por Van Krausser

Acabo de comprobar que cuando más planes tienes, cuando más te atiborras de cosas y te extralimitas en tus tiempos y resistencia, llega el momento en que el Gran Jefe te pone un límite, un "ya ponte en paz", y si no le haces caso, toma medidas extremas.

Con un pie enyesado (como dicen mis hermanos, nomás a mí se me ocurre) y descanso obligado por quince días (fueron más,={ deveritas, deveritas), voy a darme a la tarea de continuar lo más que pueda en la historia, a ver si la termino antes de darme cuenta. Ahora sí, no tengo excusa para retrasarla más.

Bien, vayamos a la historia.

Hay algunas ocasiones en que tuve la "genial" ocurrencia de dar a conocer un poco del pasado de Treize, y continúo con los flashbacks en su relación con Leia y Marimeia. También estamos llegando a una sima, una "caída libre" en la relación Treize/Zechs, de esas obligadas por las circunstancias y los acontecimientos que surgen a su alrededor. Espero que las musas se apiaden de mi esta vez para no atorarme con la trama.

Bueno, no sigo con tanta palabrería.

Disfruten la lectura.

Van K.

Heinenkell, Alemania.

Mansión Khushrenada .

Treize aun no tenía noticias de lo ocurrido con todo el equipo de tecnólogos y personal de la planta.

Hacía más de una semana que la armería estaba totalmente abandonada, silenciosa, semidestrozada por lo ocurrido a la llegada de Tsubarov y sus hombres a ella.

La Mansión había sido tratada de la misma forma, aunque en ella, algunos de los servidores más fieles a Lady Khushrenada habían regresado días después, poniendo en orden lo que habían podido.

Y de su padre, era como si la tierra se lo hubiese tragado.

Había llegado a la mansión hacía algunas horas, y recorría la propiedad haciendo el conteo de todo lo perdido en manos de esos salvajes asesinos.

Mientras caminaba por uno de los corredores de la parte baja de la mansión, uno de los mayordomos se acercó a él, llevándole un teléfono inalámbrico.

-Joven Treize.

-¿si, Grany...?

-Le llama el abogado de su tío. Me ha dicho que es urgente el asunto que desea tratar con usted.

Treize suspiró antes de tomar el teléfono. Una inesperada sensación de náuseas lo invadió, pero la reprimió apresuradamente.

-Te agradezco, Grany. -Esperó un momento a que el mayordomo se retirara después de una levísima reverencia, y respondió. -Habla Treize Khushrenada.

-Excelencia, es agradable saber que se encuentra bien...

-Agradezco sus buenos deseos. Me comentó Grany que la llamada es urgente.

-Si, así es. -Notó una leve tensión en la voz del abogado. -Temo que no podemos aplazar más el motivo. Debo avisarle que es el tiempo pertinente para la lectura de los testamentos de su fam...

-Señor Shmetther, créame que es el momento más inoportuno para hablar de eso.

-No, Excelencia. Supe que por desgracia aun no encuentran a su padre, pero esto legalmente da pie a que se tomen todas las precauciones posibles para no caer en un juicio civil, por propiedades intestadas.

Treize sintió que la ira empezaba a sofocarlo. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no gritarle a ese hombre por su impertinencia.

-Señor Shmetther, he dicho que no es el momento oportuno, máxime por la razón de que mi padre no se ha declarado oficialmente muerto. Hasta entonces, ni usted ni el gobierno de Alemania pueden reclamar el juicio que menciona.

-Pero... Conde... Excelencia...

-No hay lectura de testamentos ni juicio hasta tener noticias, cualesquiera que estas sean. No voy a repetirlo. Buenas tardes, señor Shmetther

Cortó la comunicación sin querer escuchar más la voz de ese hombre.

Treize lo conocía, y lo detestaba.

Era de las pocas personas por las que sentía un rechazo natural, aunque este tipo se dijese íntimo amigo de su tío Dermail.

Muchas veces sintió náuseas al ver que el tipo no le quitaba la vista de encima cuando visitaba la armería, alegando que era para recabar la firma en algún papel sin importancia. Y su rechazo había crecido hacia él en una ocasión que lo encontrara solo, en el despacho, mientras los dos mayores atendían a visitantes inesperados.

// flashback //

Tendría tal vez doce años, y apenas había entendido que él era diferente, que no había similitudes entre los gustos de su padre y los de él, y que simplemente, por algún extraño suceso, se había dado cuenta de que prefería estar rodeado de sus amigos y condiscípulos en la escuela, que de las chicas que rondaban al grupo de amigos con el que solía compartir sus tiempos de aprendizaje. El era total y completamente diferente.

Sentado en el enorme sillón y absorto en la lectura de la última adquisición literaria de su madre, de espaldas a la entrada del despacho, no había escuchado cuando ese hombre entrara y cerrara sigilosamente la puerta tras él al verlo ahí.

Brincó sobresaltado al sentir una mano diferente a las de sus familiares sobre su hombro, y al voltear a ver quién se había atrevido a interrumpirlo, sintió que su estómago se hacía un nudo al ver al abogado Shmetther a su lado, sonriendo con una mueca torcida y asquerosa.

-Hola, condesito. Te he estado observando.

-... s-señor Shmetther... mi tío y mi padre están...

-Abajo, ocupados con unos clientes. Sí, la secretaria me lo dijo. -Shmetther jaló el sillón, volteándolo hacia él, acorralando a Treize. -Pero no me ha molestado eso, en absoluto. Tengo tiempo para estar aquí contigo, y platicar de algunas cosas que me interesan.

El muchacho se sonrojó notablemente cuando el mayor puso una de sus enormes manos en su rodilla, apretándola sin ningún miramiento, lastimándolo.

-Me he dado cuenta que eres especial, jovencito.

-¿E-especial...? -Treize buscó soltarse de ese agarre, pero no lo consiguió al primer intento. Sólo atinó a suplicar asustado. -M-me lastima... por favor...suélteme...

-Si; digamos que tengo una extraña cualidad que me dice cuando un hermoso niño como tú comparte mis gustos y preferencias. Tú eres uno de ellos.

-No es cierto...

-Aunque lo niegues, tus actitudes te delatan. Además, mis sobrinos están en la misma escuela que tú, y ellos me han dicho algunas cosas de ti. –El remedo de sonrisa se amplió más al ver que la mirada del muchacho se mostraba asustada. -He sabido que eres indiferente a las chicas de la escuela, y que tienes gustos delicados en cuanto a escoger a tus amigos. Incluso se corre el rumor de que te "entiendes" con el hijo de von Brauchitsch.

El nudo en su estómago se cerró aun más, cortándole el aliento por segundos. No había dicho una palabra de eso a nadie, pero así era. Le gustaba el hijo del matrimonio von Brauchitsch, desde el momento que lo había conocido. ¿Cómo era que este hombre lo sabía?

Sintió que la mano de Shmetther comenzaba a descender por su pierna en forma lenta, tratando de mancillar su púber inocencia. El muchacho forcejeó otra vez, librándose con mucho esfuerzo de su improvisada prisión humana.

Corrió hacia la puerta del despacho, seguido de ese hombre, y antes de que pudiera abrir, la perilla de la misma giró al ser empujada desde afuera por alguien más.

