por Natsuki

Capitulo 17: ¡No te vayas!

Hacia tanto tiempo que no visitaba el Museo Americano de Historia Natural que había olvidado la última vez que estuvo. Resultaba curioso hacerlo en aquellas circunstancias.
Más rápido de lo que había imaginado su secretaría consiguió la información que necesitaba. Noel se encontraba en una de las salas del museo, en plena sesión fotográfica para el catálogo de otoño de Calvin Klein.
Tomó un taxi y en media hora el vehiculo le dejó en la Avenida Columbus, frente a las puertas del que estaba considerado el mayor museo del mundo de historia natural.
Accedió al edificio y se detuvo frente a la taquilla.
-Soy de la empresa publicitaria que esta realizando la sesión fotográfica –mintió a la mujer de avanzada edad que vendía las entradas tras una mampara de cristal-. ¿Me puede indicar como puedo llegar hasta la sala donde están trabajando?.
-¿No sabe dónde están? –pregunto la taquillera masticando ruidosamente un chicle.
-Lo que no se es donde esta la sala –volvió a mentir esbozando una de sus sonrisas más persuasivas.
La mujer le observó desconfiada sin dejar de masticar, hasta que con evidente desgana tomó uno de los folletos que descansaban en un montón sobre el mostrador y lo abrió por la mitad.
-Sala de los Dinosaurios Saurisquios –dijo haciendo un círculo con un bolígrafo sobre el mapa-. Vaya por el pasillo hasta el fondo, cruce la Galería Rose y el Área de Embarque del Teatro del Espacio –dibujo una línea recta en el folleto por un pasillo estrecho y largo-. Gire a la derecha y vera los ascensores, suba hasta la cuarta planta, allí vera las indicaciones para acceder a la sala.
Cerró el folleto y se lo tendió.
-La entrada son diez dólares.
Karel prefirió no hacer comentario alguno. Mientras rebuscaba en su cartera la mujer le informó con tono monocorde.
-No fume, no consuma alimentos ni bebidas, no tire basura al suelo sino en los contenedores apropiados que encontrara, no realice fotos...
-Ya, ya –le interrumpió dejando dos billetes de cinco en la bandeja metálica.
Tomó la entrada y el folleto y echó a andar por el pasillo.
-¡Luego no diga que no estaba informado! –le oyó gritar a su espalda.
Caminó siguiendo las indicaciones, las cuales no le hacían falta ya que conocía bastante bien el trazado del enorme edificio y la ubicación de la mayoría de las salas.
En sus primeros años en la ciudad había dedicado muchos días a visitar todos aquellos espacios que hacían de Nueva York un lugar único en el mundo; pero sin duda de entre todos los museos, parques, teatros y demás instituciones culturales, el Museo de Historia Natural era su favorito y donde más horas había pasado, dedicado a contemplar sus maravillas.
El Planetario Hayden, las colecciones de dinosaurios y fósiles, el Salon Akeley de Mamiferos de Africa, la sala de Evolución y Biología Humana formaban parte del maravilloso entramado de ciencia e investigación que era aquel lugar. Pero si Karel tenía que escoger entre todas sus salas y exposiciones, una que realmente le hubiera impactado, esa era sin duda la sala de La vida en el Océano. La primera vez que entró en ella había quedado completamente sobrecogido por la amplísima galería con el techo abovedado de cristal, pintado en un tono azul ondulante, y por los efectos sonoros y de luz que provocaban la sensación de encontrarse bajo la superficie del océano. Numerosos dioramas recreaban la vida marina, osos polares, delfines, atunes; pero lo que más le había fascinado había sido con diferencia la gran ballena azul de 28 metros suspendida del techo, inmóvil en un salto mágico hacia las profundidades. Después de aquella primera vez, siempre que visitaba el museo regresaba a la sala y pasaba largo tiempo en ella disfrutando de la sencilla quietud que lograba trasmitir.
Pero en aquella ocasión solo una cosa le interesaba y nada tenía que ver con los peces.
Se cruzó con un grupo de escolares de primaria que lucían llamativas gorras con el logotipo del planetario y que parloteaban ruidosamente. Llegó al final del largo pasillo y giró hacia la derecha, a los lados de la entrad a la sala de los Mamíferos de América del Norte se encontraban los ascensores y numeroso público frente a ellos esperando para usarlos.
Una vez dentro, el ascensor fue deteniéndose en todas las plantas hasta que llego a la cuarta y última. Salió y girando a la derecha se dirigió hacia la entrada de la sala de Dinosaurios Saurisquios que estaba a unos metros. Al instante vio un grupo de personas que se arremolinaban ante las puertas cerradas y un guarda de seguridad que moviendo los brazos por encima de su cabeza trataba de hacerles retroceder.
-La sala esta cerrada, señores –le oyó decir-. Vuelvan mañana.
Karel se abrió paso entre el público que protestaba a media voz y se acercó al guarda.
