por Van Krausser

Dedicado a quienes han sufrido, tanto en cuerpo como en alma, el terror del oscurantismo del corazón del ser humano, con gran dolor y respeto...

V.K

 

Capítulo Tercero

------ Alas Rotas...


Aniversario de Liberación de Cracovia
Mediodía del Viernes


Estaban detrás del auto de sus padres, cuando una multitud los envolvió. Era plena celebración de las festividades de la ciudad, justo unas cuadras antes de llegar al castillo Wavel, en donde los esperaban algunos de los mandatarios invitados para esa ocasión tan especial.


- ¡Cielos! Peigan, ¿podemos irnos por otro camino?- Miliardo hizo un gesto de enfado al sentir cómo el auto se detenía totalmente, mientras el otro avanzaba a un paso lento en extremo.- No creo que nos dejen pasar hoy por aquí.

- Llegaríamos quince minutos más tarde, joven Miliardo.

- No lo creo. Ve la multitud.- volteó una vez más hacia el exterior, recargando su barbilla sobre su mano, que a su vez recargaba en la portezuela del auto. De pronto, sus ojos se abrieron aun más, en una expresión traviesa.- ¿Y si caminamos? A lo mejor llegamos más rápido. Faltan sólo unas cuadras.

- Mili…- La voz de Relena lo hizo voltear al interior del auto.- no creo que sea una buena idea.

- Relena, deberías dejar de ser tan miedosa. No nos pasaría nada.

- Pero está lloviendo…

- Traemos los impermeables. Además, Peigan nos alcanzaría en el castillo. ¿Verdad?

- Yo estoy de acuerdo con la Señorita, joven Miliardo. Podría ser peligroso.

- ¡Oh, por favor!- Sin querer escuchar más, abrió la portezuela del auto y alcanzó el abrigo, volteando con ellos una última vez.- De acuerdo. Los espero allá.


Miliardo se bajó del auto, a pesar de la renuencia de Peigan, y Relena lo siguió.


- ¡Mili!

- ¡Vaya! Siempre sí decidiste venir conmigo, princesita.

- ¡Deja de burlarte!- La niña lo vio con algo de disgusto, mientras empezaban a caminar por el atestado callejoncillo que los sacaría al otro lado.- ¿Crees que se enojen porque no nos quedamos con Peigan?

- No. Lo que creo es que llegaremos primero que ellos.


Ambos chicos voltearon nuevamente hacia atrás, y rieron al ver que el aturdido mayordomo bajaba del auto y los seguía con cierta renuencia, intentando no perderlos de vista en medio de la multitud.
Si los dejaba solos, se llevaría una fuerte reprimenda de parte del Cónsul Peacecraft. Pero sonrió también al ver que esa rebeldía que mostraba Miliardo lo hacía crecer en cierta forma en carácter, pues demostraba que sabía resolver situaciones problemáticas.

Nunca había tenido un problema serio con ellos, o por las travesuras y juegos que los chicos hacían en la mansión, y sonrió levemente al imaginarlos años más adelante, como dos jóvenes responsables y al frente no sólo de las industrias Peaceraft, sino incluso como personas que pudieran continuar la influencia de su padre en el aspecto político y social.
Todo parecía marchar tal y como muchas veces soñaron no sólo él y su familia, sino tantos otros, bajo el cuidado de la ley en manos del presidente Noventa y el cónsul Peacecraft.


- ¡Joven Miliardo! ¡Señorita...!
Miliardo volteó otra vez al oír que gritaba sus nombres en demanda de que lo esperaran.

- ¿Crees que debamos aguardar a que nos alcance?- Relena volteó con su hermano, sintiéndose algo culpable.

- No, déjalo que corra. Le falta ejercitarse un poco más.

- Mili, eres cruel.

- Lo hago por su bien, en serio.- Otra traviesa sonrisa afloró en sus labios, mientras continuaban caminando.- Mira, allá está el Mercedes. ¿Los alcanzamos?

- Pero nos van a regañar.

- No lo creo. Tal vez también decidan caminar con nosotros. Además, los vamos a alcanzar de todas maneras, mientras no puedan avanzar por la gente.