Treize retrocedió un paso, aun asustado, pero al ver a su tío y a su padre seguidos por cuatro hombres uniformados, se tranquilizó considerablemente.

De forma providencial, eso lo había salvado.

-Treize, ¿qué pasa? -Su padre lo notó aun sonrojado, y con una fuerte agitación, mientras que Dermail miraba al abogado con un velado reproche en su mirada.

-Shmetther, ¿qué haces aquí?

-Ah, general. Vine por una firma para una diligencia gubernamental. Ya sabes, papeles rutinarios.

-Debiste llamarme antes. Sabes que hemos estado muy ocupados últimamente.

El padre de Treize hacía pasar a los hombres uniformados, mientras el chiquillo permanecía cerca de la puerta. Uno de ellos, el más joven, se detuvo frente a él, y le sonrió levemente, mientras preguntaba algo en un ininteligible idioma. Su padre sonrió, y respondió con cierto matiz de orgullo en su voz, pero en el mismo idioma de su interlocutor. Treize también sonrió a manera de cortesía.

Dermail firmó con impaciencia el papel que le extendía el abogado, y rápidamente lo despidió. Se veía a leguas que su prioridad era continuar con el trato que estaban llevando a cabo con esos hombres.

Ninguno de los parientes de Treize se percataron de que cuando el abogado salía del despacho, se acercaba otra vez al niño y éste intentaba alejarse, asustado.

-Volveremos a vernos, joven Khushrenada. -Intentó acariciar su mejilla, pero algo lo detuvo.

El oficial que le había sonreído se acercó, haciéndole una pregunta en un muy mal alemán. Y Treize se dio cuenta que lo hacía para rescatarlo del acoso de ese hombre. Su mirada lo decía, aunque no pudiera entenderlo en palabras.

El chiquillo asintió, y como pudo se escabulló, acercándose a ese desconocido que le ofrecía una protección temporal. Y Shmetther entendió que lo mejor era irse de ahí.

// fin del flashback//

Sacudió la cabeza ligeramente, tratando de quitarse de sus pensamientos ese malestar que le producía la voz de ese hombre.

En cuanto pudiese, desharía todo trato que la familia tuviese con él.

Le pediría ayuda a Quinze, tal vez el despacho de abogados de la empresa pudiera auxiliarlo en esa situación.

Un inesperado repicar del teléfono lo sacó de sus pensamientos. Contestó al segundo timbre, cambiando su semblante al escuchar de quién se trataba esta vez.

-Hola Treize.

-¡Doctor J! Pensé que no volvería a saber de ustedes.

-Mal hecho, jovencito. Sabes que no podrás librarte de estos viejos en mucho tiempo. Recuérdalo, más sabe el diablo por viejo...

-Si, lo tendré muy en cuenta. -Caminó por el corredor hacia una de las estancias principales mientras hablaba. -Pero dígame, ¿qué ha pasado con ustedes?

-Bueno, por órdenes de tu tío abandonamos la armería y nos ocultamos.

-Fue una buena decisión.

-Lamento que tu madre y tu tío no pudieran escapar. Lo siento mucho, hijo.

-Gracias, doctor J.

-¿Qué has pensado acerca de todo esto? ¿Vas a continuar con la armería?

Treize suspiró.

-Aun no lo sé. Mientras no tenga noticias de mi padre, no sé qué pueda ser lo más pertinente.

Hubo silencio por un momento, y repentinamente, el doctor J pareció estar de prisa.

-No pierdas las esperanzas. Nosotros confiamos en tus juicios. Debo colgar, Treize. Cuídate mucho.

-¡Doctor, espere!

La comunicación terminó ahí.

Y Treize quedó muy confundido. La manera en que el doctor J le dijera eso lo hacía sospechar que ellos sabían algo. Que tal vez su padre seguía vivo.

Así que decidió esperar, aunque medio mundo quisiera presionarlo para hacerlo pensar lo contrario.

-----------------Otra vez, a la rutina...

Oficinas de la compañía BMW.

Dolfindog, Alemania.

Cinco días después .

-Muchacho... bienvenido a la familia.

Quinze abrazó a Treize en una muestra de apoyo total cuando lo tuvo enfrente, justo afuera de la oficina del Ingeniero Williams.

Le había llamado a Heinenkell, avisándole que en cuanto se sintiera mejor, se presentara no a los talleres, sino al corporativo de la empresa Williams.

Frank Williams quería hablar con él personalmente.

-Gracias, Quinze. Me alegra volver a verte.

-Igualmente. Pero ve, Frank te espera.

Su manager lo soltó, instándolo a reunirse con el Ingeniero Williams lo más pronto posible.

Treize estuvo ahí alrededor de veinte minutos, en abierta plática con el ingeniero. Le comentó acerca de la armería y algunos de sus planes futuros para ella, aunque todavía eso era incierto.

Williams lo escuchó con atención, y su gesto comprensivo acompañaba su mirada jovial en todo el tiempo que ambos hablaron.

También le hizo saber que su apoyo incondicional hacia Khushrenada continuaba en todo momento, tomara las decisiones que tomara.

-....Eso no impedirá que sigamos con la amistad, ¿no es así, Treize?

-Por supuesto que no, Ingeniero. Gracias por todo...

Treize salió de la oficina con actitud tranquila.

Era una enorme bendición contar con todo el equipo de Williams y al mismo Director General de la empresa como si se tratase de una enorme familia.

En pocas horas se había reintegrado ya al movimiento dentro de los talleres de la empresa, en pleno proceso de revisión, supervisión y prueba del trabajo que se llevara a cabo en su ausencia.

Trowa lo recibió también con una cálida muestra de afecto, a pesar de su enorme seriedad.

Otto fue, por el contrario, bastante ruidoso, como acostumbraba hacerlo siempre.

Treize reconoció que los había extrañado demasiado...

Treize, Otto y Trowa se enfrascaron durante tres días al diseño del P84, tratando de no darse por vencidos con cada fase de error que obtenían.

Finalmente, Trowa reconoció que estaban perdiendo el tiempo.

Decidió hacérselo saber a Treize en privado, y ver qué decisión tomarían entonces.

La oportunidad de hacerlo llegó la misma tarde del tercer día. Otto los había dejado solos, alegando que iba al almacén de refacciones, aunque Treize sabía que el camino que había tomado era el que pasaba justo frente al escritorio de Lady Une.

Trowa se sentó junto a él en la mesa de construcciones, llevando un diseño hecho para otro motor.

-Treize, quiero hablar contigo.

El mayor volteó a ver a Barton, intrigado. Aunque sospechaba que era algo referente al diseño que trabajaban. También él estaba considerando en rehacer todo el prototipo.

-Por supuesto, Trowa. Te escucho.

-No sé qué has pensado referente a lo que nos tiene atorados con el motor.

Treize suspiró.

-Siento que estamos perdiendo tiempo.

-Si, yo también lo he sentido de esa forma. -Le mostró entonces el plano que llevaba. -Pero no quise quedarme sólo con esa impresión. Me tomé la libertad de hacer un diseño mejorado del FW26, sólo son algunos cambios ligeros, pero pienso que con ellos se optimizará el rendimiento del mismo. Sería de la misma línea FW, pero podríamos darle un punto más... no sé, en vez de cambiar serie, continuarla.

Treize observó el boceto con atención, verificando los cálculos que Trowa plasmara en él.

-¿Lo llamarías FW27?