-Esta cerrada señor –le dijo al verle avanzar tan decidido-. Vuelva...
-Soy creativo de la Young & Rubicam, Inc –le interrumpió-. La empresa publicitaria que realiza la sesión fotográfica.
El guarda se le quedó mirando a la expectativa. Ante el silencio de Karel y su expresión resuelta se ladeó la gorra para poder rascarse su hirsuto y escaso cabello.
-¿A que espera para dejarme pasar? –preguntó con expresión amenazadora.
-Lo siento, señor –el hombre se apresuró a abrir las puertas para darle paso mientras un murmullo de desaprobación se levantaba entre el público.
Con actitud decidida cruzó la entrada mientras el guarda cerraba tras él.
Al otro lado de las puertas se hallaba una de las mayores salas del museo. En todas, el delicado trabajo de investigación y la rigurosidad científica daban lugar a una perfecta recreación del tema escogido y la sala de los Dinosaurios Saurisquios era sin duda un claro ejemplo de ello.
Lo primero que un visitante contemplaba al adentrarse en el vestíbulo era el extraordinario fósil de catorce metros de longitud y cinco de altura de un Tyrannosaurus Rex en posición erecta, con su gran boca entreabierta y la cola al aire. A su alrededor había numerosos esqueletos y reproducciones de otros dinosaurios como Hesperornis o Struthiomimus así como múltiples dioramas representando la vida de los grandes reptiles en la era Mesozoica; pero sin duda la estrella del lugar era el gran Rex que parecía esperar la mejor oportunidad para caer sobre una imaginaria presa.
A los pies del enorme dinosaurio se había desplegado un autentico caos, focos montados en trípodes, pantallas reflectoras, fondos neutros y de colores, largas perchas sustentadas sobre ruedas abarrotadas de ropa, incluso una maquina de humo; de aquí para allá deambulaban atareados técnicos de luces, maquilladores, modistas, y en el centro de todo aquella actividad cuatro modelos masculinos luciendo los últimos diseños de otoño para la casa Calvin Klein.
Uno de ellos era Noel. Estaba sentado en el suelo, con una pierna flexionada y el brazo apoyado en la rodilla; vestía unos pantalones vaqueros muy desgastados, una sudadera negra con capucha y una cazadora vaquera. Los otros modelos, con atuendos muy similares, permanecían de pie; dos de perfil y el último de frente y en el centro, con sus manos apoyadas en los hombros de Noel. Una mujer con una cámara Nikon de grandes dimensiones se movía a su alrededor lanzando fotos y dando indicaciones. De cuando en cuando se aproximaba y alborotaba el cabello de uno o colocaba de esta o de aquella manera el brazo de otro.
Karel permaneció junto a la puerta. Desde allí veía perfectamente al modelo; la expresión concentrada de su rostro, los giros de su cabeza para seguir el movimiento de la fotógrafa, la relajación de su cuerpo. Posaba con soltura y naturalidad, con una seguridad en sí mismo que maravillaba. Observándolo sintió que la furia que le había llevado hasta el museo disminuía próxima a desaparecer. Pero no era eso lo que deseaba. Apretó los puños y los dientes recordándose el motivo por el cual quería ver a Noel. Éste, obedeciendo las indicaciones de la mujer, cambió de posición colocándose en cuclillas con una rodilla en tierra. Sacudió la cabeza y la giró lentamente en dirección a la entrada, descubriendo al publicista.
Sus miradas se encontraron. Noel se quedó inmóvil mientras la expresión de su rostro se mudaba grave. Karel respiró hondo e intentó sostener aquella mirada que tan bien conocía y que en tantas ocasiones había pretendido eludir. De improviso el cuerpo de la fotógrafa se interpuso entre ambos. El modelo alzó la vista hacia ella, confuso.
-¿Te encuentras bien? –le preguntó la mujer apartando la cámara.
-Si –asintió-. Pero, ¿podríamos descansar un instante?
-Claro –la mujer llamó la atención sobre ella con un movimiento de la mano-. Diez minutos de descanso para todos –dijo-. A ver que alguien me traiga un café.
Noel se levantó y con paso lento avanzó hacia Karel. Cuando quedaban unos metros para cubrir la distancia que los separaba volvió la cabeza hacia su izquierda. Allí, juntó a una vitrina donde se exponían pequeños cráneos de dinosaurios se hallaba Kato, rígido y sombrío, a la expectativa. Al ver que daba un paso hacia delante, el modelo frunció el entrecejo e hizo un leve gesto con la mano; el japonés se quedó inmóvil. Siguió caminando y se detuvo junto a Karel. Con los parpados entornados y las manos en los bolsillos en actitud displicente, lo examinó.
-Si alguien te reconoce te echaran de aquí a patadas –dijo con hosquedad.
