por Van Krausser

Inicio con una disculpa.

Lo siento.

He estado hasta el tope de trabajo asuntos por resolver propios y ajenos, y algunos sucesos algo… penosos han retrasado la entrega de este capítulo. Sé que varias personitas casi se han quedado sin uñas por la incertidumbre, y a ellas reitero la mayor parte de esta disculpa.

Pero ya estamos por aquí, al pie del cañón, sólo espero que no vuelva a salir el tiro por otro lado… = (

En fin.

Espero que lo disfruten, y que no haya más sucesos penosos y eventos desafortunados que retrasen los siguientes.

Reciban un enorme abrazo. Y una más enorme disculpa.

 

Van K.

Capítulo noveno.

 

Berchstegaden, Suiza.

Tres días después del funeral del padre de Treize.

 

Llegó en medio del mal tiempo que arreciaba en esas partes de la frontera suiza, dispuesto a aclarar las cosas. Sabía que había escogido la hostería correcta, así que se apeó del auto y entró con paso decidido.

Por todo lo que le dijera Treize de los lugares que frecuentaba en la región montañosa había sido relativamente fácil encontrarlo entre todas las hosterías y hoteles montañeses.

Su estatura y la manera en que vestía, además del porte con el que su acompasado caminar lo distinguían, llamaron poderosamente la atención de los pocos paseantes que se encontraban ahí. Tal vez esa atención sólo hubiese sido por momentos, pero debido a la máscara que cubría su rostro, las miradas extrañadas y sorprendidas permanecieron más tiempo sobre él.

Zechs se sintió incómodo, pero no lo aparentó. Siguió caminando hacia la estancia principal de la hostería, buscándolo.

-¡Zechs! –Una cristalina vocecita a un lado de él lo obligó a detenerse. Volteó hacia donde escuchara que lo llamaran, y sonrió ampliamente al ver a la pequeña que corría hacia él con los bracitos abiertos. -¡Zechs, qué bueno que llegaste!

-Hola, muñequita. –El rubio la abrazó, consternado y emocionado, sintiendo que la niña correspondía con desesperación a ese gesto. Algo andaba mal. Sin embargo, buscó ser natural y no mostrarle su preocupación. –Estás más grande que la última vez que nos vimos.

Middie se acercó a ellos, silenciosa y desconcertada.

Treize les había comentado lo ocurrido, además de todo el problema con los perseguidores de su padre, y el que Zechs Marquise estuviera ahí significaba problemas.

Zechs volteó con ella, saludándola brevemente mientras levantaba a la niña del piso.

-Hola, Middie. ¿En dónde localizo a Treize?

-Ah… el… está haciendo una llamada. ¿Qué haces aquí?

No alcanzó a responderle. En esos momentos, Khushrenada entraba al salón por una puerta corrediza que llevaba a una terraza superior. Llevaba un celular en la mano. Al descubrir al rubio ahí, con su hija en brazos, su semblante se endureció. No hubo un saludo cordial, ni siquiera una consideración. Su voz mostró un tono frío al recordarle su contrato.

-Se supone que deberías estar en Indianápolis, peleando el título para tu escudería, Marquise.

Zechs se desconcertó por algunos segundos. No le había llamado por su nombre.

-No, Treize. Siento que mi deber es estar aquí, a tu lado. Sé que ha ocurrido toda una serie de situaciones estúpidas, pero yo no las busqué, y mucho menos busqué hacerte daño.

Treize movió la cabeza en un gesto negativo. No le gustaba la idea de ser rudo con el muchacho, pero debía alejarlo de ellos.

-Escucha, Marquise...

-¡No me llames así! -El rubio bajó a Marimeia al suelo mientras clavaba su mirada celeste en la del mayor. -Todo el tiempo me llamaste Zechs, desde que nos conocimos. ¡No metas ahora políticas absurdas!

Treize suspiró, cerrando los ojos en una clara señal de desaliento. Pero fue breve. Volvió a levantar la vista hacia él, confrontándolo.

-Zechs, hay una situación muy dolorosa en medio de ti y nosotros. Te pido que te retires porque no deseo que esto se agrave. Ahora, si nos disculpas, debemos preparar nuestras cosas para regresar a Alemania. -Llamó a la niña, extendiendo su mano hacia ella. -Mary...

-Estás siendo injusto. –Marquise no la soltó. Y cuando trató de acercársele, Khushrenada se retiró la misma distancia que él avanzara. Zechs se detuvo con gesto de enfado. –Treize... no puedo creer me trates así...

Middie intervino al separar a Marimeia de Zechs y llevarla apresuradamente a la segunda planta. Sin cambiar su semblante, el mayor le respondió cuando estuvo totalmente seguro que ellas ya no los escuchaban.

-Estoy tratando de evitar otra demanda.

-Sabes que no tuve nada qué ver en eso. No desquites tu frustración en mi.

-Zechs, Zechs.... -Khushrenada se pellizcó el puente de la nariz con expresión cansada, cerrando los ojos. Sabía que lo que estaba por decirle a Marquise lo lastimaría, pero no había otra opción. Bajó su mano a un costado y abrió los ojos nuevamente. -No sé qué inspiraría en tí una demanda por dos millones de Euros, pero para mi familia ha sido un golpe muy duro de asimilar. Por desgracia, no pude evitar que se enteraran que esa demanda fue por causa tuya, por haber roto todas las reglamentaciones que ellos te pusieron. No me digas que no tuviste nada qué ver en esto.

-N-no... -Marquise balbuceó un poco al no saber qué decirle. Sin embargo, intentó justificarse. -Ellos...