-¿Podría hacerlo? ¿O forzosamente hay que tomar otro nombre?

-No, no hay protocolos rígidos en esto. ¿Tú qué dices?

Barton sonrió levemente, encogiéndose de hombros.

-Soy meticuloso, me gustan las series. Apuesto por ese nombre, FW27.

Treize sonrió.

-Entonces no se diga más. Nos dedicaremos a ese diseño, y cuando haya tiempo, rehacemos el otro.

El latino asintió, complacido por esa decisión. Estaba encontrando en Treize no sólo a alguien de la familia, sino a un amigo que lo apoyaba realmente. Y eso lo alentaba a no fallarle bajo ninguna circunstancia.

------------------El sobreviviente...

Casa de Treize Khushrenada.

Munich, Alemania.

Jueves, 7:12 pm

Treize se levantó del escritorio, repasando mentalmente el cálculo que llevaba hecho del nuevo diseño que planearan para el P84.

Imaginó que tal vez Otto había decidido visitarlo, aunque se extrañó un poco por no haber recibido antes una llamada, poniéndolo sobre aviso.

Bajó las escaleras aun pensando en ello, y al abrir, la sorpresa lo enmudeció.

Nunca imaginó que volvería a verlo. Nunca creyó que se aparecería en su vida así, de pronto.

Nunca creyó que su padre lo considerara como su única opción en un momento de tremenda necesidad...

Pero ahí estaba... sonriendo con un doloroso rastro de culpabilidad en sus ojos, y una sumisa actitud frente a él.

-Hola, hijo...

Treize salió, alargando su mano derecha hacia él, tocando su mejilla, aun incrédulo.

-Papá... -Sus palabras fueron un débil susurro, conforme sus dedos recorrían el rostro de ese hombre. Y finalmente lo abrazó. -¡Papá! ¡Estás vivo! ¡Pensé que no iba a volver a verte! Ven, pasa...

Lo hizo entrar, y cerró la puerta, asegurándola por dentro.

Ambos hombres entraron hasta la cocina de la casa, y mientras Treize preparaba un poco de te, su padre le contaba lo ocurrido.

-...Discutí con tu tío dos días seguidos, tratando de convencerlo de que no había peligro alguno si continuábamos con el proyecto. Discutí con el doctor K cuando trató de advertirme lo que estaba por pasar... y finalmente, discutí con tu madre ese mismo día, cuando me dijo que se sentía intranquila, que no confiaba en los negocios que estábamos llevando en esos momentos...

Treize puso la taza humeante frente a él, acercando un azucarero mientras lo escuchaba, observándolo con atención.

Se veía avejentado, cargando un peso tremendo sobre sus hombros, y una culpa enorme en su alma... Difícilmente se reconocía al orgulloso patriarca de la familia Khushrenada en él.

Sintió una enorme pena por su padre, y decidió no dejarlo solo en eso, aunque se veía como una empresa difícil de lograr. Al día siguiente tendría que salir de la casa poco después del amanecer para cruzar el Atlántico, en el inicio de la Temporada Americana.

-¿Qué hiciste en todos estos días?

-Me oculté... muerto de miedo y remordimiento... No sabía qué más podía hacer con esos tipos detrás de mi... –Treize asintió, pensativo.

La amenaza continuaba latente y tal vez ni siquiera él podría hacer mucho para mantener a su padre oculto de esos asesinos. Debían hacer algo inmediatamente.

-Papá, ¿has hablado con la policía? ¿Buscaste ayuda?

-La policía no me cree. -Le extendió la agenda en donde tenía escrito el número de teléfono que les diera el doctor K -Y este número, sinceramente no sé a quién pertenezca. Al parecer, quien responde aquí se hace llamar Odin Low, y supuestamente es miembro de una organización internacional, tal vez la CIA, pero no tengo la más mínima seguridad de que sea así.

-¿Hablaste con él? ¿Le dijiste algo de nosotros, de Marimeia?

-No, no. -Los ojos de su padre reflejaron inseguridad al responder. Eso lo puso alerta. -Sólo... le dije lo ocurrido, y las sospechas de K y tu tío, pero no le hablé de ustedes. No pensaba arriesgarlos en ningún momento.

-O.K. te creo. Pero ¿qué te dijo él respecto a esos tipos? ¿Al menos te prometió investigar, o algo parecido?

-Me dijo que él se pondría en contacto conmigo, pero que debía ocultarme.

Treize asintió, desalentado. Pensaba frenéticamente en dónde podría estar a salvo, sin que los vincularan por ningún motivo. Y desgraciadamente, no tenía mucho tiempo para hacer un plan estratégico.

Pero... tal vez si pedía ayuda a Quinze, tal vez por medio de la empresa pudiesen hacer un arreglo con alguna corporación de seguridad y mantener a su padre ahí, protegido hasta el momento en que regresara... o tal vez podría llevarlo a América...

-Papá, debo decirte... -Ambos sostuvieron la mirada en alto, uno interrogante, el otro con cierto pesar. -Tengo que ir a América mañana, antes del amanecer.

Al ver la sombra de decepción en su mirada, entendió varias cosas.

-Imagino que no tienes tus papeles; quiero decir, pasaporte, identificaciones, nada de eso...

-No, no los tengo. Estaban en la casa cuando todo ocurrió.

Treize suspiró, aun con mayor desaliento. Debía plantearle entonces su idea original.

-Si... veamos. Estaba pensando que podría ocultarte, que te quedaras aquí en casa, y solicitar protección de alguna agencia... no sé, guardaespaldas, o incluso la misma policía...

-¿Crees que eso funcione?

-Al menos puede ser una mayor posibilidad de mantenerte vivo a que andes por ahí tratando de hacerte invisible. ¿No?

Treize regresó a sus posibilidades.

Primeramente pensó en Quinze... pero también recordó que tenía familia, que si lo llegaba a involucrar, tal vez lo estaría poniendo en riesgo... y no sólo a él...

Tenía también la posibilidad de hablar con Otto...

Repentinamente, recordó a Trowa.

Pensó en llamarle, exponerle la situación y pedirle como un gran favor que ocultara a su padre en el departamento. Por los apellidos, nadie lo relacionaría con él.

-Tengo una idea... –Alistando su teléfono celular, Treize marcó el número que Trowa le pasara semanas atrás, haciendo gala de una extraordinaria memoria. Esperó unos segundos con el aparato al oído, y una leve sonrisa apareció en su rostro al escuchar que la llamada era atendida. –¿Trowa? Hola, soy Treize. Oye, necesito pedirte un enorme favor...

-------------------Una presa para los lobos...

Departamento de Trowa Barton

Munich, Alemania

La mañana del sábado

Por enésima vez se asomó al pequeño callejón hacia el que daba la ventana, cerciorándose de que estaba desierto, de que nadie los había seguido.

Aun con el sentimiento paranoico de persecución regresó a la habitación principal, pensando en su situación, y en los esfuerzos que estaba haciendo Treize por mantenerlo con vida.

Llegó hasta la cama y se dejó caer en ella, con un enorme cansancio en sus movimientos. Aun no se decidía a terminar todo lo que debía hacer, pero no podía perder tiempo.