El publicista miró por encima del hombro de Noel el ir y venir de los trabajadores. Sabía que tenía razón, si le identificaban como un creativo de la West&West Inc. podían considerar su presencia allí un intento de espionaje. Pero nadie parecía haberse percatado de su incursión en la sala; la fotógrafa tomaba café mientras indicaba a un par de técnicos donde tenían que colocar unos focos, los modelos se habían sentado a parte y estaban siendo retocados por los maquilladores y peluqueros, el resto del personal deambulaba de un lado a otro totalmente despreocupados. Tan solo Kato, desde la distancia, los observaba con suma atención.
-Tengo que hablar contigo.
-Ya vez que estoy en mitad de una sesión –Noel se encogió de hombros –No puedo...
-Tengo que hablar contigo ahora –insistió Karel bruscamente.
La severidad en el rostro del modelo se acentuó. Pareció recapacitar durante unos segundos hasta que por fin hizo una seña al publicista indicándole que le siguiera. Caminó delante de él hasta un lateral del vestíbulo donde había dos puertas contiguas. En las dos podía leerse un cartel que prohibía el paso, pero en una de ellas habían pegado con cinta adhesiva un papel en el que con tosca caligrafía se veía escrito “vestuario”. Empujó la puerta y dejó paso a Karel.
La habitación a la que daba acceso era un rudimentario cuarto de mantenimientos que habían convertido en un improvisado vestuario y estaba abarrotado de ropa y cajas. Noel apartó una que había sobre una silla y se sentó.
-Tengo poco tiempo –dijo recostándose sobre el respaldo y jugueteando con el cordón de la capucha-. Ve al grano.
Los puños de Karel se crisparon. La indolencia de Noel comenzaba a sacarle de quicio aumentando su irritación.
-¿Por qué has rechazado el contrato que te ha ofrecido la W&W?
El modelo se incorporó en la silla con brusquedad.
-¿Eso es lo que con tanta urgencia tenias que hablar conmigo? –preguntó con expresión furiosa-. ¿Por eso has interrumpido mi trabajo?.
Se puso de pie dirigiéndose a la puerta.
-Mira que es insistente tu jefe –masculló-. Dile de mi parte que ya he tomado una decisión. Que me deje en paz, maldita sea.
-Él no me envía.
Noel se detuvo dándole la espalda al publicista.
-Ni siquiera sabe que estoy aquí –continuó-. Tanto me da si firmas con la W&W como si no. No he venido a convencerte de nada.
-¿Entonces?
-Es algo que necesito saber yo. Quiero saber tus razones para rechazar una muy buena oferta. Los motivos por los cuales estas dispuesto a crearte problemas con una de las compañías publicitarias más importantes del mercado. Quiero saber por qué has dejado de ser el profesional responsable que siempre has asegurado ser.
Noel volvió el rostro hacia Karel. Sus ojos brillaban con la intensidad de una rabia mal contenida y la tensión en su mandíbula la hacia temblar levemente.
-Mi profesionalidad. –se acercó lentamente al publicista-. Es la segunda vez que la pones en tela de juicio. Escucha bien esto, he cumplido con mi trabajo y con lo que se me requería en mi contrato igual que hago siempre. No le debo nada a tu empresa. Ahora tengo planes en los que no entra pasarme el resto de mi vida encasillado en campañas de la West&West así que...
-Mientes –le interrumpió.
Noel enmudeció atónito ante la seguridad con la que Karel había pronunciado aquella palabra. Sintió como el publicista lo escrutaba con aquellos ojos del color del acero y quedó desconcertado por la intensidad que percibió en ellos.
-Mientes –repitió con energía-. ¿Crees que puedes engañarme? ¿Qué no se que te traes entre manos?
-¿Qué? –preguntó apenas con un hilo de voz.
-¡No te hagas el idiota! –le gritó encarándose con él-. No voy a permitirlo. No vas a lograr que me sienta culpable. Me da igual lo que hagas con tu vida, ¿entiendes? Cava tu propia tumba si quieres pero no conseguirás que me sienta culpable por ello. No vas a conseguir vengarte de mí de esa forma.
-¿Venganza? –el rostro de Noel se contrajo en una terrible mueca de dolor, le agarró por las solapas del abrigo y lo atrajo hacia si con violencia-. ¿Vengarme de qué, Karel? ¿De qué? –gritó.
Karel se quedó paralizado, sobrecogido por la inmensa tristeza que vio en sus ojos empañados de lágrimas.
-¿Hasta donde me crees capaz de llegar? –inquirió sacudiéndolo-. ¿Vengarme de ti por que no me correspondiste? ¿O tal vez por qué no te dejaste violar?
Se apartó de él frotándose los ojos con el dorso de la mano.
-¿Tan difícil te es tener un pensamiento positivo hacia mí? ¿Uno solo?
Karel notó que se le secaba la boca y que le flaqueaban las piernas.
-“Un solo pensamiento positivo” –repitió su propia voz en el interior de su cabeza-. “Uno solo y muy sencillo”
-No tienes que preocuparte por Kato-san –había dicho Noel la última vez que se vieron-. No volverá a molestarte. Ni yo tampoco.
