derramando una luz tenue. Un pequeño destello rojo, procedente del contestador telefónico situado sobre una mesa baja junto al amplio sofá, anunciaba insistentemente la existencia de mensajes. Al pasar echó un rápido vistazo; en la pantalla parpadeaba el número siete. No se detuvo a consultarlos, ni siquiera la idea de que alguno de ellos pudiera ser de Maddy le instó a pulsar el interruptor de lectura. Estaba cansado y lo único realmente que deseaba en aquellos momentos era una larga ducha caliente. Ni novias agraviadas, ni amigos ignorados, ni todos los Noel Lean del mundo cabían ahora en su maltratado cerebro.
Fue hasta el fondo de la estancia, hacia una puerta de cristal biselado. Entro en el baño quitándose los slip y tirándolos a la bañera. Sonrió al pensar en la cara de su asistenta cuando viera el reguero de ropa que había ido dejando desde la puerta, ella que era capas de montar un circo por una camisa arrugada sobre la cama.
Se introdujo en la ducha cerrando a su espalda la mampara de cristal. Un chorro de agua helada le golpeo en pleno rostro al abrir el grifo. Notó que el agua caía como una bendición sobre su maltrecho cuerpo, arrastrando a su paso toda la tensión y confusión que albergaba.
¿Cómo podía sentirse tan dolorido? ¿Qué había hecho para estar en aquel pésimo estado?
Tras la carrera desbocada hasta el Carnegie Hall habían ido a un par de bares más, tal vez tres o cuatro más, aunque era incapaz de recordar los nombres o su ubicación; incluso le costaba reconstruir con claridad lo que había hecho en ellos.
Cerro el grifo del agua fría y abrió el de la caliente. Con un largo gemido de placer se apoyó con ambas manos en la pared alicatada con pequeños y cuadrados azulejos amarillos, dejando que el intenso chorro rompiera contra su espalda derramándose hasta los pies.
Él y Noel habían estado hablando, incluso cuando la música en el local era extremadamente alta y tenían que acercarse al oído del otro para hacerse entender.
Hablando si, pero ¿de qué?.
Cerró el grifo con un gesto airado. ¿Por qué no podía recordar? ¿Por qué su mente era un confuso conglomerado de luces, gente y botellas de vodka?
Salió de la ducha con la cabeza despejada y consciente, pero habiendo recuperado toda la tensión.
Había algo que se le escapaba, algo importante que pululaba por su mente sin terminar de tomar forma y que comenzaba a parecerse a una piedra en el zapato.
Tomó el albornoz azul que pendía de un gancho junto a la puerta, y de una estantería niquelada bajo el lavabo de acero una toalla. Se secó y vistió con el albornoz mirándose a continuación en el espejo empotrado. El calor de la ducha había empañado la superficie que limpio con la palma de la mano.
Un rostro pálido y de profundas ojeras apareció al instante sobresaltándolo. El cabello mojado le cubría la frente y unas venillas hinchadas y rojas cruzaban por sus globos oculares. Aproximó el rostro al espejo para confirmar su mal estado. Al hacerlo se percato de unas manchas amoratadas en el lado derecho del cuello, casi en la unión con el hombro. Las frotó con los dedos pero lo único que logró fue enrojecer la zona.
Una exclamación de sorpresa surgió de su garganta al comprender lo que sus ojos estaban viendo. No eran manchas, sino las típicas marcas producidas por una boca al succionar.
Las toco con cuidado y detenimiento. ¿Cómo habían llegado hasta allí?
Creía haber logrado mantener las distancias con Claudia, pero aquello perecía desmentirlo. ¿En que momento la mujer había conseguido acercársele tanto?
Aunque lo intentó no logró localizar en el confuso despliegue de recuerdos pertenecientes a aquella noche el momento exacto en que los carnosos labios de la joven se habían deslizado por su cuello. Unas marcas así era algo que en circunstancias normales habría quedado agradablemente impreso en su mente, pero por alguna razón que desconocía solo era capaz de rememorar la insistencia de la mujer a ser olida.
