EL COMIENZO DE LA ETERNIDAD
por: Jocasta de Tebas
Notas:
1- este fan-fic está totalmente ambientado en la Saga de Hades: Capítulo del Santuario, por lo que, si no deseas saber nada de la trama de Hades, no sigas leyendo. Contiene una gran cantidad de espoilers extraídos del manga.
2- Camus es mi personaje preferido y en esta tercera
parte, conclusiva (por el momento) de “El Favor” y “El Cazador de
Tormentas” (su precuela), quiero agradecer a Alphard, a Dazi, Venus María,
Danae y a Haima Yagami sus comentarios y sus apoyos (escondidos en veladas
amenazas por el final que pudiera surgir de mi retorcida imaginación)
3- Dedico este fic a dos personas en concreto:
A Mü, el alter ego de Sarayhim, por ser tan buena
persona.
Y a Kamus de Escorpio (¡qué bien te queda ese
nick!), por tener tanto valor.
Para todo el que quiera continuar leyendo, está
dirigido este fic.
EL
COMIENZO DE LA ETERNIDAD
(Tercera
parte de El Cazador de Tormentas)
Saori, como reencarnación de la diosa Athenea, ha
convocado a los caballeros de oro del Zodíaco que sobrevivieron a la Batalla de
las Doce Casas para custodiar el Santuario en la batalla que se avecina. Los 108
Espectros encerrados bajo el sagrado Sello de Athenea han conseguido volver a la
vida, y una nueva Guerra Santa está a punto de comenzar. Hades, el rey de los
infiernos, desea acabar con la diosa y no dudará en reclutar, de entre los
muertos, a los caballeros más valerosos para conseguir sus propósitos.
Los caballeros de oro custodian las casas del zodíaco,
pero peligrosos rivales pugnan por conseguir la cabeza de Athenea.
Entre los Espectros, destacan tres que, por sus técnicas,
podrían considerarse los más poderosos de la orden... del Zodíaco.
-No
es posible que el cosmos que he sentido durante estas breves horas sea el de él...
–Milo, en la casa del Escorpión, meditaba sobre sus percepciones. Momentos
antes se había enfrentado a Kanon, en las antiguas estancias del Patriarca, y
le había asestado sus golpes más mortales: Los Aguijonazos Escarlatas.
Athenea
había implorado a Milo que tuviera compasión con Kanon, pero sus plegarias
obtuvieron un resultado nulo. Gracias a él, a sus maldades, se había profanado
el Santuario y ahora estaba regado por la sangre de valientes caballeros.
Por su culpa, por su estúpida ambición, se había orquestado la Batalla de las Doce Casas, con resultados nefastos.
Por
su culpa había muerto Camus.
Camus...
la dualidad en la misma persona. El fuego recubierto de hielo.
-Es
imposible que haya resucitado para enfrentarse a mí...
Milo
caminó, en círculos, por su Casa. Sabía que los espectros ya habían llegado
a la casa de Virgo, donde Shaka les tenía reservada una amarga sorpresa. No en
vano, él era el hombre más cercano a los dioses.
-Y
si has vuelto- susurraba, con los ojos perdidos en su Templo- ¿Por qué te
enfrentas a nosotros? ¿Porqué? ¿No te bastó con morir en la batalla contra
tu amado discípulo, que ahora tienes que volver acompañado de otros dos
traidores? Los Espectros de Hades, lo más bajo, ¿qué demonios estás haciendo
con ellos?
Se
frenó y sintió algo desgarrador en su cosmos.
Shaka
estaba en peligro.
El
joven que reencarnaba al Buda estaba en el jardín de los sales gemelos, detrás
de la casa de la Virgen, aguardando la muerte. Enfrente de él, Saga, Shura y
Camus tenían cuatro de sus cinco sentidos totalmente paralizados, y estaban
dispuestos a ejecutar la Exclamación de Athenea, la técnica prohibida.
Un
resplandor y luego... un silencio mortal.
La
puerta del Templo, la que Mü custodiaba ante la mirada de los caballeros de
bronce y de Aioria, se abrió.
Ya
no había flores en el campo de los sales gemelos. Solo se vislumbraba un suelo
yermo y destrozado.
-Mü,
te doy el rosario de las manos del propio Shaka- pronunció, guturalmente, Saga.
El
pacífico Mü bajó la mirada, llena de pena. Sus ojos estaban enrojecidos de
tanto llorar. Aioria no pudo contenerse y proyectó un ataque que lanzó a los
tres traidores por los aires. Sin embargo, no pudo ejecutarlos como tenía
pensado ya que Mü detuvo su brazo.