-Quien haya sido, amigo. El daño está hecho, y no hay manera de remediarlo. Por eso me alejé, especialmente de ti. No quiero que esta situación se haga todavía más grande. -Su mirada se hizo intensa, suplicante. -Ahora, Zechs. Te lo ruego. No me busques, no te acerques a nosotros hasta que toda esta locura haya pasado.

-Treize, no me hagas esto...

Marquise casi pudo escuchar que algo en su interior se había roto. Levantó su mano unos pocos centímetros, en un claro gesto de que trataba de alcanzarlo, pero el mayor lo detuvo.

-Zechs, debes irte. Por favor. No lo hagas más difícil.

Tuvo que darse por vencido. Bajó la mano y asintió, conteniendo el punzante dolor en su ánimo.

Treize no dijo más. Se dio la vuelta y subió las escaleras apresuradamente, dejando a Marquise con un amargo sentimiento y la fría soledad del rechazo. Hasta que, después de asimilar lo ocurrido, consiguió moverse y salir de la pequeña hostería, rumbo a Italia...

 

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Munich, Alemania.

Al día siguiente...

 

Marimeia observaba la sala de recepción del hotel al que habían llegado, mientras se aferraba con fuerza a la mano de su papá.

No era muy grande, pero era uno de los hoteles de cinco estrellas más concurridos de la zona. Era toda una joya arquitectónica y de características tan especiales que lo hacían altamente funcional.

Pasarían varios días en ese lugar, mientras Treize se dedicaba junto con la agencia de seguros, a valorar el daño que había ocurrido en su casa, después del supuesto "robo".

Trowa estuvo todo el tiempo a su lado. Siendo parte de su familia, trataba de ser también de apoyo para el mayor.

Le había entregado el pequeño libro que su padre había dejado en el departamento, mismo que Treize había revisado con curiosidad.

Además de una carta dirigida a él y a Marimeia, había encontrado el post-it, pero hacía falta una parte importante para determinar que había dejado un mensaje dentro del mismo. Un mensaje escrito en clave, tomando directrices y referencias hechas por medio de la numeración que cada libro de la Biblia sostenía.

Sabía que debía haber un mensaje más, puesto que este método era muy utilizado por su familia, especialmente dentro de los juegos que, en tiempos de su niñez, solían llevar él y su padre, y en los que a veces su tío se integraba. Pues había sido él, el ex militar Alphonse Dermail quien les había enseñado a utilizar sistemas de mensajes usados por los cuerpos de espías militares.

Un juego divertido en ese tiempo, pero que ahora parecía ser clave de algo importante.

Sin embargo, por más que habían buscado en el departamento de Trowa, jamás lo encontraron. Así que tuvo que darse por vencido y olvidar el susodicho mensaje.

Por lo pronto, se dedicaría enteramente a la reconstrucción de su casa, restándole importancia a eso.

Nunca imaginó que sus movimientos eran estrechamente vigilados, y que el no haber localizado el mensaje restante había salvado su vida, momentáneamente.

 

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Primer día de labores para Treize

Dos semanas después del funeral de su padre...

Talleres Generales de Williams. 8:00 am.

Munich, Alemania.

 

Medio sentado en uno de los sillones del privado de Quinze, Treize escuchaba con atención el detallado informe de los gastos y el costo de la pérdida del prototipo.

Era mucho dinero. Y una carga demasiado pesada para él por esos y otros motivos. Aparte de la exorbitante demanda que Ferrari montara contra la empresa, el ingeniero Williams se había preocupado por él y por Quinze, y se ofrecía a cubrir el costo de ambas demandas.

Treize se había negado a ello. Era cierto que la empresa pasaba por una buena etapa de comercialización, que la BMW tenía un nivel de ventas bastante aceptable, y su capital soportaba las demandas con un margen bastante amplio. Pero para Khushrenada, todo eso era inadecuado.

La voz grave de Quinze se dejó oír al finalizar la carta de requerimiento del juicio.

-"...Las audiencias tanto de la empresa como las personales se llevarán a cabo en el mismo día, en el edificio principal de la Sede de Justicia, en la ciudad de Munich."

Treize suspiró con pesadez, cubriendo por unos segundos su rostro, a la vista de Otto y Quinze. Finalmente, estalló. Era una de las muy contadas ocasiones que lo hacía.

-¡Dios! ¿Por qué son tan complicados?

-Ya te lo había dicho, amigo. Son italianos. -Quinze dejó el informe a un lado, observándolo cuidadosamente.

-Si. -intervino Otto, también preocupado por verlo así. -Hacen bastante honor al dicho de "crea fama..." -Trowa no dijo una palabra, sentado en el sillón del fondo de la oficina. Sin embargo, la asesina mirada que le dirigió a Otto hizo que este se sonrojara. -¡Ups! No... perdón... no dije nada...

Khushrenada asintió, levantándose del sillón y caminando a una de las ventanas que mostraban una parte del patio de los talleres. Desde ahí podía verse perfectamente la ruina en la que había quedado convertido el monoplaza.

-Vamos, Treize. No es tan grave. Nos hemos levantado de peores experiencias.

Khushrenada suspiró nuevamente, ordenando sus ideas. Había tomado una decisión, pero le era muy doloroso hacérsela saber a su manager y amigo.

-Les he costado demasiado, Quinze, y no hablo de dinero. Es el prestigio de la compañía, la confianza que habían depositado en mi. Todo eso es lo que les he hecho perder, además de todo lo que implican estos accidentes. No puedo permitir que esto continúe.

-¿De qué estás hablando?