Desconcertado y presa de un insipiente abatimiento salió del baño y caminó hacia la barra que separaba el salón de la cocina. Un surtido número de cacerolas, sartenes y utensilios culinarios colgaban de una estantería elevada sobre el mostrador de granito. Rodeándolo se dirigió hacia el frigorífico, abrió una de sus dos puertas y sacó una botella de zumo de naranja. La destapo con la intención de beber de ella, pero al notar su aroma desistió. Todo le olía a whisky.
Cansado, entró en su dormitorio, una estancia amplia presidida por una cama ubicada bajo un gran ventanal. Las persianas venecianas estaban descorridas y la luz de la calle principal iluminaba débilmente las acuarelas sin enmarcar que colgaban de las paredes.
Tiró con desanimo el albornoz a los pies de la cama deslizándose desnudo bajo la mullida funda nórdica. Al sentir el agradable contacto de la almohada bajo su cabeza suspiró con placer. Eran casi cuarenta y ocho horas la que llevaba sin dormir, se merecía por fin un buen descanso.
Pero tras cerrar los párpados la oscuridad se transformo en un desagradable torbellino que le hacia abrirlos una y otra vez, sus piernas se agitaban incontrolables y el estómago luchaba por escapar del lugar que ocupaba en su cuerpo. Al cabo de un tiempo, que le pareció eterno, su mente comenzó a dejarse caer en una borrascosa duermevela en donde imágenes distorsionadas de las horas pasadas iban y venían como en un carrusel. Podía verse a si mismo perdido en un extraño paraje compuestos por retazos de la taberna irlandesa que Noel le había enseñado, una sala iluminada por haces de luz plateada que bien podía ser donde habían dado esquinazo a las dos mujeres y lo que sin duda eran los baños de la oficina de Maddy. Las luces no le permitían reconocer los cuerpos que se convulsionaban a su alrededor. Intentaba asirlos, pero se le escapaban como el humo entre los dedos.
Se agitó en la cama tratando de desembarazarse de aquella visión que iba haciéndose angustiosa por momentos.
Vio una melena negra moviéndose pesadamente ante sus ojos. Quiso tocarla, pero como si de una imagen acelerada se tratara desapareció entre el gentío de rostros borrosos.
-¡Maddy! –llamó en el sueño.
Y aun dormido noto que sus labios se movían contra la almohada.
-¡Maddy!
Pretendió perseguirla, pero los pies no se movían. Alargó los brazos y notó que todo su cuerpo se precipitaba contra el suelo con una lentitud extrema. Se cubrió el rostro para no ver lo que sucedía y entonces unos brazos le rodearon la cintura y lo sostuvieron.
Con el semblante oculto tras las manos, dejo que aquellos brazos le recibieran y le abrazaran.
-Maddy –susurró.
Unas manos se deslizaron por su espalda hasta la nuca, enredándose en su pelo. Un cálido aliento le rozó la oreja; alguien le hablaba al oído. En su cuello sintió una leve presión, una punzada que le erizo el vello y que le hizo gemir. No podía entender lo que le decía. Una y otra vez, mientras aquella voz aterciopelada le susurraba, notó la quemazón en su cuello y la excitación que esto le provocaba.
Gimió en voz alta agitándose en la cama, sudoroso.
-¿Qué dices? –preguntó-. ¿Qué quieres?
Y lentamente el susurro tomó forma. La voz se templó y las palabras formaron una frase que se abrió camino hasta su cerebro igual que una lanza.
- ... ¿Qué me das a cambio?
Karel saltó de la cama gritando con toda la fuerza de sus pulmones.
Corrió hacia el baño y se miró de nuevo al espejo estirando el cuello tanto como dio de si la piel.
Los moratones continuaban allí. Tan llamativos como una mosca en un vaso de leche.
-¡Será hijo de puta! –gritó con el rostro congestionado y los ojos apunto de saltar de sus orbitas -¡Será cabron hijo de puta!
Continuara...
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