por Van Krausser

Treize Khushrenada – Zechs Marquise (Miliardo Peacecraft) – Lucrecia Noin.

*** Todos los personajes son propiedad de su autor.

 

Su mirada azul celeste permanecía fija en él, en ese jovencito que lo sostenía por los hombros, sonriéndole dulcemente.

-- Te esperaré, así tenga que ser una vida.

El pequeño rubio sentía su corazón acongojado.

-- ¡No, no quiero que me esperes! ¡Llévame contigo!

-- Sabes que no es posible. Debo irme.

-- Pero...

-- Escúchame. – Se inclinó hasta él, abrazándolo. Le dolía dejarlo, dejar todo lo que había representado su felicidad en esos años que había compartido en breves episodios con el heredero de la familia Peacecraft. Pero era necesario. – Somos amigos, y los amigos no exigen. Aman, pero no esperan que los demás cumplan sus deseos. No puedo prometer que regresaré, pero si te prometo que no te olvidaré. – sus labios adolescentes se unieron otra vez en una tierna y dolorosa despedida. - Miliardo, mi amigo...

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191 A.C. Base del Lago Victoria, Africa.

Zechs Marquise despertó, como todas las mañanas lo hacía, mucho antes del alba, mucho antes que se diera el aviso de que tenían unos cuantos minutos para iniciar su rutina disciplinaria. Permaneció un rato más recostado, pensando, y por fin se levantó.

No. Ese no era un día como todos.

Era un día especial.

Era el día de su graduación, en la Base Victoria.

Terminaban su entrenamiento como Soldados Especiales de las fuerzas armadas de Oz, y él, en especial, lo hacía con honores. Prácticamente, era el de mayor mérito académico, seguido muy de cerca por Lucrezia Noin, de todas las generaciones que habían pasado por la Base Victoria, después de Treize Khushrenada  

Treize...
 

¿Hacía cuánto tiempo que no lo veía?

Su mirada se ensombreció por unos segundos al recordarlo, al pensar en ese nombre que, en cierta forma, le provocaba un extraño escalofrío. Rápidamente, trató de recuperarse, de ser otra vez el soldado que se había propuesto desde el momento que decidiera erradicar el dolor de su vida, y tomar como única alternativa la milicia. Dejó todos sus sentimientos de lado, y comenzó a prepararse.  

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Lucrezia Noin se observó por enésima vez al espejo, revisando cada detalle del uniforme que le habían entregado Era un uniforme especial, precisamente, por haber sobresalido en cada disciplina que exigía el entrenamiento. Tanto ella como Zechs Marquise llevarían uniformes diferentes al de los demás cadetes, ya que los distinguiría del resto como los que habían obtenido los máximos promedios en varias generaciones. Incluso, se les había dado el privilegio de avanzar algunos grados en su carrera militar.

Una leve sonrisa apareció en sus labios al recordar a Zechs, su amigo. Había dejado que fuera él quien se llevara todo el mérito de ser el mejor, pues sabía que era el más apto de ambos para fungir en cualquier puesto de mando que se les encomendara, y lógicamente, ella le seguiría a donde fuera. Su admiración hacia él era muy grande. Había descubierto que tenían cierta afinidad en los conceptos de honor y lealtad, y qué decir del espíritu combativo que demostraban, especialmente en los acontecimientos que se habían suscitado en los últimos meses. Ambos habían sido llamados como apoyo para mitigar las insurrecciones que amenazaban con deshacer el frágil sentido de dependencia que las colonias aun sostenían con la Tierra. El asunto no se veía aun con soluciones precisas, y eso era presagio de una futura revuelta civil, tanto en Tierra, como en el espacio. Pero ellos estaban listos, y así lo habían demostrado en las misiones a las que habían sido enviados.

Alisó con cuidado una furtiva arruga que asomaba en el frente de la casaca, y echó una última mirada a todo el conjunto que formaba el impecable uniforme.

Unos leves toques en la puerta de su habitación la distrajeron momentáneamente.  

-- Adelante – fijó su vista en el reloj que tenía sobre un pequeño tocador. Ya era hora.

-- Noin ¿estás lista? – Un joven con el uniforme de gala asomó tímidamente, y ella sólo le dirigió una rápida mirada a través del espejo.

-- Si, ya estoy lista. – volteó hacia él, y sonrió, en cierta forma, para esconder el nerviosismo que la invadía. No era la única que soportaba ese molesto cosquilleo debido a los nervios. Toda la base parecía adolecer de eso mismo.

Y no era para menos. Les habían avisado apenas unas horas antes, que la ceremonia de graduación sería asistida por un influyente personaje, un Oficial de los altos mandos de Oz, y todos se preguntaban el por qué de esa decisión, si en todas las graduaciones anteriores, sólo se les entregaba un diploma mientras les acompañaba la frase “felicitaciones, cadete X, se le hace entrega de su Mobile Suite Leo. No lo rompa”. Esta ceremonia prometía ser un evento sin precedentes.

La tarde anterior, el Comandante a cargo de la división en la que se encontraba Noin, la había comisionado para recoger el equipaje del misterioso oficial, sin hacerle ninguna observación aparte.

 

/ / flashback / /

Noin se había esmerado en cuidar los detalles de esta encomienda. Se le había asignado al oficial una de las mejores habitaciones, y por el tipo de equipaje, pudo darse cuenta del buen gusto que tenía. Llevó la maleta a la habitación, y tocó, esperando por unos segundos que le abrieran la puerta, o recibir alguna indicación. Al no obtener respuesta, abrió con cuidado, y entró para dejar el equipaje. Lucrezia se maravilló al contemplar el recinto.

La habitación era bastante amplia, y contaba con un pequeño recibidor, con una distribución sencilla del mobiliario. Destacaban del mismo un librero y un escritorio pequeño de madera oscura cercano a un ventanal, del que se dominaban los jardines de la Base. Había también un vestidor en uno de los extremos, separado por una pieza de madera, una puerta de doble hoja con relieves tallados, mostrando detalles herbales, un trabajo artesanal exquisito. Su vista se paseó hasta la cama, la cual se encontraba en el fondo, al centro mismo del muro. Esta tenía los mismos relieves de la puerta del vestidor en la cabecera, y la ropa de cama parecía ser de un finísimo tejido de algodón con recubrimientos en seda, dándole un sobrio aspecto. Caminó algunos pasos, descubriendo el baño al otro lado del cuarto. Distinguió a través de la puerta entreabierta, una bañera de estilo antiguo, con patas cromadas en dorado, de un acabado que se fundía al mármol (¿realmente era mármol?) del mueble. Estaba asombrada. Ninguna habitación de los oficiales había sido preparada anteriormente con tanto detalle y cuidado.