Treize se volteó al interior de la oficina, y adoptando un aire solemne, decidió soltar la noticia con total franqueza, sin rodeos. Otto tembló ligeramente al ver ese brillo de determinación en sus ojos, mismo que conocía a la perfección. Trowa fue el único que no se mostró sorprendido por eso.

-Viendo todos los contratiempos que no sólo yo, sino toda la empresa estamos teniendo debido a mi pésimo desempeño, he tomado una decisión bastante difícil, pero adecuada. -Aspiró aire con algo de brusquedad, como dándose ánimos para continuar. -Renuncio a mi lugar en los talleres de la empresa y al nombramiento de la escudería; renuncio como piloto y como parte de BMW y Williams.

Quinze se quedó pasmado al escucharlo. Otto se recargó en el marco de la puerta, sintiendo la noticia como un cubetazo de agua helada sobre él. Trowa sólo los observó, en silencio….

Y casi al mismo tiempo, ambos reaccionaron.

-¡¡¿Que tú qué?!!

-¡¡Pero no puedes...!! ¡¡El contrato...!! -vociferó el manager mientras trataba de levantarse de su asiento.

Inclinándose un poco hacia adelante, Treize recargó las manos sobre el escritorio y clavó su mirada profunda en la de Quinze, mostrándose aun más seguro que antes.

-El contrato puede revocarse. Si no estás de acuerdo con esto, demándame. Sabes muy bien que no le temo a estas situaciones. Te recuerdo que estoy pasando por una ahora.

Quinze se sentó nuevamente, pálido y desencajado ante la actitud de Treize. Volteó a ver a Trowa fugazmente, pero éste se encogió de hombros.

-N-no quise decir eso, amigo... debe haber otra forma de solucionar esto.

-No la hay. –Volteó a ver a Otto con expresión ausente, y continuó hablando mientras regresaba su mirada hacia Quinze. –Tienes un gran equipo contigo. Yo no te haré falta. Por el contrario, sus problemas terminarán en cuanto yo salga de aquí.

Otto lo veía con una mezcla de dolor e incertidumbre. ¿Por qué de esa forma?

-Treize, jamás nos ocasionaste problemas. Al contrario, la compañía vivió contigo toda la fama y gloria que otros pilotos no le habían dado...

Sin embargo, Treize se dirigió a la puerta, dando por terminada la discusión. Trowa se levantó del sillón, caminando tras él. Se veía cansado.

-Es mi última palabra. Te haré llegar mi carta de renuncia esta misma tarde. –Volteó con el otro piloto, que había bajado la vista al piso, pensativo. –Otto... Debemos terminar con el boceto y otros pendientes. Quiero entregarte todo lo que hace falta. Trowa...

Los tres salieron del despacho en silencio.

Quinze quedó solo, dejando la vista sobre los papeles que tenía en el escritorio, pero con su pensamiento muy distante de ellos.

Si Treize había pensado que era lo mejor, tal vez así debía ser.

Suspiró, levantándose del sillón ejecutivo mientras su vista se dirigía al patio de los talleres. Y sin poder evitarlo, se sintió fracasado...

 

------------------Peleando por sobrevivir...

Casa de Treize Khushrenada

Munich, Alemania. 2:27 a.m.

Una semana después de renunciar a la empresa.

 

Las audiencias habían terminado apenas ese medio día, dejándolo exhausto.

Se había presentado solo, sin la firma de abogados de la BMW-Williams, pero ofreciendo una muy buena defensa personal al dirigirse al Comisionado de la Corte.

De hecho, había salido mejor librado que la empresa, y aunque la suma que pagara para solventar la demanda no había variado, todos los agravantes en su contra habían quedado liquidados. Marquise se había presentado también a la audiencia, y por más que había tratado de hablarle, Treize se negó todo el tiempo a cruzar palabra alguna con él. Ni siquiera le había permitido acercársele.

Finalmente, salió de la Corte tal como había llegado, solo y sin deudas pendientes.

Sin embargo, en lugar de sentirse aliviado, la depresión había hecho presa de él nuevamente.

Middie se le acercó despacio, observándolo con atención mientras Treize dibujaba con exasperante pulcritud un boceto tras otro....

Le preocupaba verlo de esa forma, pues sabía que era el escape que buscaba para olvidar el dolor que lo mantenía preso en esos momentos.

No lo había visto llorar por su familia, ni quejarse como cualquier persona lo hubiese hecho en su situación. Lo había visto mantenerse en una actitud de calma constante, y aunque al principio lo había admirado por esa entereza mostrada, ahora temía por su salud, pues no era una actitud normal.

Sabía que se hundía en el trabajo para ocultar el dolor por el que atravesaba, pues Leia se los había confiado hacía ya bastante tiempo...

 

//Flashback//

Treize y Mary voltearon hacia la ventana de la cocina, descubriendo a Leia que los veía por la ventana. La pequeña alegremente agitó su mano en señal de despedida, mientras que Treize le sonreía con una sombra de tristeza reflejada en sus ojos. Leia devolvió la sonrisa y el saludo, y permaneció ante la ventana mientras veía que subían al auto y se alejaban hacia el centro comercial.

Lady se acercó discretamente a su prima después de haber puesto la tetera en la estufa. Su desarrollada intuición la hacía captar la tensión que había entre ellos, así que había decidido hablar con ella para despejar sus dudas, y si era posible, brindarle todo el apoyo que pudiera darles. Conocía el problema por el que atravesaban, y hasta ese momento no había tenido oportunidad de hablar con Leia extensamente del asunto.

-Leia, ¿estás bien?

Al escuchar la voz de su familiar a un lado, se sobresaltó, llevando una mano a sus ojos, tratando de limpiar los restos de lágrimas que había en ellos. Volteó un poco con Lady y le sonrió.