La señora Peacecraft volteó hacia atrás, y descubrió la inigualable cabellera rubia de su hijo en medio de la multitud.


- Estos niños...- volteó con su marido, y le señaló el lugar por donde ambos chicos transitaban.- Miliardo es tremendo, y arrastra a su hermana con él.

- Debemos admitirlo, querida.- El cónsul sonrió en forma indulgente al verlos.- Fueron más listos que nosotros. Llegarán antes, y Peigan con ellos. No te preocupes.


Ella sonrió levemente, y abrió la ventanilla de su lado, esperando que pasaran.
Miliardo y Relena corrieron hasta el auto en medio de risas, y estrecharon la mano delicada y cálida de su madre.


- ¡Adios, adios!

- ¡Cuídense mucho, mis niños!

- ¡Sí, mamá!- Miliardo se asomó al interior, y saludó a su padre agitando enérgicamente su mano.- ¡Adios, papá!

- Cuida a tu hermana, Miliardo.

- Si, despreocúpense. ¡Nos vemos allá!
Y continuaron caminando entre la gente, sonriendo y volteando ocasionalmente hacia atrás.
Ambos adultos pudieron ver también a Peigan cuando intentaba alcanzarlos, y eso los hizo tranquilizarse.

- Estarán bien, cariño. Confía en mi.

- Lo sé.- Y ella estiró su mano hacia él, estrechándosela amorosamente.


Miliardo se detuvo un momento al escuchar entre el tumulto los llamados insistentes y desesperados del hombre, y ambos niños voltearon con él, esperándolo. Habían avanzado poco más de cien metros, llegando a una parte de la calle en donde las construcciones de las casas eran algo caprichosas, y hacían pequeñas vueltas y callejoncillos antes de continuar en un camino recto hacia el castillo Wavel.


- Peigan, te hace falta tener más actividad.- Le dijo con una expresión divertida al ver al hombre agotado, siguiéndolos con dificultad.

- Es cruel... Joven Miliardo... yo soy un hombre viejo...

- Excusas, Peigan. Volteó con Relena y le guiñó un ojo.- Tendremos que invitarte más seguido a jugar con nosotros.


Los dos chiquillos se rieron, y la niña reinició la caminata. Ya se alcanzaba a ver el camino que los llevaría al castillo, cuadras más adelante.


- ¡Ya estamos cerca!

- Te dije que llegaríamos antes.- Miliardo sujetó al mayordomo de un brazo, caminando a su lado.- No tenías de qué preocuparte. Te jugamos unas carreras.

- No, joven. De verdad...

- Te damos ventaja, anda. Una cuadra de ventaja. ¿Si?


El hombre sonrió, y asintió, siguiéndole el juego al chiquillo.
Miliardo llamó a su hermana, alcanzándola y poniéndola al tanto del nuevo juego que había planeado. Así que ambos se detuvieron un momento, mientras veían alejarse a Peigan delante de ellos. Y de pronto, algo extraño llamó la atención del adolescente. Algo que se sentía, que se respiraba en el ambiente en la calle principal, cuadras atrás.
Y todo ese cambio de ambiente fue determinado por un sonido que nunca había escuchado hasta ese momento, un silbido que sobrecogió su corazón aun antes de saber de qué se trataba...

Al voltear hacia el auto de sus padres, Miliardo sólo alcanzó a ver un fuerte resplandor, acompañado de un estruendo que lo ensordeció algunos segundos antes de que una fuerza espantosa lanzara a los chicos contra el muro de uno de los edificios.
El impacto del misil en el auto del Cónsul Peacecraft originó una fuerte onda de choque, destrozando no sólo el vehículo, sino también parte del pavimento y los edificios de alrededor, convirtiendo la calle en un siniestro cráter, en medio de una densa nube de polvo, y el macabro concierto de alaridos y gritos de pánico y dolor…

Miliardo se levantó aturdido, aun con el estruendo de la explosión en sus oídos. Volteó alrededor de él, y su mente no reaccionó al principio, no reconoció el lugar, ni a su hermana que yacía a su lado; caminó tambaleándose hacia la nube de polvo, sorteando las piedras arrancadas del pavimento y los edificios, regadas por el callejoncillo, acercándose al lugar en donde viera por última vez el auto en el que sus padres se encontraban.

