
¿Julio Verne habrá tenido problemas al hacer la descripción de sus viajes, aun cuando estos fueron totalmente imaginarios?
Bueno, dejemos en paz al maese Julio Verne.
Yo estoy sufriendo horrores con los mapas y los itinerarios. Pero es en parte porque estoy trazando mi viaje de vacaciones, para cuando sea grande y logre llegar a las Europas (léase, en algún año próximo de mi vida, aunque aun no tengo idea de cuál será) ^_^
Olvidemos también lo del viaje.
Itinerarios. Bueno, no conozco mucho las regiones y carreteras alpinas, pero me doy una idea con las postales y fotos que mis contactos me han hecho llegar tan amablemente. Espero no estar fallando por abismos completos en esas descripciones. Una disculpa si ha sucedido algo de eso.
O.K. Vayamos con los muchachos.
Esta vez se logra un encuentro. Aunque siento que la historia se forzó un poco al final del capítulo, pero ahí va.
Y no, aun no llegamos otra vez al tiempo de lime. Espero alcanzarlo en el siguiente, eso si no surgen otros inconvenientes. (léase: muajajajajajá). Este.... ejém. Sorry, me emociona pensar en eso. ^.^
Bueno, otro capítulo terminado, con sufrimiento y todo.
Espero que lo disfruten.
Van Krausser
Los personajes de Gundam Wing pertenecen por entero a su creador, sus comercializadores y animadores televisivos.
Yo sólo los tomé prestados para este alucine =P
-- Diálogos
// pensamientos
"" anotaciones y señalamientos especiales
Capítulo Quinto
-------------Una carrera exitosa...
Gran Premio de Mónaco.
Diez meses después de Hockenheim, su primer victoria
Treize sólo veía la cinta asfáltica y las curvas que tenía que enfrentar metros más adelante.
...una vuelta más...
...unos cuantos kilómetros por recorrer, y el título sería nuevamente suyo...
Llegó a los pits, tomando el lugar correcto y escuchó con atención las instrucciones que Quinze le indicaba por el sistema de intercomunicación.
Sin embargo, algo lo hizo voltear al lado izquierdo del proto, algo que no supo definir, y pudo ver a los dos técnicos que estaban ahí. El ingeniero responsable de los carburantes, y otro técnico que se ocupaban de llenar los tanques para esa última incursión en el óvalo.
Y de pronto, se topó con una mirada celeste que le resultó sumamente familiar... que en sueños solía recordar...
Todo fue irreal. Se perdió en esa especie de vórtex por unos segundos, observando cómo ambos hombres se separaban del prototipo tan lentamente que parecía que el tiempo había hecho una inesperada maniobra de ralentización al extremo en que todo alrededor de ellos pareció detenerse...
Pero más allá de eso, sólo existían esas pupilas claras que no se separaban de él, que parecían querer decirle tantas cosas aun a través de esa mica que lo protegía...
-...¡¡¡TREIZEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!!!
El alarido de Quinze lo regresó a la normalidad (de hecho, lo arrancó de su estado de ensueño abruptamente) haciéndolo tomar conciencia de que había perdido valiosos segundos, y si no se apresuraba, tal vez perdería la carrera.
-¡Si...! ¡ya voy!...
Y arrancó ante los desesperados intentos del master que daba la señal de salida desde hacía rato.
Rápidamente, Treize recuperó su posicionamiento anterior, y en las dos últimas curvas entabló una feroz batalla con Sam Eckbert, de la escudería Marlboro-Renault, quien peleaba la segunda posición del campeonato, al mismo tiempo que otra contienda igual se libraba en su mente, en lo que su concentración peleaba a muerte contra el recuerdo de esa mirada celeste...
Finalmente, dejó a Eckbert en la salida de la curva, pisando a fondo el acelerador, permitiendo que la mezcla de los supercarburantes y lubricantes, y el diseño del motor, le ayudaran a lograr una enorme ventaja, y en poco tiempo, que alcanzara nuevamente al contrincante del equipo de Ferrari. Maniobró de forma arriesgada, pero el conocimiento del proto, del motor y de la forma como los entrenamientos le habían dado ciertas artimañas, fueron factores clave que le otorgaron una vez más la victoria en el Gran Premio de Mónaco.
---------------Un huésped fortuito...
Treize llegó a los pits en pocos minutos después de haber recibido la bandera a cuadros.
Sí estaba satisfecho con esa victoria, pero en esos momentos tenía una prioridad más...
Impaciente, esperó a que retiraran la cubierta del prototipo y le ayudaran a desconectarse del equipo de radiocomunicación, dejando a Quinze hablando solo. Al verse libre, se bajó del auto de un salto y trató de localizar a ese técnico que llamara su atención, por el que casi pierde la carrera.
No caminó mucho cuando de pronto se vio rodeado por la mayor parte de la escudería, de su equipo, de sus amigos dentro de los talleres, y sorpresivamente, sintió cómo lo levantaban del suelo, en una colectiva manifestación de alegría.
-¡Hey, no! ¡Me tumban!
-¡¡Khushrenada, al podium!! –se oyó una voz generalizada mientras lo llevaban en hombros hacia el podium. Entonces Treize se dio cuenta que había sido egoísta. Decidió festejar con ellos, hacer la victoria que había obtenido parte de todo el equipo.
Ya habría tiempo de buscar al chico después.
Abrió la botella de champagne y roció el contenido sobre él y los que estaban a sus lados en el podium, mientras una lluvia de flashes los cegaban. El festejo se hizo en grande: felicitaciones de los otros pilotos y algunos miembros de las escuderías, prensa por todos lados... hasta que finalmente se vio libre de eso.
Caminó hacia donde estaba el remolque, pensando en que se había dejado llevar por un ridículo sentimiento, que tal vez el técnico ni siquiera lo había tomado en cuenta, y él se había desesperado por creer que le era familiar. Movió la cabeza un poco, tratando de no pensar más en todo eso y planeando llamar a Marimeia en cuanto pudiera, informándole de su triunfo. Sin embargo, al salir de entre dos remolques que tapaban el paso hacia el suyo, lo encontró.
El joven estaba recargado en el remolque destinado a los pilotos de BMW Williams, volteando hacia el lado contrario. Había por ahí algunos técnicos más de la escudería, pero ninguno con él, aparentemente. Treize se le acercó, observándolo con detenimiento.
El chico permanecía oculto bajo una máscara de gel polímero y un recubrimiento de Uvex, hecha para víctimas de quemaduras que le cubría toda la cabeza y el rostro. Usaba un guante negro en la mano derecha, al parecer hecha del mismo material que la máscara. No traía puesto el uniforme de los técnicos. Vestía una camisa de manga larga y pantalón de mezclilla algo deslavado. Pasó frente a él despacio, viéndolo, y lo reconoció cuando sus ojos claros se apresuraron a seguirlo.
-Hola. –Le sonrió mientras abría la puerta del remolque. –¿Esperas a alguien?
-Ah, señor Khushrenada. Si, lo esperaba a usted. –le sonrió levemente. Al parecer, la máscara no le permitía muchos movimientos. Sólo eran visibles sus ojos y su boca. El resto lo cubría el material, ocultando tal vez la deformidad de las cicatrices.
-¿A mi? –Treize se detuvo, viéndolo con atención. –Bien, ya me encontraste. ¿En qué te puedo servir?