-Si, si. Es solo que Mary me enternece demasiado.

Lady asintió, pasando un brazo por sus hombros, tratando de infundirle confianza con ese abrazo fraternal.

-El te estará listo en unos minutos. Ven, vamos a sentarnos.

Apenas había asentido cuando la puerta se abrió de forma estrepitosa, dejando ver la grácil figura quinceañera de Middie entrando por ella, anunciando su llegada del instituto.

-¡¡Hola, ya vine!! -Efusivamente se plantó a un lado de su prima y la saludó con un sonoro beso en su mejilla, pero eso le hizo notar algo anormal en ella. -Leia, ¿qué te pasa? ¿Estabas llorando?

-N-no, Middie. Es...

La muchacha la interrumpió abruptamente, entrecerrando los ojos mientras sacaba conclusiones.

-¡¿Discutiste con tu marido?! ¡¿Te dijo algo?! -Su púber impetuosidad la hicieron apasionarse demasiado. -¡Ah, pero ahorita me la paga! ¡¿Dónde está ese canalla?!

Lady y Leia sonrieron divertidas al ver el envalentonamiento de la muchacha. Ambas voltearon a verse de manera cómplice.

-Creo que será mejor que le digas todo, o terminará golpeando al pobre de Treize. Es capaz de acomodarle una paliza.

Middie se calmó un poco al escuchar a su hermana, mostrándose totalmente desconcertada. Ahora no sabía si realmente quería enterarse de lo que le sucedía a su prima.

-¿Decirme qué? ¿Pasa algo malo?

Leia le sonrió en forma indulgente mientras le sujetaba una mano y la llevaba a la mesa de la cocina. Las tres se sentaron mientras le respondía.

-Te debo una explicación, Middie. Pero será doloroso. Es mejor que estés sentada.

-Leia, me estás asustando.

La mayor suspiró, reconociendo que ella permanecía asustada desde el día que conociera el diagnóstico del médico de la familia.

-Hace varios meses empecé a sentir que algo andaba mal. Estábamos en Berchstegaden, a pocos días de volver, cuando una intensa migraña me atacó. Nunca había ocurrido, jamás había sufrido de esa clase de dolores de cabeza, incluso náuseas y una extrema debilidad. Se lo comenté a Treize, y ambos hicimos planes para una cita médica justo en cuanto estuviésemos en casa. Sin embargo la tarde que regresábamos a casa, mientras Mary dormía en el asiento trasero del auto, él me contó sus sueños. -Leia las observó a ambas, tomando un poco del te que Lady había preparado. -Semanas antes del viaje a Suiza, volvió a tener pesadillas... recurrentes, en las que él y yo éramos protagonistas. Dijo que temía que algo malo ocurriera, que algo malo me ocurriera, y que los dejara solos...

Por un momento jugueteó con sus dedos en el borde de la taza mientras su pensamiento divagaba en esos recuerdos. Sonrió con cierta amargura y continuó con su relato.

-Nunca me dejó sola, ni siquiera cuando los exámenes que el médico requería fueran tediosos y aburridos. Todo el tiempo estuvo a mi lado, dándome ánimos, diciendo que juntos pelearíamos ante cualquier cosa que surgiera. Pero muchas veces, las mejores intenciones y los buenos deseos no son suficientes... El médico nos anunció lo que ambos temíamos, y nos confirmó nuestras limitaciones... -Fijó su mirada celeste en la mirada expectante de Middie y le sonrió. -Tengo un tumor, un monstruo alojado en la base nerviosa del cerebro, inoperable y crece día con día. Es mortal, Middie, y ni siquiera la ciencia médica es suficiente para detenerlo.

La muchacha sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas al escuchar esto último, y una fuerte ira producto de la impotencia, empezó a invadirla.

-¡P-pero... ese médico... pudo haberse equivocado...! ¡No puede ser que no haya solución! ¡¡Debe haber alguien...!!

Lady posó su mano sobre el antebrazo de la jovencita, volteando a verla con cierta tristeza. Middie las vio a ambas, aun resistiéndose a creer lo que escuchaba.

-No, Middie. No hay nadie, ni en Europa, ni en América que pueda hacer algo por mi. No aun...

Middie permaneció en silencio, mientras Leia volvía a tomar otro poco de la bebida. Lady le pasó un pañuelo a su hermana en forma discreta. Ella ya había llorado, y era tiempo de ser fuerte.

Sin embargo, Leia dejó la taza y se cubrió el rostro con ambas manos, en un gesto desolador.

-¡Oh, Dios! Mi pobre Treize... va a sufrir todo esto otra vez, por mi...

Middie se extrañó al escucharla.

-¿Otra vez? ¿Por qué dices que otra vez?

La mayor suspiró, bajando las manos a sus piernas, sin perder la leve pero amarga sonrisa.

-Ya había perdido a una persona. Su dolor fue tan grande, que llegué a pensar que también moriría.

Esta vez, Middie la veía con sorpresa.

-¡¿Antes de casarse contigo estuvo casado?! -Lady enrojeció levemente, volteando a ver a Leia con cierta alarma. Su hermana no lo sabía. -¡Pero era muy joven para eso!

-No... Middie, escucha. -Leia ordenó sus pensamientos antes de decírselo. -Treize es una persona muy especial. ¿Recuerdas a Miliardo, el jovencito rubio que venía a visitarlo?

-¿Ese engreído? ¡Claro que lo recuerdo! En el colegio muchos lo detestaban, aun después de lo que les pasó.