Tropezó varias veces, y tantas otras volvió a levantarse, tomando cada vez mayor conciencia de que no eran sólo ruinas entre las que caminaba y tropezaba... eran restos humanos que estaban dispersos por el suelo... Miliardo tropezó una última vez, cayendo de rodillas junto a un bulto amorfo. Permaneció unos segundos ahí, respirando con cierta dificultad, recargado en sus manos y rodillas, viendo cómo algunas gotas de sangre que caían de su frente manchaban el piso...

//... papá... mamá...// Su pensamiento era ahora como un débil reflejo; buscó dónde apoyarse para ponerse de pié, y al hacerlo, sus dedos tropezaron con el bulto junto a él. Lo observó en silencio por varios segundos, y al reconocer la forma de un humano decapitado, se levantó de un salto, aterrado.

Retrocedió varios pasos hasta topar con la pared de un edificio, mientras fuertes sollozos entrecortaban su respiración.
Volteó entonces hacia la calle, hacia donde la nube de polvo y humo se esparcía ya por el viento de la tarde; antes de que otro característico silbido surcara el aire, pudo ver un apocalíptico escenario... superior al que cualquier adolescente de su edad podría imaginar siquiera... y después, otra explosión, y la oscuridad total...

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Cafeteria Colegio Deux Eliemther
Viena, Austria.
Viernes 3:00 pm

Treize se levantó de la mesa con expresión desencajada, escuchando la noticia del atentado en pleno centro de Cracovia.
Se abalanzó hacia el aparato de televisión, buscando el volumen del mismo ante los reclamos de sus compañeros y la mirada curiosa de algunos otros que estaban en el lugar. Por unos minutos escuchó lo que el reportero decía, mientras Leia se acercaba también, impactada al darse cuenta de lo que hablaban. Al estar al lado de Treize, alcanzó a escuchar un jadeo que salía del pecho del muchacho, y una palabra se repetía incesantemente, como un doloroso susurro, mientras espantosas escenas de desolación y muerte se transmitían en la pantalla.


- ...no... no.... no....

" ...el blanco principal fue reconocido como el auto en el que se encontraba el Cónsul Peacecraft y su familia. Y hasta el momento, todo en un radio de 150 metros alrededor del cráter dejado por la explosión del misil es un caos. Los cuerpos de rescate creen que difícilmente exista algún sobreviviente en esa área..."

- ¡Santo Dios!- Leia palideció cuando el nombre de la familia fue dicho, recordando a su amigo rubio.- ¡Miliardo!- Volteó con Treize, y lo abrazó antes de que la fuerte impresión causada por la noticia lo hiciera perder la fuerza de sus piernas.- ...Treize...¡Treize! ¡Ayúdenme!


Todo era irreal, lejano, y dolorosamente sin sentido ahora... La voz de Leia sólo era un murmullo distante, y su vista se nubló al grado de no poder reconocer los rostros de sus compañeros que lo llamaban también, mientras lo arrastraban a una silla para sentarlo.
No supo cuánto tiempo pasó. No supo tampoco quienes permanecieron a su lado, ayudando a Leia a tratar de hacerlo reaccionar. Su mente se había quedado atrapada en cada palabra dicha por ese hombre, en cada palabra que hablaba de un acontecimiento que le arrancaba a él la vida misma... que le arrebataba el sentido de su existencia, porque Miliardo, su motivo para seguir vivo, había muerto...

Leia cerró después de despedir a los compañeros de Treize que lo habían llevado a su casa. Volteó al sillón donde se había sentado, y regresó con él, observándolo preocupada. No se había movido para nada. Sólo estaba ahí, silencioso, con la vista en la ventana, perdida en algún lugar distante del cielo oscurecido… mucho más distante que cualquier estrella que fuera visible a esa hora...