Milo
corría, Casa por Casa, hasta que llegó a la de Virgo. Allí le vio, malherido,
al lado de Shura y Saga, con su armadura de Espectro, tan negra como su pelo.
Aquella
visión le conmocionó totalmente.
Su
porte, su gélido rostro, su fría belleza... tan hermoso como letal.
Camus
no podía verle, Shaka le había privado del sentido de la vista.
Pero
ambos cosmos se encontraron. No en vano estuvieron unidos hacía mucho tiempo
por lazos impuros.
Los
impuros lazos del amor.
“¡Camus!”
“Milo...”
“Estás
vivo, ¡Vivo!... y peleas contra mí”
“Estoy
luchando contra el tiempo y el destino”
“Nunca
te entenderé, Camus, nunca, y ahora con esa armadura de Espectro... ¿en qué
locura te has embarcado que ahora sigues al sanguinario Saga?”
“Milo...
al final cumpliste el favor que te pedí, y no mataste a mi aprendiz en tu
Casa...”
“No,
no le maté porque se comportó como un caballero, e incluso di parte de mi
sangre para reparar su armadura. Ahora es una armadura con poderes muy similares
a las de los caballeros de oro”.
“No
tengo palabras suficientes para agradecértelo, Milo”
“Déjate
de agradecimientos y dime, ¿Porqué has vuelto para luchar contra nosotros,
para luchar contra mí?”
“Es
muy difícil de explicar, Milo”
“Hazlo,
antes de que desencadene mi ataque y os fulmine a los tres”
“No
tengo tiempo para hacerlo, mi momento se termina...”
Milo,
en esas décimas de segundo, deseó hacer cualquier otra cosa antes que atacar a
Camus, el apasionado caballero del signo de Acuario.
El
apasionado caballero de Acuario... que caminó entre los muertos y ahora estaba
ante él. Lo que deseó desde que lo vio, inerte, en su propio Templo, frente a
Hyôga, también caído en combate.
Milo
no sintió en su vida un dolor más agudo que el que se desencadenó en su corazón
al ver el cuerpo de Camus tendido en la Casa de Acuario.
Y
lo más angustioso, ver cómo Athenea acariciaba con su divina mano el cuerpo
del Guerrero del Cisne, resucitando al amado de Camus y que por él no podía
hacer nada.
Movió
la cabeza, tratando de borrar aquellos recuerdos, expulsando sus emociones para
la batalla. Ellos habían acabado con Shaka, el caballero de la Virgen, y su
misión consistía en matar a Athenea. Milo tenía claro cual sería su postura.
Entre salvar a Athenea, o dejarla morir, a pesar de todo, su honor de caballero
te antepondría a sus recuerdos.
Aunque
lo más difícil era volver a enfrentarse a Camus.
“¿Me
comprenderás ahora, caballero del Escorpión?”
“¿En
qué sentido he de comprenderte, has abrazado la maldad de Hades, has
traicionado a la diosa a la que tanto venerabas, a la que te impidió estar
conmigo...?”
“No
es una traición, pero no tengo tiempo de explicarte”-el rostro de Camus no
mostraba ninguna expresión.
“Camus,
es una batalla a muerte, explícate antes de que te mande al infierno”
“Tenemos
una misión muy importante, Milo, y te rogaría que nos la dejaras cumplir”
“Tus
misiones... ¿no te hicieron ya suficiente daño para toda una vida?”
“El
dolor ahora ha quedado relegado a un segundo plano”
“Pues
tu rostro no parece querer decir lo mismo”
“Mi
rostro...-la boca de Camus quiso sonreír, pero no lo consiguió- no puede
expresar lo que siente al volver a verte, con los ojos de mi cosmos, de nuevo”
El
corazón de Milo se encogió por la confesión, pero él estaba demasiado
enfurecido por la situación como para dejarse embaucar.
“No
conseguirás engañarme. Te fuiste, y cuando regresaste, otro me sustituía en
tu corazón”- contestó, furibundo.
“Mi
corazón... ahora está completo”
“¿Porque
Hyôga está aquí?”
“Milo...”
“¡Entonces
morirás a mis manos o a las suyas!”
Milo
gritó su ataque predilecto, “Aguijón Escarlata” y los tres caballeros
salieron por los aires.
“Milo...
trata de comprender”
“¡Jamás
comprenderé tus acciones aunque viva mil vidas!”
Volvió
a lanzar su ataque, pero Saga lo interceptó y, si no llega a ser por la voz de
Seiya, Milo vagaría por otras dimensiones. Pero dio con su espalda en el techo
del templo, y cayó en el pavimento de la Casa de Virgo, con su orgullo
ligeramente herido.
Miró
a Camus y éste seguía teniendo el rostro impasible.
Milo
hervía de rabia.