-Treize y él tenían una relación muy especial. Muy pocos sabíamos que se amaban, que ambos se correspondían plenamente. La muerte de Miliardo lo afectó bastante, al grado de sumirlo en una profunda depresión. -A pesar de ver la cara de sorpresa de su prima, Leia continuó hablando. -Trató de sobreponerse a esa pérdida, trató de sobrevivir a esa tragedia, pero fue demasiado. Ni siquiera la enfermiza dedicación en que se hundía en sus estudios o en el trabajo lo ayudó. Por esa razón decidí acercarme tanto a él, apoyarlo, ser parte de su vida. Por esa razón Marimeia está con nosotros.

-¿Q-qué...? ¿S-significa que... Treize es...?

-Eso no debe tener importancia para ti, ni para nadie, Middie. Treize es mi esposo ahora, es el padre de Mary. -Su mirada brilló de manera especial, haciéndoles saber a ambas hermanas que a pesar de su debilidad, lo defendería incluso contra ellas, si fuese necesario. -Sólo míralo de esta forma. Yo lo he hecho, desde siempre, y no me arrepiento de esa decisión.

Lady asintió, observándolas. Respiró aliviada al ver que tímidamente, a pesar del impacto de las palabras de su prima, Middie asentía también.

-Treize es extraordinario, Leia, lo sabemos. Nadie en esta casa piensa lo contrario. -Se levantó hacia ella, y en una sincera demostración de apoyo y compasión, la abrazó cálidamente. -Ten por seguro que no dejaremos que este dolor lo destruya. No lo dejaremos solo.

Aun sin hablar, Middie imitó a su hermana. Se levantó de la silla que ocupaba, acercándose a su prima y estrechándola fuertemente.

-Gracias Lady... Middie...

Mientras escuchaba la gratitud de la mayor, se hizo una promesa a sí misma. Tomaría el papel de Leia como protectora de esa familia que afrontaba una dolorosa transición. Sería ella quien se encargaría de protegerlos, a Treize y a Mary, tanto como fuera posible...

//Fin del Flashback//

 

-Treize...

Khushrenada levantó la cabeza del trabajo que hacía, viéndola como si se tratara de una ilusión. Le sonrió apenas al reconocerla, mientras se recargaba en la silla.

-Middie... pensé que estarías dormida.

-Si, lo estaba. Desperté hace unos minutos, y también creí que estarías descansando. ¿Qué haces aquí tan tarde?

-Estaba terminando unos bocetos...

Treize se desconcertó un poco al ver su mirada con un gesto de reproche.

-Eso podría esperar a mañana. Treize, estás actuando de la peor manera que podrías hacerlo. Nadie te presiona para esto, todos tus problemas quedaron ya atrás, la compañía, el trabajo... Nada puede hacerte daño ahora, sólo tú, por la forma como te estás dejando llevar por esto.

Khushrenada bajó la vista un momento, pensativo.

¿Mas daño? No, después de todo lo ocurrido ya nada podía hacerle más daño...

-Escúchame. -Sentenció la muchacha ahora con tono severo en su voz. -Tienes que olvidar, dejar todo atrás. No puedes pasarte la vida lamentándote en silencio por lo ocurrido. Piensa en Mary. La estás alejando de tu lado si continúas de la manera como lo has hecho hasta el momento.

Marimeia. El motivo de su existencia ahora...

Treize recargó los codos en el escritorio, cubriendo con sus manos parte de su rostro, pensando en ello. Middie tenía razón. Había sido egoísta, y era tiempo de cambiar, de afrontar la realidad. Se lo debía a ella.

-Si... -Dijo finalmente, bajando las manos y dedicándose a guardar los bocetos. -Tienes razón. No dejaré que esto me gane, no otra vez.

Middie esbozó una sonrisa ligera al escucharlo. Estaba cumpliendo con su promesa. Lo vio levantarse del escritorio y acercársele.

-¿Quieres que te prepare un te? Eso podría ayudarte a dormir.

Khushrenada le sonrió, pasando su brazo sobre los hombros de la muchacha al tiempo que apagaba la luz del estudio, encaminándola a su habitación.

-Yo lo haré, Middie. Te lo agradezco. Ve a dormir.

-¿Seguro que puedes?

-Por supuesto.

Esta vez, la sonrisa reflejada también en los ojos de Treize le confirmó que estaría bien.

Sonriéndole ampliamente, Middie le dio un beso en la mejilla, y entró a la habitación de la niña, sintiendo que su corazón descansaba.

 

----------------------Decisiones y asociaciones

 

Instalaciones de la Armería de Oz.

Heinenkell, Alemania.

 

Treize había decidido regresar a la Armería después de haber llevado a Middie y a Mary a Viena, asegurándose que estarían bien. Mary debía ponerse al corriente con sus clases, así que por más que la pequeña protestó, no se cambiaron esos planes.

Era tiempo de empezar otra vez, de ordenar no sólo su vida, sino de poner en práctica varias facetas olvidadas de su propia carrera como ingeniero, y tomar el reto de levantar una empresa nueva de las ruinas de Oz.

Trowa y él se mantenían en comunicación esporádicamente, en cierta forma para saber cómo se encontraba, y para consultarlo en cuanto a varios aspectos técnicos que surgían en la reparación de alguno de los prototipos. A pesar de ya no pertenecer a la empresa, su ayuda había sido crucial para adelantar satisfactoriamente la reparación del monoplaza dañado.

Eso había dado pauta para que el mismo Barton hiciera una propuesta arriesgada. Nadie mejor que Treize para el arreglo de los motores de los prototipos, pues había sido él quien los diseñara en equipo con Otto. Podrían llamarlo como consultor externo, sin compromisos de ninguna especie, y sin riesgos a que Ferrari volviera a poner motivos absurdos por parte de su piloto titular por la cercanía con Khushrenada. Treize lo consideró, aunque no respondió de inmediato a la propuesta.