-Quería felicitarlo por su triunfo, pero había mucha gente a su alrededor. Por eso esperé a verlo aquí.
Treize estrechó la mano que el muchacho extendiera hacia él, ahogando en parte el ligero sentimiento de vanidad que eso le ocasionaba.
-Gracias. Aunque en realidad, no lo habría logrado de no ser por ustedes. -No podía dejar de ver esas pupilas claras, tan curiosamente familiares... -No te había visto antes en el equipo. ¿Cuándo te integraste?
-No lo he hecho. –El chico bajó la vista ligeramente avergonzado. –Lo admiro desde su primer triunfo en Hockenheim, y pensé que sería buena idea estar en los pits para verlo de cerca y poder hablar con usted, pero el master me ordenó que ayudara al ingeniero con los carburantes cuando me vio rondando por ahí con el uniforme y el casco puestos...
Treize primero se sorprendió.
-¿Quieres decir qué tu...? –Y una sonora carcajada escapó de él al percatarse del enorme error cometido por el master de ingenieros. -¡Dios, qué ocurrencia! ¡Si Otto o Quinze se enteran ten por seguro que se infartan! ¡Y luego te matan!
-Si, lo se. Pero no podía hacer otra cosa. –Treize subió un escalón hacia el interior del remolque, y volteó con él. –De verdad, señor Khushrenada. Yo no quería...
-Olvídalo, amigo. Ven. –Lo invitó a entrar, y el chico lo siguió con cierto titubeo. –Dado que nadie se enteró de tu hazaña, puedo guardarte el secreto. Ponte cómodo, voy a cambiarme.
-Si, gracias.
Lo vio ir a la parte trasera, mientras él se sentaba en el lugar que servía como área común. Trató de entretenerse y olvidar su nerviosismo observando los detalles del mobiliario.
-¿Puedo saber tu nombre? –La voz de Treize lo hizo voltear hacia allá otra vez.
-Ah... si. Zechs Marquise.
Treize se había cambiado de ropa lo más rápido posible, regresando con su invitado.
-Bueno, a pesar de que me conoces, me presento adecuadamente. Treize Khushrenada. –Fue hasta el frigobar y lo abrió, buscando algo. -¿Te ofrezco algo? Tengo agua mineral, algunos jugos y... –Frunció el ceño mientras sacaba un paquete de cerveza oscura. – Esas no son mías... Otto, no entiende...
-Gracias, señor...
-Llámame Treize. Me siento más cómodo así.
Zechs asintió levemente, aun con nerviosismo.
-Acepto un poco de agua.
Treize asintió, dejando la cerveza en su lugar y sacando dos botellas de agua mineral. Se incorporó, dejando que la puerta del frigobar se cerrara sola, y regresó con Zechs, entregándole la botella.
- Hablas muy bien el alemán, aunque tienes acento extraño. ¿De dónde eres?
-Vengo de Norteamérica, de Virginia del Este, para ser exactos.
Ambos abrieron las bebidas, sin dejar de observarse. Algo no encajaba.
-Es raro, pero siento que ya te conocía. –Comentó Treize antes de tomar un poco de agua.
Zechs casi se atragantó, pero supo disimular muy bien eso.
-Coff... cff... no... no lo creo... –Trató de evitar esa tos característica, así que se apresuró a tomar un poco más de agua. –...no había dejado los Estados Unidos en mucho tiempo.
Treize asintió, sintiéndose ridículo por haber importunado al chico con ese comentario.
-Pudo ser hace meses, en el GP de los Estados Unidos...
-No, este año no asistí. –Zechs se apresuró a desmentirlo.
-Tal vez lo imaginé...
Zechs asintió, bajando la vista al piso del remolque. No debía estar ahí, no debía haber ignorado a Lucrezia cuando ésta le decía que era una locura... Se levantó, dejando la botella a un lado.
-Debo irme, Treize. Muchas gracias.
-Espera. ¿Viniste solo por la carrera? ¿Y regresas a Norteamérica?
Zechs no esperaba que le preguntara eso. Tendría que inventar algo.
-Eh... si... pero no... en parte...
El mayor lo observó inquisitivo.
-Creo que no entiendo. ¿Si o no?
-Bueno... Debo ir a Italia. Me está esperando una persona. Tal vez consiga trabajo allá.
-¿Estás buscando trabajo? ¿Específicamente, qué tipo de trabajo?
-Estudié ingeniería en motores y sistemas eléctricos. Con algo de suerte podría colocarme en una firma automotriz.
Treize no supo por qué lo hizo, pero se adelantó a ofrecerle una oportunidad.
-Conoces entonces de construcción de motores... ¿Por qué no esperas al lunes? Williams ofrece plazas continuamente, tal vez si te hacemos algunos exámenes y nos dejas tu solicitud podrías quedarte en la escudería, o dentro de BMW. Ambas son buenas opciones.
La mirada del chico se iluminó al escucharlo.
-¿De verdad?
-Claro. No bromearía en algo como esto. –Treize le sonrió, dirigiéndose a la puerta del remolque para quitar el seguro. –A propósito, ¿tienes en dónde quedarte esta noche?
-No. Se supone que debo amanecer en Italia.
-Podrías quedarte con el equipo, o si quieres podríamos irnos en unos minutos más a Alemania. Estaríamos llegando allá mañana, en el transcurso de la mañana.
Zechs se sorprendió al escucharlo.
-¿No te vas a quedar a la celebración?
-Me fastidian esos eventos. Además, tengo muchas cosas por hacer en los talleres, así que prefiero ir a trabajar.
-Pero... te vas en avión, o en tren, imagino.
-No. –Treize le sonrió en forma enigmática. –Traje el Z4. Me gusta conducir por las montañas cuando tengo que viajar hacia acá.
Auto. Por más rápido que éste fuera y por más despejadas y rápidas que fuesen las supercarreteras, eran demasiadas horas para conducir desde Mónaco hasta Alemania. Pero como le dijera, al parecer disfrutaba mucho hacerlo.
-Entonces...
-Yo me voy en un rato. ¿Te quedas o me acompañas? –Zechs lo observó, indeciso. No estaba muy seguro de qué hacer, aunque el estar cerca de él era una enorme tentación... -No tardan en llegar los demás, y yo no quiero estar aquí. ¿Qué decides?
Marquise decidió arriesgarse. Era una locura... enorme, absoluta, pero sintió que de no hacerlo, lo perdería nuevamente de vista.
-Te acompaño.
-Bien, entonces... –Treize volteó con él al dirigirse a la puerta, y sonrió con una traviesa expresión. –Vámonos.
----------------Un pequeño inconveniente...
7:05 pm.
Carretera hacia Vaduz, Suiza
Zechs observaba a Treize mientras avanzaban por la carretera, adentrándose en territorio suizo. Hacía horas que el clima había cambiado conforme atravesaban los Alpes, y en esos momentos, sobre algunos de los picos montañosos no tan elevados se perfilaban enormes nubarrones. Ambos tenían puestas gruesas y abrigadoras chamarras y guantes de diseños elegantes de la firma BMW, y la calefacción del auto los mantenía cómodos. Sin embargo, aun tenían un largo tramo por recorrer, y ya estaba oscureciendo. Pensó que tal vez Treize estaría cansado, pues no habían parado más que en un poblado para cargar combustible y comer algo antes de cruzar la frontera italiana, y eso había sido hacía algunas horas. El tiempo que se detuvieron en aduanas para la revisión de documentos no había sido mucho, así que eso no lo contaba como un descanso. También le preocupaba el panorama gris y blanco de la carretera nevada que se extendía frente a ellos, en medio de la hora cero.