Con desesperación se cubrió el rostro con una mano.
¿Cómo había podido ser tan injusto?. Noel dejaba la W&W por una razón sencilla y lógica. Pero él había optado por creer el motivo retorcido y maquiavélico. Había preferido pensar que Noel trataba de vengarse cuando en realidad solo intentaba pedirle perdón.
Miró hacia el modelo, que aun continuaba frotándose los ojos.
-Esto... yo... –las palabras murieron en su boca.
No sabía que decir, como dar forma a las ideas que agitaban su mente.
Noel se examinó el dorso de la mano donde el maquillaje había dejado un rastro brillante y sonrió tristemente.
-Nina se enfadara conmigo –murmuró.
Alzó la mirada y contempló el rostro angustiado de Karel.
-Lo siento –musitó volviéndose lentamente-. Lo de aquel día en la playa no debió ocurrir nunca. No pensé en lo que estaba haciendo, perdí el control. Sé que no es excusa. Ojala pudiera dar marcha atrás. Daría cualquier cosa porque no hubiera sucedido.
Caminó hacia la puerta, pero la voz del publicista le detuvo.
-Yo no pensaba lo que dije –balbució conteniendo a duras penas su nerviosismo-. Nunca he creído que tu... que tu me violaras.
Noel giró levemente la cabeza y sonrió con amargura.
-Gracias.
Karel sintió que aquella sonrisa le atravesaba de aparte a parte. Vio como el modelo avanzaba hacia la salida y todo su cuerpo se convulsiono.
-Espera –llamó-. Espera un minuto.
Pero Noel no le presto atención y continuó sin detenerse.
-¡No te vayas! –gritó lanzándose tras él.
Le alcanzó cuando ya estaba haciendo girar el pomo y entreabriendo la puerta. Con un golpe seco de su puño la cerró de nuevo dejando al modelo completamente paralizado.
-No lo hagas –insistió con urgencia-. No quiero que te vayas, no quiero que salgas de mi vida.
Al oír aquellas palabras Noel se giró con suma lentitud.
Karel estaba frente a él, a escasa distancia, con el rostro inclinado hacia abajo oculto tras el alborotado cabello. Se agitó nervioso e intentó salir del cerco que formaba el brazo del publicista apoyado en la puerta y su cercano cuerpo, pero éste se lo impidió cerrándole el paso con el otro brazo.
-No me dejes... –musitó-. Por favor.
Noel no pudo contener el temblor que le produjeron aquellas palabras. Pegó la espalda contra la puerta huyendo de su cercanía, pero el publicista volvió a salvar la distancia aproximándosele tanto que el modelo pudo percibir la tensión de su cuerpo y el leve aroma a colonia que desprendía y que tan bien conocía. Le vio levantar la cabeza y entonces pudo contemplar con detenimiento su desconsolado semblante.
-¿Qué quieres? –inquirió sintiéndose atrapado por sus grandes ojos.
Karel se inclinó hacia él, tan lentamente que Noel supo con toda certeza lo que iba a suceder.
Cuando sus labios se rozaron un largo escalofrió le recorrió la espalda como un espasmo. Gimió y las rodillas se le doblaron. El publicista le sujetó por la cintura atrayéndolo con fuerza hacia si mientras le aferraba los cabellos para inmovilizar su cabeza. Su boca atrapó entre los suyos los labios de Noel introduciendo la lengua con ansiedad entre ellos, moviéndola con sensual apasionamiento. El modelo se agitó en un lánguido intento de soltarse, pero Karel lo retuvo estrechándolo aun más contra su cuerpo y besándolo con renovadas energías. Sintiéndose vencido rodeo con sus brazos el cuello de Karel entregándose por completo al placer de aquel beso húmedo y doloroso que le robaba el aliento.
De repente llamaron con fuerza a la puerta.
Karel saltó hacia atrás alarmado y con el rostro enrojecido. Retrocediendo tropezó contra unas cajas y apunto estuvo de perder el equilibrio.
La puerta se entreabrió y una muchacha asomo el rostro.
-Disculpe señor Lean –dijo mirando de hito a hito a los dos hombros –Nina dice que no puede seguir esperando.
Noel, tratando en vano de contener los temblores que le sacudían negó con fuerza.
-Ahora no puedo, por favor dile a Nina que espere un poco más.
-No –interrumpió Karel. Se aproximó a ellos ajustándose la corbata y cerrándose el abrigo; parecía haber recuperado parte de su compostura aunque el rostro aun mostraba una expresión tensa-. Continua con tu trabajo, por favor. Yo ya me voy.
-Pero... –Noel quiso retenerle sujetándole por el brazo, pero se detuvo al ver la intensidad de su mirada.
-¿Habrás terminado a las nueve? –preguntó Karel con un leve temblor en su voz.