Sin embargo, un acontecimiento totalmente inesperado cambiaría el rumbo de sus decisiones una vez más.

Los doctores J y G estaban reunidos con Treize en uno de los salones de conferencia, en la planta alta, revisando algunas posibilidades para la transformación de la industria, cuando una aguda y fuerte voz llenó el recinto.

-Veo que llegué en buen momento, señores. -Los dos mayores voltearon a la puerta sorprendidos, mientras Treize se levantaba de la silla y se acercaba a la recién llegada con una enorme sonrisa. Ella sonrió también.

-¡Dorothy! -Treize y ella se abrazaron efusivamente a manera de saludo. Treize la separó de sí un momento, viéndola de arriba a abajo. -¡Mira qué sorpresa tan agradable! Te has convertido en toda una distinguida dama, señorita Catalonia.

-¡Tú no te quedas atrás, primo querido! Todo un hombre, hecho y derecho. -Sin embargo, su sonrisa se suavizó un poco, tomando un matiz triste. -Lamento mucho lo ocurrido con tu familia, Treize.

Treize no perdió su sonrisa, y agradeció su comentario con un ligero asentimiento.

-Ya ha quedado atrás, Dorothy. Gracias. -La sujetó de una mano, llevándola hacia donde se encontraban los científicos. -Ven, tal vez no los recuerdes. Ellos nos conocieron cuando éramos unos chiquillos insufribles.

-Hola, señorita Dorothy. -Saludaron al unísono los dos mayores, sonriéndole. Por supuesto que ellos sí la recordaban.

-Hola. -Ella pensó por unos segundos, dirigiéndose a J primero. -A usted lo vi por primera vez cuando jugábamos escondidas en uno de los tanques. Me acuerdo que nos regañó por subirnos al panel de control de la armadora.

Treize amplió su sonrisa al escucharla. Tenía muy buena memoria.

-Y usted... creo que no lo conocí muy bien. La última vez que mi padre nos trajo de visita apenas estaba integrándose al equipo de trabajo.

-Así es, señorita. Es agradable que nos recuerde después de tanto tiempo.

Ambos científicos se levantaron de la mesa, decidiendo prudentemente dejarlos solos para que pudieran arreglar cualquier asunto familiar que tuvieran entre manos. Era prioritario a cualquier decisión que ellos le aconsejaran a Treize, ya que Dorothy era la otra accionista de la empresa.

-Treize, nos retiramos. -El doctor G se adelantó, avisando su decisión. -Tenemos aun trabajo en el almacén. Debemos terminar con los inventarios de materia prima. Mañana continuaremos viendo los planes.

-Si, de acuerdo. Gracias, doctor G, doctor J.

-Hasta luego, señores. -Dorothy se despidió de ellos, y volteó a ver a su primo con mirada cómplice. -A propósito, no vine sola. Traje a un invitado.

-¿Ah, si? ¿Vino hasta aquí contigo?

-Si, espera. -Se dirigió a la puerta y llamó a alguien. Entonces Treize pensó que estaba siendo presa de alguna visión extraña. -Mira, él es mi primo, Treize Khushrenada.

Treize se quedó de una pieza.

Un joven rubio y de expresiva mirada estaba enfrente de él. Sus ojos eran de un tono azul claro, extraordinariamente parecidos a los de Leia... a los de Miliardo...

No pudo pronunciar palabra alguna por varios segundos, hasta que el muchacho se acercó a él con una amplia sonrisa, estrechando su mano. Llevaba un pequeño maletín.

-¡Señor Khushrenada! -Su voz lo sacó del ensimismamiento en el que había caído, haciéndolo sentirse ridículo. -¡Es todo un honor conocerlo!

Treize le sonrió, peleando por encontrar su voz y responder con algo de naturalidad. Estaba impactado, pero debía controlarse.

-Ah... hola...

Dorothy rió al ver el gesto de sorpresa en el rostro de su primo. Entonces presentó al muchacho.

-Treize, te presento a un muy buen amigo mío. Su excelencia Quatre Raberba Winner, hijo de uno de los mandatarios de los Emiratos Árabes.

Treize levantó una ceja, aun más sorprendido, pero ya seguro de que podría controlar sus expresiones.

-Oh... Excelencia, es un placer conocerlo.

-Llámeme sólo Quatre, por favor. -Pidió el joven, sonrojándose un poco. -Los títulos me ocasionan problemas.

-De acuerdo, pero con la condición de que tú también me llames por mi nombre. ¿Está bien? -La sonrisa de Quatre se ensanchó, abriendo aun más la confianza entre ellos. -Ah, pero vengan, siéntense.

Los tres tomaron sus lugares ante la mesa de reuniones. Dorothy se acomodó entre ellos, dispuesta a hablar del asunto que la había llevado hasta ahí. Treize lo intuyó. Curiosamente, conocía algo del temperamento de su prima, así que supuso que eran negocios lo que imponía su presencia ante él.

-Bien, Dorothy. Soy todo oídos. Dime en qué puedo ayudarte.

-Eres bastante perspicaz, Treize. Bien... -Fijando su penetrante y segura mirada en la del mayor, ella inició. -Como sabes, tengo la mitad de las acciones de la armadora. Mi madre le había comentado a Tío Dermail que no nos interesaba una empresa armamentista, pero él insistió, poniendo como condición que esta empresa se quedara en la familia. Pero ahora, Tío Dermail no está, y a mi madre sigue sin interesarle el manejo de asuntos industriales, al igual que a mi. No tengo intenciones de iniciar mi vida profesional con la administración de una empresa como esta. Tengo planes muy diferentes, y puedo decirte que estas acciones me estorban, así que estoy dispuesta a deshacerme de ellas.

