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Cap 4: TORMENTA .
“Eres tan frágil como la luz
abres mi amanecer
si no me alumbras yo, no
no me acabo de encender”.
(Rosana Arbelo. Descubriéndote)
Cuando uno llora el tiempo se detiene. El dolor lo cubre todo y tu cuerpo sólo sabe de palabras que no tienen consuelo. Las lágrimas empañaban la cara de Kyo, mojaban el suelo, llenaban su boca con el sabor a sal, sal amarga y triste. Lágrimas que esperaban ser liberadas del confinamiento a las que las había sometido Kyo, retenidas en una celda de aislamiento por puro orgullo. Orgullo Kusanagi.
Kyo se clavó las uñas en las palmas de las manos, pero incluso lacerando la piel de sus manos sus lágrimas no se detenían, los espasmos de su pecho eran cada vez más dolorosos porque intentaba no gritar. Si pudiera desgarraría su garganta si con ello consiguiera que el techo de la casa Yagami cayera sobre la cabeza de Iori y lo sepultura para siempre.
“Iori. Iori. Iori. Te odio, te odio”. Su mente revivió aquel inesperado y no solicitado beso, aquel beso le había sabido a burla y desprecio, mezclados con una sensualidad que había estremecido el alma de Kyo. Por un momento, sólo por un momento estuvo a punto de responder al beso. Se maldijo por su debilidad. “¿Tan necesitado estoy que acepto hasta el contacto con otro hombre. Con un hombre que es mi enemigo?”.
Se irguió lentamente, el aire invernal entraba con toda su cruel fuerza en la antigua sala de entrenamiento. El frío congelaba sus lágrimas. Kyo observó que caso no se podía ver el exterior. “Una tormenta”. Kyo avanzó hacía la puerta, la nieve azotó su cuerpo y lamió todos los poros de su piel.. “Estás equivocado Iori y te lo voy a demostrar. Nada importa ya”.
Kyo corrió como una gacela, sus pies desnudos se hundieron en la nieve, mientras la tormenta rugía a su alrededor como un animal enfurecido. No le importaba donde se dirigía, lo único esencial era huir, escapar de aquella casa parecía destinada a convertirse en su cárcel, huir de Iori.
La noche le dio su oscura la bienvenida y Kyo la aceptó con toda su desesperación. “No tengo miedo, ¡¿como puedo tenerlo si ya no tengo nada que perder?!”.
Iori volvió a repasar cuidadosamente el escrito, una lenta cólera empezaba a acumularse en su interior. Uno de sus primos, en aquella misiva, con palabras educadas y corteses se negaba a acatar su autoridad y negaba que pudiera existir algún tipo de paz con el clan Kusanagi, según él no podía pactarse la paz con enemigos ancestrales. De hecho poco faltaba para que desafiara a Iori abiertamente. Iori invocó su poder y calcinó la carta en una breve llamarada púrpura. Cuando el humo impregnó su olfato se recrimino por aquél gesto infantil, un desgaste de energía necesario pero que le había aportado una gran satisfacción y había contribuido en cierto modo a calmarle.
Giró el cómo sillón del despacho que había sido de su padre y que ahora era suyo por derecho propio, a través del ventanal observó la tormenta de nievo, como la naturaleza desataba su fuerza con toda su salvaje alegría. Iori suspiró inaudiblemente, escribiría la respuesta mañana, su mente estaba cansada, agotada y tal vez algo confusa por lo que había pasado hace una hora en la sala de entrenamiento con Kyo.
“¡¿Por qué diablos lo besé?!”. Había sido un impulso incontrolable, la sola presencia de Kyo parecía invitar a su cuerpo, tentaba su mente con imágenes, fantasías que hacían arder la sangre de Iori. “¿En qué momento empecé a desear a Kyo?”. Iori no podía precisar en qué instante Kyo había pasado de ser un simple Kusanagi al que vencer y destruir a ser una obsesión en todos los sentidos. Iori sólo había seguido sus instintos y tomado aquellos labios pero había notado como el cuerpo de Kyo temblaba entre sus brazos. “Temblaba”. Iori repasó con un dedo sus propios labios, su lengua siguió el camino que trazaba su dedo, todavía tenía el sabor de Kyo. Un jadeo de deseo se le escapó levemente.