-¿No crees que debamos detenernos en algún sitio?
-No aun. Llegaremos a la frontera antes de la media noche si continuamos a este paso. Además, sólo nos quedan cuatro horas más de camino.
-Pero debes estar cansado.
Treize volteó un momento a verlo, y sonrió.
-No siempre estoy conduciendo. Puedo soportar por varias horas aun. -Volteó a la carretera al ver algo anormal algunos kilómetros más adelante. –Aunque creo que en poco tiempo dejarás de preocuparte.
Zechs no entendió al principio, y Treize captó ese desconcierto. Le señaló la carretera, en algún punto cercano a un puente. Ahí se alcanzaban a ver algunas farolas amarillas, como señales de precaución.
-¿Qué es eso?
-Parece que cerraron las carreteras. Tendremos que detenernos o regresar al poblado más próximo. Aunque...
-¿Hay alguna desviación cerca?
-No estoy muy seguro, pero creo que un poco antes del puente hay un entronque. En cuanto lleguemos ahí, pregunto.
Continuaron por la carretera, y pronto el tráfico se hizo lento y pesado. Treize no se equivocaba. Un deslave y la amenaza de ventisca y tormenta en el siguiente paso montañoso había forzado a las autoridades locales a cerrar las carreteras y caminos del lugar.
Treize habló con uno de los oficiales que dirigían el tráfico y confirmó lo de la desviación. Y que lo más probable era que permanecerían en maniobras de limpieza por varias horas. Entonces decidió rodear, alcanzando una de las supercarreteras hasta Zürich, evadiendo la tormenta. Regresaron algunos metros hasta el entronque que los llevaría a la pequeña ciudad de Altdorf, cuna de Guillermo Tell.
-Bien, Zechs. Nos detendremos en aproximadamente una hora y quince minutos.
El muchacho asintió, pensativo. Iban a pasar la noche juntos... Debía ser muy cauteloso. Aun no era tiempo...
-Está bien. De todas formas no puedo arrepentirme ya de no haber ido a Italia.
Sonrió levemente, y volteó hacia afuera. Treize se sintió un tanto culpable.
-Zechs... lamento que esto ocurra. Tal vez no debí decirte...
Zechs volteó con él rápidamente al oírlo.
-¡Oh, no, no! No te preocupes. Además, no sé qué probabilidades tenía de haber encontrado trabajo en Italia. No te preocupes, de verdad . –Y enfatizó aun más sus palabras. –Además, no todos tienen el privilegio de viajar con la persona que admiran. ¿O si?
-Vas a hacer de mi un terrible monstruo de vanidad si sigues hablando así, Zechs.
-O.k. Treize. No lo haré más.
-Es un alivio saberlo. Gracias.
Poco tiempo después mientras oscurecía completamente, la silueta de la pintoresca ciudad apareció ante ellos. Treize se percató que Zechs desconocía esos rumbos al ver que admiraba el lugar mientras circulaban por una de sus calles principales.
-Parece salida de un cuento invernal de hace tres siglos, ¿no?
-Algo así. Pero es hermosa.
-Forzosamente, Zechs. Es cien por ciento turística. Uno de sus principales atractivos además del sky y el lago, son sus festividades anuales. Hay varios hoteles sumamente lujosos para turismo de temporadas fuertes, todas cercanas a las laderas alpinas. Yo prefiero las hosterías del centro. Son más acogedoras.
-Veo que la conoces.
-He pasado varias veces por aquí, amigo. Y el lugar me parece excelente para descansar por unos días. Me gusta ver los amaneceres en el lago.
-Debe ser impresionante.
-Y helado. –Ambos sonrieron. –Aun en climas cálidos, este lugar se mantiene en temperaturas bajas debido a la humedad de la nieve alpina como de los lagos que lo rodean. Aunque es muy agradable.
Llegaron a un lugar tranquilo, aunque con algo de movimiento provocado por el incidente en la carretera, y poco después se detenían en una hostería de fachada barroca.
Bajaron del auto y entraron al lugar, en donde los recibió el olor de la comida hogareña que se servía en el mesón de la hostería.
Zechs se llevó una mano al estómago al escuchar que éste protestaba por las horas de ayuno que llevaban. Treize sonrió discretamente, pensando que su estómago no tardaría en hacerle la misma jugarreta. Así que se apresuró en registrarse con una habitación para dos personas. Y antes de subir, invitó a Zechs a cenar.
-Creo que nos caerá bien una cena caliente antes de dormir.
-Creo que si. Pero...
-Yo invito. Después subimos a dejar las cosas. ¿Está bien?
-De acuerdo. Gracias.
-El mesón está por aquel lado. Así tendremos más oportunidad de continuar nuestra plática con calma, y sin frío.
----------------Problemas en el Paraíso...
Treize observaba el cielo parcialmente estrellado que se alcanzaba a ver por la ventanilla que tenía frente a él, mientras esperaban por las tazas con café, al final de la cena.
-Creerás que soy un excéntrico vicioso.
No volteó a ver a Zechs, como si estuviera pensando para sí mismo.
-Uno tiene sus excentricidades, Treize. Por mínimas que sean.
-Si, es cierto.
-¿Cómo conociste este lugar? –Zechs volteó al interior del mesón, sintiéndose relajado por la cena y el ambiente cálido y hogareño del lugar.
-Paso por aquí cada vez que regreso de Monte Carlo o Mónaco. Me gusta quedarme uno o dos días después de la competencia. Aunque prefiero Berchstegaden.
-Ah... Entonces conoces más lugares alpinos.
-Por supuesto. Como todo buen alemán.
-Pero tú no eres alemán... –Zechs de pronto guardó silencio al ver la mirada sorprendida del mayor. Eso casi nadie lo sabía. – ... eh... ¿o... los noticiarios mienten?
-Ah, los noticieros... es verdad, no soy cien por ciento alemán. Tengo orígenes rusos y mi familia emigró a territorio prusiano hace bastante tiempo. Pero casi toda mi vida he estado en Alemania, así que prácticamente soy alemán por antigüedad.
Zechs respiró aliviado al ver que creía que esa información era por la prensa sensacionalista.
-Bueno, te entiendo. Mi familia tiene orígenes europeos, aunque no estoy totalmente enterado de cuáles. Por eso siento que pertenezco a estas tierras.
Treize asintió, tomando un poco más de café.
-Antes de pertenecer a la escudería no imaginaba volver a estos lugares tan seguido. Tal vez un viaje por año, cuando mucho...
-¿”Tan seguido”, dices? ¿Frecuentabas mucho las montañas?
-Casi cada fin de semana.
-Vaya, bastante frecuente. ¿Por qué? ¿Practicabas sky?
-No. Lo planeamos mi esposa y yo, al año de que me aceptaron en BMW. Estaba por salir de la universidad.
Zechs brincó levemente al escuchar eso. Volteó a verlo, sorprendido.
-¿T-tu esposa? ¿Eres casado?