Definitivamente, el oficial pertenecía además de al alto mando de Oz, a la nobleza misma. Pudo verlo no sólo por la habitación que se le había preparado, sino también por el estilo de la elegante maleta que portaba, hecha de una delicada piel con discretos detalles en color dorado, y un pequeño pero finísimo portafolios que había encontrado en el escritorio de la habitación. Su curiosidad había crecido. La mayoría de los oficiales que conocía parecían hombres demasiado toscos, sin un ápice de buen gusto, o detallistas en algún aspecto; ni siquiera tenían cuidado en la pulcritud de sus uniformes. En cambio, esta persona mostraba por medio de sus pertenencias, todo lo opuesto. Incluso, había un pequeño jarrón con un sobrio arreglo floral en el escritorio, y a su lado, un portarretrato, volteado hacia el ventanal.

Sin poder evitarlo, se acercó al escritorio, y revisó con cuidado el portafolios, sin levantarlo de su lugar. Estaba por tomar el portarretratos, pero de súbito, algo la detuvo.

-- ¿Puedo ayudarle en algo, cadete? – Noin se sobresaltó al escuchar detrás de ella la voz, modulada y varonil, del dueño de ese portafolios. Volteó rápidamente, y se cuadró en forma respetuosa, saludando al oficial que estaba aun en la puerta de la habitación.

-- ¡Señor!¡Cadete Lucrezia Noin! – se dio cuenta que había cometido un error. La orden había sido sólo llevar el equipaje y entregarlo a su dueño. Dejó la vista al frente, esperando recibir una fuerte reprimenda en ese momento, y otra por parte de su superior cuando se enterara. Sin embargo, se sorprendió aun más al ver que el oficial se acercaba a ella con una discreta sonrisa. Su porte y elegancia se distinguían, aun en el más mínimo movimiento. Un ligero temblor la invadió. Nunca imaginó que se tratara de él. Pensó que sería cualquier otro de todos los oficiales que conocía del alto mando, pero no él.

-- Descanse, cadete Noin. – Su mirada profunda permanecía en ella mientras caminaba al interior de la habitación -- ¿puedo ayudarle en algo?

-- Gracias, Coronel Khushrenada. Sólo he venido a traer el resto de su equipaje.

La sonrisa de él se amplió ligeramente, y asintió con un gesto.

-- Se lo agradezco. Puede retirarse.

Noin no esperó que se lo repitiera. Rápidamente, saludó a su superior, y se dirigió a la puerta. Sin embargo, la voz del oficial la detuvo un momento antes de que pudiera salir.

-- Cadete Noin...

-- ¿Señor? – regresó un paso, intrigada.

-- Su expediente es impecable. La felicito por anticipado. – Treize sonrió al ver el ligero rubor que aparecía en las mejillas de Noin – La veré mañana, en la ceremonia de graduación.

-- S-si, señor... gracias...

Salió de la habitación sintiendo una molesta punzada en el estómago. Jamás pensó que la forma en que conocería al Coronel Treize Khushrenada sería tan embarazosa para ella. Sin embargo, el que él hubiese tenido el detalle de felicitarla a solas, en esos momentos, la había puesto de buen humor. Se había dado el tiempo para conocer los expedientes de los cadetes que se graduaban en esa generación. Algo que no se había visto antes en la historia de la Base.

/ / fin del flashback / /

 

Una ligera punzada en su estómago, causada por los nervios, volvió a molestarla. Pudo distinguir entre los que componían la mesa de Oficiales al Coronel Khushrenada. Sobresalía de todos los que se encontraban ahí debido al alto rango que había alcanzado a tan temprana edad, pero ese no era el motivo por el que las miradas de todo el personal se centraban en él.

Era su personalidad. Siempre mantenía la ligera sonrisa en sus labios, su mirada era profunda y segura, y su porte; definitivamente, no se podía negar que pertenecía a la nobleza. Y todo se conjugaba para darle a él esa madera de líder que mostraba. No por nada, Oz se había fortalecido en los últimos tres años, desde que él fuera nombrado Coronel y decidiera formar el Cuerpo de las Fuerzas Especiales de Oz.

La ceremonia dio inicio, y poco después de la apertura de la misma, todos callaron al ver que el Coronel Khushrenada se ponía de pie, y grácilmente, se dirigía al estrado de oradores. Noin reconoció que la emoción que la embargaba por ello era muy diferente a todas las sensaciones experimentadas, incluso en el campo de batalla. Este hombre sabía cómo manejar las palabras, qué giro darle, en el momento adecuado, con la entonación precisa... pero no solamente era su ingenio en las estrategias militares, ni su forma de expresarse, diplomática y avasalladoramente. Era su calidez humana dentro de ese frío régimen lo que le había ganado la lealtad de los ejércitos de la Alianza entera...

“...porque ahora son lo mejor que la Alianza puede ofrecer, el mejor futuro al que puede aspirar, incluso para el mundo entero. Pero eso, cada uno de ustedes lo mostrará, y se lo demostrará a sí mismo. Es su deber usar sabiamente el poder que se les ha entregado, y tener presente el sentido del honor con el que han llevado a término su entrenamiento. Este día, ustedes terminan el entrenamiento que les ha dado la Alianza, pero nunca deben olvidar lo que han aprendido aquí. Felicitaciones, Soldados.”

El recinto encerró la ovación al breve discurso del Coronel. Noin aplaudía bastante, como el resto de los cadetes. No podía negar que su carisma los había cautivado a todos... o, a casi todos. Volteó al final de la fila en la que estaba, encontrándose con la figura de Zechs, y se sorprendió al darse cuenta que permanecía cabizbajo, pensativo. Por varios segundos, su vista lo recorrió detenidamente. El uniforme que se le había dado, hacía resaltar su figura de manera extraordinaria, dándole un aire de magnificencia, casi en el mismo contexto que al Coronel Khushrenada. Sin embargo, esa actitud le pareció natural.

Zechs tendría el honor de compartir la mesa de oficiales con el Coronel a la hora de la cena; era un honor concedido a casi nadie, pero a él, en especial, se le había dado por su casi perfecto desempeño en el entrenamiento. Incluso, muchos le llamaban obsesivo por su esfuerzo en alcanzar tal perfección. Noin pudo ver su semblante, frío, impersonal, pero sabía que eso podía ser producto del nerviosismo producido por el acontecimiento que vivían en esos momentos. Sonrió un poco, pensando en que no era la única que se sentía nerviosa.

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  El niño tropezó, cayendo de espaldas en la alfombra del salón, soltando el florete a un lado. La punta del florete del adolescente descansó en su pecho, y una sola palabra se escuchó, sin emoción, sólo como un formalismo.

-- Touché...

El pequeño sólo lo vio con cierta frustración, en silencio. Aceptó la mano que el otro chico le ofrecía extendiéndola para ayudarlo a ponerse de pie. Al sentir su contacto, el adolescente lo sujetó y con cierta delicadeza, jaló al pequeño. Hecho esto, se inclinó para recoger el arma, la cual le entregó gentilmente.

-- Debes poner más atención a tu entorno, Miliardo. Eso puede ser la diferencia entre victoria y derrota. Tenlo siempre en cuenta.