//Lord Khushrenada...//

El padre de Treize observaba la pequeña tarjetita que había sacado de entre los papeles que llevaba en su portafolios, recordando todas las mentiras que había escuchado de parte de Tsubarov, haciéndose pasar este como Intendente General del nuevo ejército ruso para conseguir las armas de alto poder que les exigía.

//...Un perfecto estúpido que resultaste ser, Lord Khushrenada...//

Recordó con dolor la última vez que viera a su esposa, y la agria discusión que había tenido con ella.¡Dios, si tan sólo hubiera escuchado algo de lo que le decía...!

Se levantó de la cama con una enorme pesadez sobre sus hombros. Llegó ante el espejo que había sobre la cajonera y observó su imagen reflejada por algunos segundos.

// Treize...// La imagen de su hijo al ver sus propias facciones lo hizo recordar también esas palabras dichas el día de su renuncia a la armería, justo en el momento en que confrontaba a Dermail. //¡Cuánta razón tenías al llamarnos asesinos..!//

Jamás le habían dado crédito a esas sospechas, a sus suposiciones. ¡Qué ambiciosos se habían vuelto ambos, creyendo que lo hacían por el bien del muchacho! Qué terrible error habían cometido, no sólo hacia él, sino hacia todos aquellos por los que su hijo intercedía en esos momentos.

Volteó nuevamente hacia la cama, y regresó hasta donde tenía el portafolios, sacando un libro pequeño y algo gastado, empastado sobriamente en piel oscura. Por algunos momentos lo observó, recorriendo el carácter dorado con relieves en la pasta, representando un crucifijo. Era una pequeña Biblia que Treize le regalara cuando aun era un niño...

Tenía que hacer algo para evitar que le hicieran daño. O a Marimeia, su adorada nieta.

No había ya tiempo para una reconciliación, pero si para pedirle que lo perdonara por la forma como lo había tratado, como lo había rechazado. Y cómo los estaba exponiendo.

Tomó su agenda y empezó a escribir, pensando cuidadosamente todo lo que deseaba decirle, incluso de lo ocurrido con la mafia rusa.

Debía saberlo, aunque fuera doloroso.

Con sumo cuidado fue escribiendo una carta que, aunque breve, le expresaba su arrepentimiento. Y al considerar que había escrito todo, abrió el libro que sacara del portafolios. Lo hizo con cierta reverencia, y con el libro en mano, empezó a hacer varias anotaciones en clave, guiándose por las separaciones que presentaba el libro en sus páginas.

Al terminar, escribió una breve nota de agradecimiento a Trowa, y un pequeño post-it en el que había escrito “Treize. Tú sabes qué es”, mismo que pegó a la portada del libro. Dejó ambos sobre el escritorio y regresó a donde tenía el portafolios.

Lo vació sobre la cama, revisando por última vez todos los papeles que llevaba, los cuales eran las acciones y firmas de importancia administrativa de la Armería, junto con las escrituras de la propiedad y todo el material que contenía. Volvió a guardar todo, y sacó entonces un pequeño celular de una de las bolsas interiores.

Era el mismo aparato que siempre llevaba consigo. El que había usado por última vez para llamar apresuradamente a su esposa y advertirle que saliera de la mansión.

Aun con recelo, apretó el botón de activación, y buscó un número en el registro de llamadas hechas. Al encontrarlo, sólo oprimió el botón y esperó algunos segundos antes de que le respondiera esa conocida voz. Su interlocutor no se anduvo con rodeos.

-Estuve esperando su llamada. –Le espetó en un alemán sin acentos en cuanto respondió.

-Si, lo imagino. Pero hubo muchos inconvenientes que no me permitieron comunicarme antes.

-De acuerdo. Entonces debemos apresurarnos para terminar con todo esto. ¿En dónde se encuentra?

-Munich.

-De acuerdo. Tome nota entonces. En cuatro horas lo contactaremos en la estación de Autobuses, en Heidelberg. Debe esperar la llamada en la cabina central del andén 6. –Hubo un breve silencio en el que se escucharon dos sonidos extraños, unos muy leves chasquidos en ambos lados de la línea. –Señor Khushrenada, ¿está llamando desde un teléfono público?

-Eh... –Ese titubeo fue suficiente.

De manera repentina, la voz del otro hombre se alteró.

-¡Le dije claramente que debía deshacerse del teléfono móvil! ¡Está arriesgando demasiado al no hacer caso a mis indicaciones!

-L-lo siento, señor Low... no creí...

-¡Escuche con atención! –Interrumpió el otro. –¡Ellos saben ya los planes que hemos hecho! ¡Y por desgracia, no hay tiempo para cambios de última hora! ¡Seguiremos con esto hasta el momento en que llegue a Suiza! ¡Deshágase de ese teléfono!

-¡Espere! ¿Cómo sabré...? –Guardó silencio al escuchar el corte de la llamada. Un angustioso sentimiento se apoderó de él al darse cuenta que había caído en un error que podría ser fatal.

Debía darse prisa. Debía ganar tiempo, incluso, ser más astuto que sus perseguidores.

Cerró el portafolios, sacando antes un pequeño paquete no mayor a una cajetilla de cigarros, cuidadosamente envuelto en papel áspero, y depositó la llave especial y una nota más en un sobre que tenía rotulado con la dirección de la familia Barton, a nombre de Marimeia. Tomó la gabardina que le prestara Treize y poniéndosela, se decidió.

Salió del departamento de Trowa, cerrándolo bien y dejando el juego de llaves que le entregara en el apartado de correos. Y con todas las precauciones posibles, salió del edificio, abordando un taxi que lo llevó a la oficina de correos de Munich.

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En algún lugar de la frontera Ruso-Germana...

-Lo tenemos, señor.

Un joven mercenario extendió frente a él una hoja con varios números y coordenadas, además de algunas leyendas dispersas en el papel, todas en ruso.

Maximilian Tsubarov sonrió al ver la locación, recargándose totalmente en el sillón en el que estaba.

-Así que es cierto... –murmuró para sí en un suave acento ruso. Se puso de pie y caminó rodeando el escritorio, llegando a donde tenía un mapa de Europa, fijando sus ojos en el lugar marcado. Con el mismo acento calmado y amable, llamó a uno de sus subordinados sin moverse de donde se encontraba. –Garshöfen, investiga lo que sea necesario acerca de una persona, en Munich, Alemania. Se llama Treize Khushrenada, el piloto de autos de carreras.

-Si, señor.

Una insana satisfacción envolvió al exmilitar. Todo el tiempo que Khushrenada y Dermail se empeñaran en mantener oculta a la familia, todos sus esfuerzos se venían abajo ahora por un descuido tan simple. Porque todo apuntaba a que ese hombre, el famoso corredor de Fórmula 1, estaba más que relacionado con esos dos traidores. Y si era así, tal vez sería más fácil poder recuperar todo lo que había perdido en ese fraudulento trato hecho con la Armería de Oz.

-Mörnz, -Llamó nuevamente, sabiendo que sus órdenes se cumplirían puntualmente. –Serás quien dirija la operación de alcance a ese traidor. Llévate a los hombres que consideres necesarios. Hay gente de la CIA que lo apoya.

-Si, señor.

-Mantenme informado. Y si logras capturarlo vivo, no lo mates hasta que yo llegue.

-Si, señor.

En rápida movilización, el hombre al que le diera las órdenes salió del lugar dispuesto a cumplir con ellas.

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Oficinas de correos

Munich, Alemania.