Treize no notó ese sobresalto. Continuó hablando con algo de nostalgia.
-Lo fui por un tiempo. Estos viajes de fines de semana los considerábamos para quitarnos todas las presiones y el estrés cotidiano. Dejé eso por algunos años. –Se incorporó un poco en la silla, volteando también a verlo. –Pero hemos hablado más de mi que de ti, Zechs, y eso no es justo.
Eso desarmó a Marquise en su intento de continuar interrogándolo. Era cierto.
-Ah... bueno. No hay mucho qué decir de mi.
Treize lo observó sin dejar su sonrisa leve.
-¿Puedo saber qué te ocurrió? -Zechs no le respondió inmediatamente, y Treize volvió a sentirse mal por ello. –Si esto te incomoda, dímelo. No quiero importunarte.
-No... está bien. Lo que pasa es que aun es un tanto doloroso recordar.
Treize se distrajo momentáneamente cuando les llevaron las tazas con café, y permaneció en silencio mientras endulzaba un poco su bebida.
Zechs hizo lo mismo, pero en medio de eso, empezó a relatar una historia.
-Fue hace dos años aproximadamente, cuando participaba en el preselectivo del campeonato de Fórmula Dos en el Indicar, en los Estados Unidos. Estaba buscando la aprobación para un prototipo patentado por la Universidad de Virginia, de la que apenas había egresado.
-¿Eres piloto?
-Podríamos decir que ese fue mi debut... pero también mi despedida de los circuitos. El prototipo se incendió después del choque con una barda de contención. Parece que las válvulas de seguridad del motor no tenían la calidad de armado suficiente para resistir la presión del carburante en ellas.
-¿Tú fabricaste el prototipo?
-No. Revisé el proyecto inicial, pero la construcción la hicieron algunos de los tecnólogos de la Universidad y General Motors. Creo que ese fue mi error.
-¿Qué ocasionó el accidente, Zechs?
-Dicen que el proto empezó a tirar aceite de la suspensión. Por eso fallaron los frenos... no, los frenos no. El agarre a la pista. Los frenos funcionaron perfectamente. Perdí el control en una curva y tuve que hacer una maniobra suicida para no afectar otros autos y no exponer a otros pilotos.
-Aceleraste para salir del “trompo”...
Marquise asintió levemente, observándolo.
-Erré el cálculo, Treize. Aceleré cuando no debía hacerlo. Fallé por algunos grados, por unos cuantos segundos...
Varias veces había ocurrido eso en el simulador, tanto a él como a Otto, y la experiencia era aterradora. De hecho, ninguno había salido bien librado de esa prueba cuando el resultado les indicaba fallo total. No deseaba imaginar lo que había vivido Zechs en esos momentos.
-Debió ser espantoso. Lo siento.
-Bueno, sirvió para darme cuenta lo maravilloso que es estar vivo, Treize. –Cerró los ojos, evocando las imágenes del incidente, la primera explosión, el olor a cadáveres a su alrededor... –Sientes que estás a un paso de la muerte, y tu vida se presenta en instantes. Y es cuando deseas hacerles saber a tu familia, a tus padres, a tus amigos... cuánto los amas...
Treize asintió, pensando en ello.
-Toda tu familia está en Norteamérica, supongo.
-Si, fui el único rebelde que quiso venir a estas tierras.
-¿Los extrañas?
-No tienes idea.
Treize se extrañó de esa afirmación.
-¿Qué haces aquí entonces? Se supone que América es la tierra de las oportunidades.
-No siempre. –Clavó sus pupilas celestes en él, mientras bebía un poco de café. –A veces es Europa el lugar en donde tienes tu futuro, y tus afectos.
Treize sonrió con ese comentario, pensando que era cierto.
-Creo que estoy más cansado que tú, Treize.
-¿En serio?
Zechs terminó la bebida, asintiendo levemente.
-Debe ser el frío, y las emociones de hoy. Creo que han sido demasiados acontecimientos para un solo día.
-Si no estás acostumbrado, entonces si, debe ser eso. –Treize se levantó de la mesa, dejando una propina generosa en ella, mientras se colgaba al hombro la maleta en la que llevaba su ropa y artículos personales. –Te propongo entonces que vayamos a descansar. Mañana temprano continuaremos el recorrido.
Zechs lo siguió, cargando una mochila pequeña. No llevaba mucho, aunque sí lo suficiente para pasar una temporada apartado de sus planes originales.
Las habitaciones de la hostería no eran muy grandes, pero si acogedoras y cómodas. Sin embargo, había un cuarto de baño comunitario por piso, en donde se compartía la ducha y los servicios sanitarios. Zechs no lo había tomado en cuenta.
La habitación tenía vista hacia las montañas, aunque en ese momento no se apreciaba ese detalle.
Dos camas individuales, una cajonera y un pequeño escritorio distribuido inteligentemente conformaban el mobiliario del lugar. Ambos dejaron sus equipajes sobre sus respectivas camas, mientras Treize comentaba algunos detalles de la carrera de ese día. Se quitó la chamarra y sacó algunas cosas de la maleta.
-Bien, te dejo unos minutos.
Zechs volteó a verlo sorprendido al darse cuenta que estaba por salir de la habitación.
-Espera. ¿A dónde vas?
-A bañarme. Quiero relajarme un poco antes de venir a dormir.
El joven volteó a todas partes en el interior de la habitación, desconcertado.
-¿No hay baño aquí?
-No, está al final del pasillo. –Treize lo observó un momento, también desconcertado. –Es un baño comunitario. Así es en estos lugares.
-Pero...
Zechs no comentó más, aunque no pudo evitar sentirse algo incómodo. Treize lo notó.
-Zechs, no hay problema. El lugar no tiene mucha ocupación en estos días, menos aun porque es media semana. Prácticamente el piso es nuestro, sólo hay una familia en una de las habitaciones más grandes en la parte de abajo, y nosotros.
Zechs asintió un poco al escuchar la explicación. Aunque eso no cambió el sentimiento de incomodidad en él. Sin embargo, se esforzó por reprimirlo.
-Oh, está bien.
-Veo que te va a costar un poco acostumbrarte a vivir aquí. –Treize le sonrió. –Regreso.
Treize se tardó más de unos cuantos minutos.
Zechs salió de la habitación vestido con un pants. Llevaba un cepillo bucal y un tubo de pasta dental en una mano, y se dirigió al baño. Tocó levemente, y estaba por retirarse cuando la voz de Treize lo detuvo.
-Adelante.
Zechs abrió con cierta cautela. Recorrió visualmente el cuarto de baño, ubicando todos los detalles, y finalmente, entró.
Había una bañera en una de las esquinas, cubierta parcialmente por una cortina de baño. Se respiraba un leve vapor perfumado con esencia de rosas, producido por las sales para baño. Trató de mostrarse natural al acercarse al lavamanos cercano a la bañera, aunque sentía que sus mejillas ardían sólo de imaginarlo desnudo. A pesar de traer la máscara puesta, no se sintió muy seguro que ese sonrojo estuviera bien resguardado por ella.
Treize lo volteó a ver con expresión adormecida, sumergido en el agua tibia.
-Disculpa...
-No lo hagas. –Treize le sonrió y cerró los ojos un momento. –No te disculpes. El baño es comunitario.
Zechs asintió, mientras preparaba sus cosas. No quería voltear hacia la bañera, pero la tentación era muy grande.