-- No vi el escalón – El aludido se justificó, volteando a verlo con algo de ira –¡Y me atacaste muy fuerte! No puedo medirme con tu habilidad, no todavía.

-- Me di cuenta de ello. – El chico se le acercó, acariciando levemente su barbilla, desarmando al niño de su actitud agresiva - ¿Estás bien?

-- Si... – Ambos voltearon a la puerta principal del salón al escuchar que ésta se abría. El mayor retiró su mano, y se alejó del niño unos pasos.

Peigan, el hombre que administraba la mansión Peacecraft, lo llamó entonces.

-- Joven Peacecraft, su padre lo requiere en la biblioteca.

-- ¡Pero no hemos terminado! – protestó el chiquillo. El otro puso una mano sobre su hombro, haciéndolo callar con este gesto.

-- Miliardo, debes ir.

-- Pero no es justo...

-- Hay ocasiones en que debes medir las prioridades, mi niño. – Miliardo se sorprendió ante la forma como lo había llamado. – Anda, ve. Tu padre te necesita, y eso es más importante ahora.

El chico asintió, y siguió a Peigan en silencio. Al llegar a la puerta, dejó el florete recargado en la pared, cercano a un inmenso librero. Antes de salir, volteó una vez más hacia donde estaba su amigo. El adolescente sólo asintió con un gesto, mostrándole con su sonrisa que estaría bien.

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Los discursos dieron paso a la entrega de los Mobile Suits, y fue el mismo Coronel Khushrenada quien se encargó de hacerlo. Él, personalmente, recorría la formación de cadetes, estrechando sus manos y entregando lo que complementaba el sistema personalizado de encendido del Mobile Suit. Noin podía escuchar la breve frase de felicitación que dirigía a cada cadete. No eran más que unas cuantas palabras, pero la sonrisa que mantenía en sus labios decía mucho más.

Lucrezia se sonrojó al ver de pronto frente a ella al joven Coronel, y fijó su vista un momento al no escuchar la consabida frase para ella. Se topó con una mirada profunda, cálida, y una sonrisa aun más pronunciada, en una expresión distinta a la que le había visto hacía unos momentos. El rubor se hizo más intenso, pero ella permaneció firme.

-- Cadete Lucrezia Noin... – notó que su tono de voz también era distinto, y su nerviosismo fue aun más visible, haciendo que el oficial se esforzara en vano para no reír discretamente. La reconocía de la tarde anterior. – Vuelvo a felicitarla. – En un gesto inusual, estrechó la mano de Noin con ambas manos, cálidamente. – Personas como usted me llenan de orgullo. Su dedicación es impresionante.

-- G-gracias, señor... – Lucrezia sonrió nerviosamente, sintiendo que su estómago amenazaba con huir despavorido.

-- Desgraciadamente, no podré atenderla en este día, pero espero que me conceda también el honor de tener una breve charla con usted en otra ocasión.

-- ¡Si, si! Por supuesto, señor. Gracias.

Treize le sonrió otra vez, asintiendo, y la soltó, continuando su recorrido, adoptando la expresión que tenía antes de llegar con ella. Noin aun temblaba ligeramente, recordando cada palabra dicha. De pronto, recordó a Zechs, al final de la fila en la que se encontraba ella, separado sólo por algunos cadetes. Volteó hacia ahí, y pudo verlo, erguido, firme, con la vista al frente, sin expresiones reveladoras en su rostro. Sin embargo, ella lo conocía, y no se le escapó el aspecto sombrío que cubría su rostro. Sus brazos estaban a sus costados, pero no en la posición normal de la formación. Estaba tenso, inquieto. No perdió detalle de lo que ocurrió cuando el Coronel Khushrenada llegó hasta él.

Zechs crispó los dedos imperceptiblemente al momento en que su mirada se topó con la de él, y puso toda su atención en permanecer aparentemente tranquilo, en la misma actitud.

Noin se sorprendió al ver que la expresión del Coronel Khushrenada cambiaba totalmente al detenerse frente a él; su mirada se hizo aun más cálida, y su sonrisa era abierta, de verdadera alegría. Pero su sorpresa fue aun mayor cuando alcanzó a ver la manera en que lo llamaba, y las palabras que le dirigía, totalmente distintas, sin protocolos militares ni nada de ese momento. Noin podía incluso asegurar que su mirada se había tornado dulce, tierna, mientras recorría las facciones del cadete.

-- Felicitaciones, Teniente Zechs Marquise – fueron sus primeras palabras. Y entonces, mientras estrechaba su mano, en un tono de voz tan bajo que nadie más, aparte de Zechs, y los atentos sentidos de Lucrezia, Treize continuó. – Bien hecho, mi amigo. Siempre tuve confianza en ti...

Los ojos de Noin se abrieron desmesuradamente por unos instantes, y trató de no demostrar su sorpresa cuando el Coronel pasó frente a ella.

“¡Se conocen! ¿cómo, si no...?”

Sus cavilaciones fueron interrumpidas cuando varios de los cadetes a su alrededor rompieron filas, dando por terminada la ceremonia de graduación. Buscó a Zechs, pero sólo lo vio desaparecer entre la multitud de jóvenes entre los que se abría paso.

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Noin caminaba pensativa al área de dormitorios. Tenía muchas preguntas rondando su cabeza: preguntas que giraban en torno a la misteriosa personalidad de Zechs, ya que ni siquiera a ella se había abierto lo suficiente como para hablar de su familia, de su vida antes de la Academia Militar, o del entrenamiento en la Base Victoria. Era muy poco lo que conocía de él, pero podría decir con plena seguridad, que era con quien Zechs había hablado más en esa base.

De pronto, tuvo el deseo casi enfermizo de hablar con el Coronel Khushrenada, de saber por medio de él detalles que pudieran mostrarle cómo era Zechs realmente, si de verdad se conocían como se había percatado por la actitud del oficial… y casi sin darse cuenta, se encontró de pronto frente a la habitación del Coronel Khushrenada, activando el dispositivo electrónico de la puerta.

“¿Qué demonios haces, Noin?” – se reprochó a si misma cuando la puerta se abrió un poco, dándole acceso a la habitación. –“¡No, esto no está bien!”

Su pensamiento se debatía entre lo correcto, y su deseo de saciar la curiosidad que la embargaba. Y el segundo fue más fuerte que cualquier razonamiento lógico y sensato que pudiera interponerse.

