Por Himitsu
Dime qué piensas, dijo y cerró los ojos.
El hombre frente a él evitaba mirarlo, sin embargo con cuidado le tomó las
manos y las llevó hasta su corazón.
- Pienso en el deseo, en la lujuria.- Lo abrazó-
Pienso en el honor y en el futuro.
Amanecía, la lluvia incesante cubría de
melancolía el paisaje, mientras las nubes grises oscurecían la escasa luz. Todo
estaba acabado, todo terminaba ahora, en un amanecer de invierno, en una
bulliciosa ciudad. ¿Qué quedaba de la noche? ¿Sólo un sueño que ni siquiera
recordaban?... Solos en la habitación, la cama deshecha, la ropa sucia, una
canción sonando en la distancia, hablando de la guerra y de la decreciente
economía... Un triste amanecer, era
verdaderamente un triste despertar.
Y ahí dos seres lloraron en silencio, uno
por amor, el otro por su honor; uno sufría por no saber que hacer con su vida,
mientras que el otro no podía apartar de su mente el estigma que marcaría su
destino; ¿perdidos?, si, ambos, dos almas a la deriva, ciegos, completamente
perdidos.
-Y dime qué haremos ahora.
-Y dime qué hemos destruido.
El lazo roto, el amor violado, lágrimas
que nada solucionan. Siete años de amistad, siete años de recuerdos, vivencias,
anhelos, sueños. Siete fueron los años disueltos en una noche, donde los
secretos, los más oscuros de una amistad al límite de pasión, vieron finalmente
la luz; la llama que por un descuido incineró la moral, la amistad, la promesa
de jamás dejar aflorar la pasión, y mucho menos el sueño erótico de dos hombres
compartiendo una cama... Dos amigos, sí, eso era.
- Tu vida, tus sueños...
- Morir, nada podemos hacer...
Confusión, dolor oscuro y amargo
hirviendo en las venas, destrozando el corazón, la razón, la amistad y el
orgullo.
Abrazados, después de todo y aunque
pareciera increíble, amándose, como amigos y también de una manera prohibida,
sucia. Corazón con corazón llorando, esperando por el último latido, muriendo.
Sus mejillas tocándose, sus brazos, sus piernas... Bocas amargas, bocas
cálidas, bocas solitarias que durante siete años se limitaron a regalar sólo
simples sonrisas, ¡viles mentiras! con tal de no ceder ante el hechizo de otra
boca solitaria, igualmente deseosa, igualmente dolida al pronunciar la
palabra ‘Amigos’
- Mírame, por favor di que esto no...
- ¿Qué no ha sido cierto?
Un descenso vertiginoso, dolor en las
entrañas, como si el más cáustico de los venenos le recorriera el cuerpo. ¿El
cuerpo?, ¿qué cuerpo?... Piernas, tórax, dedos, cuello... Nada de eso le
pertenecía; nada le quedaba. Pensó, intentó dilucidar los hechos, las culpas,
el error, la vergüenza. ¿Qué había sido?, un paso en falso, el calor y la
maldita necesidad de ser tocado... Y también esa boca sonriente, jugueteando
tan cerca, hablándole de sus sueños al oído de manera tan..., ¿íntima?. «Amigos,
amigos, amigos»... El eco en su cabeza, el ardor en los labios, el ardor en
el cuerpo, el deseo y el anhelo de mayor intimidad.
-Y si, me gusta- ¿Qué decían esos labios
tan deseables?. No, nada importante salvo el suave ronroneo en su oído, los
dedos jugando en su pelo y esa risa traviesa que lo tenía loco.
- Hay cosas que no puede uno ignorar
cuando se presentan así... -«Amigos, sí, sólo eso»... – Ella es
hermosa, de verdad la quiero mucho- Una risa dulce, infantil, provocativa, tan
espontánea.
Esa risa, esa boca, el deseo, el calor,
la necesidad de mayor contacto, el movimiento instintivo, un suave vaivén contra
un cuerpo ajeno que nada de eso notó (o no quiso notar) y el calor, sí, el
sofocante calor.
Y
no pudo evitar tomarle la mano. «Amigos». ¿Cómo interpretar aquel
contacto? ¿como un ‘sí amigo, te comprendo y te apoyo’?. Miradas
encontradas, profundas y sinceras, manos entrelazadas... Sólo era amor, de ese
que concede la amistad, pero también de ese que el deseo confunde, transforma y
ensucia. ¿Cuantas veces no soñó con esa boca?