Meneó la cabeza, tenía que controlarse, aunque había logrado arrancar a Kyo de su enfermiza indeferencia a todo, no podía estropear su recuperación sometiéndolo a demasiada presión. “Hasta la espada más fuerte se puede quebrar”.
La puerta de su despacho se abrió bruscamente, Iori se giró rápidamente para amonestar con dureza a quién se había atrevido a invadir su intimidad de esa manera tan grosera. La mala educación era del todo imperdonable.
Abrió la boca pero la cerró ante la insólita visión. Un pálido y despeinado Seneka se erguía medio cubierto de nieve sobre la lujoso alfombra, un pequeño charco de agua empezaba a formarse a sus pies, Iori hubiera reído de buen grado si no fuera por la asustada mirada del anciano. En todos los años que Iori conocía a Seneka, desde su niñez, jamás le había visto perder su solemne compostura.
- No está.- su voz salió floja.- le he buscado en todos los rincones de la mansión. Ni rastro.
- ¿Cómo?- Iori se levantó medio aturdido del sillón. Tenía la impresión de que todo su cuerpo estaba adormecido.
- El señor Kyo a huido con lo puesto de la mansión.- el rostro de Iori se endureció.
- ¿Y qué diablos estaban haciendo los ninjas? ¿Abrillantando sus estrellitas?
- El señor Kyo aprovechó la tormenta para encubrir su huída.
Iori giró la cabeza sobre su hombro. La nieve se estrellaba con fuerza contra el cristal.
- Debe hacer un frío terrible ahí fuera.- murmuró.
Iori caminó rápidamente hacía la puerta y la atravesó con decisión. Sus ojos escarlatas comenzaron a brillar.
- Seneka tráeme mi abrigo negro.- Iori se dirigía hacía la salida de la mansión, mientras se ponía unos guantes negros.
- Pero señor, con todos mis respetos, ¿cómo lo va encontrar en medio de esta tormenta?.
- Es evidente que se dirige hacía la mansión Kusanagi. En cuanto a cómo encontrarle.- Iori se detuvo y embozó una sonrisa felina.- El fuego siente la presencia del fuego. Aunque Kyo se perdiera en el más oscuro abismo yo podría encontrarle. Siempre le encuentro.
Seneka miró el rostro de Iori, la confianza que denotaba su voz no daba lugar a dudas. Seneka hizo una reverencia en señal de respeto. Y partió a buscar el abrigo de su amo.
Iori miró al exterior. “Kyo eres un idiota”. Una risa reverbero en aire helado. “Pero me gusta tu actitud, es lo que me atrajo de ti . Prefieres enfrentarte al frío y una muerte segura antes que servirme. OH, cuándo creo que ya te conozco me sorprendes. Pequeño y orgulloso Kyo”.
Seneka llegó jadeando y entrego la pieza de abrigo a Iori. Éste la cogió con prisas.
- No te preocupes. Volveré en unas cuatro horas. En su debilitado estado no llegará muy lejos. Quiero que mantengas la bañera grande con agua caliente hasta mi regreso.
Seneka asintió, sus ojos siguieron la figura de Iori que partió como el viento, sus largas piernas le impulsaron hacia delante y sus pies apenas parecían tocar la nieve. Seneka tenía la clara impresión de que la misma tormenta retrocedía ante la presencia de Iori. Seneka sonrió con tranquilidad, hasta el mismo invierno no estaría tan loco como para interponerse entre Iori Yagami y Kyo Kusanagi.