-¿A las nueve? –el modelo asintió enérgicamente-. Sí, claro. Claro que habré terminado.
-Entonces nos podemos ver en ese sitio irlandés...
-“El Duende Verde” –se apresuró a decir con una gran sonrisa iluminándole el rostro-. A las nueve en “El Duende Verde”.
Karel movió la cabeza afirmativamente y al intentar salir se encontró con la muchacha que los observaba con curiosidad.
-Perdón –dijo esta apartándose.
Noel siguió con la mirada al publicista hasta que lo vio desaparecer tras las grandes puertas de la sala.
-Necesita maquillaje.
-¿Qué? –se volvió hacia la muchacha algo confuso.
Esta sonreía con dulzura mientras le señalaba la cara.
-Retoques de maquillaje, los necesita.
Se rozó el rostro y esbozo una feliz mueca.
-Sí. ¿No es estupendo?

* * *

Observó como Karel atravesaba la sala hasta la salida. Luego miró hacia Noel. Hablaba con una de las auxiliares y sonreía feliz.
Kato entrecerró los ojos. Había sido un iluso al creer que todo podía considerarse concluido tras lo sucedido en Martinica. Al final aquello solo había sido un lapso, un pequeño interludio camino del desastre hacia el que Noel se dirigía irremediablemente. Apretó los puños con frustración. Por primera vez en muchos años se sentía completamente impotente. La tozudez de Noel le había dejado sin argumentos para convencerle de que cejara en su intento de mantener una relación con aquel hombre, y la preocupación que esto le causaba comenzaba a dar paso al miedo.
-¿Quién es ese tío que hablaba con Noel?
La familiar voz le sacó de sus profundos pensamientos.
Miró hacia su derecha sabiendo lo que iba a encontrar. El muchacho estaba apoyado contra la vitrina de cráneos de dinosaurios golpeando el cristal con un dedo. Aparentaba unos diecinueve años, aunque Kato sabía muy bien cual era su verdadera edad. Llevaba el negro y lacio cabello cortado a capas por encima de los hombros, con el flequillo largo sobre el delgado y anguloso rostro. Tras él, sus grandes ojos de un delicado tono verde, tan claro que los iris parecían trasparentes, miraban inquisitivos al japonés. Llevaba ambas orejas perforadas por pequeños pendientes con una diminuta piedra roja y un piercing en la ceja izquierda. Calzaba deportivas y vestía tejanos oscuros con la cintura baja y amplia yuna camiseta azul sobre otra gris de mangas largas. Kato lo observó con frialdad. Le resultaba increíble que aquellos hermosos ojos ocultaran tanto egoísmo y mezquindad.
-¿No me has oído, nipón? –preguntó; su tono era desafiante y cortante como una navaja.
Él aludido se cruzó de brazos ignorándolo.
-¿Quién es? ¿Otro de sus caprichitos? –insistió-. ¿Cuánto crees que lo aguantara Noel? ¿Una, dos semanas?-sacó un billete del bolsillo de su pantalón y lo agitó ante el rostro del hombre-. Me apuesto cinco dólares que se lo folla un par de veces y luego le da la patada como hace con todos.
-Trata a Noel-san con más respeto Dee-kun. –le ordenó.
-¡Oh, perdona! –sonrió con malicia mientras regresaba el billete al bolsillo- Había olvidado lo mucho que te molesta que hable de los ligues de tu amor platónico.
El rostro de Kato permaneció impasible.
-Yo que tú me daría por vencido –continuó contemplándole con un brillo perverso en los ojos-. Si después de tantos años aun no te lo has tirado es que no tienes nada que hacer.
-Dee... –la mirada del hombre se volvió oscura, revelando todo el desprecio que sentía por el joven-. Un día colmaras mi paciencia y olvidare la promesa que le hice a Noel.
-¡Uuhh que miedo! –exclamó fingiendo un infantil temor-. ¡El marica me quiere pegar!
Se echó a reír con fuerza doblándose hacia delante.
-Anda Katito, no te enfades conmigo –le dio un par de palmaditas en el hombro que el japonés recibió con incomodidad-. Al fin y al cabo comprendo perfectamente tus sentimientos. Nuestra situación es muy parecida, salvo porque yo si conseguiré tirarme a Noel y tú ni en sueños.
Kato negó lentamente con la cabeza mientras retornaba su atención hacia la sesión fotográfica. Comentarios como aquel siempre terminaban por recordarle lo infantil que podía llegar a ser Dee.
Ante su silenció el muchacho miró hacia la sala. La sesión se había reanudado y Noel volvía a ocupar su lugar entre los otros modelos.
-De todos modos ese tipo que se ha buscado Noel no es gran cosa –comentó indolente-. A mi no me resulta nada atractivo. ¿Qué es lo que ha visto en él?
Kato entrecerró los ojos.
-Una segunda oportunidad.