Dio un paso al interior, y se detuvo, observando detenidamente el lugar. La cama estaba impecable, como si el Coronel no la hubiese tocado en toda la noche. Pudo ver sobre ella la maleta que llevara el día anterior, abierta, pero sin desorden. Supo que la estancia de Khushrenada no sería muy larga. Cerró la puerta, y se dirigió al pequeño escritorio, intrigada por la fotografía que no pudiera ver. Ahora, tenía tiempo para poder observarla con cuidado. Tomó el portarretrato, estudiando la imagen, y no encontró a primera vista algo fuera de lo común. Volteó a donde estaban los papeles de trabajo del Coronel, y se distrajo un momento, posando su vista en ellos, pero sin prestar atención a ninguno. De pronto, sus ojos regresaron rápidamente a la fotografía. Había algo que discordaba en ella. Recorrió nuevamente las figuras plasmadas, figuras de dos hombres a los que reconoció por los textos históricos, dos hombres que se estrechaban las manos en actitud diplomática, pero fría. Reconoció al Embajador Peacecraft, soberano del Reino de Zanc, y el otro hombre, un consejero militar de la recién formada organización de Oz, en una pose totalmente publicitaria. Pero no eran ellos los que llamaran la atención de Noin. Ella en realidad había sido atraída por algo que no se encontraba dentro del enfoque principal. En un segundo plano, dos niños que permanecían en una actitud de franca camaradería, eran captados por la cámara. Uno de ellos, de aproximadamente diez años, de cabello rojizo y mirada azul profunda, indudablemente, se trataba de Treize Khushrenada; tenía su brazo descansando sobre un hombro del otro pequeño, un chiquillo de apenas unos cinco años. Su cabello platinado, sus facciones finas, y la incomparable mirada azul celeste… no cabía duda… era…

“¡Zechs”

Noin suspiró, impresionada. Ese niño era su misterioso amigo, su compañero de batallas, pero era muy diferente al hombre que ella conocía. Ese pequeño mostraba un gesto que no había visto nunca en él desde que lo conociera; mostraba felicidad.

“¡Vaya!” – recorrió levemente la figura de Zechs con su índice, mientras pensaba – “ahora se que se conocían, pero no sabía qué tan temprana había sido su amistad”.

De pronto, un sonido característico en la entrada la hizo sobresaltarse. Alguien estaba accesando la clave en la cerradura electrónica de la puerta. Noin dejó la fotografía en el escritorio precipitadamente, y volteó desesperada hacia todos lados, buscando un lugar dónde ocultarse. Segundos antes de que la puerta se abriera, Noin logró introducirse al vestidor, ocultándose entre los uniformes colgados del oficial.

 

Había entrado al vestidor con facilidad, puesto que la puerta no estaba cerrada. Entre los espacios que permitían los uniformes, pudo ver que en la parte de adentro de la puerta había un espejo de cuerpo completo, y la posición de la misma daba una buena visibilidad, de casi toda la habitación. Pudo ver al Coronel Khushrenada entrando. Lo siguió mientras caminaba al interior, observando el recinto. Su rostro se mantenía sereno, y su mirada profunda se paseaba por el lugar. Noin lo vio dirigirse al escritorio, y ahogó una exclamación al ver que levantaba el portarretrato, tirado por su descuidado escape, y lo dejaba nuevamente como ella lo había encontrado. Cerró fuertemente los párpados, arrellanándose aun más contra la pared, esperando que en cualquier momento el Coronel la descubriera.

Unos leves toques en la puerta lo distrajeron de su revisión. Volteó hacia ella, y se acercó al intercomunicador.

-- ¿Diga? – su voz fue menos que una orden.

-- Trei… Coronel Khushrenada… Soy Zechs Marquise. Quisiera hablar con usted un momento.

-- Miliardo, eres demasiado cauteloso – murmuró Treize para sí mismo, sonriendo ampliamente. Abrió sin dejar esa sonrisa, y le franqueó el paso, fijando su mirada en la de Zechs – Por supuesto, Marquise. Pasa.

Había pasado mucho tiempo, y la figura que recordaba había cambiado totalmente. Su cuerpo se había transformado gracias al fuerte entrenamiento físico que llevaran en la Academia de la Base Victoria. Su estatura sobrepasaba un poco la de él mismo, pero lo que más llamó su atención en esos cambios, fue su rostro, oculto por los oscurecidos cristales de los lentes que usaban los pilotos.

-- Me alegra verte. Has cambiado bastante. – cerró tras él, dispuesto a seguirlo.

Zechs volteó un poco, e ignorando el comentario, preguntó con voz gélida.

-- ¿Están monitoreando esta habitación?

Treize se desconcertó, pero mantuvo su actitud amable.

-- No. La revisé antes de desempacar.

-- Bien. – fue su respuesta abrupta e impersonal. Se quitó los lentes, dejándolos en un mueble cercano.

--Miliardo, pienso que tomas demasiadas precauciones.

-- Sólo me protejo – replicó. – Y prefiero que no me llames de esa forma.

-- Pero nadie nos escucha. No deberías preocuparte por eso.

-- De cualquier manera… - La mirada fría que le dirigió en estas últimas palabras lo hizo detenerse a unos pasos de él.

Treize sintió de pronto ese dolor olvidado en su pecho. El tono de voz frío e impersonal de Zechs, aunado a esa mirada, vacía de todo sentimiento… No lo reconocía ya como el pequeño de ojos vivos, alegre e inquieto que vivía en sus recuerdos… y si esos recuerdos no fuesen tan cercanos, tan reales, tan íntimos, dudaría que fuesen reales, que ese chico jamás había existido.

Zechs se dirigió hacia una de las ventanas con pasos medidos, en silencio, mientras Treize lo observaba. Su rostro permanecía inexpresivo… ¿Cuándo fue la primera vez que viera ese cambio, esa glacial actitud en él…? Ah, si… L3, la colonia en donde había sido llamado por primera vez para ser de apoyo a las fuerzas especiales, varios meses después de que se había enlistado en la Academia Militar. Zechs y él se encontraron brevemente en los hangares de la base, y fue ahí, precisamente ahí, al final de la misión en la que se había sofocado una leve insurrección civil, en donde por desgracia, una parte de una tranquila zona residencial había sufrido las consecuencias de esa rebelión al ser destruida por las fuerzas armas de los Mobile Suites, en donde había percibido ese cambio en él. Le había explicado que de cualquier manera, la zona residencial habría sufrido el mismo destino a manos de la insurrección, pero no supo si sus palabras habían mitigado el dolor del joven cadete, que sólo permanecía parado en medio de una de las pistas, observando la columna de humo que se levantaba de entre las ruinas, sin expresión alguna en su rostro.

Treize se aclaró un poco la garganta, y se acercó a una distancia prudente. El silencio que reinaba era insoportable.

-- ¿Sabes? – dijo en forma amable, buscando romper el hielo – Cada vez que me reportaban el resultado de tus exámenes, me enorgullecía.- Esperó que hablara, pero no fue así; entonces continuó -- ¿Por qué dejaste de escribirme?

-- Pensé que no te interesaría saber lo que pasaba.

-- Por supuesto que me interesaba. – Zechs se recargó en el marco de la ventana, con la vista perdida en el exterior. La tarde daba inicio .- Te lo dije varias veces. Deseaba que me superaras, que esa fuera tu meta, crecer aun más de lo que yo lo había hecho. Me alegré bastante al comprobar que lo habías logrado, que rompiste todos mis registros, que te me habías adelantado por mucho. Me alegré bastante al saber que ahora eres mejor que yo…

-- No. – Zechs no cambió su posición al decirlo. – Tú sigues siendo el mejor.