Tanto tiempo...
-¿Por qué te decidiste por ser ingeniero?
Zechs sonrió con esa pregunta.
//Tu influencia...//
-Tuve un amigo, hace muchos años. Él me ayudó mucho con las matemáticas y la física, y cuando me dijo que sería ingeniero, también me atrajo la idea. Mis padres querían que fuera político.
-¿En serio? Mi padre quería que me dedicara a la administración. –Treize abrió los ojos, y se acomodó, observándolo. –Pero contigo sí que fue mucha la diferencia.
-mm-mjhh. –Zechs se cepilló rápidamente, tratando de mantener la conversación. –No fue fácil, pero siempre traté de mantenerme en los primeros promedios. Es básico para poder salir bien al mercado laboral.
Treize asintió, pensativo.
-Todo tiene sus dificultades. Aquí no es muy diferente.
-¿Tuviste problemas para encontrar trabajo?
-Al principio. Pero no me preocupaba demasiado. Mi familia tiene una armería en Heinenkell. Ahí estuve experimentando con algunos de los tecnólogos y físicos en la construcción de motores. El primer prototipo que patenté me ayudó económicamente por espacio de un año mientras encontraba dónde colocarme.
-¿Una armería? ¿Qué hacen en ella? ¿Autos, transporte pesado, barcos?
-Desgraciadamente es de insumos bélicos. Armas y transporte militar, casi de todo tipo en mediana y pequeña escala. –Zechs se detuvo un momento al escucharlo. Armas... –Me retiré de ahí el primer año de universidad. Renuncié a continuar con esa industria, y me dediqué de lleno a los motores automotrices y aeronáuticos. Y poco antes de terminar la carrera, encontré lugar en los talleres de diseño de BMW. Después, Williams se fijó en mi.
Zechs no lo escuchaba. Sentía una terrible opresión en su pecho mientras esas reveladoras palabras atosigaban su pensamiento. Armas... de mediana y pequeña escala...
-¿A-armas de qué tipo? //No... no puede ser... //.
-Bueno, no estaba muy integrado a esa producción, pero creo que llegaron a construirse misiles de tierra de mediano alcance, además de armas de calibre bajo hasta las reglamentarias de uso militar. Algunas veces escuché a mi padre y a mi tío cerrando negociaciones para armar a un ejército completo. Eso no me interesaba, prefería los diseños vehiculares.
Zechs se sostuvo del lavamanos mientras lo escuchaba. Jamás hubiera imaginado eso.
Con un titánico esfuerzo, volteó con él, sonriendo levemente.
-Eh... regreso a la habitación... yo... con permiso...
Treize notó ese titubeo, extrañado.
-Zechs, ¿estás bien?
-Si... si. Voy a dormir. Buenas noches.
Y salió sin agregar más.
Treize llegó a la habitación minutos después, aun intrigado por el abrupto cambio del chico. Planeaba preguntarle qué había ocurrido, si había algo que lo había incomodado. Sin embargo, lo encontró acostado, oculto de su vista bajo las cobijas, al parecer profundamente dormido. Vio la máscara de Uvex y el recubrimiento de gel a un lado, pero resistió la tentación de conocer su rostro.
Se acomodó en la cama que le correspondía, observando ocasionalmente a su acompañante, pensando en que no había notado su comportamiento un tanto extraño, y dándose cuenta que en realidad nunca se había preocupado por eso, o por su seguridad personal al invitarlo como compañero de viaje. Apagó la luz de la lamparilla de mesa y permaneció despierto algunos minutos, reconociendo que había actuado impulsivamente, motivado tal vez por esa absurda familiaridad que se empeñaba en encontrar en la mirada celeste de este joven.
Zechs, por su parte, no podía conciliar el sueño.
Lo había encontrado casi sin dificultades. Sin embargo, ya no se alegraba de eso.
Sin proponérselo había descubierto una dolorosa realidad para él. Jamás se hubiera imaginado que en algún momento de su vida, para ser exactos, en el momento más crítico de su vida, Treize formara parte de lo que él tanto odiaba.
Lucrezia debía saberlo. Tenía que decírselo, y esperar el mejor consejo que ella pudiera darle. Se comunicaría con ella en cuanto pudiera encontrar un teléfono...
Ninguno se enteró del momento exacto en el que el cansancio los venció. Habían sido demasiadas emociones y sobresaltos para unas cuantas horas...
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Hostería 6:50 am
Altdorf , Suiza.
Treize estaba sentado en la barda de madera, en la terraza de la hostería con una humeante taza de café en la mano, admirando el extraordinario panorama de la bruma que escapaba de los lagos cercanos, barrida por el viento, descubriendo un paisaje de ensueño entre valles profundos y picos nevados.
Se había levantado casi al amanecer como acostumbraba hacerlo diariamente, y había decidido darle un tiempo más de descanso a Zechs, a la vez que esperaría también para llamar a Marimeia. No tenía prisa por llegar a Alemania.
Zechs lo encontró observando el lugar, con el teléfono móvil en su mano. Treize aun no se decidía hacer esa llamada. No quería ser inoportuno al hablar a esa hora a casa de la familia Une.
-¿Puedo acompañarte?
Treize volteó a la puerta corrediza, y sonrió, asintiendo.
-Creí que dormirías un poco más.
-No, acostumbro levantarme temprano. –Le dirigió una mirada dubitativa al mayor mientras se sentaba a un lado de él. –Aunque no tanto.
-Si, me han dicho que exagero. –Khushrenada no perdió su sonrisa al recordar las veces que Leia lo regañaba diciéndole que era una obsesión, cada vez que él la despertaba con el desayuno preparado, sorprendiéndola. –Pero no puedo evitarlo. Me rinde más el día.
-Ya lo creo. –Zechs se sentó junto a él, volteando hacia el horizonte iluminado brevemente por los primeros rayos del sol. –Es magnífico...
-Te doy toda la razón. –Treize volteó ligeramente a verlo, buscando las palabras adecuadas para interrogarlo. - Zechs... ayer, en el baño... parece que algo que dije te incomodó.
El chico volteó también, sintiendo que se sonrojaba levemente.
-No fue por ti, Treize. Estaba cansado. Fueron muchas horas de camino, además de la carrera. No me sentía muy bien.
-Aun así, si llego a ser rudo o a decir algo fuera de lugar, házmelo saber.
-Si, gracias. Lo tendré en cuenta. –Zechs bajó la vista hacia el teléfono que sostenía, intrigado. -¿Esperas alguna llamada?
-No. Tengo que hacer una. Pero es demasiado pronto para eso.
-Hablando de eso, yo tengo que hacer también una llamada. Nunca avisé que no iría a Italia.
-Zechs, eso es grave. –Treize volvió la vista hacia el valle, tomando un poco de café. –La persona que te esperaba debe estar preocupadísima.
-Si... conociéndola...
Treize volteó con él al oír la expresión. Una mujer...
-¿Es una chica? ¡Eso es aun peor! –Sonrió con gesto pícaro. –No sólo debe estar preocupada. Te va a odiar por haberla dejado plantada, Zechs.
Los dos rieron, Zechs asintiendo levemente, pensando en eso.
-Bueno, puede remediarse. Le gustan las flores.