* * *

Consultó por tercera vez el reloj de pulsera. Las manecillas se habían movido apenas unos milímetros en la esfera azul desde la última vez que las miró. Aun eran las nueve menos cuarto.
Agitó el vaso y el hielo tintineo contra el cristal. Al llegar pensó en pedirse un vodka doble, pero optó por una tónica con limón. Sentía que era importante tener la mente despejada.
Miró de nuevo hacia la puerta. Había escogido uno de los reservados más apartados pero desde el cual podía controlar quien entraba. Todavía era pronto, aunque desde hacia media hora esperaba ver aparecer a Karel.
La sesión había terminado temprano, y no podía decirse que hubiese sido un éxito. Su falta de concentración había quedado patente a pesar de los esfuerzos que hizo por apartar de su mente y de sus labios el rastro del apasionado beso; un beso que le producía tanto desasosiego como placer.
Que Karel hiciera aquello era lo último que había esperado que sucediese. Pero si se detenía a pensarlo con frialdad, el beso era secundario. Lo realmente impactante habían sido sus palabras.
No quiero que te vayas, no quiero que salgas de mi vida”.
Sus palabras, su actitud; todo ello le confundía.
Aquel día en la playa, a solas tras la marcha de Karel, había tomado una decisión. Cuando le vio nadar sin rumbo, adentrándose más y más en un mar que sabía con absoluta seguridad era traicionero y mortal sintió que el miedo le atenazaba el corazón. Un miedo intenso y helado que le empujó a nadar tras él a un siendo consciente de que los dos podían terminar allí con su existencia. Mas tarde, sentado en la orilla de la playa, hundido por los remordimientos, comprendió el significado de aquel miedo.
Se había estado engañando a sí mismo. No era una simple atracción física lo que sentía por Karel, ni un capricho como se imaginaba Kato; era algo más peligroso. De nuevo, después de muchos años, había vuelto a enamorarse y su primera muestra de amor había consistido en un acto de violencia deleznable y mezquino. No podía seguir haciendo sufrir a Karel de ese modo, era egoísta y miserable continuar forzando de aquella forma una situación que nunca se iba a producir. Karel no le amaba, y todo intento de conquista no solo estaba abogado al fracaso, sino que podían causarle a éste un daño irreparable.
El altercado en el hotel resultó una demostración de sus peores temores.
En aquel momento fue consciente de que su decisión de no volver a verlo era lo único que podía salvaguardar a Karel tanto del daño que sus propios sentimientos pudieran causarle como del visceral sentido de protección de Kato. Por ello cuando la oferta de la W&W llegó en firme hasta sus representantes no pudo hacer otra cosa que rechazarla, aun contraviniendo las recomendaciones de éstos y a sabiendas de que cometía un grave error profesional.
Volvió a consultar su reloj. Ni siquiera eran las nueve menos diez. La impaciencia le estaba destrozando los nervios.
Verle en el museo le había causado una tremenda conmoción que a duras penas había podido disimular. No sabía que lo traía hasta allí, pero imaginaba por su expresión sombría que no eran precisamente buenas noticias. Trató de mostrarse distante, indiferente, no caer en el error de exteriorizar la intensidad de las emociones que en aquel momento le dominaban, temeroso de que estas pudieran volver a dañarle. Pero al escuchar su rabiosa acusación y comprender con dolorosa certeza que clase de ser monstruoso le creía, todas sus defensas cayeron irremediablemente.
Terminó la tónica de un solo trago e hizo una seña a Hugh para que le trajera otra.
No comprendía que era lo que pasaba por la cabeza de Karel, no lograba saber que quería de él. Había ido a su encuentro furioso, acusándolo de ser retorcido y vengativo, para luego pedirle que no saliera de su vida.
Oyó que la puerta se habría y miró ansioso hacia ella. Dos chicas entraron y tras dejar sus abrigos en una percha junto a la entrada se aproximaron a la barra.
La decepción le hizo recostarse contra el respaldo, contrariado.
No sabia que iba a suceder. Tal vez Karel ni siquiera apareciera. Pero de algo estaba seguro. Si tenía una oportunidad, una sola por remota que fuera de lograr el amor de aquel hombre, iba a luchar por ello hasta el final.

* * *

Karel caminó con paso rápido. Si no recordaba mal el bar debía de estar al final de aquella manzana. Poco a poco fue reduciendo la velocidad de su marcha, estaba apunto de llegar a “El Duende Verde”, de encontrarse de nuevo con Noel. Se detuvo frente a un escaparate fingiendo observar los maniquís expuestos.
Se sentía profundamente confuso.
Había besado a Noel, ¿por qué?
Hasta el hecho de haber ido a buscarlo al museo le resultaba ahora una locura. La rabia causada por lo que creía una vil estratagema por parte del modelo para forzar sus remordimientos, lo había espoleado empujándolo de nuevo hacia él; una rabia que se fundió como la mantequilla, con tanta rapidez como había aparecido, cuando contempló la agonía que sus acusaciones le causaban. Y ese sufrimiento, esa desolación que podía leerse en los ojos de Noel, que casi podía tocarse, le laceraba el alma sin ser capaz de comprender por qué.