-Ya
realizamos la Exclamación de Athenea para mandar a Shaka al otro mundo ¡Volveremos
a ejecutarla para haceros desaparecer a vosotros también!- bramó Saga.
-Pero
qué imbécil eres. ¿No os habéis dado cuenta de que nosotros somos también
tres caballeros de oro?- susurró Aioria.
-Si
invocamos la Exclamación de Athenea a la vez, no sólo desaparecerá el templo
de la Virgen, sino que desaparecerá el Santuario entero.
-Sí...
y con el Santuario... la propia Athenea.
Saga
sonrió sardónicamente.
-¡ATHENA
EX...CLAMATION!
A
la izquierda de Saga, como el Angel Exterminador, la belleza de Camus resaltaba
como una rosa en un campo de margaritas.
Milo,
a la derecha de Mü, formaba con sus manos la técnica prohibida.
“Camus,
al enfrentarme a vosotros con esta técnica, seré tachado de traidor”
“Jamás
a mis ojos, en la peor de las vicisitudes aparecerás como traidor o enemigo,
Milo. Aprendí a apreciar tus virtudes y defectos, aprendí a amarte a pesar de
todo lo ocurrido”
“¿Aprendiste
a amarme? ¡Ya no creo en tus mentiras!”
“Jamás
te he mentido. No te mentí en el Santuario de Retiro, así que no voy a hacerlo
ahora. Te amé completamente, desde el momento en que crucé mi mirada con la
tuya, en el templo del Escorpión Celeste”
“Es
demasiado tarde ya, Camus. El bando en el que estás no es el correcto, y esta
batalla nos borrará de la faz de la Tierra”
“Milo,
esta la batalla definitiva, y este bando, el bando correcto, ¿Es que no lo
entiendes?”
“¡Maldito
seas, te vi muerto en la Casa de Acuario, y ahora, estás aquí, invocando la técnica
prohibida, a la izquierda de Saga el asesino, y consiguiendo que nosotros también
la ejecutemos! ¿Cuántas veces he de llorar tu perdida, dime? ¿Cuántas?”
“Esta
será la última”
“¡¡Entonces
moriré y te perseguiré por los infiernos para hacerte pagar por el dolor de la
vieja herida que se vuelve a abrir en este maldito momento!!”
“Te
estaré esperando hasta el comienzo de la eternidad, Milo.”
En
plena concentración, los cosmos no se habían separado. Milo no apartaba sus
ojos de Camus.
“¿Y
tu aprendiz? ¿No has pensado en qué le ocurrirá? Por él viniste a pedirme aquel favor...”
“Encontrará
su hueco y a alguien a quien amar”
“¿Y
tú? ¿Le seguirás amando en la distancia?”
El
silencio de Camus fue un duro golpe para el caballero del Escorpión.
Milo
apretó los dientes cuando la violenta explosión de los seis cosmos expandidos
hasta el paroxismo hizo caer el techo de la Casa de la Virgen. No sabía si
viviría o moriría, pero ahora sabía que todo lo que había pasado en el
Santuario, el dolor, la angustia y la estúpida venganza que urdió para quedar
por encima de Camus, habían pasado a un segundo lugar. Todo lo demás había
dejado de importarle. Solo una cosa brillaba en su pensamiento.
Seguiría
a Camus costase lo que costase. Y una vez lo tuviera delante, lo ahogaría con
sus propias manos.
“Comprendes
ahora, Milo...”
No
era el cosmos de Camus el que había tocado a Milo.
Era
el cosmos de Shaka.
“¡Shaka!”
“¿Estas vivo?”
“El
dolor desaparecerá... te lo dije... cuídate, amigo mío”
Interludio 1:
Camus ha conseguido la armadura de Acuario y se ha ido a entrenar a Isaak a Siberia.
El
templo de Virgo era de una belleza tan impactante como el rostro de su morador.
El rubio caballero, con su marca de la Iluminación en mitad de la frente, nunca
abría los ojos, pero era evidente que no se le escapaba un detalle. Era como
una garza real, un animal bello y perspicaz, con un cosmos que irradiaba un aura
de tranquilidad y paz propia de una tarde de verano en mitad de una campiña
solitaria. Era tan hermoso como el jardín de los sales gemelos que de vez en
cuando visitaba, detrás de su templo.
Sólo
Milo conocía la existencia de dicho jardín.
El
jardín donde Shaka moriría algún día.
-No
me mientas, Milo, no existen los secretos en tu corazón para mí.
-¿Porqué
siempre me preguntas lo mismo...?
-Porque
veo tu dolor.
Milo
sonreía, sobre la cama, mientras Shaka se colocaba la túnica, maravillándose
por su destreza al vestirse con los ojos cerrados.