Noin los escuchaba atenta, sin perder detalle de sus movimientos reflejados en el espejo de la puerta; Los tonos cobrizos del atardecer pintaban en ellos algunas sombras extrañas, dándoles un aire melancólico. Treize no quiso darse por vencido, pero no sabía como atraer totalmente su atención.

-- Pero… lo que has logrado aquí… - murmuró aun desconcertado.

Zechs volteó bruscamente, cambiando su expresión fría a una que Treize reconoció de inmediato. Sus ojos celestes mostraron un atisbo de ira, y su semblante adoptó esa salvaje belleza que alguna vez lo cautivara, durante sus juegos infantiles, en esos tiernos años de infancia compartida.

-- ¡Eso no importa! ¡Lo logrado aquí no fue sino un simple entrenamiento! ¡Ellos sólo me mostraron cómo ser eficiente en la sucia tarea que no harán jamás por sí mismos! – Se acercó a él, sin dejar ese gesto - ¡Y tú colaboraste con todo eso!

Treize se obligó a permanecer en su sitio, asombrado al ver esa repentina transformación.

-- ¿Qué te pasa? ¿Cómo puedes hablar de esa forma? – Escudriñó el semblante del joven, y moduló nuevamente su voz. – Se te dio lo necesario para forjarte como un hombre de valor y principios, no…

-- ¡Oh, por supuesto! – interrumpió Zechs con un fuerte sarcasmo marcando cada frase que decía. – ¡No sabes cuán orgulloso estoy de haber aprendido cómo matar eficientemente; estoy muy orgulloso de ser el mejor asesino entrenado de esta base!

-- ¡Basta! – Se hizo un breve silencio tras esa orden. Treize suspiró, tratando de que esas palabras no lo afectaran aun más en su ánimo, manteniendo su postura serena. -- No logro ver qué es lo que te obliga a actuar de esta forma, pero te conozco, y sé que mientes. – Una leve sombra de tristeza envolvió su mirada. – Dime qué te molesta. Háblame, no te dejes ese dolor, por favor…

-- Nada me molesta – El rostro de Zechs había vuelto a ser inexpresivo, antes de que volteara hacia la ventana otra vez. Esa actitud comenzaba a impacientar al oficial.

-- Eso es mentira, y lo sabes. – Treize lo alcanzó, posando la mano derecha sobre su hombro, buscando su mirada. Sin embargo, Zechs se soltó en un rápido movimiento, volteando hacia él otra vez, sujetando a Treize en un intempestivo abrazo. -- ¡Ah! – su sorpresa fue demasiada. De pronto, se sentía aprisionado por esos brazos fuertes, forjados en el duro entrenamiento y la disciplina física. Pero en vez de la agradable sensación con la que había soñado hacía tanto, en lugar de la calidez que ese gesto debía infundir a ambos, sólo hubo un incómodo sentimiento. -- ¿Qué est…?

Zechs se separó entonces, y levantó su brazo izquierdo frente a él. De momento, Treize se vio encañonado por su propia arma.

-- Quédate donde estás – La fría mirada de Zechs volvió a lastimarlo. – No quiero causar mucho escándalo. Terminará pronto.

-- ¿Qué estás haciendo? – Treize se esforzó para no perder la calma, y continuar con su usual tono de voz tranquilo, ligeramente impersonal. Era algo que Zechs no se esperaba. Cualquiera en esa posición, dadas las circunstancias, habría cometido alguna estupidez, o simplemente, habría rogado en forma cobarde por su vida. No ocurrió eso.

-- Lo siento, pero eres el único que sabe demasiado de mi. – Su voz continuaba gélida, en un tono bajo, pero sin pesar, sin arrepentimiento. – Debo protegerme.

Treize bajó la vista un momento, mostrando una actitud sumisa, dándole a entender que no se resistiría.

-- Sabes que no podría lastimarte, Zechs. – Dijo suavemente, levantando otra vez su vista, tratando de atrapar su mirada. – Jamás revelaría tu secreto, tu pasado…

-- ¿Ya no recuerdas lo que te dijeron al llegar a la Academia, Treize? – Pudo ver la leve sonrisa sarcástica, que desapareció con sus palabras – No puedes confiar en nadie, no debes confiar en nadie… Prácticamente, es lo primero que te enseñan.

-- Y prácticamente, es lo primero que debes olvidar cuando completas tu entrenamiento, al salir de aquí. – Respondió Treize firmemente. – Necesitas confiar en alguien.

-- En alguien como tú y tu querida secretaria, supongo.

-- No. – murmuró sin apartar la vista de la de Zechs. – En alguien como tú y yo, como lo hacíamos antes, como cuando éramos niños… amigos…

-- Eso fue hace mucho. Ya no somos niños.

-- Pero éramos amigos. “Amigos eternos”. ¿Lo olvidaste?

Por un momento, creyó ver un ligero temblor en su mano; un leve titubeo en la firmeza con la que lo encañonaba.

-- Lo que sucedió en ese tiempo no tiene nada que ver ahora.

-- ¡Claro que sí! – dijo el oficial con un tinte de angustia en su voz. – Tiene todo que ver. Nuestra amistad era diferente, verdadera. Podíamos contar el uno con el otro, para todo.

-- Pero eso acabó.

-- ¿De qué hablas? Nada tenía por qué cambiar eso.

-- Error, Treize. Todo se interpuso para cambiarlo. Ya nada de eso permanece.

El desaliento hizo presa de Khushrenada. Era cierto. Desconocía totalmente al joven que tenía frente a él. Su semblante se ensombreció aun más.

-- Y tú lo permitiste…

-- ¿Qué pasa, “amigo”? – Otra vez el tono sarcástico con cierto matiz de burla lo hirió. -- ¿No te agrada lo que tú ayudaste a crear?

Nuevamente, una dolorosa punzada atenazó su corazón. Sabía a lo que se refería. Sin embargo, la pregunta afloró en sus labios.

-- ¿Qué quieres decir?

-- Que tú ayudaste a crear a Zechs Marquise, fuiste el que propició ese cambio. – Respondió fríamente. – Tú lo aleccionaste, pusiste en él tus ideales, al tiempo que lo equipabas, entregando un arma en sus manos. Tú lo ayudaste a entrenar para que se convirtiera en un soldado perfecto. ¿No te hace feliz eso? – Cambió el arma a su mano derecha, observándolo. – Ahora, lo único que falta es terminar aquí, y ese entrenamiento se completará totalmente. Me graduaré con honores. ¿No te sientes orgulloso?

-- Nunca te entrené para hacer esto. – Treize contestó tranquilamente. – Lo sabes, ¿por qué te empeñas en ver otra cosa?

-- Tuve que elegir entre Zechs y Miliardo – Fue su única respuesta. – y tu me ayudaste en esa elección. Eres demasiado peligroso para mí.