-Vas a tener que idear algo mejor. Eso de las flores ya es un cliché muy gastado, amigo. ¿Quién es? ¿Algún familiar? ¿Una amiga? ¿Tu novia?
-¿¡Novia!? ¡El cielo me libre! ¡No, no! Aun no es tiempo para eso.
-No sabes lo que dices.
-Oh, claro que lo sé. No es tiempo todavía de llegar hasta la persona que amo. –Su mirada se tornó ligeramente triste, mientras subía su mano a la estructura de la máscara, en un gesto inconsciente. –Pensé que lo había conseguido, pero me di cuenta que no era así. Ayer supe que puedo estar equivocado en mi decisión... y debo esperar otro poco.
Treize lo observaba con una ligera pesadumbre. Asintió sin quitar la vista de él por unos segundos, y después la desvió hacia el valle.
-Voy a buscar un teléfono, Treize.
-Hay un servicio de comunicaciones de larga distancia a dos cuadras de aquí. Si quieres puedo acompañarte.
-No, no es necesario. –Zechs se levantó, dirigiéndose a la puerta. -Gracias.
Y lo vio irse como si estuviera huyendo de él.
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Zürich, Suiza.
A una hora de territorio germano.
8:45 a.m.
Zechs permaneció pensativo, casi se podría decir que ausente durante una buena parte del trayecto.
Su pensamiento giraba en torno a lo que descubría cada minuto que permanecía con Treize.
Un pasado desalentador para él, promesas rotas aun en contra de su voluntad, una llamada telefónica reveladora poco antes de salir de Altdorf, mencionando el nombre de una mujer, hablándole de manera tan cariñosa...
Sentía que había tomado la peor decisión de su vida, pero era tarde para arrepentirse.
Treize había visto furtivamente la fotografía del pasaporte del chico cuando éste se le había caído de las manos mientras acomodaba sus cosas, quedando abierto. Y la imagen era extraña, aunque no lo había visto bien.
-¿No te incomoda mostrar tu pasaporte?
-Debo hacerlo, Treize. –Zechs se encogió de hombros mientras contestaba. –Los protocolos aduanales no toman esto en cuenta.
-¿Alguien te ha exigido que te quites la máscara?
-Si. En Francia lo hicieron. Fue demasiado vergonzoso.
-Lo imagino.
-Zechs, ¿Podré conocerte algún día? –Treize volteó con él por un momento, sonriendo levemente. –Quiero decir, sin la máscara.
-No lo sé. Aun no estoy listo para ver si el mundo me acepta o no.
-Oh, vamos. Eso sería absurdo. – Treize no despegó su vista de la carretera, pero lo escuchaba con atención.
-Es la verdad, Treize. Por lo general una persona es bien vista por su apariencia.
Su voz tenía tristeza reflejada, una tristeza derivada de la desilusión, pues los matices que presentaba eran inconfundibles.
-Tal vez tengas algo de razón, pero no todos pensamos así.
-Si, tal vez...
Treize alcanzó un tramo recto y aceleró al límite.
–Si seguimos así, vamos a llegar más rápido.
-Ya lo creo.
–¿Qué ocurre, Zechs? ¿Sigues pensando que esto no es una buena idea?
Zechs volteó con él sorprendido. ¿Acaso era tan obvio?
-... ah...
-Podemos hacer esto. Permaneces en mi casa mientras realizas los exámenes y determinan si te quedas o no en el equipo de tecnólogos. Así no tendrás gastos excesivos. Y si en algún momento esto no resulta, podrás ir a Italia sin que esto represente ser una carga para ti. ¿Qué dices?
-Pero... tu casa...
-Es una casa a las afueras de Munich. No es muy grande, pero cabemos perfectamente. –Volteó un momento con él, y pudo darse cuenta que lo estaba pensando con bastante cuidado. –No interferiré contigo en ningún aspecto.
-Oh, por Dios, Treize. No es eso por lo que se me dificulta aceptar.
-¿Entonces?
-Esto no entraba en mis planes. Todo es nuevo, y realmente no tengo idea si podré lograrlo aquí. Italia es una cosa... pero Alemania...
-Es exactamente lo mismo, Zechs. Autos son autos, aquí, en Italia, en América... Si eres buen ingeniero no tendrás ningún problema con esto.
El chico asintió, aun sin estar muy convencido.
Lucrezia le había asegurado que todo saldría bien, y que no habría problema alguno si se quedaba con Treize.
Ella estaría enfocada en el plan original, y estando en Alemania, él podría adelantar la investigación que llevaban a cabo por un frente distinto.
-O.k. -Asintió, tratando de escucharse convincente, aunque mantenía la vista baja.
Treize sólo le sonrió con cierta indulgencia.
-Sólo tómalo con calma, y todo saldrá bien. No voy a dejarte solo.
Zechs le sonrió levemente, y regresó su vista a la carretera, en silencio.
------------------Reunión familiar...
Munich, Alemania. Mediodía.
Casa de Treize Kushrenada.
La casa no era tan pequeña como había asegurado Treize en algún momento.
De un estilo moderno con aires rústicos, combinaba la comodidad citadina con la sencillez de las provincias alemanas. Tenía un pequeño y bien cuidado jardín exterior, en donde Zechs pudo contar alrededor de cinco variedades de rosas cultivadas. El decorado del jardín con las flores era al centro las rosas rojas, de color intenso, bajando de intensidad hasta los rosales blancos. Imaginó que era el diseño de la mujer con quien había hablado.
-Como te dije, no es muy grande, pero estaremos bien.
Zechs sonrió al escucharlo mientras abría la puerta principal con algunos sobres de publicidad y correspondencia normal en la mano..
-Es perfecta, y muy hermosa. //Sigues siendo modesto, amigo.//
-Gracias. Pasa, vamos a la habitación en la que podrás quedarte.
El interior seguía el trazado exterior de decoración: sencilla, tal vez minimalista, pero con aires entre rústicos y modernos. Pero lo que se notaba en el lugar no eran los muebles, o los cuadros y tal vez los muy contados adornos que existían ahí. Se notaba que era un refugio, un lugar ideado de tal modo que, al cerrar la puerta, el mundo exterior se olvidaba por completo y sólo existía la tranquilidad. Era un hogar.
-En la parte superior están las habitaciones. Ven.
Sin embargo, apenas iban a subir cuando una pequeña salió corriendo de una puerta, al fondo del recibidor.
-¡¡PAPÁÁÁ!! ¡¡PAPÁÁÁÁÁ!! -Treize volteó hacia ella, sumamente sorprendido. La pequeña lo alcanzó, abalanzándose alegremente encima de él. -¡¡Sorpresa!!
Zechs estaba aun más sorprendido.
-¿Mary? ¡Por Dios! ¿Qué haces aquí?
¿Papá? ¿Treize era padre de ese pequeño torbellino?¿Y por qué se sorprendía al verla ahí? ¿Acaso no compartía esa casa con su propia familia?
Los vio abrazados, él hincado, riendo también de forma alegre y hablando con ella. Entonces escuchó la voz de una mujer que provenía del mismo lugar por donde había salido la niña.
-Pensamos que te tardarías más. -La chica paseó la mirada de Treize a Zechs, intrigada, pero sin perder su sonrisa. -Y no nos dijiste que llegarías acompañado.