-¿Deshacerte de ellas? Déjame adivinar. La mejor forma de deshacerse de las acciones es vendiéndolas, ya sea al resto de los accionistas, si los hay, o a una tercera persona... -Volteó a ver a Quatre, confirmando entonces el motivo de su presencia con ellos. Le sonrió levemente mientras la muchacha asentía. -Ya veo. Dime, prima. ¿Has pensado en el valor nominal de cada una de tus acciones?

Ella sacó varios papeles del maletín que el rubio le extendió, haciendo algunos cálculos rápidamente.

-Veamos, en los últimos años la industria armamentista bajó su nivel un 25%, pero eso no le resta mucho valor a cada acción. Poniendo una cuota justa a cada una de las acciones, a pesar del atentado sufrido que restó bastante credibilidad a la empresa, aun se mantienen en buen nivel. Quatre y yo estuvimos revisando las cifras adecuadas apenas hace dos días.

-Veo que planearon minuciosamente esta visita. -Treize los observó a ambos de manera crítica sin perder su sonrisa. Volteó con el rubio algo intrigado. -¿Cómo conociste a nuestra administradora estrella, Quatre?

-En la Universidad. Casi nos recibimos al mismo tiempo, aunque en carreras diferentes.

-Ajá -Terció ella. -Quatre es ingeniero químico.

Treize arqueó elegantemente una ceja, algo desconcertado.

-Creo que no son carreras muy afines. ¿O si? A menos que haya alguna relación especial que me han ocultado...

Los dos jóvenes rieron al ver la expresión de sospecha de Treize. Entonces ella aclaró eso.

-No, no pienses mal. Quatre te habla de un vínculo amistoso, nada más. -Le guiñó un ojo al rubio y volvió a una explicación breve acerca de cómo se habían conocido. -Nos encontramos por azares del destino en la biblioteca de la Universidad, buscando el mismo aburrido libro de administración. Yo estaba dispuesta a pelear por el libraco, pero él me lo cedió. La verdad, primo, su Excelencia es todo un caballero. Me impresionó su amabilidad.

Treize volteó con el chico, quien se había ruborizado levemente.

-Algo que ya no se ve por estos tiempos. ¿Un representante de la especie de "Magnanimus Caballerosus"? Comprobada en extinción, por cierto.

Rieron ante la despatrañada expresión de Treize. Quatre los observó con simpatía, haciendo una rápida comparación de los rasgos de ambos primos.

"Auténtica familia de sangre azul" -Pensó, considerando que había hecho una muy buena elección para sus inversiones personales.

Sin embargo, Dorothy hizo un comentario indiscreto, lo que hizo que el muchacho se tensara un poco.

-Más bien, primo, nos compenetramos bastante al ver que somos afines en muchas cosas. Tú sabes que soy excéntrica, y por eso no me afecta si tengo amigos o no. Pero Quatre es un solitario. No se llevaba muy bien con sus compañeros. Esa sarta de imbéciles lo marginaba...

-¿De verdad? ¿En qué sentido? -La curiosidad del mayor fue demasiado evidente. -Me parece algo imposible, dado tu estatus y tus títulos. Nadie margina a una persona como tú, Quatre.

"A menos que..."

-Bueno, en teoría no, Treize. Hay muchos aspectos por los que te pueden marginar. Enfermedad, ideologías... preferencias...

Quatre bajó la vista, ruborizado. Eso despejó todas las dudas del mayor, especialmente cuando la última palabra tuvo un énfasis muy especial.

Por sus preferencias... Tal como había ocurrido con él...

-¡Cielos, temo que estoy desviándome del tema que debería interesarnos! -Dorothy buscó la mejor manera de hacerlos olvidar esa indiscreción de su parte. -Treize, no nos has dicho qué has pensado de las acciones que ofrezco.

-Cierto. Pero dime primero. ¿Viniste a ofrecerme tus acciones, o a pedir mi aprobación para que se admitiera un socio externo a la empresa? Alguien que te compre tus acciones. Alguien como Quatre.

-Esa va a ser tu decisión, Treize. Quatre se interesó mucho en la Armadora cuando le hablé de ella.

-Bien, pero debo decirles algo. -Dorothy lo observó dubitativa. Quatre le prestó toda su atención. -Antes de que llegaran estaba viendo la posibilidad de cambiar el giro de la empresa. Quiero renunciar a la fabricación de armas y enfocarme a la industria de transporte ejecutivo y comercial. Tal vez no sea tan lucrativa como antes, pero volverá a formar parte de la industria Europea abierta.

Dorothy sonrió nuevamente, volteando con Quatre. El muchacho sonreía también.

-Es una gran noticia, Treize. -Quatre asintió con un gesto, haciéndole saber que estaba de acuerdo. -Soy pacifista, y había comentado con Dorothy que al adquirir las acciones, te haría la recomendación de apostar por la fabricación de transportes civiles. Me ganaste el terreno.

Treize sonrió ampliamente, observando al muchacho rubio frente a él, intuyendo, por alguna extraña razón, que el asociarse con ese joven sería de mucho beneficio para todos. Así que la incertidumbre que sentía se esfumó.

-No tengo objeción. Prima, si Quatre desea adquirir tu porcentaje de acciones, me parece una idea acertada.

Dorothy casi brincó de alegría al escucharlo.