-- ¿Qué elección? – Preguntó Treize. -No había nada qué elegir. No entiendo por qué tratas de inculparme de algo que no tiene sentido.

-- Ya te lo dije. Eres demasiado peligroso para mi.

-- No. Nunca te lastimaría, Miliardo, y lo sabes. Soy tu amigo.

-- ¡Cállate! – Zechs no pudo evitar la ira que lo invadía - ¡Deja de decir eso! ¡Zechs Marquise no tiene amigos! ¡No se preocupa por nadie!

-- No lo entiendo – Cuestionó Treize con frustración, al darse cuenta que la discusión no salía del mismo contexto. –Siempre creí que deseabas estar aquí, ser parte de lo que yo soy parte.

-- ¿En serio? – Lo escuchó alterado, con leves tintes de histeria en su voz.- ¿De verdad lo creíste? ¡Yo solía pensar que no había excusa alguna para tomar un arma! ¡solía creer en la paz y los principios básicos de la bondad de la gente! Y-yo solía escuchar a mi padre… creer en sus ideales… yo… - Las palabras se atropellaron en su garganta, y permaneció en silencio unos momentos – Ahora, nada de eso es real… Sólo soy otro cruel soldado que mata cuando se lo ordenan…No soy más que otro perro de caza entrenado para atacar cuando se le indica… ¿Crees que eso era lo que deseaba?

Treize lo veía con expresión de sorpresa y dolor.

“¡Oh, Dios!” – no pudo evitar un ligero temblor en su barbilla al pensar en sus palabras -“¿qué te hemos hecho? Yo sólo deseaba protegerte…”

-- Tú no eres cruel, Zechs. –Se escuchó a sí mismo tratando de convencerlo. –No puedes decir eso, porque no lo eres. No matas indiscriminadamente, o por diversión. Si debes hacerlo, es porque es necesario, aunque tu padre te haya dicho que esto es un error. – Dijo quedamente, recuperando algo de su calma habitual. Zechs había bajado ligeramente el brazo con el arma, afligido.

– Él sabía que no puedes justificar una guerra. Pensaba que las guerras sólo se rigen por el instinto criminal del hombre… el placer animal de matar, sólo por hacerlo…

-- No es verdad. - Dijo Treize suavemente, dando un paso hacia él. Ante eso, Zechs volvió a levantar el arma.

-- Detente, no te acerques. – Zechs temblaba ligeramente. Ya no había la suficiente firmeza en su actitud. – Debo terminar esto… tengo que matarte… tengo que…

-- No, no debes hacerlo. No deseas hacerlo. – Treize dio otro paso hacia él, haciéndolo retroceder. – No quieres que esto pase. Baja el arma.

-- ¡Tú no entiendes! – Dijo Zechs desesperadamente - ¡No puedo dejarte ir! ¡¡Zechs Marquise no puede dejarte ir!!

-- Tú eres Zechs Marquise – Treize mantenía la modulación de voz baja, intentando tranquilizarlo. Ahora, su expresión se había suavizado, mas sabía que era el miedo que sentía lo que lo mantenía en esa postura. Pero no era miedo a lo que pudiera ocurrirle a él, sino por lo que podría suceder con su amigo.

-- ¿Entonces… por qué no puedo hacerlo…? – Zechs no lo pudo evitar. Su rostro reflejaba todo el dolor de la incertidumbre, de la desesperación y la impotencia. Su voz se quebró entonces - ¿… por qué no puedo…?

Treize se acercó aun mas, al grado de que el cañón del arma quedó totalmente recargado en su pecho. Y sin dejar que su mirada se perdiera de la suya, de forma infinitamente cuidadosa, infinitamente tierna, sujetó la mano de Zechs con la suya, acercándolo también a él. Zechs cerró los ojos fuertemente, volteando hacia un lado, dejando que lágrimas de frustración corrieran libres por su rostro. Gentilmente, Treize le quitó el arma sin mucho trabajo, y se separó, yendo al escritorio, en donde la guardó en uno de los cajones del mismo.

Noin estaba petrificada. Había estado a punto de convertirse en el único testigo de un asesinato, y lo peor de eso era que el hombre al que le tenía tanta confianza, a quien ella admiraba ciegamente, a quien ella consideraba “su amigo”, había estado a un paso de cometerlo.

-- ¿Por qué…? - la angustia en la voz de Zechs la hizo concentrarse en lo que ocurría. Treize regresó con él, observándolo detenidamente, escuchando su desaliento. – Jamás podré ser un guerrero… jamás podré…

-- Ten por seguro que no, si lo intentas matando a un oficial superior en su propia base, en su habitación, con su propia arma. Eso es una estupidez, Miliardo.

-- ¡Deja de decirme Miliardo! – Volteó con él, aun con lágrimas de frustración en sus ojos, pero esta vez, con ira reflejada . - ¡No puedo usar ese nombre! ¡no más! - Treize se acercó sin tocarlo, escudriñando su rostro en franca interrogación. – Soy una desgracia para mi familia y mi padre. Miliardo Peacecraft está muerto por ello.

Sin palabras, afligido, sujetó nuevamente la mano de Zechs. Sólo una vez lo había visto llorando de esa forma, hacía mucho tiempo, cuando aun sólo eran unos niños. Levantó su mano derecha hasta el rostro de su amigo, y limpió delicadamente sus lágrimas. Zechs se quebrantó ante ese gesto, y Treize lo abrazó, buscando consolarlo, apoyarlo en ese doloroso trance en el que se encontraba, hacerle saber que no lo dejaría solo, no otra vez.

-- No sé quién soy… - Treize lo escuchó decir esto con dolor, pero no lo soltó. Acariciaba su cabello con cuidado, buscando confortarlo. Sin embargo, sus siguientes palabras lo aterraron. – No puedo ser Miliardo Peacecraft, porque dejaría de ser un soldado para defender los ideales que lo atormentan… y ahora que ha pasado esto… no puedo ser Zechs Marquise, porque está atrapado por mis sentimientos… No sé quién soy…

-- No digas eso. – la forma en que lo había dicho mostraban una insana desesperación, el preámbulo de la justificación a una acción equivocada. – No digas eso nunca más. Tú eres quien desees ser. – Susurró quedamente en su oído. – Tus sentimientos son la parte humana que nunca debes abandonar, Zechs, sin importar qué nombre tengas. Sin embargo, debes aprender que otra parte de ti, es la que se ha disciplinado, no para hacer daño, sino para ser fuerte en las circunstancias que así lo requieran, para ser apoyo de aquellos que te necesiten. No digas que eres débil cuando muestres gentileza, y no digas que eres cruel si debes defender los ideales que ayudarán a los demás.

-- Pero…

-- Escucha, Miliardo Peacecraft no está muerto; está aquí, conmigo. Pero debes aprender en qué momento debe hacerse a un lado para dejar que Zechs Marquise actúe sin que lo llegue a lastimar. Piensa que Zechs Marquise es una máscara, una forma de ocultar tu identidad noble, gentil, pero que no podrá tomar control sobre tu verdadero ser.