-Cómo
vas a verme, si tienes los ojos cerrados...
-Quizás
no habré alcanzado el estado de la Iluminación que el Buda llegó a lograr,
pero para mí no tienes secretos. Tu corazón grita, descarnado. Llora.
-Hace
mucho tiempo que dejó de llorar, Shaka.
-Mu
también lo ha visto.
-Mu...
qué locura haber abandonado el Templo del Carnero Blanco...
-Sus
razones tendría.- Shaka suspiró.
-Que
supongo tú conocerás.
-No,
no leo los pensamientos, Milo. Simplemente percibo y comprendo cosas que los demás
no son capaces de interpretar.
-¿Y
qué percibes en mí?- Milo se levantó y se colocó delante de él, tan hermoso
que insultaba con su belleza.
-Tu
dolor. Su ausencia te está matando.
Milo
rió.
-¿Ausencia?
Jamás estuvo conmigo.
-Te
mientes –Shaka replicó suavemente.
-Nunca
le perdonaré lo que me hizo.
-¿Lo
que te hizo? Milo... Soy Shaka... No trates de tragiversar lo que ocurrió. No
estuve en el Santuario de Retiro pero veo tu sentimiento de culpabilidad, debajo
de tu ira.
Milo
bajó la cabeza.
-Y
el tiempo, el que esperabas que te ayudara a olvidarle, parece que no consigue
el efecto que tú pensabas...
-Shaka...
-Quisiste
olvidarle volcándote en mí, pero... fallas una y otra vez, ¿verdad?
-¡¿Acaso
eres un hechicero que lee en mi interior?!
-Para
mi percepción, no es necesario leer en tu interior- el joven trató de calmar a
su amante- tu dolor grita de tal manera que es me imposible no oírlo.
Milo
se giró.
-Sé
que desearías que mi boca fuera la suya, y que mi cuerpo no llevara la
constelación de Virgo sino la de...
-Yo
te amo, Shaka- cortó Milo.
-Me
deseas, pero no me amas. Sólo has amado a una persona en tu vida, y esa persona
es...
Milo
le abrazó y le besó con pasión. La contestación física de Shaka no se hizo
esperar, su cosmos pacificador tranquilizó momentáneamente el belicismo del
Escorpión, y cuando sus labios se despegaron, Milo parecía otro.
-Y
sin embargo, nunca abres los ojos... me
maravillas, Shaka...
Al
marcharse Milo de su Templo, Shaka elevó sus párpados, y vio como su amante se
alejaba, con su orgullo habitual, su ensortijada melena cayendo como una cascada
por su musculosa espalda, su paso firme...
...
y el dolor de su corazón.
Shaka
no podía ayudarle. No quería ayudarle, ya que Milo no quería ayuda.
Se
colocó en la posición del Loto y comenzó su meditación.
Fin del Interludio 1
La
explosión fue devastadora. Los seis caballeros de oro hicieron chocar las dos
Exclamaciones de Athenea, y si no llega a ser por la intervención de los
muchachos de bronce, que desplazaron con sus cosmos la fuerza contenida en esa
colisión de energías, aún estarían midiendo sus fuerzas en la Batalla de los
Mil Días. Seiya, Shun, Hyôga y Shiryû recriminaron a los dorados su afán por
destruirse en aquella estúpida confrontación. A fin de cuentas, todos eran
caballeros de Athenea.
Y
tanto Hyôga como los demás jóvenes de bronce comprendieron porqué habían
vuelto Camus, Shura y Saga revestidos con armaduras de Espectro.
Mü
lo intuía.
Aioria
tenía una ligera sospecha.
Milo
era el único que tenía los sentidos y el corazón embotados de odio y de ira.
Deseaba desaparecer con el Templo de la Virgen, pensar que todo aquello no
estaba ocurriendo... ¿Cuántas veces soñó con que Camus volvía a él? Una
cosa era que el testarudo francés estuviera escondido en Siberia, pero otra,
muy diferente, que hubiera vuelto del reino de los muertos para enfrentarse a
sus antiguos compañeros de armas... y a él.
A
él... que no había momento que no se estremeciera al recordar el suave
contacto de los labios del otro sobre los suyos.
Se
odio por amarle de aquella manera, ahora que ya nada importaba.
Y
como añadido, el maldito niñito rubio, su divino aprendiz, que era idéntico
en forma y manera a Camus, había desaparecido junto a la Exclamación de
Athenea. Milo se había prometido a sí mismo protegerle, porque Camus vivía,
de alguna manera, en él.
Mirando
hacia todos lados, vio a Mü y a Aioria, que parecían estar bien. Arrugó su ceño
al ver que los oscuros aún seguían con vida.