La paranoica sensación de ser perseguido lo mantenía en un constante estress.

Sin embargo, eso le ayudó a organizar el reacomodo de los papeles y las pruebas de los casilleros que había rentado a nombre de su nuera, Leia Barton. Tardó alrededor de veinte minutos en hacerlo.

Al salir de la oficina de correos, llamó nuevamente a Odin Low, esta vez desde un teléfono público.

-¿Señor Low?

-Si vuelve a cometer un error de esa magnitud, nadie en toda Europa será capaz de asegurar su supervivencia, señor Khushrenada.

-Si, lo sé.

-Cambiaremos el punto de reunión. Nos veremos en Zurich...

-Pero no tengo pasaporte, ni papeles de identidad...

Hubo silencio por un momento, hasta que Low volvió a hablar.

-De acuerdo. No saldremos del país, pero esto aumenta los riesgos. Frankfurt, en la estación del Expreso, mismas indicaciones. Andén 6, cabina telefónica central. –Por segundos escuchó que hablaba en inglés, y otra persona le respondía también en ese idioma, y regresó a la conversación. –Si es posible, evite hablar con cualquiera que se le acerque. Lo veremos en cuatro horas.

-Si, está bien. Estaré allá lo antes posible.

Nuevamente el tono electrónico y frío del término de la llamada le respondió.

Tenía que darse prisa.

------------------Tropiezos interminables...

Precalificativos de la Temporada americana de F1

Circuit Gilles Villeneuve
Parc Jean Drapeau
Montréal (Quebec) Canadá

La tarde del Viernes, al otro lado del mundo.

Treize sentía aun la sombra del remordimiento por haber dejado a su padre tan abruptamente, pero habría sido imposible llevarlo con él.

Aunque estaba seguro que no tendría problemas si seguía sus recomendaciones.

Trowa estaba a su lado, batallando con uno de los contactos de los comunicadores del overol mientras él se colocaba los guantes con la vista perdida en la parte trasera del monoplaza. Parecía observarlo, pero en realidad, su pensamiento estaba a miles de kilómetros de ahí. Tenía muy presente todavía lo ocurrido en la carrera de España, y un breve pero consistente temor permanecía inquieto en su ánimo.

-Todo listo, Treize. –Trowa se retiró de su lado, observándolo un momento. Su seriedad era muy notoria, incluso para él. –Oye, ¿pasa algo?

Treize volteó con él, forzando una levísima sonrisa.

-No, Trowa. Pensaba...

Los verdes ojos del muchacho se posaron en los suyos, inquisitivos.

-¿Temes que algo malo pueda ocurrir?

El piloto suspiró.

-No lo sé. No puedo dejar de pensar en lo que pasó en España... me siento como ese día...

Barton asintió con un gesto silencioso.

No que fuera por superstición o algo parecido, pero también él se preocupó. Por Otto se había enterado de algunos detalles acerca de los presentimientos del ‘Káiser', y de cómo la mayoría de las veces acertaba al mencionar que algo podría salir mal.

Treize levantó un poco la cabeza al escuchar el llamado para los pilotos. Debía estar listo en menos de cinco minutos para las pruebas de calificación para el día siguiente.

Mientras le ayudaban a preparar el monoplaza, pensó en Zechs, en que sería otra vez su rival en la competencia, y ahí no había márgenes para camaraderías.

Ganaría el título, aun si eso significaba que Zechs se sintiera frustrado por ello. Y él, culpable.

Sin embargo, sobre esa carrera había presagios oscuros. Y sin poder evitarlo, Treize los sentía tan cercanos y reales...

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Estación del Expreso Occidental, Andén 6

Frankfurt, Alemania.

Sábado, 3:40 pm .

Khushrenada se impacientó.

Llevaba casi diez minutos a un lado de la cabina central, esperando la llamada, cuidando que nadie la utilizara para poder responder cuando fuera necesario.

Por enésima vez volteó hacia el enorme reloj que estaba al frente, dándose cuenta que apenas había pasado medio minuto más.

Sin dejar el pequeño portafolios que llevaba en la mano, se alejó algunos pasos, desentumiéndose un poco por estar ahí sin movimiento alguno, sólo esperando. Una mujer chaparrita y regordeta se coló entonces hacia la cabina telefónica que tan celosamente estuvo cuidando, instalándose como si fuera su casa. Khushrenada se enfureció en cuanto la descubrió.

Regresó en dos enormes zancadas hasta la cabina, dispuesto a sacarla.

-¡Oiga! ¡Apártese de la cabina! -La mujer volteó a verlo sin entender lo que pasaba, ya con el auricular plantado entre su hombro y oreja, iniciando la charla telefónica. -¡¿Qué no me oyó?! ¡¡Estoy esperando una llamada urgente!!

Ella tapó la bocina y sin inmutarse, lo insultó olímpicamente.

-¡¡Viejo loco!! ¡¿Qué le pasa?! ¡¡Busque otro teléfono!! ¡¡Este está ocupado!!

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-¡Demonios! –Un joven de trenza larga y castaña colgó el auricular del teléfono público, al otro lado de la estación. En sus ojos violeta relampagueó la ira mientras maldecía en un inglés de acento californiano. -¡Sigue ocupado!

-Es la segunda vez... –El otro joven de cabello corto y revuelto sólo exclamó con una pizca de enfado en el tono de voz. Permanecía recargado en la pared, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre su pecho. –Este hombre ha sido más problemático incluso que la señorita Dominique.

-¿Qué haremos, Low?

-Estoy pensando.

-Sólo espero que no lo hayan seguido. Con eso de que hace lo que le da la gana...

-Max...

-Y aparte, todo el tiempo somos nosotros los que tenemos que ingeniárnoslas para ayudarlo...

-Max...

-...eso sin considerar que ni siquiera recibiremos pago...

-¡Duo, cállate! ¡Te dije que estoy pensando! Guarda silencio.

-¡Hey! –Protestó el americano. –¡Se supone que soy Max, no Duo!

El muchacho al que el otro llamara Low abrió los ojos, levantando la vista hacia uno de los corredores superiores. Se incorporó totalmente, mostrando una actitud calmada. Pero su acompañante sabía que no era así. A pesar de su seriedad, sabía que estaba preocupado.

-Voy a buscarlo. Cúbreme, tal vez no venga solo.

Ambos se voltearon a ver, y el americano sólo asintió.

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Khushrenada se rindió. La señora hacía más escándalo del que necesitaba, y no era pertinente que llamara la atención.

-¡Está bien, está bien! –Dijo mientras levantaba los brazos en expresión de derrota. -Voy a esperar. ¡Pero no se tarde!

-¡Váyase al diablo!

Sin agregar más, el padre de Treize se retiró otra vez de la cabina, yendo hacia un pequeño quiosco de libros y tabaco. Y sin proponérselo, se distrajo leyendo los encabezados de algunos diarios.

Un fuerte alboroto proveniente de la cabina llamó su atención repentinamente, haciéndolo voltear hacia ahí.

Su pánico volvió al ver a la mujer discutiendo con dos tipos altos, vestidos de manera sospechosa, ocultando su vista detrás de anteojos de cristales polarizados. Vio como uno de ellos sacaba un arma automática y apuntaba sin ningún miramiento a la mujer que le gritaba, y ésta inmediatamente, soltó el auricular chillando histérica.