-Middie... -Treize se levantó, tomando a la niña de la mano y acercándose a ella. Se saludaron con un beso ligero en la mejilla, y entonces recordó al chico que estaba con él. -Cierto, no les avisé. Perdón.
Los tres regresaron al pie de la escalera, y Treize los presentó.
-Middie, Mary, él es Zechs Marquise. Estuvo en la carrera como parte del equipo en los pits.
Zechs estrechó en forma amigable la mano de Middie, pero ella notó una ligera tensión en ese gesto. Posó por un momento su mirada en la de él, y aunque el chico sonreía, sus ojos mostraban algo extraño... algo que sólo su sentido femenino captó, pero no supo definirlo.
-Mucho gusto.
-Igualmente, Zechs. Bienvenido a los territorios de los Khushrenada.
Treize movió un poco la cabeza con un gesto divertido, mientras Marimeia observaba intrigadísima el aspecto de Zechs.
Y con esa habitual curiosidad infantil, soltó una pregunta acercándose al muchacho.
-¿Por qué usas una máscara? ¿Qué te pasó?
-Mary, eso no es cortés. -Treize volteó con él, ligeramente apenado.
-No te preocupes. -Zechs le sonrió, y se inclinó con la pequeña. -La uso porque tuve un accidente, y me quemé. Esta máscara me está ayudando a recuperarme de esas quemaduras y de las operaciones que me están haciendo.
La niña extendió una mano hasta él, tocando la estructura de Uvex. Treize observaba con cuidado lo que ocurría.
-Se siente rara.
-Si, son materiales de experimentación. Están probándolos conmigo. -Volteó a ver a Treize, y su sonrisa mostró un ligero trazo de pena. -Esto no te lo comenté.
-Recuerdo que no lo hiciste, pero no hay problema. -Treize le sonrió a Middie a manera de disculpa al regresar la vista a ella. -Voy a subir con él para instalarlo y bajamos en unos minutos.
-Si, de acuerdo. Mientras tanto, Mary y yo pensaremos qué hacer para comer en un rato más.
-¡Si, quiero cocinar! Ya aprendí a hacer los Strüdels.
-No vamos a hacer Strüdels, Mary -Ambas chicas se dirigieron a la cocina, mientras ellos subían. -ummh, Treize. ¿Quieres algo en especial? Podríamos planear el menú con algunas de tus sugerencias.
-Ah, no hay problema con eso. Lo que sea, pero que pueda comerse.
-¡Treize!
-Es broma. Cocinas muy bien, Middie. Ya te lo había dicho. -Volteó con Zechs casi al final de la escalera, sonriendo. -Y creo que nuestro huésped lo confirmará en cuanto pruebe tu arte culinario.
Zechs asintió, y ambos hombres salieron de su vista.
La planta superior era también espaciosa y bien distribuida.
Tenía tres habitaciones, un espacio acondicionado como estudio y un baño general.
Zechs imaginó que habría otro baño en la habitación principal, y recorrió el lugar con la vista.
Ubicó cada habitación al caminar por el corredor hacia la habitación de huéspedes. Pudo ver la que pertenecía a la niña, con un decorado sutil y delicado, con una cama individual cercana a una ventana en la que un cortinaje en color pastel hacía juego con la decoración. Algunos muñecos de peluche estaban sobre la cama, y otros más en la cornisa de la ventana.
Sin embargo, alcanzó a ver una pequeña maleta también sobre la cama. Como si acabara de llegar de viaje...
La habitación principal era acogedora, sencilla y elegante.
Al centro, la cama era grande, más que de tamaño matrimonial. Tenía decorados en madera oscura sobre un fondo tenue, y algunos muebles que dividían ciertos espacios dentro del mismo. Zechs no alcanzó a ver toda la habitación.
Pasaron por el estudio, y pudo darse cuenta que era totalmente del estilo de Treize.
Muebles confortables que aunque no eran grandes, eran bastante funcionales y elegidos en modelos de gusto impecable.
Una de las esquinas del lugar tenía algunos estantes empotrados en madera también oscura, a juego con el mobiliario, en el que pudo encontrar libros enormes de ingeniería, diseño de válvulas y motores, un tratado de química incluso, y algunas revistas, todas de aspecto serio. Tal vez financieras y de las últimas innovaciones y descubrimientos en el medio automotriz.
en otra parte del estudio se veía un pequeño equipo de sonido, y aunque no era muy visible, pudo darse cuenta que lo había adecuado para hacer un ambiente perfecto. La computadora sobre el escritorio era funcional, de monitor plano, ocupando un muy pequeño espacio para dejar libre el área de trabajo.
De pronto, en un punto focal del estudio, un lugar estratégico, ubicó un prototipo a escala. Reconoció las líneas de construcción, y sonrió.
-Es tu auto.
-Claro. Es el primer diseño montado con el motor FW26. Tuve que peleárselo al mismo Ingeniero Williams.
-¿En serio?
Treize asintió, caminando a través del estudio, tomando el proto y llevándoselo.
Al momento de entregárselo, Zechs atrapó con su mano izquierda la de Treize, y no la soltó; tal parecía que había sido un movimiento a propósito. Treize fijó por unos segundos su vista en la de él, inquieto, pero trató de no mostrar ninguna turbación con ese contacto. Fingió que no le daba ninguna importancia a un toque accidental, como podría haber sido ese caso. Y se soltó de él en forma discreta.
Zechs revisó rápidamente el modelo a escala, regresándoselo con una leve sonrisa.
-Impresionante. ¿De verdad se lo ganaste al ingeniero?
Treize lo dejó sobre el escritorio, pensando en que lo regresaría después a su lugar.
-Él no lo conduce, y la fábrica sacó una serie de diez iniciales. Le dije que compartiríamos los primeros protos. Yo, el cero, él el número uno, Quinze el dos y Otto el tres. Los demás los pelearon los otros ejecutivos.
-Vaya, una familia felizmente compartida.
-Aunque no lo creas, Zechs. -Ambos rieron, y continuaron hacia la habitación. -Mira, ése es el baño, y esta la habitación que ocuparás por el momento.
La observó un momento antes de entrar.
Era también una habitación sencilla, pero con muebles que dentro de su sencillez daban un motivo elegante aunado a la calidez de los materiales. Entró, ubicando el mobiliario, dejando la maleta también sobre la cama.
-Se ve muy cómoda.
-Lo es. Me he quedado aquí varias veces.
Zechs se extrañó.
-¿Por qué?
-Cuando vienen los padres de Middie les cedo la habitación. Es lo menos que puedo hacer por ellos. Les debo mucho. -Hubo una leve sombra de tristeza en su mirada, pero pronto la desechó y continuó hablando. -Bueno, Zechs. Ponte cómodo, y me avisas cuando quieras que veamos lo de los exámenes y las formas a llenar para presentarlos a BMW. Imagino que lo podríamos programar para el sábado.
-Eh... ah, si. Gracias.
Treize lo dejó, bajando con Middie y Mary.
Al quedar solo, Zechs se sentó en la cama, pensativo.
Estaba con él, en su casa.
Pero también su familia. Esa joven, Middie, y Mary, su hija.
Su hija...
Decidió no tardar mucho en la habitación, así que cambió la maleta a una silla que estaba cerca de la cama, y salió de ahí.
Zechs bajó despacio, observando la perspectiva que la escalera permitía de la casa.