Athenea,
en la forma humana de Saori, obligaba en aquel mismo momento a Kanon a traerle
una labrada caja de las habitaciones del patriarca, ya que la necesitaría
cuando Saga estuviera ante ella.
La
daga con la que Saga había intentado matarla años atrás.
“El
dolor desaparecerá” –sintió Milo una voz en su cosmos.
“Shaka...
¿Shaka...?
“No
me busques. Yo iré a ti, cuando tu dolor desaparezca...”
Milo
se sentía dolorido y furioso.
Volvió
a lanzar una mirada escrutadora a su alrededor y comprobó que la devastación
era total. La casa de la Virgen ya no existía.
Localizó
un cuerpo entre los escombros. Allí estaba Camus, en el suelo, bajo las
piedras. Quiso ir hacia él, ayudarlo, pero la muerte de Shaka le había dolido
más de lo que pensaba.
Saga
asomó la cabeza bajo los cascotes.
-Saga...
Es increíble lo persistente que eres. Seiya y los demás han muerto por esto.
Voy a acabar con esta pesadilla de una maldita vez- susurró roncamente Milo
mientras invocaba a la Aguja Escarlata.
La
voz de Saori impidió que Milo lo rematara en el suelo.
Interludio 2
Estaba
absorto viendo las olas romper contra las rocas. Con todos los ingredientes en
una bolsa, Milo tenía los ojos perdidos en la inmensidad del océano que le vio
nacer. Había vuelto a la Isla de Milos, y allí pensaba realizar una ofrenda a
los dioses en los que había creído desde niño.
-Te
has escapado del Santuario sin permiso- susurró una voz femenina a su espalda.
-Tú
también- contestó él sin girarse.
-¿Es
posible que seamos tan rebeldes como estúpidos?- la mujer se sentó al lado del
joven griego, y le agarró el hombro para darle ánimos.
-Es
posible que jamás consigamos cambiar- Milo la miró, y sonrió tristemente.
-¿Cómo
te encuentras?- preguntó ella.
-Maestra...
estoy bien, ya sabes que soy tan duro como estas rocas que contemplaron mi
nacimiento.
-Sé
que lo eres, sin embargo, la pérdida que has sufrido no es algo que tomarse a
la ligera. Hasta las piedras más resistentes pueden quebrarse.
-Tus
palabras son sabias, como siempre.
-No
he venido aquí para hablarte como maestra, sino como amiga, Milo.
Milo
suspiró hondamente.
-Le...
echo tanto de menos...
Perséfone
le abrazó cuando el joven escorpión comenzó a llorar. Nunca le había visto
tan hundido, era posible que él jamás mostrara su pesar ante sus compañeros
de armas, y que allí, en la soledad de las Cícladas, aquellas islas paradisíacas,
dejara salir toda la pena y la amargura que llevaba escondida en el fondo de su
corazón.
-Milo...
no sabes cuánto lo siento...
Se
fundieron en un cálido abrazo, ella acariciaba su pelo mientras él la rodeaba
con sus brazos fuertemente. Jamás en toda su existencia había sentido la
necesidad de sentirse arropado, excepto en aquella ocasión.
Camus
le había vencido en todos los aspectos. Le amaba hasta la locura, y ahora...
estaba muerto.
Muerto
a manos de su propio aprendiz.
Estuvieron
largo tiempo fundidos en un cálido abrazo de cuerpos y cosmos, y cuando Milo
dejó de llorar, Perséfone le secó las lágrimas con las puntas de sus dedos.
-Regaste
con tu sangre la armadura de su aprendiz.
Milo
miró al suelo, pesaroso.
-Sí.
El me lo pidió. Fue al Santuario de Retiro a suplicarme que no le matara, y eso
fue lo que hice. No le maté...
No
pudo continuar.
-Luchaste
como un buen caballero, Milo.
-¡Debí
haber acabado con Hyôga allí mismo, así Camus ahora estaría vivo! ¡Es culpa
mía!
El
movimiento de su mano dejó caer la bolsa de los artefactos mágicos y Perséfone
tomó un par en sus manos.
Era
una figurita de arcilla que simulaba al caballero de Acuario, y otra que
asemejaba al caballero del Escorpión.
-¿Ritos
paganos?- Perséfone le colocó la figura de Acuario delante de la nariz-.
Atenea no se lo tomaría nada bien...
-Tú
misma los has realizado. Aun conservas la figura que representa a Pallas...
-Has
sido un alumno especialmente aventajado, Milo-dijo la mujer, sonriendo-. Me
congratulo de haber sido tu maestra y de compartir contigo estos años.
-Maestra,
me gustaría que rezaras a los dioses paganos por su alma, aquí, junto a mí.