Kyo sólo veía blanco a su alrededor, blanco brillante y cegador. El dolor que antes atenazaba todo su cuerpo apenas lo sentía, el frío se estaba comiendo los nervios de sus extremidades. Al principio su furia y dolor lo había impulsado pero ahora que la cólera se había convertido en cenizas en su corazón el miedo la reemplazó. Cuando comprendió con claridad que sin su poder, no se podía proteger de aquella tormenta helada. Se llevó las manos a las blancas mejillas, sus lágrimas se habían cristalizado contra su piel, no podía mover los músculos de su cara porque le dolía.
“Voy a morir. Aquí, solo, porque soy un cobarde. Iori tenía razón. Dejarse morir es una forma de rendirse como cualquier otra, una salida cobarde”.
Tropezó y cayó hacia delante. No se podía mover, su cuerpo ya había dejado de responder. Una duermevela empezó a apoderarse él, de pronto la nieve que empezó a cubrirle le pareció a acogedora. “Sólo descansaré un rato y después continuaré hasta mi casa. Mi casa”. Sus ojos se cerraron y su última pensamiento voló al ultimó instante que había sentido calor. Había sido entre los brazos de Iori.
Iori corría en tormenta, su aliento levantaba nubes y había encendido su aura púrpura para mantener a raya le frío. Su poder, después de intensivos años de entrenamiento era capaz de enfocarlo hacía las cosas más sutiles, en este momento sintonizaba con el propia aura de Kyo. Ésta era muy débil pero era indudable que era Kyo, Iori lo conocía demasiado bien. En medio de aquel blanco monótono era como una estrella roja y anaranjada. Un alivio se extendió por el cuerpo de Iori, Kyo aún vivia.
Kyo tuvo un sueño extraño, soñó que unas manos lo cogían con suavidad, que lo envolvían con una tela cálida y lo elevaban en el aire como si no pesara nada. Pero lo más desconcertante de aquel ensueño era la enojada voz que sonó cerca de su oído;
- Estúpido Kusanagi.
Kyo quiso responder pero volvió a caer en la oscuridad.
Una calidez líquida envolvía todo su cuerpo, bañaba todos sus miembros. El frió se alejaba, era como un mal recuerdo. Kyo abrió lentamente los ojos, para descubrir; agua. Se fijo que su cuerpo desnudo estaba inmerso hasta el pecho en agua caliente que burbujeaba, el vaho de levantaba perezosamente de la superficie. La luz de velas situadas cerca de los bordes de la enorme bañera de madera daba al también aún mas calidez e invitaba la relajación.
- Ah, ya te has despertado.- la voz de Iori sonó en su nuca. Kyo se sobresaltó.
De pronto sintió que su espalda estaba apoyada no en uno de los bordes de la tinaja, sino que entraba en contacto directo con la suave piel del pecho de Yagami. Los brazos de Iori le rodeaban y sus piernas largas y musculosas corrían paralelamente a las suyas. Kyo Kusanagi estaba sentado entre las piernas de Iori Yagami.
Un rubor furioso le cubrió todo el rostro, al darse cuenta de que Iori estaba también completamente desnudo.
Kyo intentó levantarse, pero sus piernas no le respondieron bien. Se tambaleó e Iori se irguió rápidamente para agarrarlo. Sus brazos los cubrieron, los cuerpos desnudos se acercaron, casi dolorosamente rozándose. Kyo apoyó avergonzado su cabeza en le pecho de Iori. Evitando aquellos peligroso ojos escarlatas.
- ¿ Por qué?.- la voz de Kyo era contenida.
- ¿ Por que qué Kyo?- Iori fingió desconcierto. Quería obligar a hablar a Kyo, éste tragó saliva.
- ¿ Por qué viniste a rescatarme?.
Un silencio se apoderó del momento, el burbujear del agua era lo único que rompía la tensión.
La barbilla de Kyo fue bruscamente levantada, los ojos de Kyo se sumergieron en los Iori. Los dedos del Yagami se cerraron con fuerza arrancando un gemido de dolor de Kyo.