Le dolía la pérdida de Miliardo, por la convivencia que habían tenido los últimos meses, pero era más doloroso para ella ver a su amigo sumido en una tristeza devastadora. Pensó en no dejarlo solo, en quedarse a su lado el resto de la noche, y velar su sueño. Sus padres entenderían.
Se sentó junto a él, y con delicadeza acarició su hombro, haciéndole saber que estaba ahí, a su lado, apoyándolo también en ese momento doloroso.


- ... Pensé que te irías... - La voz de Treize se escuchó dolida, quebrantada por el llanto interno que corría incesante en él.

- No podía hacerlo, Treize. No puedo dejarte solo; es demasiado doloroso para ti, por eso no puedo hacerlo. - Leia lo observó con expresión grave.- Por otra parte, Miliardo también era mi amigo, y también a mí me duele lo que ha sucedido.


Por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, Leia lo vio llorar.
No lo había hecho desde que escucharan la noticia, hasta ese momento. Y se conmovió
Treize ocultó el rostro entre sus manos, sollozando, y ella lo abrazó.


- ¡Oh, Dios! ¿Por qué...?

- Treize...

- El sabía que algo iba a pasar... intuía el peligro de ir ahí... y no quise creerle...

- Treize, por favor. No te culpes. Tal vez Miliardo sólo sentía la tensión en su casa, en lo que ocurría a su alrededor, pero nadie tenía idea de que esto fuera a suceder. No ha sido causa tuya, no tuviste nada que ver.

- No lo escuché, Leia... No lo escuché...- Recargó su cabeza en el pecho de ella, aferrándose a sus hombros, a un frágil sentido de consuelo en Leia, y dejó que su dolor saliera libremente.


Leia sólo lo estrechó en silencio, llorando quedamente, acariciando su cabello con delicadeza. No lo iba a dejar solo. No ahora que sentía que había perdido todo. No ahora que el sentimiento de culpa lo hostigaba tan cruelmente…
Y trató de justificarse a sí misma cuando reconoció que había otro motivo por el que no lo dejaría solo en ese momento…
No lo dejaría ahora que tenía todo el camino libre para llegar hasta él... e incluso poder conquistar su corazón...

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Estación del expreso de Viena
6:50 de la tarde
Tres meses después del atentado

Treize se sentó en la parte de la ventanilla del vagón, y agitó levemente la mano, despidiéndose de la chica que lo observaba con preocupación, parada en el andén.
Era tiempo de regresar a casa, de prepararse para los exámenes que le darían el pase definitivo a la Universidad Alemana de Bonn, y en cierta forma, de rehacer su vida.
Dejaba Viena más por esa razón, porque definitivamente, todo lo que habría podido detenerlo en esa ciudad había desaparecido, y todo ahí era demasiado doloroso.

Tantos recuerdos… tantos momentos de alegría que había pasado, y no sabía si considerarlos una terrible maldición, ahora que su corazón continuaba sangrando.
La depresión que ocasionaba ese sentimiento se arraigaba más en él cada día. No podía encontrar un aliciente, pero trataba de hacerlo, se esforzaba por hacerlo.
Pensando en ello, se recostó en la cama preparada en el pullman, y dejó que sus emociones se desbordaran.
Lloró otra vez… como lo hacía todas las noches.

Y sus lágrimas parecían negarse a dejar de fluir, hasta que el sueño lo vencía.
Pensó en esa noche que dejaría de una vez por todas lo que su familia hacía por generaciones, porque su alma necesitaba un consuelo, y ese consuelo era ahora encontrar a un culpable de lo ocurrido. Y lo había encontrado.

La Armería de Oz.

Fuera o no de esa forma, fuera o no culpable de la situación, se negaba ya a participar en la fabricación de armas.
Se los diría en cuanto llegara, en cuanto pudiera hablar con su tío y su padre. Se los haría saber sin más demora, aunque eso significara que rompiera toda relación con ellos, y que se quedara sin un respaldo económico, tal como meses antes se lo habían propuesto si aceptaba tener participación en el manejo de la empresa.