-Claro
que sí, Milo. Será un honor. Pero antes, me gustaría que me respondieras a
algo en lo que no he dejado de pensar.
-¿El
qué?- Milo la miró con aquellos hermosos ojos aún brillantes por las lágrimas.
-Su
aprendiz... al regar con tu sangre su armadura... ahora es parte de ti. Si él
necesitara mentor, la acción de la reparación de su armadura con el baño de
tu sangre te convierte en su maestro. Lo sabías y aún así, lo hiciste.
-Se
lo debía a Camus. Por eso no le maté. Por eso regué con mi sangre su
armadura. Por eso le protegeré, aunque lo vea como su asesino.
-No
es su asesino. Que Camus sacrificara su vida por hacerle comprender lo que era
el Séptimo Sentido, no significa que Hyôga le hubiera asesinado. Camus decidió
pagar con su vida ese conocimiento. No puedes culpar a Hyôga de eso. Es muy
posible que el joven Cisne sufra tanto como tú en estos momentos.
-Reconoció
que le amaba, Perséfone. Me dijo que estaba enamorado de él en el Santuario de
Retiro, antes de la Batalla de las Doce Casas.
La
bella mujer se quedó sorprendida.
-¿Estás seguro? ¿No será que, para protegerte, es eso lo que recuerdas?
"Yo
tampoco he dejado de amarte, Milo. Cuídate"
-Los
tres hemos sido víctimas de esta estúpida batalla... y lo peor aún está por
llegar-. Meneó la cabeza, confuso.
Perséfone
asintió al escuchar tan sabias palabras.
-Ten
siempre presente, Milo, que Camus vive en Hyôga. Sus enseñanzas, sus técnicas
de combate, todo lo que Camus aprendió como caballero, ahora están en su
alumno. Lo sabes tan bien como yo.
-Por
eso no le maté.
-Por
eso regaste con tu sangre su armadura. Y por eso te has decidido a protegerle.
-Qué
bien me conoces, maestra...
-Vamos,
Milo- le tomó de la mano y le instó a acercarse a la playa-. Enterremos estas
ofrendas, y bendigamos con las aguas de este mar sagrado las estatuillas para
suplicarle a la diosa pagana que mi alumno y su amor lleguen a reencontrarse algún
día, y que a partir de ese momento, no se vuelvan a separar.
Milo
sonrió mientras recogía sus cosas para seguirla.
En
la playa, las dos voces se unieron en susurros mientras rezaban a los dioses más
antiguos que la propia Tierra.
Fin del Interludio 2
La
imagen de Saori, como Athenea, inundó con su luz la zona de batalla en el
Santuario. La muchacha, la viva reencarnación de la diosa, rogó a Mü que
dejaran de luchar y que llevaran ante su presencia a Saga y a sus compañeros.
El caballero de Aries transportó a Saga, el caballero de Leo, a Shura y Milo...
agarró a Camus por un brazo para pasarle el suyo por la cintura, y así
presentarlo en el Templo de Athenea.
Le
pasó un brazo por su esbelta cintura... como tantas veces había hecho desde
que se conocían.
Desde
que Camus había roto su conexión cósmica con Milo, éste no había vuelto a
escuchar nada más en su interior que proviniera del caballero de Acuario. Para
cerciorarse de que estaba vivo, Milo tuvo que colocarle un dedo en la vena carótida,
para asegurarse que transportaba a alguien cuyo corazón seguía latiendo.
Y
latía... aunque no por amor hacia él, como le había confesado en el Santuario
de Retiro, sino por devoción a Hades, el rey de los Infiernos.
Su
ira parecía no querer detenerse ante nada. Le estrangularía con sus manos si
supiera que su dolor finalizaría de esa macabra manera.
Tiró
a Camus al suelo, con desprecio, ante la diosa que los miraba seriamente. A la
izquierda de la muchacha, Kanon, el gemelo de Saga, portaba pacientemente una
caja con lo que debía ser algo muy valioso en su interior.
Milo
se quedó boquiabierto cuando Saori le entregó a Saga un puñal, el mismo con
el que intentó asesinarla cuando ella era un bebé.
-Mü,
tu me entiendes ¿verdad? -musitó la reencarnación de Athenea.
El
joven de Jamiel no pudo contestar.
-Así
ha de ser- continuó ella- De esta manera podré liberaros de vuestro dolor y
agonía- susurró ella, mirando a los tres oscuros.
Cuando
ella se atravesó la garganta y la vio caer al suelo, moribunda, Milo no pudo
resistirlo más y agarró a Camus por el cuello, asfixiándolo.
El
caballero de Acuario no puso ningún tipo de resistencia.