--¿ una… máscara? – preguntó desconcertado, separándose un poco de él.

-- Si. Puedes ser un soldado, un gran soldado, un gran piloto, pero debes mantener siempre presente que tus ideales permanecen contigo, bajo esa máscara. Y entonces, un día, cuando el peligro haya pasado, cuando llegue el tiempo adecuado, será el momento en que puedas dejarla de lado, y hacer salir al verdadero Miliardo Peacecraft.

Ambos se observaron un momento. Zechs aun tenía una profunda tristeza en su mirada.

-- Pero cuando eso ocurra… no podremos continuar con nuestra amistad…

Treize sonrió al oír eso, tratando de ocultar su propia tristeza.

-- Tal vez Miliardo Peacecraft no pueda tener amigos como el Coronel Khushrenada, pero tal vez sí podría ser amigo de Treize Khushrenada.

Zechs fijó su vista en él, sin entender lo que había dicho. Treize lo jaló suavemente, haciendo que recargara la barbilla en su hombro, acariciando su cabello mientras pensaba su respuesta.

-- Todos usamos máscaras, Miliardo. Honestamente, ¿crees que siempre he sido el fuerte e impasible Coronel Treize?¿Crees que todo el tiempo he sido así? – suspiró quedamente, recordando – Yo, al igual que todos, he tenido pérdidas, he sentido miedo ante decisiones que debo afrontar, me he sentido tan desprotegido y frágil… Pero nadie quiere un Coronel que demuestre ser menos que perfecto. “Ellos” no quieren a Treize Khushrenada, así que es por eso que debo usar una máscara.

-- Pe-pero… siempre te ves… tan…

-- ¿Invulnerable? – lo separó un poco, mostrando una leve sonrisa – Lo sé. Pero eso no es más que una máscara, la apariencia que todos esperan que tenga. Tuve que aprender a vivir con ella, Zechs. - Su expresión se ensombreció un poco, mientras seguía reflexionando – Esto es algo que no le deseo a nadie. Usar una máscara crea el peligro de que, tarde o temprano, olvidas que la estás usando; olvidas cual es tu verdadero rostro…

-- Yo aun recuerdo quién eres, Treize. – dijo Zechs calmadamente. – Aun recuerdo tu rostro, tu verdadero rostro.

Treize cerró los ojos por un momento, sintiendo una benévola paz en esas palabras. Sonrió otra vez, percatándose que el dolor en su corazón desaparecía poco a poco.

-- Yo también lo recuerdo, amigo mío.

El abrazo entre ambos hombres se estrechó emotivamente. Treize pudo entonces recordar con mayor fuerza esos momentos que compartiera en su infancia, esas sensaciones que descubría día a día, en compañía de su amado niño… La primer caricia que habían experimentado en ese tiempo, volvieron a revivirla, al rozar uno los labios del otro, al entregarse el corazón, mutua e incondicionalmente.

 Noin se llevó la mano a su boca, evitando que alguna exclamación saliera de ella. Pudo ver el momento en que Treize dirigía a Zechs a la cama, y lo hacía recostarse en ella, sin soltar sus labios. Se perdieron del campo visual de ella, y la habitación se sumergió en un tranquilo silencio por unos segundos.

-- No me dejes ir… - Fue la trémula petición de Zechs en un momento en que se separaron brevemente. - …por favor… - sus palabras se perdieron entre sollozos.

Treize estaba sentado junto a él, sujetándolo firme, pero al mismo tiempo, delicadamente, en un consolador abrazo, besando su rostro.

-- No lo haré… Estaré a tu lado, siempre que me necesites…

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Noin levantó la cabeza al ver que la luz de la lámpara interior se encendía. Había permanecido en el vestidor sin tener una noción real del tiempo transcurrido, sentada en el piso, con la cabeza enterrada entre sus rodillas sujetas por sus brazos. Estaba cansada.

El Coronel Khushrenada abrió las dos casacas que la ocultaban, y la observó en silencio.

-- Pensé que estarías dormida. – dijo finalmente.

Sin agregar más, extendió una mano, y la ayudó a levantarse. No la soltó, sino que le ofreció silenciosamente el apoyo de su brazo, previendo que sus piernas estarían entumecidas debido a la incómoda posición en la que había permanecido por tanto tiempo. Noin caminó junto a él con la cabeza baja, terriblemente sonrojada.

-- Coronel, ¿todo el tiempo supo…?

-- Si. Pero no hables fuerte. Él aun duerme.

Noin volteó hacia la cama, descubriendo la figura de Zechs en ella. Había anochecido ya, y la leve oscuridad de la habitación le daba un aspecto hermoso, frágil. Permanecía ataviado con el uniforme de la ceremonia, al igual que el Coronel. Treize sonrió a Noin cuando ella volteó otra vez, con mirada incierta.

-- N-no entiendo…

-- Tenemos mucho de que hablar, Lucrezia.

-- ¿S-señor?

-- En una situación como esta debería ser severo – dijo bajando la mirada por un momento, soltándola. Noin mostraba todavía un fuerte rubor en sus mejillas. Levantó otra vez la vista hacia ella, y quedamente, su voz autoritaria se escuchó. – Subteniente Lucrezia Noin…

Ella se irguió al escucharlo, y automáticamente saludó a su superior en forma respetuosa, con cierto temor en sus ojos.

Treize hizo un esfuerzo por no reír al ver su expresión. Se dirigió al escritorio, mientras daba la siguiente orden.

-- Descansa, oficial Noin. – Le ofreció asiento en una de las sillas cercanas al ventanal, y ella lo siguió, aceptándolo. – No voy interrogarte. Todos tenemos mucho que perder en una situación así. Este será nuestro secreto.

-- Si, señor. – por un momento, quiso preguntar, aunque no había aun organizado sus ideas. Treize sin embargo, entendió su mirada interrogante, y sonrió levemente. – Eh, Coronel… si usted sabía… eh…

-- ¿Por qué permití que te quedaras? – El joven coronel cerró los ojos un momento, y en un gesto breve se tocó el pecho, suspirando. “Porque sé que eres su amiga” pensó, “y él necesita amigos como tú, que puedan quedarse a su lado, que puedan ayudarlo…”

– Porque hay ciertas cosas que debes saber acerca de Zechs. Hay cosas en su pasado que debes conocer.

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-- ¡Miliardo! ¡Detente, por favor! – Treize lo alcanzó varios metros después de que pasara la entrada al bosquecillo que rodeaba la mansión Peacecraft, sujetándolo con fuerza, con los brazos cruzados sobre su pecho, tratando de tranquilizarlo. – Por favor… no cometas un error… debes confrontarlos…

-- ¡Suéltame! – forcejeó con él, llorando asustado, - ¡Suéltame, Treize! ¡Te haré daño a ti también!