//Flashback//

Treize desempacaba su ropa, poco después de que su madre lo recibiera efusivamente en la estancia de la casona de la familia Khushrenada.
Había llegado en un día de bastante trabajo, a pesar de que era plena época navideña, así que su padre continuaba trabajando en comercialización y ventas de lotes de armas, y ni siquiera tenía un horario especial para ese trabajo. Eran apenas las siete de la mañana, y su madre le había dicho que su padre había salido desde la madrugada, poco después de las cinco. Eso era obsesivo, a lo que razonó con ella.
Se sentó en la cama, preguntándose si su conciencia no le causaría un conflicto más adelante si él continuaba aceptando la manera como su familia se ganaba la vida, y eso lo preocupó.
Al terminar de desempacar, bajó buscando a su madre, y la encontró mientras ella daba a algunos sirvientes las cosas que se debían hacer ese día en la casa.


- Mamá, voy a la armería.

- Acompáñame primero a desayunar, Treize.

- Eh…

- Por favor. He estado comiendo sola por varias semanas. Parece que a tu padre ahora sólo le interesa supervisar los prototipos y seguir con las negociaciones, que pasar tiempo conmigo.


Treize notó un dejo de tristeza en su voz, y eso lo decidió.


- Te acompaño, mamá. Y si quieres, al terminar nos vamos a la ciudad para las compras navideñas. ¿Está bien?


Vio cómo a sus palabras se iluminaba la mirada de su madre. Y eso lo hizo darse cuenta que ningún tesoro, ninguna fortuna acumulada, ninguna riqueza, por muy grande que fuera ésta, compraba el corazón de una persona.

Pero eso lo hizo sentirse también afortunado. Porque él estaba seguro que lo que Miliardo y él sentían el uno por el otro, ni siquiera había contemplado el estatus social, las posiciones de sus familias, o lo que cualquiera de ellos pudiera tener como bien material.

De verdad, era muy afortunado, porque tenía un amor honesto, sencillo, verdadero. Y quiso hacer partícipe de esa felicidad a su madre, porque sabía que no lo rechazaría ni lo juzgaría.


- Me gustaría también hablarte de algo importante para mí. - Le pasó un brazo por sus hombros mientras iban al comedor, y le sonrió cálidamente.- Tengo un amigo… y es muy especial…
Su madre levantó la vista hacia él, y supo que de verdad era especial al ver ese brillo en sus ojos. Y por ese ligero detalle, se dio cuenta que su hijo estaba enamorado.


Desayunaron mientras Treize le hablaba a su madre de lo especial que era el jovencito que había cautivado su corazón, y de cómo habían ocurrido las cosas.
Pero mientras lo hacían, su padre llegó a la estancia, y alcanzó a escuchar su conversación.


- Treize, llegaste más pronto de lo que esperaba.

- Ah, papá. Si, y pensaba ir hace rato, pero preferí acompañar a mamá en el desayuno.

- Escuché que estabas hablando de alguien. - El hombre lo observó con gesto grave, con lo que demostró que estaba enterado de lo que ocurría, y no lo aprobaba.- Escuché que decías que se trata de Miliardo Peacecraft. ¿Es el hijo del Cónsul de Cracovia?

- Si… el mismo.

- Bien, déjame decirte algo.- Su padre se sentó en la cabecera de la mesa, al tiempo que su mirada mostraba disgusto.- No sólo porque es socialmente inaceptable, Treize, sino porque la misma Ley Divina lo prohibe; te recuerdo que cometes un error. El niño Peacecraft aun es un adolescente, y lo más probable es que sus padres tampoco aceptarán esta relación. Te recomiendo que dejes de pensar en esas tonterías y trates de corregir tu vida.- Treize lo observaba en silencio, escuchando sus palabras, dolido. No le respondió.- Bueno, dejando esto de lado, pienso que es buen momento para que hablemos de negocios. Ya estás en edad para ello.

- ¿Podríamos dejarlo para otra ocasión?

- Sólo te haré una propuesta, y quiero que la pienses. Eres el único heredero de la familia Khushrenada, recuérdalo. No hay nadie más que se quede al frente de la armería de nuestra familia.