Muchas eran las ocasiones en que se había detenido a meditar su relación con el modelo y siempre había sacado la conclusión de que en realidad no podía sentir nada por él. Capricho, enajenación, curiosidad; nada que pudiera parecerse ni remotamente a un sentimiento de afecto. Pero el dolor, su dolor ante el sufrimiento de Noel y el deseo desatado de retenerlo a su lado eran reales, tan real como el beso que le había dado.
Ensimismado se rozó los labios con las yemas de los dedos. Aun notaba el calor de su boca, el sabor dulce de su saliva, el temblor incontrolado de su cuerpo cuando lo estrechó contra el suyo.
Había sido un impulso, una acción completamente involuntaria, y eso le desconcertaba. El nunca se dejaba llevar por un impulso. Cada paso en su vida estaba meditado y sopesado, todo acto encajaba como una pieza de puzzle en el anterior y en el siguiente. Pero desde que conociera a Noel todo parecía haberse desbaratado.
Sintió que lo observaban y miró hacia su izquierda. Una anciana con gafas de concha y un abrigo gris le escudriñaba ceñuda.
-Buenas noches –saludó Karel extrañado.
-Pervertido –gruñó la mujer echando a caminar calle abajo.
-¿Cómo? –preguntó sorprendido.
Miró hacia el escaparate y por primera vez se fijó en los tres maniquíes que había en él, los cuales de pie ante un fondo de seda y tul, mostraban unas diminutas piezas de ropa interior femenina en color rojo y negro.
-Mierda –farfulló caminando de nuevo en dirección al “El Duende Verde

* * *

Empujó la pesada puerta y entró. Una bocanada de aire caliente le recibió junto a las notas musicales de una rápida melodía de violín y guitarra. Con un primer vistazo localizó a Noel sentado en un reservado al fondo del local.
El modelo levantó la cabeza y le miró y durante una fracción de segundo tuvo la tentación de salir corriendo. Respiró hondo y con paso decidido atravesó el espacio que los separaba, sentándose frente a él sin quitarse el abrigo.
Los dos se observaron en silencio. Karel envarado, con las manos sudorosas apoyadas en la mesa que los separaba. Noel serio, haciendo girar el hielo en el vaso vació.
El modelo sonrió y súbitamente rompió a reír ruidosamente golpeando la mesa con el puño.
-¿Se puede saber que te hace tanta gracia? –gruñó Karel, con expresión disgustada.
-De nosotros, por supuesto –respondió tratando de calmarse-. Parece que estemos apunto de sacar las pistolas y liarnos a tiros.
El publicista intento disimular la sonrisa que pugnaba por surgir.
-No digas tonterías.
La sombra de la mole de Hugh cayó sobre ellos. Al verlo, Karel pensó que el mugroso delantal que vestía debía de ser el mismo que lucía el día que estuvo por primera vez en aquel local.
-Vaya, veo que superaste tú borrachera –dijo mirándole con evidente desden-. ¿Bebes algo o has venido a disfrutar del ambiente?
Karel señaló el vaso de Noel.
-Lo mismo.
-Y prepáranos algo de comer, Hugh –pidió el modelo.
-Yo quiero una ensalada.
-¿Ensalada? –el camarero torció el gesto mientras recogía el vaso vació-. Si claro, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer que preparar mariconadas de esas.
Y rezongando por lo bajo regreso a la barra.
-¿Qué le pasa a ese tío? –preguntó el publicista fastidiado.
-Creo que le caes bien.
Karel miró al modelo. Su rostro aparentaba felicidad, pero a sus ojos asomaba una sombra de preocupación.
-Deberíamos dejarnos de rodeos –musitó.
Noel asintió borrando la sonrisa de sus labios.
-Estoy de acuerdo –corroboró-. Y soy yo el que debe empezar pidiéndote perdón por todo el daño...
-No –interrumpió enérgicamente Karel-. No quiero volver a oír que me pides perdón. -sorprendido al escucharse hablar con tanto ímpetu, bajo la mirada y la clavo en sus manos, que apoyadas aun sobre la mesa, no dejaba de abrir y cerrar convulsivamente-. No me pidas perdón por algo de lo que tú no eres culpable –continuó en un tono más moderado-. En todo caso la culpabilidad es compartida.
-No debí forzarte –insistió Noel.
-No lo hiciste –el rostro de Karel enrojeció-. No del todo.
-Quieres decir que...
-No sé lo que quiero decir –exclamó sacudiendo la cabeza con energía-. No sé lo que sentí en aquella playa, ni por qué me preocupe cuando no regresabas al hotel. Tampoco sé por qué me enfade tanto cuando rechazaste el contrato o por qué hoy yo te he....-trago saliva con dificultad-. ...te he besado. No sé que deseas de mi o que deseo yo de ti. Solo sé que no quiero que te alejes.