- Entérate bien Kyo- el susurro fue furioso y silbante- no será una mísera tormenta de nieve la que ponga fin a tu vida. Si hay alguien con derecho a decidir el momento de tu fin; Soy yo. Iori Yagami.- La voz se suavizó al tiempo que aquel agarre se convirtió en una caricia ligera.- si quieres desafiarme hazlo con una lucha. En una batalla.
Iori se inclinó, acortó el espacio que los separaba, pegando su cuerpo al de Kyo que pudo sentir le fuerte corazón de Yagami retumbar como un trueno contra su propio pecho, su fragancia masculina y natural lo envolvió. Esta vez Iori no lo besó, su cabeza se inclinó hasta el cuello de Kyo que perfiló suavemente con sus labios hasta llegar al lóbulo de su oreja izquierda donde dejo caer su aliento. Kyo se estremeció.
- Lucha conmigo Kyo.
Iori se separó de él, salió de la bañera y se puso una bata negra. Miro a Kyo que estaba erguido todavía en medio del agua, desnudo, temblando como si la súbita lejanía del cuerpo de Iori le hubiera privado de todo el calor.
- Sal del agua.- Kyo obedeció aturdido. Iori le entregó una bata blanca, suave y absorbente.
- Sígueme.- Iori abrió la puerta, seguido por Kyo. Caminaron unos minutos en silencio por los largos pasillos de la mansión Yagami. Llegaron ante unas puestas negras, pintadas con el símbolo del clan Yagami.
Iori la abrió en invitó a Kyo a entrar con un gesto. Estaba en un enorme dormitorio, de madera negra. Una gran cama cuadrada estaba justo en su centro.
Iori se dirigió hacía uno de los armarios empotrados, lo abrió y empezó a rebuscar mientras lanzaba prendas sobre su cabeza hasta que al final dio con lo que buscaba. Un pijama de seda marrón.
- Es para ti.- Kyo lo cogió, sintiendo entre sus dedos el peculiar tacto de aquel maravilloso tejido.- Póntelo. A partir de esta noche dormirás conmigo.
- ¡¿Qué?!- Kyo salió repentinamente de su aturdimiento. Iori se estaba poniendo en ese momento un pantalón amplio también de seda, pero de color rojo vino. Se detuvo y sonrió con maldad.
- Es el castigo por tu pequeña huída de esta noche.- se dirigió a la cama y levantó al colcha.- a partir de ahora te vigilé mas de cerca.
Kyo frunció el seño.
- Venga, que quiero dormir.- Iori esperó pacientemente a que Kyo se pusiera el pijama, mientras lo veía y sonreía por el rubor del joven Kusanagi, que le parecía que estuviera haciendo un número de destape para Yagami.
Se acercó a la cama y se metió en el lado izquierdo lo mas alejado de podía de Iori que también se metió en le lecho mientras no dejaba de sonreír ante el evidente aprieto de Kyo.
Iori apagó la luz de la mesa de noche y se estiró con un suspiro de cansancio. Cuando estaba a punto de conciliar el sueño un ruido lo despertó.
- ¿Qué es ese sonido?.- preguntó enojado.
- Mis dientes, están castañeando.- la voz de Kyo era débil.
Kyo intento frenar los músculos de sus mandíbulas pero no podía controlarlos, de pronto sintió como el cuerpo de Iori se movía en la oscuridad. Unos brazos lo rodearon y lo trajeron hacia el cuerpo de Iori, éste pego a su espalda. Un calor empezó a envolver el cuerpo de Kyo, alejando el frío.
- Iori……- Kyo iba protestar por aquella turbadora cercanía, todo su cuerpo parecía que empezaba a arder.
- Chissst, ni una palabra Kyo. Considéralo como un gesto para evitar que tu castañeo de dientes no me deje conciliar el sueño- aquella sonó dulce y burlona.- duérmete.
Kyo cerró los ojos, y el sueño lo invadió. Las respiraciones se ajustaron la una a la otra, como si en aquella cama solo hubiera un cuerpo.