Aprovechó ese momento de confusión para darse la vuelta y perderse entre el gentío que en esos momentos cruzaba por el andén, después de haber bajado del siguiente Expreso.

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Los dos agentes de la CIA buscaban entre la multitud en medio del andén, tratando de localizarlo.

De pronto, alcanzaron a ver que varios hombres de aspecto sospechoso hacían lo mismo que ellos.

-¡Mira, Low! ¿Qué no son esos...?

La gélida mirada cobalto se desvió por un momento del grupo de personas, mientras su respuesta monótona confirmaba las sospechas del otro.

-Hombres de la mafia rusa... arsenal de Tsubarov. Debemos darnos prisa.

Sin más aviso que un toque en el hombro del otro, emprendieron una acelerada marcha hacia las escaleras de los trenes subterráneos. Lo más probable era que Khushrenada también los había visto, y asustado, estaba buscando huir.

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Khushrenada volteó hacia atrás por última vez, y un sudor frío lo recorrió al ver que la mujer con la que discutiera señalaba hacia él, y los hombres volteaban apresuradamente.

Sin detenerse a pensarlo echó a correr hacia un lado del lugar, hacia las escaleras que llevaban a los trenes subterráneos. Tal vez con un poco de suerte podría perderlos...

El joven de mirada fría se adelantó a las escaleras, deslizándose peligrosamente por el pasamanos mientras sostenía su arma con el cañón hacia el techo. El otro lo seguía en igual maniobra, pero cuidando que no hubiera más hombres de Tsubarov detrás de ellos. La gente se apartaba de su paso asustada.

Khushrenada tropezó varias veces con la gente que caminaba en forma despreocupada por las escaleras. Y en una ocasión estuvo a punto de caer, pero el pánico pudo más. Medio arrastrándose, continuó su desesperado escape a través del túnel, llegando hasta donde estaban las vías de los transportes de la ciudad. Buscó frenético hacia todas partes, y encontró un pequeño escondite, justo en un grupo de jóvenes que estaban haciendo suficiente escándalo. Se resguardó entre ellos, a pesar de que algunos lo vieron con extrañeza. Sin embargo, nadie lo echó, y sus perseguidores siguieron de largo.

Al ver que se iban por otro lado, se retiró del grupo de muchachos y regresó sobre sus pasos, dispuesto a irse del lugar y ocultarse tal como lo había hecho todo ese tiempo, sin ayuda de nadie.

Los jóvenes agentes llegaron al inicio de la escalera, pero no tuvieron el cuidado de guardar sus armas. Así que Khushrenada al verlos, pensó que eran de los mismos. Asustado, volvió nuevamente al interior del túnel sin pensar en que podría tratarse de quien podría ayudarlo.

-¡¡Señor Khushrenada!! –Su voz se perdió entre el tumulto del subterráneo. Y mientras se acercaban a los corredores que daban acceso a las vías, Low alcanzó a ver a uno de los mercenarios de Tsubarov en el otro extremo, justo enfrente del padre de Treize. -¡¡Duo!! ¡¡Allá enfrente!!

Ambos vieron impotentes como el tipo apuntaba el arma, amagando a Khushrenada. Éste se había detenido, dándose cuenta que había cometido un enorme error, y que no tenía escape. Levantó las manos y dejó su vista fija en el cañón que lo apuntaba, pensando en su vida, en sus errores y aciertos, en su hijo...

Low y Duo corrieron con las armas preparadas, y al momento en que el mercenario disparó, los dos jóvenes lo hicieron también. Pero no sirvió de nada.

Khushrenada había sido acribillado en el pasillo del subterráneo, frente a los frustrados agentes de la CIA y a los pasajeros que en ese momento llegaban a la estación a bordo de uno de los trenes.

-¡Diablos! –El americano lo observó consternado, aun inclinado sobre el cuerpo. -¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Low?

-Ya no es necesario. Llámame Heero. –Sin decir más, echó a andar hacia las escaleras, cubriendo algo en el saco que llevaba doblado.

El otro agente se le emparejó extrañado, mientras intentaba no quedarse atrás.

-No entiendo...

-Tendremos que buscar por otro lado. Debemos irnos.

-¿Cómo que por otro lado?

-Aun tienes contacto con tu amigo de INTERPOL, Solo, ¿no?

Cuando la policía llegó al lugar, el pequeño maletín que Khushrenada llevaba en sus manos había desaparecido.

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Temporada americana de F1

Circuit Gilles Villeneuve
Parc Jean Drapeau
Montréal (Quebec) Canadá

Treize permanecía atento a la cinta asfáltica frente a él, poniendo toda su atención al frente, evitando posibles manchas de aceite y baches que pudieran poner en riesgo sus posibilidades.

Sin embargo, en la vuelta 12, pudo ver por el monitor justo antes de entrar a una de las curvas más problemáticas, un auto blanco que lo alcanzaba por la parte externa. Khushrenada sintió que la tensión jalaba los músculos de su cuello de manera impresionante.

//¿Qué quiere hacer...? //

Treize se pegó a la barda de contención, pero en el momento en que el auto se desplazaba, el neumático delantero derecho del Toyota se enganchó en el trasero izquierdo del de Treize. En un momentáneo reflejo, Khushrenada intentó frenar, pero no lo hizo al recordar que el Toyota aun estaba enganchado al Williams por el neumático, y eso podría volcarlos, haciendo que el choque contra la barda de ambos monoplazas fuese aun de consecuencias mayores.

Sólo le quedaba una cosa por hacer.

Aceleró el monoplaza y se aferró al volante con todas sus fuerzas, torciendo hacia la izquierda, sintiendo el roce del auto contra el concreto de la barda, tratando de ignorar la lluvia de chispas que las partes metálicas ocasionaban en ese roce.

Surgió un fuerte tumulto en las tribunas al momento en que el espectacular accidente tenía lugar. Y todas las cámaras se dirigieron a tomar la escena.

Trowa palideció. Y en rápido reflejo corrió hacia el equipo de seguridad de la escudería por un extintor.

-¡¡Treize!! ¡¿Puedes oírme?! –Mientras salía de la carpa apresuradamente seguido por otros tecnólogos, intentaba hacer contacto por el sistema radial del overol. -¡¡Treize!!

Zechs aceleró al saber lo que ocurría por los informes que uno de los tecnólogos le transmitía continuamente. Quería estar cerca del lugar para saber cómo estaba.

Treize le llevaba casi media vuelta de ventaja, perfilándose como el ganador del circuito, situación en la que había pensado no interferir, quedándose con el segundo lugar. Pero nunca imaginó que su amigo tuviera un tropiezo de esa magnitud. No otra vez.

Esta vez, la unidad de prevención llegó antes que pudiera alcanzar el sitio del accidente, y la ambulancia lo pasó por un lado.

Zechs se tensó al imaginar que algo grave hubiese podido ocurrirle.

Sin embargo, a pesar de la durísima colisión que había ocurrido, ninguno de los dos pilotos había resultado con heridas de gravedad.

El piloto de BAR Honda estaba tendido en la camilla, con un collarín puesto y una venda sobre su cabeza, pero se veía bien.

Treize en cambio, permanecía de pie junto a los paramédicos, observando con gesto grave lo que ocurría al imprudente conductor. Trowa estaba a su lado.