-¡¡Treize, gracias!! -Lo abrazó efusiva, besando sus mejillas en una franca demostración de gratitud. Quatre los observaba divertido.

-¡Dorothy, tranquila!

-Es que es lo mejor que alguien de la familia ha hecho por mi, en serio. -Un beso más, y esta vez, soltándose de Treize, se abrazó a Quatre con la misma efusividad. El rubio sólo atinó a abrazarla brevemente, sonriendo. -¡Me han hecho la mujer más feliz de Alemania! Pero ahora, ¿cuándo podemos realizar la venta? ¿Mañana mismo, podría ser?

Ambos hombre levantaron las cejas, más en expresión divertida que otra cosa. Fue Treize quien externó el pensamiento común.

-Dorothy, eres tremenda.

 

--------------------------Medidas desesperadas...

Gran premio de Asia

Dos meses después de la renuncia de Treize al automovilismo

 

Zechs observó con cierta curiosidad el tablero de marcas de precalificación.

BAR-Honda estaba dando todo un giro a sus presentaciones en los últimos circuitos europeos. Al parecer, habían contratado a un nuevo piloto. Un temerario corredor que les estaba abriendo posibilidades ante los equipos de mayor fuerza en esos momentos.

Intrigado, decidió ver de quién se trataba.

Seguramente no de Khushrenada, pensó mientras se dirigía a la carpa de la escudería contrincante.

Por Otto se había enterado que Treize ya no pertenecía a BMW-Williams, y que había renunciado al automovilismo.

También sabía por los contactos de Noin y de la agencia que se había dedicado por completo a la industria de los transportes civiles, y que al parecer todo había vuelto a la normalidad. Así que debían continuar ellos con la investigación y cacería de las "familias" rusas, especialmente de la más poderosa, la mafia de un hombre liado con fracciones guerrilleras de medio oriente. Un ex-general ruso, llamado Tsubarov...

A pesar de que todo había dado un inesperado giro, dejando de lado a Khushrenada, Zechs aun sentía una enorme inquietud respecto a la seguridad de su amigo. Aun no habían resuelto los asesinatos de su familia, así que siguiendo su intuición, casi podía asegurar que el o los asesinos lo acechaban, esperando el momento oportuno para saltarle encima.

Iba tan metido en sus cavilaciones que no alcanzó a esquivar al joven que corría hacia él, totalmente distraído.

-¡Uffffhhhh! -Duo se estampó contra su costado, haciendo que ambos perdieran el aliento momentáneamente. Zechs trastabilló, tropezándose con una llanta de refacción de las que estaban esparcidas por el lugar, cayendo sentado.

-¡Perdón, perdón! -Duo se enderezó aturdido, sin embargo, trató de recuperarse rápido. -L-lo siento... no lo vi... ¿Zechs Marquise?

Zechs volteó con él, sosteniéndose la parte golpeada con una mano. Levantó la vista hacia el muchacho y asintió, jalando aire.

-Si... ten más cuidado...

-¡Uy! ¡Señor Marquise, lo siento mucho! No volverá a suceder. Permítame -Rápidamente le tendió la mano, ayudándolo a levantarse. Zechs no le quitó la vista de encima. Era un joven bastante llamativo, especialmente por la enorme trenza que lucía bajo la cachucha.

Llevaba el uniforme de la escudería de BAR-Honda, así que decidió interrogarlo.

-Imagino que eres parte del equipo de tecnólogos.

-Eh... si... bueno... de hecho, soy el Master del equipo. -Duo le sonrió ampliamente, ensanchando también sus ojos, mostrando sin proponérselo la curiosa tonalidad de los mismos. -Ingeniero Duo Maxwell, a sus órdenes.

Zechs le dedicó una ligera sonrisa, esta vez, admirándolo. Era un Master demasiado joven, aunque no era raro ver eso. Trowa Barton debía tener la misma edad que él. Se acomodó la máscara mientras volteaba a todos lados. Parecía que no había nadie más en el lugar.

Sin embargo, un par de ojos de color azul profundo los seguía con bastante interés. No podía oír la conversación, pero los veía claramente.

Además, sabía de lo que era capaz el rubio, así que decidió mantenerse alerta.

-¿Puedo hacerte algunas preguntas?

-¡Por supuesto! Admiro mucho su desempeño como piloto. Ha sido un gran año para usted...

Zechs no le dio mucha importancia al comentario. Sin embargo, se acercó al americano, sujetando levemente su hombro con una mano.

-Veo que hicieron algunos cambios al personal del equipo. ¿También el piloto es nuevo?

-Si. A decir verdad, él y yo somos equipo, desde que nos conocimos en un campeonato de la Fórmula Tres, en América.

-¿América? -Zechs amplió su sonrisa. -Yo también vengo de allá.

-¡Ah, qué pequeño es este mundo! -Duo rió con algo más de confianza, recargándose en Marquise. Este lo permitió. -Entonces a lo mejor conoce a Low. No hace mucho que decidió correr para Fórmula 1.

-No, su nombre no me es familiar. Pero me gustaría conocerlo. ¿Está aquí?

Heero no soportó por más tiempo el supuesto galanteo del rubio. Si seguía de esa forma, Duo no dejaría de hablar de él en toda la noche.

-¡Marquise...!

El rubio volteó al escuchar esa voz. Autoritaria y fría, carente de cualquier emoción humana. Un escalofrío lo recorrió al momento en que sus ojos se encontraron con el dueño de esa voz. Una voz que conocía desde que él estaba en América, mucho antes de volver a saber de Treize.

-Heero Yuy...

El trenzado los volteó a ver a ambos alternadamente, muy sorprendido.

-¿Se conocen?

 

 

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