-Lo he pensado mucho y...- Una sonrisa,
tan cerca, su aliento- Nos casaremos.
Silencio. ¿Qué habían dicho esos labios?.
Nada, eran sólo esos ojos negros el hechizo que lo volvían sordo. Ojos
expectantes, tan hermosos y sinceros que lo hacían sonreír, sonrojarse, y
amarlo un poco más.
- Te deseo amigo... Te deseo todo
lo mejor- Y una sonrisa de regalo, más sincera aún, y un beso en la mejilla,
lento, suave, demasiado lento tal vez, y el instinto, ¿cómo no probar con la
lengua esa piel tan soñada?.
Un impulso que ninguno de los dos evitó.
Boca contra boca, rechazando y luego cediendo... Y aquella mano entre la suya,
tan fuerte, tan dócil, cómo no iba a obligarla él a descender sobre su
entrepierna. «Tócame, bésame y olvida».
Enredados cuerpos, años, dudas, miedos.
Enredadas pasiones, secretos y la eterna sed jamás saciada... «Amigos,
amigos, amigos»... ‘Amigos íntimos’, imposible negarlo, y menos cuando desnudos se encontraron,
mirándose de una manera no muy casta. “No me pidas que me detenga, por
favor...”.“ No, ya no quiero
pensar”
Placer, exquisita oleada al ritmo de
movimientos mecánicos, frenéticos. Cediendo ante la tentación, entregándose
ciegamente a lo que siempre supieron que ocurriría y que sin embargo, también
siempre intentaron vanamente evitar. Suplicio inútil. De cara contra el colchón,
gimiendo y llorando, de dolor y culpa, de placer y miedo, su amigo se entregaba
para saldar de una vez los años de agonía, la tortura, la confusión de un amor
que jamás quiso enfrentar. Desesperado se encontró de pronto sobre él,
volteándolo con brusquedad, separándole las piernas y arremetiendo contra su
tentador cuerpo; sólo pretendía olvidar... Olvidar en un cuerpo ajeno y
prohibido, para tocar hasta ya no sentir y besar hasta que el asco les separase
las bocas, al recobrar la cordura, al satisfacer las ganas y volver a verse
desnudos, por primera vez sólo como amigos. Y se vieron dos hombres, tan
asquerosos como jamás pensaron que pudiesen resultarse. Vacíos, perdidos,
muriendo ante la idea de saberse tan sucios, tan bajos, tan asquerosamente indignos...
Y el arrepentimiento luego ¿qué habían hecho?.
Llanto, soledad y frío, la llama de la
pasión ahora extinta, el fuego sofocado y las cenizas quitándoles el aliento.
Dolor y asco por su amistad profanada, uno lloraba en silencio, sentado sobre la
cama y hundiendo el rostro entre las manos. El otro en el suelo, completamente
enajenado murmuraba palabras de amor, como si ella fuese a escucharlas.
“Mi amor es tuyo ¿acaso lo dudaste?”
Y así los encontró el amanecer, locos de
dolor, medio muertos, con los ojos hinchados y las lágrimas secas. Día gris,
mal presagio.
Como en una premonición él se vio de
pronto en el futuro, con una marca en la frente moviéndose en las calles; y su
amigo vio la familia, los hijos que tendría, la decadencia de su estirpe. Se
puso de pie, una marca nació en su frente, y caminó hasta la ventana, no muy
lejos de donde estaba el hombre que hasta esa noche creyó amar.
Dime que piensas, dijo y cerró los
ojos. El hombre frente a él evitó
mirarlo, pero le tomó las manos y se las llevó hasta el corazón...
- Pienso en el deseo, en la lujuria.- Lo
abrazó. Tenía miedo.- Pienso en el honor y en el futuro.
Ambos evitaron mirarse, sabían que era su
último abrazo, el adiós definitivo. Ambos callaron y contuvieron el llanto, y
abrazados se sonrieron luego por última vez; la última mentira antes de separar
sus rumbos, pensaron, porque prefirieron terminar con la misma farsa de siempre
ante tener que revelar ahora las palabras que en secreto el corazón les
lloraba... “Y dime amigo ¿qué haré ahora yo sin ti?”
FIN