Zechs se tranquilizó al verlo, y aceleró nuevamente en cuanto la unidad de prevención les dejó el paso libre.

Otto llegó en cuarta posición, mientras Zechs Marquise se llevaba el triunfo en esa ocasión, aunque no pudiera disfrutarlo por la preocupación que sentía al no tener noticias de Khushrenada después del comunicado de BMW-Williams acerca de la conferencia de prensa que darían esa tarde en el hotel.

-----------------Lloviendo sobre mojado...

Hotel Crown Plaza

Base de la escudería BMW-Williams

Montreal, Canadá.

Conferencia de prensa, sábado 8:10 pm.

Treize vio a un joven con el uniforme del hotel en el que se encontraban dirigiéndose hacia ellos apresuradamente. Su rostro serio de pronto le hizo sentir cierta aprehensión, inexplicable para él, pero existente.

Quinze también lo vio, y esperó mientras escuchaba al Master de ingenieros dar la versión técnica de lo ocurrido en la pista.

El enviado de la recepción se acercó a él, dándole un mensaje en forma discreta. Hecho esto, se separó un poco del lugar, esperando.

Quinze volteó a ver a Treize, y buscó la mejor oportunidad para hacerle llegar el mensaje. Habló rápidamente con el ingeniero Williams, y cuando él accedió, Quinze se levantó, acercándose a Khushrenada.

-Treize, tienes una llamada urgente. De Alemania.

Él sólo lo escuchó, y se levantó apresuradamente, buscando al joven que ya lo esperaba. Quinze y él salieron de la sala de conferencias.

Quinze esperó a que tomara el teléfono, permaneciendo a su lado, a prudente distancia. Pero pudo ver una vez más que eran malas noticias, precediendo al conocimiento de otra desgracia personal.

-Habla Treize Khushrenada. -Treize se detuvo del mostrador de recepción al escuchar a quien le avisaba de la muerte de su padre, y de que era urgente que regresara, pues al parecer su casa había sido saqueada. -...n-no... no puede....

Entonces su manager intervino.

-¡Treize! Tranquilo, amigo. -Lo sujetó por un hombro, tomando él el teléfono y respondiendo a la llamada.

Treize perdió momentáneamente la noción de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Una frase se repetía en su cabeza, mientras el dolor de la pérdida lo acosaba atrozmente.

Quinze colgó, y buscó hacerlo reaccionar.

-... no otra vez.... no otra vez...

-Treize, escúchame...

Volteó con él, aturdido, con expresión derrotada, culpable.

-Dime que no lo decía en serio, Quinze.... Dime que el tipo estaba mintiendo...

-No, amigo. Lamento mucho esto, pero ha ocurrido tal como te lo dijeron. -Quinze sintió que sus palabras se dificultaban, pero continuó. -No voy a dejarte solo en esto, Treize. Debemos avisarle al ingeniero.

Khushrenada bajó la cabeza, sólo por algunos segundos. Levantó nuevamente su rostro y Quinze pudo ver ahora una enorme incertidumbre mezclada con el pánico al recordar que no se detendrían en él.

-¡Mi hija, Quinze! ¡Tengo que saber si está bien! -Volteó nuevamente hacia uno de los encargados, pidiendo el teléfono con desesperación. Marcó el número de Viena, y contuvo el aliento hasta que escuchó una voz conocida respondiendo la llamada. -¡Middie! ¡Soy yo, Treize! ¡Escúchame con atención!

-Hola, Treize. Justo ahora estaba por....

-¡¡Escúchame!! -Era la primera vez que le levantaba la voz. -Lo siento... pero necesito que hagas lo que te voy a indicar sin dilaciones...

En forma breve la puso al tanto de lo ocurrido con su padre, y le dio instrucciones precisas de lo que debían hacer. Quinze estaba impresionado.

De pronto, de haberlo visto totalmente destrozado por la noticia, ahora su semblante y su estado de ánimo habían cambiado drásticamente. Su pensamiento era frío, calculador, y su expresión lo mostraba de esa forma.

-...Estaré allá lo más pronto posible. Cuídense mucho, por favor.

Regresó el teléfono al empleado de la recepción, quien lo veía entre asustado y expectante. Sin embargo, Treize no dijo nada más. Cerró los ojos un momento, llevando su mano derecha hacia su rostro, pellizcando ligeramente el puente de su nariz con dos dedos.

-Imagino que no esperarás absolutamente nada para regresar a Europa.

Suspiró, dejando su nariz y levantando la vista hacia su manager.

-Así es. Voy a recoger lo de la habitación, Quinze.

-De acuerdo. Debo avisar también al ingeniero Williams, e ir por mis pertenencias. ¿Te parece bien si nos vemos aquí en una hora?

Treize aceptó. Debía no sólo ir por su equipaje, sino preparar las reservaciones urgentes de alguna aerolínea que lo llevara de regreso a Europa. Sin embargo, sería una hora en la que no dejaría de pensar, al igual que en el trayecto del avión.

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Royalton Hotel

Base de la escudería Ferrari

Montreal, Canadá.

Zechs y Lucrezia escucharon con atención la llamada que recibieran del comandante de división, en Europa.

-...Estuvimos investigando con la policía de Durheim, y nos confirmaron plenamente su identidad.

-¿Era terrorista?

-No, Zechs. Era un importante industrial del ramo de construcción de armamento militar. Tal vez has escuchado de él. Manejaba la Armería de Oz, en Heinenkell...

Zechs se tensó al oír ese nombre.

//No... no puede ser... //

-Era asociado del ex general Alphonse Dermail. Khushrenada, me parece que era su apellido.

Noin volteó con su compañero al sentir su tensión. Lo vio levantado, con su mano izquierda sobre su rostro y los ojos cerrados. Era una muy mala señal.

-Zechs...

El rubio bajó su mano, con la mirada fija en el aparato telefónico.

-Su padre... asesinaron al padre de Treize....

-Todo indica un ajuste de cuentas. Khushrenada estaba haciendo una fuerte negociación con respecto a la armería.

Lucrezia notó también que Zechs ya no prestaba atención al informe. Su pensamiento estaba muy lejano de ahí.

//Treize... está en riesgo...//

-Solo, por favor, trata de investigar más de este caso. Eso podría conectarnos con la "familia" rusa que estamos buscando.

-O.k. Lucy. Los llamaré en cuanto tenga noticias.

Al cortar la comunicación, enfocó su atención en Marquise.

-Zechs, no podemos hacer nada ahora.

Él volteó con ella al escucharla decir eso.

-No, te equivocas. Él está en peligro, Noin. Si no hacemos algo, estos tipos intentarán asesinarlo a él también.

-Pero no sabemos...

-Noin, escucha. Debo estar con él. Posiblemente ya recibió la noticia, y esto agrava las cosas.

Sin decir más, regresó al cuarto de baño, buscando la máscara de Uvex, colocándosela rápidamente. Lucrezia pensó mientras lo seguía que debía hacerlo entrar en razón.

-¡Pero no puedes hacer eso! Recuerda la orden. Aun no podemos revocar lo que el tonto de Fiumé hizo.

-¡Me importa un bledo lo que diga ese tipo!

-¡Zechs, vas a meter en problemas a Treize!

Él no la escuchó más. Salió de la habitación apresuradamente, tratando de recordar el nombre del hotel en el que se hospedaba la escudería de BMW-Williams.