“Malditos,
¡malditos seáis por un millón de generaciones!”- gritaba el cosmos de Milo,
casi llegando al paroxismo-. “¿Para eso habéis venido?” “¿Para esto?”
“¡Pues te aseguro que volverás al Averno de donde jamás debiste haber
salido!” “¡Jamás!”
“Milo...
ahora ya todo ha finalizado... ahora está la misión completada... ahora ya
puedo entregarme al sueño eterno... ahora puedo esperarte... hasta el comienzo
de la eternidad... “
“¡Deja
de repetir la misma letanía, traidor!”
“Te
quiero, Milo, por completo, ante todo, ante todos... te quiero...”
La
frase pronunciada por el cosmos de Camus, mágica, terminó por rematarle. Le
soltó el cuello y lo tendió en el suelo, para abandonarse a su propio dolor,
que había conseguido mantener unido, gracias a la ira y a la violencia, un
corazón completamente destrozado. Lloraba como un niño, las lágrimas que una
vez había derramado por su amor muerto, volvían a florecer por sus tupidas
pestañas.
Ahora
lo había comprendido.
Y
en su pecho se volvió a inflamar la llama del amor. Ya no era deseo o lujuria,
todo convergía en un mismo sentimiento. Le amaba, como no había amado a nadie
en su vida. Se arrepintió de no
haber estado más tiempo con Camus, pero comprendió que ahora, un nuevo camino
se abría ante él.
El
del comienzo de la eternidad.
Interludio 3
Llovía
profusamente en el Santuario. Mü, junto a Aioria, guardaban silencio sobre la
batalla que se estaba disputando en el Santuario Marino de Poseidón, silencio
que fue roto cuando Mü se giró y vio en la puerta de su Templo a sus tres
compañeros vivos: Shaka, Aldebarán y Milo.
-Si
Aioria y yo nos enfrentamos a los Generales de Poseidón, conseguiremos que
Pegaso y sus compañeros no mueran, Mü- Milo parecía muy decidido.
-Sabes
que el Señor no lo aprobaría, Milo.
-Pues
yo iré a ayudar a Seiya y a los demás- contestó Aioria, comenzando a bajar
las escalinatas.
-Tendré
que matarte por traidor a Athenea si continuas con esa idea- susurró Mü.
-No
sirve de nada que nos combatamos entre nosotros. O ayudamos a los caballeros de
bronce o nuestra misión de custodiar a Athenea será una farsa- Milo no se
resignaba a quedar impasible ante aquella batalla. En aquel momento, la armadura
de Sagitario se dirigió, como un meteorito, hacia el escenario de los
enfrentamientos.
Milo
sintió un dolor en el corazón cuando vio cómo la armadura de Acuario seguía
el mismo camino.
-Hasta
muerto tienes que velar por él... y yo no puedo hacer nada por ayudarle.- Cerró
el puño y miró hacia la estela que la vestidura dorada había dejado en el
cielo.
Fin del Interludio 3
Camus,
a la izquierda de Saga, se presentó junto a sus compañeros en el Palacio de
Hades, ante Pandora. Portando el cadáver de Athenea, sólo tenía una cosa en
mente: encontrar a Hades como fuera para enfrentarse a él.
Pandora,
tan bella como impasible, pedía explicaciones a los traidores.
Camus
no podía sonreír, pero estaba feliz. Había vuelto a estar en comunicación
con Milo, y sabía que éste protegería a Hyôga en el enfrentamiento sagrado
que estaba a punto de comenzar.
El
carácter violento de Milo se había transformado en un remanso de paz una vez
Camus le declaró sus sentimientos abiertamente.
Ya
no le importaba seguir viviendo. Había conseguido cerrar el círculo que dejó
abierto cuando murió en la casa de Acuario.
Y
lo más importante, Milo había comprendido, por fin, porqué él había vuelto
del reino de los muertos.
++--++***++--++
Radamanthys, en el exterior del Palacio, libraba un combate desigual con los caballeros de oro. Aioria, Mü y Milo no eran capaces de parar los ataques del Juez de los Infiernos, y su poder llamado “Ultima Amonestación” los ponía en jaque reiteradas veces. Ni siquiera combinando el poder de los tres conseguían tocar al fornido caballero oscuro.
-Maldita
sea...- Milo se limpió la sangre que escurría por su labio roto–. Estamos
perdidos...
Aioria
colgaba de un brazo ante el pozo del infierno llamado Cócito, donde terminaban
los infieles que atentaban contra los poderes divinos, sin nada que pudiera
hacer para evitarlo...
...Hasta
que un resplandor multicolor se materializó en forma de caballeros de bronce
con nuevas y restauradas armaduras.