El recibidor era un pequeño espacio que resguardaba la intimidad de la familia por muros estratégicamente puestos como divisores de áreas.
Algunos cuadros daban ambientación y vida a las paredes, haciendo también cierto contraste con el mobiliario.
La familia estaba aun en la cocina, así que aprovechó para husmear un poco en las fotografías que encontrara en la estancia principal.
Reconoció a Leia en la fotografía más grande, a un lado de Treize. Y revisó bien esa toma.
Ambos vestían de forma elegante, como si se tratase de una ceremonia...
-Veo que encontraste algunas fotos. –El muchacho se sobresaltó al escuchar a su anfitrión detrás de él, observando lo que hacía. Asintió volteando a verlo, y después regresó su vista a la foto.
-¿Ella es...?
-Leia Barton, mi esposa. Madre de Mary.
Un total desconcierto se reflejó en la mirada de Zechs. ¿Quién era entonces la otra chica?
-¿T-tu... esposa? ...yo pensé... que Middie...
-No, Zechs. Ella es prima de Leia, y lógicamente, tía de la niña.
-¿En dónde está?
Treize suspiró levemente, y aunque su sonrisa no se había borrado de sus labios, ésta había tomado un matiz melancólico.
-Falleció hace dos años.
-Ah... lo lamento. –Treize no se percató del sobresalto que ocasionaba en Zechs esa noticia.
Leia Barton, aquella que alguna vez había considerado su rival, muerta...
-No te preocupes. Ya lo hemos asimilado. –Treize bajó un momento la vista, pero volvió a levantar el rostro con su habitual sonrisa. –A veces creo que ha sido lo mejor.
-¿Por qué lo dices?
-Siento que ella no era feliz conmigo, Zechs. –Volteó hacia la cocina, bajando un poco el tono de su voz, prácticamente como una confidencia. –Se esforzó demasiado por ser parte de mi vida, y yo no supe retribuirla. Si aun estuviera aquí, creo que habría llegado un momento en que ese esfuerzo la hubiese agotado demasiado, y terminaría odiándome.
Zechs lo observaba atentamente, estudiando sus movimientos, los ligeros cambios en su rostro, en sus ojos...
-¿La amabas....? –No supo en qué momento salió esa pregunta de lo más profundo de sus temores. Sólo escuchó su voz lejana y trémula.
-La quería, la admiraba, y aun me lo cuestiono. –Ambos voltearon hacia la cocina otra vez al escuchar el alboroto de la pequeña. Entonces Zechs advirtió que la mirada de Treize cambiaba nuevamente al verla. –Por ella, Zechs. Todo fue por ella.
Los dos sonrieron cuando Marimeia fijó su sonriente carita hacia donde estaban, y los invitaba cortésmente a tomar asiento a la mesa.
-¡La comida está lista! ¡A sentarse!
-En un momento, Mary...
-No se tarden o se enfriará. –Middie salía también de la cocina con una charola cubierta. –Y sabes que si eso pasa, Treize, Mary no te dejará probar el postre que preparó.
-Ah, no. Eso sí que no puede suceder. Todo menos quedarme sin ese postre. –Se le acercó y la abrazó, plantándole un cariñoso beso en su mejilla, mientras la chiquilla sonreía.
Zechs entonces pudo entenderlo. En algún momento, Treize había cambiado todo el dolor de esa separación forzada por el amor hacia esa niña.
Y un nuevo dolor se plantó en él...
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El corredor de la parte superior estaba sumido en una total oscuridad.
Había dejado la máscara y el guante en la mesilla de noche, y se desplazaba por el lugar descalzo, con el cabello suelto, desordenado, cubriendo incluso parte de su cara.
Zechs caminó sigilosamente hasta la habitación de Treize, y sin hacer ruido abrió la puerta.
Entró midiendo sus pasos, acostumbrando sus ojos a la penumbra del lugar, descubriendo poco a poco la silueta de Treize, cubierto por una manta y vistiendo sólo una camiseta y tal vez algún pantalón delgado de pijama.
Se quedó por varios minutos parado a un lado de la cama, cercano a su rostro, siguiendo con la mirada el movimiento suave de su respiración, redescubriendo las líneas de sus facciones bajo la pálida y mortecina luz de la luna que lograba filtrarse del exterior. Y después se hincó, levantando su mano descubierta hacia él. Sólo recorrió una vez su fisonomía, sin tocarlo, sintiendo su respiración en su palma al momento de pasarla sobre su nariz y boca.
-Mío, Treize... –Su voz fue tan queda que difícilmente él mismo se escuchó, pero eso no importaba. –...dijiste que serías siempre mío... que me esperarías toda tu vida.... y ahora no sé qué pensar... Una hija... de ella... Una hija que reclama toda tu atención, tu amor...
Un sentimiento punzante lo atenazó.
Un sentimiento que había estado dormido durante tanto tiempo, doloroso, y profundo.
Se levantó y salió de la habitación rápidamente y cerró sin cuidarse de no hacer tanto ruido. Al llegar a su cuarto, cerró la puerta y se recargó en ella, dejando que su cuerpo se deslizara al piso al no ser capaz de sostenerse.
Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas al imaginarlo. Ni siquiera había transcurrido un año después de lo ocurrido en su país...
Lloraba por la desilusión y la rabia de haber descubierto otra parte del pasado de Treize que jamás hubiera deseado saber...
Treize despertó al escuchar que una puerta se cerraba con fuerza. Se incorporó, encontrándose totalmente solo en su habitación, y recordó que además de Mary y Middie tenía un huésped: Zechs.
Hacía tanto tiempo que dormía solo, que el tener compañía ahora era totalmente extraño para él.
Se levantó, encendiendo la luz de la lamparilla a un lado de la cama, y salió al corredor, revisando que todo estuviera bien. Se asomó primero a la habitación donde estaban Middie y Mary y sonrió al verlas profundamente dormidas.
-¿Zechs? -Llamó parándose en medio del corredor, afuera de su habitación. -Zechs, ¿estás bien?
Zechs lo escuchó y limpió sus lágrimas rápidamente, levantándose del piso. Abrió la puerta un poco, viendo con cierto alivio que no había encendido la luz del corredor. Asomó parcialmente la cabeza, cuidando que las sombras lo ocultaran de él, y le respondió.
-Treize... discúlpame. Fui al baño, y cerré la puerta sin fijarme.
-¿Estás bien?
-Si, perfectamente. Ve a dormir, en serio estoy bien.
Treize no quedó muy convencido, pero no podía forzarlo a hablar.
-Bueno... si necesitas algo, avísame.
-Si, lo haré. Gracias.
Dicho esto, Zechs cerró la puerta.
Treize regresó a su habitación, desconcertado. Casi podía asegurar que el chico lloraba, por la forma como su voz se quebraba ligeramente. Aunque podría ser también producto de su dormida conciencia. Estaba cansado, y tal vez eso lo hacía escuchar cosas que no eran ciertas.
Se acostó nuevamente apagando la luz, pero esta vez su pensamiento se aferró al recuerdo de Miliardo, de esa última tarde que estuvieran juntos.
Suspiró, cerrando los ojos, sintiendo en sus recuerdos más remotos esa herida que aun sangraba en su alma misma. Y dejó que ese dolor saliera en un leve murmullo antes de dormir otra vez.
-Miliardo, no sabes cuánto te extraño...
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