----------------------La guerra de los gansitos...

Treize bajaba a la recepción ya con los lugares confirmados para el vuelo de regreso.

Había avisado a Trowa, y él también lo acompañaría. Después de todo, eran familia.

Quinze y Trowa lo esperaban en el Lobby, cuando escucharon una extraña algarabía proveniente de la entrada principal del hotel. Una multitud de reporteros que salían de la conferencia de prensa de BMW-Williams habían alcanzado a ver que Zechs Marquise llegaba al hotel, y se habían abalanzado sobre él para saber el motivo por el que estaba ahí, solo.

Zechs trataba de quitárselos de encima, sin mucho éxito, para poder entrar al hotel.

-¿Qué pasa allá afuera?

Trowa se encogió de hombros, tratando de ver un poco más. Fue él quien descubrió a Marquise primero.

-Eh... no creo que sea algo que nos interese.

-Voy a ver.

-¡No, espera! -El latino se alarmó al ver que se dirigía a la salida. -!Quinze, Treize no debe tardar en bajar! ¡No vayas...! ¡Oh, por Dios!

Quinze entonces se asomó, y no pudo evitar un enorme coraje contra el rubio.

Se plantó ante la turba, haciéndolos guardar silencio.

-¡¿Qué demonios haces aquí?!

Marquise permaneció unos momentos estático y silencioso al encontrarse frente a su antiguo manager. Todos habían dejado de hablar, sorprendidos por lo que estaban presenciando.

-Vengo por Treize. -La voz serena del rubio entonces se dejó escuchar. -Supe lo ocurrido en Alemania, y no quise dejarlo pasar por esto solo.

-No está solo, Marquise. No te necesita para nada ahora, menos en un momento como este. ¡Lárgate!

El gélido brillo de la mirada celeste de Zechs se intensificó al escucharlo.

-No vas a impedirlo.

-¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer entonces?

-¡Quítate de enfrente de mi, Quinze, o no respondo!

Los corresponsales prudentemente retrocedieron. Eso estaba tomando proporciones trágicas.

-¡Vaya! ¡Como siempre, tu impulsividad por delante! ¡Vas a meternos en problemas a todos!

-¡Problemas! ¡¿De qué demonios hablas?! ¡El único que ha ocasionado problemas con sus actitudes has sido tú!

-¡No fui yo quien interpuso las demandas! ¡Tú solito has ocasionado que sus relaciones de amistad se terminaran con esas patrañas legales! ¡No vengas ahora a decirme que vas a hacer tu voluntad, después de todas las estupideces que has cometido!

-¡¿Estupideces?! ¡Maldito engreído! -Zechs se le acercó, amenazador. -¡¿Después de lo que obtuvimos en el equipo te pones a decir eso?! ¡¡¿Quién demonios te crees, Quinze?!!

Poco faltó para que ambos se enfrascaran en una pelea a golpes. Treize llegó corriendo hasta ellos, seguido no sólo de Trowa. Había varios agentes de seguridad del hotel con ellos.

-¡¡Basta!! -Se interpuso entre ambos, exponiéndose a recibir un golpe. -¡¡Basta ya!!

Volteó con su manager, suplicando con la mirada que se retirara mientras ponía su mano extendida sobre el pecho de Marquise, haciéndolo retroceder un paso.

-¡Quinze, no dificultes esto! ¡Por favor!

-¡Pero Treize...!

-Yo me hago cargo. Te lo suplico, ve al auto con Trowa...

Los agentes de seguridad mantenían con algo de dificultad a los periodistas, ya un poco más tranquilos de que no sucediera nada que se lamentara. Treize jaló entonces a Zechs hacia la recepción, dentro del hotel.

El rubio notó que a pesar de lo ocurrido, mostraba una extraña serenidad

-¿Qué estás haciendo aquí?

-Supe lo de tu padre... y no quiero dejarte sólo en esto...

Zechs notó cómo la tristeza de su mirada se acentuaba, pero su actitud se mantuvo firme.

-Zechs... agradezco este detalle que tienes hacia mi, pero no es posible. Tú tienes responsabilidades con la escudería de Ferrari. Por otra parte, Trowa Barton y Quinze me acompañarán.

-Pero...

-Por favor, Zechs. No son tus problemas, son los míos. Déjame hacer esto a mi.

El rubio bajó la vista apesadumbrado, y asintió. No podría hacer más entonces.

-Si... de acuerdo...

Treize lo abrazo brevemente, agradecido por esa comprensión, y al separarse, le sonrió.

-Gracias, Zechs. Debo irme.

Dicho esto, se alejó de él con paso firme, saliendo del hotel hacia el auto que los esperaba.

Zechs salió detrás de él, viéndolo. Pero antes de que Treize lograra abordar, varios autos los atajaron.

Gente de Ferrari salió de los autos, ante la vista horrorizada de Marquise, impidiendo que Khushrenada pudiera irse.

-¡Ingeniero Treize Khushrenada!

Reconoció al abogado de la firma, parándose frente a él con un sobre en la mano. Quinze salía del auto hecho una fiera.

-¡¡¿Ahora qué pasa?!!

-¡Usted también! -Le extendió otro sobre a Quinze, y se dirigió otra vez a Treize. Zechs llegó con ellos rápidamente. -La demanda por hostigamiento al piloto master de la escudería Ferrari...

-¿Qué...? -Treize volteó con el rubio, sorprendido. -Pero... no hubo tal hostigamiento. Él...

-Se le requerirá en un juicio civil. La demanda hacia usted es por el monto de dos millones de euros.

-¡¡Están locos!! -Zechs trató de intervenir. -¡¡No es verdad esto!! ¡¡Fiumé, eres un imbécil!!

Noin llegó con ellos, con expresión desencajada.

Por más que había tratado de convencer a los ejecutivos de la firma, éstos lo habían tomado como una oportunidad para destrozar la confianza del equipo contrincante.

Treize no quiso escuchar más. Dejó que fuera Quinze quien se liara esta vez a palabras con ese abogado, mientras entraba al auto, encerrándose. Eso era más de lo que podía soportar.

Quinze entró al auto también, furioso. Sin esperar más, dio la orden para que el chofer se pusiera en marcha.

Sin embargo, antes de que pudiera arrancar, Zechs se logró colar hasta quedar frente a la ventanilla donde estaba Treize.

-¡¡Treize, escucha!! ¡¡No tuve que ver en esto!!

Khushrenada no volteó. Cerró los ojos, sumido en pensamientos derrotistas. Todo ese asunto lo estaba enloqueciendo.

-¡¡Treize!! ¡¡¡Treize!!!...

Marquise se quedó parado en la calle, viendo cómo se alejaba el auto.

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Después de tantos infortunios, y el rato de descanso obligatorio para mi pie, el trabajo se me acumuló de manera impresionante. Por ese motivo me retrasé más de la cuenta en poder terminar este capítulo, pero al fin, ya lo logré.

A propósito. Lo dedico con mucho afecto para personitas tan lindas que han seguido esta historia y me han dado tantos ánimos. Haima, Katrinna, Claus, y más amigas que por desgracia, y por mi malisisisísima memoria no tengo sus nicks presentes. Sin embargo, a cada una las tengo aquí, en el corazón. Gracias.

E – milio: elivaz@yahoo.com