Hyôga
miró a Milo y este le sonrió. El joven aprendiz de Camus estaba vivo, y su
alma llena de renovadas promesas para la batalla que se avecinaba. Trataron de
ayudar a los caballeros de oro, pero Mü, el joven de Jamiel, se lo impidió.
-Id
al Palacio- les ordenó.
-Pero
Mü, la batalla está aquí- contestó Pegaso.
-Esta
es nuestra batalla- recalcó Milo a Hyôga.
“Hyôga,
vete a su lado, abrázale y despídete de él, no quiero que muera solo... su
tiempo se termina, y quiero que le acompañes hasta el último momento.”
“Milo,
le protegeré con mi vida.”
“En
eso confío, Hyôga.”
La
sonrisa que le lanzó el escorpión fue interpretada por el Cisne como un adiós.
Y
no se equivocaba. Mientras el maestro de los Hielos desaparecía entre los
brazos de su amado alumno, el caballero del Escorpión moría a manos del Juez
de los Infiernos.
++--***--++
Estaba tumbado en algún sitio. Por las sensaciones que provenían de su espalda, supuso que era una cama. ¿Una cama? Lo último que recordaba era la unión de los doce caballeros de oro ante el Muro de las Lamentaciones para evitar el eclipse. Allí había vuelto a ver a Camus, tan hermoso como siempre, con su armadura de Acuario, sonriente.
Sonriente...
Quiso
moverse, pero su cuerpo se lo impidió. Intentó abrir los ojos, pero sus párpados
se negaron a tal deseo.
Clavó
la cabeza en lo que supuso que era la almohada de la cama, y se quedó muy
intrigado. En su templo no usaba las almohadas, siempre dormía con la cabeza
sobre el colchón, una costumbre que había adquirido desde niño.
Trató
de poner sus sentidos alerta cuando escuchó algo que le llamó poderosamente la
atención: estaba oyendo el sonido de un laúd.
En
el Santuario la música estaba prohibida...
Cuando
sintió la calidez de una mano en su rostro, se sobresaltó.
-Milo...
abre los ojos, Milo...
-Sha...sha...ka...
No
daba crédito a lo que estaba viendo.
-Es...
tás... a...quí...
-Te
dije que yo iría a ti, cuando tu dolor desapareciera.
-¿Dón...de...
estamos? ¿Qué ocurrió...?
-Detuvimos
el eclipse, al final. Lo conseguimos, aunque se derramó mucha sangre.
-¿Detuvimos...?
Entonces significa que esto es...
Una
horda de compañeros entraron por la puerta, de claro estilo griego. Aioria, Mü,
Aldebarán... todos estaban allí, animándolo a que saliera de aquella habitación,
y se mezclara con la gente que poblaba la plaza.
Pero
Milo sólo tenía una cosa en la cabeza.
-Shaka...
¿Dónde está Camus...?
Milo
miraba a todas partes, pero entre todas las caras sonrientes, no estaba la de su
amado francés.
Shaka
se encogió de hombros.
Se
levantó de la cama, algo mareado, y salió disparado por la puerta. Una vez en
aquella calle dónde las ninfas cantaban y lanzaban pétalos de rosa, donde
todos los templos y las casas eran de un blanco inmaculado, Milo miraba hacia
todos lados, buscando aquel rostro hermoso e impasible, tan adorado por él,
entre todos los que se cruzaban en su camino.
Hasta
que le vio.
Estaba
apoyado en la columna de un pequeño templecito parecido al de la Vasija dónde
tantas horas había pasado, mientras removía una pequeña brizna de hierba con
los labios. Milo vio como, cuando sus ojos se encontraron en la lejanía, Camus
sonreía tímidamente.
Tenía
la misma postura que Milo cuando le conoció, en el Templo del Escorpión
Celeste.
Milo
se lanzó en una frenética carrera hacia el joven vestido con oscura túnica de
dorados bordados y ajustado ceñidor.
Camus
le esperó, pacientemente, abriendo los brazos a medida que Milo se iba
acercando, sonriendo cada vez más alegremente, preparándose para arropar con
su calidez al caballero del Escorpión.
Cuando
Milo llegó a su altura, vio las lágrimas de emoción en los ojos del otro. Le
tomó el rostro con ambas manos y le besó, suavemente, como Camus merecía ser
besado.
Camus
le devolvió el beso con la misma pasión con la que lo hizo en el Santuario de
Retiro, tanto tiempo atrás.
-Ante
todo, ante todos... –recitó Milo.
-Hasta
el comienzo de la eternidad- finalizó Camus.
Y
Shaka observaba la escena, con sus hermosos ojos abiertos, sonriendo, y regocijándose
porque el dolor de su amigo había desaparecido.
Hasta
el fin de los tiempos.
29
de abril de 2003