Notando que el corazón le golpeaba enloquecido el pecho, Karel guardó silencio esperando algún comentario por parte de Noel. Pero éste no pronunció palabra.
Levantó la cabeza y lo vio mirándole fijamente; sus ojos resplandecían y en su rostro los labios dibujaban una amable sonrisa.
-Me comporto como un crió, ¿verdad?
Noel negó moviendo la cabeza.
-Te sientes confuso, es normal.
-Tú pareces muy seguro.
-Solo lo estoy de lo que siento.
Observó a Noel con detenimiento. Estuvo tentado de preguntar que era lo que sentía, que era aquello de lo que estaba tan seguro, pero una sensación de vacío le invadió atenazándole la voz. Podía suceder que le respondiera, que Noel con su acostumbrada desenvoltura y la seguridad y aplomo con la que mostraba sus sentimientos, respondiera a sus preguntas. Y él no estaba aun preparado para escuchar las respuestas.
El modelo alargó la mano hacia él por encima de la mesa desconcertándolo.
-Mi nombre es Noel Saikaku –dijo ante la sorpresa del publicista-. Encantado de conocerte.
Perplejo, le estrecho la mano que le tendían.
-No entiendo...
-¿Qué tal si empezamos de nuevo? –sostuvo la mano de Karel apretándola cariñosamente-. Imagina que este es el principio de nuestra amistad.
-Pero, son tantas cosas –murmuró.
-¿No quieres que seamos amigos?
-¡Sí! –se apresuro a responder.
-Entonces espesemos por ahí –y añadió dulcemente-. Si algo más tiene que suceder entre nosotros, que suceda.
Karel vaciló unos instantes, pero devolviéndole la sonrisa y estrechándole a su vez la mano que aun sostenía, asintió.
-Karel Berenson, encantado.
Dos platos rebosantes de salchichas, patatas y guisantes y dos vasos de tónica con hielo fueron colocados sobre la mesa con un golpe seco.
El publicista se apartó para evitar que una salpicadura de espesa salsa cayera sobre su abrigo.
-Oiga tenga más cuidado –le espetó-. ¿Y que se supone que es esto?
-Comida –respondió Hugh enseñándole una fila de dientes grandes y afilados.
-Yo pedí ensalada.
-Noel –el hombre se volvió hacia el modelo-. Que sea la última vez que te traes a un señoritingo como este a mi bar.
El aludido asintió con una mueca burlona.
-Lo tendré en cuenta Hugh.
-Llévese esto –dijo Karel señalando su plato-. No pienso comérmelo.
El hombre se marchó moviendo la mano con desden.
-¿Pero que tipo de bar es éste? –preguntó furioso.
Como respuesta el modelo se encogió de hombros divertido.
-Pues esto no queda así –aseguró poniéndose en pie y cogiendo el plato con cuidado de no derramarlo-. Esta vez no pienso hacer lo que le salga a él de las narices.
Con decisión fue hasta la barra detrás de la cual se encontraba Hugh sirviendo una jarra de cerveza.
Noel observó como Karel trataba de convencerlo de que le cambiara el plato y no pudo evitar echarse a reír al ver su cara de alarma cuando Hugh depositó sobre la barra un bate de béisbol que saco de debajo. Resultaba ridículo verle insistir mientras mantenía una prudencial distancia. Pero tal vez eran precisamente esas simplezas las que le habían conquistado el corazón.
-Por favor, Dios –murmuró sin apartar la mirada él-. Si de veras existes, has que se enamore de mí. O ya no me quedará ninguna razón para seguir viviendo.

Continuara...

Bueno, aquí está.
He sudado tinta pero por fin está. Me ha costado mucho trabajo porque quería lograr mostrar con claridad los sentimientos de Karel y de Noel (no sé si lo habré logrado) y darle veracidad (tampoco sé si lo habré conseguido) Pero no podía continuar dándole vueltas, cada vez que lo releía le encontraba un fallo y me frustraba.
Perdonadme si no esta a la altura de lo que esperabais.
Tenía muchas ganas de escribirlo porque a partir de aquí espero poder darle a estos dos todo lo que necesitan (:P ya me entendéis ¿no?) que aunque no lo creáis, yo también tengo ganas de un poco de acción.
Como me pide Alisea (muchas gracias Alisea), voy a inscribirme en el foro de Amor Yaoi para poder dejar mensajes en el post de Juegos de Seducción. Si tenéis alguna pregunta o comentario que hacerme lo podéis dejar también allí porque voy a pasarme a menudo. XD
Bueno, no os entretengo más, muchos besos, Nut.

Y como siempre agradecería vuestros comentarios, criticas, felicitaciones y/o reprobaciones. Todo será bien recibido ya que de los errores se aprende y con los aciertos se disfruta.
Correo: natsuki@telefonica.net