- Eso no debería ser cuestión de tanto alboroto, papá.

- Escúchame primero, y piénsalo. Tu tío y yo decidimos incluirte en la administración de la empresa. Estarás recibiendo un sueldo mientras te preparas para ocupar uno de los puestos administrativos.

- Papá, ya habíamos hablado de eso. No quiero ser administrador.

- Será solo como un título, Treize. Por otra parte, la universidad cuesta, y es una buena oportunidad para que puedas costearte tus estudios de ingeniería. La administración es fácil, tendrás de tu lado a los contadores de la empresa mostrándote cómo deben llevarse a cabo las transacciones y manejos de lo administrativo. No te será problema.


Treize lo pensó. En cierta forma, su padre tenía razón.
Asintió, pensando también en que no deseaba dar otro disgusto a la familia, y que era una buena oportunidad para restablecer sus relaciones familiares.


// Fin del Flashback//


Finalmente, antes del amanecer, el cansancio lo venció, permitiéndole un tiempo de sueño y descanso, aunque no lo suficiente para sentirse bien.
Tendría una fuerte confrontación con su padre, lo sabía. Pero también sabía que era la única forma de sentirse libre de esa culpa enorme que lo estaba matando.
Aunque ahora veía esa libertad como lo más terrible que le había sucedido, porque se había quedado solo.

--------- Los más grandes motivos...

Heinenkell, Alemania.
Instalaciones de la Armería de Oz.


Treize caminó con paso decidido al despacho en donde sabía que los encontraría. Su madre lo acompañaba como una sombra silenciosa. Sabía sus intenciones, y le dolía que su decisión fuera tan drástica. Sin embargo, era un Khushrenada, y no cambiaría su forma de pensar.
Llegaron al despacho, y sólo tocó tres veces como anuncio, ya que sin esperar que respondieran, abrió la enorme puerta de caoba oscurecida, y ambos entraron.

Se acercó al escritorio con expresión serena, muy distinta a la de ella, sombría y con matices de angustia. Ella hizo lo mismo, acercándose a una de las sillas, mientras su esposo y su primo dejaban los papeles sobre el escritorio, observándolos. Treize tuvo la atención con ella de acercarle la silla, y después, él mismo tomó asiento.


- Impositivo y directo como siempre, sobrino.- Dermail lo vio entre divertido y algo molesto; en cambio, su padre se mostraba indiferente, aunque sabía que no le agradaba tenerlo junto a él. Su homofobia era más fuerte que su propio sentimiento paternal.

- Treize, no te esperábamos.

- Papá, tío, tengo que hablar con ustedes.

- ¿Es algo urgente?- su padre sólo le dirigió una fría mirada.- Debemos considerar este contrato para mañana.

- Si, es urgente.


Y de pronto, ante estas palabras, se percataron realmente de la expresión sombría de ella. Algo no estaba bien.
Dejaron de lado los papeles del contrato que revisaban, y le prestaron atención.


- Bien, te escuchamos.


Treize asintió con un gesto y tomó aire antes de iniciar. Estaba haciendo un gran esfuerzo por evitar que su nerviosismo fuese visible.


- He estado pensando en lo que me dijiste hace unos meses, acerca de llevar la dirección de la armería. No lo acepto.


Dermail se recargó totalmente en el sillón ejecutivo, observándolo profundamente, mientras su padre se le acercaba por un lado del escritorio.


- ¿Qué dijiste?

- Que me retiro totalmente de la empresa. Renuncio a cualquier cargo que me obligaron a desempeñar, y renuncio también a todas las garantías de remuneración por parte de ella.

- ¡¿Pero estás loco?!

- No, soy adulto, y como tal, soy capaz de tomar mis propias decisiones.

- Treize, - su tío se enderezó entonces, hablando por primera vez, en tono severamente impasible.- Tu decisión implica una pérdida enorme para la empresa. ¿Qué te hace actuar de esa forma?


Treize pasó saliva con cierta dificultad al recordar sus motivos, y se dio ánimos para seguir.