-- ¡No!¡Está equivocado!- Juntó su boca al oído del más chico y habló en un tono dulce - No es verdad lo que te dijo. Nada de lo que ha pasado es tu culpa. Tranquilízate.- comenzó a mecer el cuerpo acunado contra el suyo, mientras acariciaba su pecho, sintiendo cómo los sollozos del más chico desgarraban su alma sensible.

-- …Treize… ayúdame… por favor …

-- Aquí estoy, mi niño. No voy a dejarte solo, no voy a dejar que te lastimen.

Volteó al oír pasos en la hojarasca cercana, y lo estrechó aun más, en actitud protectora. Sintió que un fuerte temblor invadía el frágil cuerpo que abrazaba al descubrir la imponente figura de su padre, seguido por Peigan y otro de los sirvientes de la mansión.

-- ¡Vaya!¡Así que no llegaste muy lejos!

Treize lo soltó, y se paró delante de él, interponiéndose en actitud desafiante.

-- ¡Ya basta! ¡El no tuvo culpa de esto!

-- Apártate, jovencito. Tiene que afrontar su responsabilidad.

-- ¡Señor Peacecraft! ¡Por lo menos escuche lo que tiene que decir!

Peacecraft asestó una sorpresiva bofetada en su rostro juvenil, tumbándolo. Sólo atinó a ver cómo se lo llevaba, arrastrándolo violentamente por un brazo. La impotencia que sentía atenazaba su corazón dolorosamente. ¿Ese era el hombre que decía ser pacifista?

-- Miliardo… - Se levantó, aturdido, y fue tras ellos, pensando cómo demostrar que todo era un error. Los alcanzó en los jardines de la entrada, y con toda sus fuerzas gritó, desesperado.

-- ¡El no fue! ¡Yo lo hice!

Todos voltearon a ver al chico, sorprendidos.

-- ¿Qué dijiste? – El padre de Miliardo regresó con él, soltando al pequeño. - ¡¿qué dijiste?!

Treize clavó su mirada profunda en la de Peacecraft. Un hilillo de sangre escapaba por la comisura de sus labios.

-- Yo saqué el arma del aparador. No sabíamos que estaba cargada.

-- ¡¿Tienes idea de lo que provocaste?! ¿¡Tienes idea de lo que pudo haber pasado si este hombre hubiese resultado mortalmente herido!?

-- Si, lo sé. Y quiero ver de qué forma arreglar lo ocurrido. Miliardo no disparó, él me pidió que dejara el arma en su lugar. No lo castigue a él.

-- Treize… - Miliardo lo observaba también con expresión de sorpresa, y angustia. Este volteó a verlo solamente, y le dedicó una muy leve sonrisa.

-- No sujeté el arma correctamente, y se me cayó de las manos. Nunca creímos que se dispararía en el golpe. Lo siento.

Nadie dijo más. Peacecraft se dio la vuelta, furioso, y entró a la casa. Peigan se acercó al joven, viéndolo dubitativo.

-- Fue muy valiente de su parte interceder así por el príncipe. Debería curar esa herida, joven Khushrenada.

-- Estoy bien, Peigan. Ahora sólo falta esperar lo que ocurrirá.

Ambos sirvientes asintieron, y entraron también a la casa, dejando a los chicos ahí, llenos de incertidumbre. Estuvieron en silencio por un rato, con la mirada perdida en la puerta de la mansión. Miliardo entonces se acercó a él, y lo tomó de la mano, jalándolo hacia el bosquecillo otra vez. Treize lo siguió mansamente, aun pensando en las consecuencias que ese accidente tendría sobre sus vidas.

-- Oye, ¿por qué dijiste que habías sido tú? – Miliardo lo soltó, sentándose en un tronco caído, angustiado.

-- No mentimos, Miliardo. Sólo cambiamos un poco la historia. – Treize se sentó a su lado, viéndolo de forma extraña. Intuía lo que sucedería. – Y cumplí lo que te dije. No permití que te lastimaran. No lo voy a permitir jamás.

Miliardo estiró la mano hacia su rostro, y con sus finos dedos, limpió el hilillo de sangre que continuaba en su barbilla Treize la alcanzó, antes de que la retirara, y cerrando los ojos, se recargó en la palma abierta, acariciando su mejilla adolorida con la piel delicada del pequeño. Sin hablar, soltó la mano de su amigo, y lo sujetó por los hombros, atrayéndolo despacio.

Fue un beso inocente, una caricia breve, pero reveladora de intensas emociones en sus corazones adolescentes; emociones que provocaron lágrimas de confusión en ambos…

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La mañana era fresca y despejada. No habría contratiempos para el viaje a la estación espacial de la Alianza. Treize volteó una vez más hacia el exterior, y sonrió con expresión tranquila. Sabía que estaría bien.

Lucrezia encontró a Zechs en los hangares. Observaba el Mobile Suit que le habían asignado, en un hermético silencio. Sin embargo, aun sin estar lo suficientemente cerca de él, supo que su pensamiento no estaba ahí.

-- Zechs, buenos días – Se le acercó, saludándolo amigablemente. Él sólo volteó a verla, y regresó el saludo con una leve inclinación de cabeza. – Pensé que te irías.

-- No. Ahora sé que esa no era la decisión correcta. – su voz era tranquila, y Noin pudo ver que su mirada estaba libre de esa sombra de tristeza que hasta el día anterior, la empañaba.

-- Me alegro por ti, Zechs. – En un arranque de simpatía, ella le palmeó levemente un hombro. – Entonces, continuaremos siendo compañeros de misiones.

-- Si, Noin. Así es.

Ella sonrió, y se despidió, caminando hacia su Leo, pero recordando la triste voz del Coronel Khushrenada al relatarle la caída del reino de Zanc, y la devastadora soledad en la que Miliardo había caído durante años, sin pedir ayuda, consumiéndose en su dolor.

Por un momento, se detuvo, recordando también lo que Treize le pidiera…

- “ El nunca buscará ayuda, al menos, no la mía. Acostumbra dejar de lado las cosas que le molestan, en vez de hablarlas, de liberarse de ellas. Eso lo ha hecho desde que ambos éramos unos adolescentes, por un error que otros cometieron… Intenta no depender de nadie, pero no acepta que eso no es posible para él. Sé que no podré estar a su lado todo el tiempo que me necesite, pero tú si, y por eso, Noin, quiero pedirte que no lo dejes solo, que lo ayudes…”.

 

Y ella no dudó en permanecer a su lado. No dudó en ningún momento en ser la ayuda incondicional que Treize le pidiera ser por él, ahora, y en el futuro…

 

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N/A

Este fic esta escrito en dos tiempos, mostrando la relación que podría existir entre estos tres personajes. He visto que hay pocas alusiones a la pareja Treize – Zechs, y sinceramente, son de mis favoritas. (¿será que de lo bueno, poco?)

Espero que lo disfruten. Y recibo sus comentarios (gulp!), críticas, sugerencias, etc.

elivaz@yahoo.com