- Ya había comentado esto con mis padres, pero lo repetiré nuevamente.- Suspiró en forma leve, y se recargó totalmente en el respaldo de la silla.- No deseo continuar fabricando armas. En primer lugar, porque las detesto. Por otro lado, no tenemos la certeza de que esas armas y prototipos permanezcan en las fuerzas armadas o no de los países que las requieren. Y no puedo ser partícipe del enriquecimiento a base del terror de las personas.


Khushrenada padre fue más suspicaz que Dermail.


- No eres muy convincente.- Lo observó con detenimiento, y el chico se sintió desnudo ante esa mirada escrutadora.- ¿Es por ese amigo tuyo…?¿El hijo de Peacecraft?


Treize palideció ligeramente y sintió que se le secaba la boca. Pero no se podía permitir abandonar su entereza, y decidió ser totalmente franco.


- Si…- carraspeó ligeramente, obligando a su voz a salir de su garganta.- Así es. Parte importante de mi decisión es por él, por su familia, y por toda la gente que fue abatida por ese ejército insurrecto. Lo hago por ellos, porque quiero honrar su recuerdo…

- Nosotros no tuvimos nada que ver en eso


Al escuchar la justificación de su tío, Treize se molestó.


- ¡Por supuesto que si!- un leve destello de ira asomó en su mirada.- ¡No puedes asegurarme que las armas no fueron compradas a la empresa! ¡No me digas que eres inocente si no tienes la menor idea de si contribuiste para armar a esos hombres!- Se levantó de la silla, sin importarle mucho si podía mantener esa emoción bajo control o no.- ¡¡Y quién sabe en cuántas guerras y guerrillas, o atentados terroristas has participado con tu producción!! ¡¡No vuelvas a decirme que no tuvimos nada que ver en eso!!

- ¡¡Basta, Treize!!- Su padre se acercó más a él, tratando de intimidarlo, pero no lo logró.


Treize ya lo sobrepasaba en estatura, y su complexión no distaba mucho de la de su padre.


- ¿O qué?- Se irguió un poco más delante de él, con mirada retadora.- ¿Vas a volver a golpearme? ¿Por hacerme responsable de mis decisiones, de mi vida?

- ¡Voy a hacerlo cuantas veces sea necesario!

- Esta vez no, papá.- Se retiró de él un paso, preparándose para detener alguna agresión física.- Tengo derecho a decidir mi futuro, y no puedes evitarlo.

- ¡No seas insolente, jovencito!- Su tío se levantó del sillón, acercándosele también.- Deberías ser más agradecido con tu padre. Nunca te retiró su apoyo, nunca te ha fallado cuando lo necesitaste. Al menos, no como tú lo hiciste.


Con esas palabras, Treize sintió como si lo hubiera abofeteado. Los volteó a ver a ambos, en silencio. Tenía un enorme nudo en la garganta, y sólo cuando sintió el dolor en sus manos, dejó de apretar los puños fuertemente. Se obligó a tranquilizarse y ordenar sus ideas, para encararlos diplomáticamente, pero era imposible en esos momentos.


- ¿Llamas a su actitud fría, indiferente y recriminatoria, "apoyo"?- Sus palabras estaban impregnadas de dolor, mientras les dejaba sentir lo que había pasado durante todo el tiempo que lo tuvieran lejos de la familia.- ¡Eso no fue ni la débil sombra del respaldo que yo necesitaba! ¡En todo el tiempo que estuve en Viena, jamás se preocupó por cruzar más de dos palabras de aliento conmigo! ¡Jamás se dignó a preguntarme siquiera cómo estaba, qué necesitaba! ¡Siempre ordenando, imponiendo y juzgando! ¡Incluso llegué a pensar que ya había olvidado que yo era su hijo!

- ¡¡Treize!!¡¡Ya basta, por favor!!- Su madre intervino, levantándose de un salto y tratando de interponerse entre ellos.


Hubo silencio un momento. El chico volteó con ella, y aunque su rostro recobrara su expresión serena, pudo ver una enorme desesperanza en su mirada.


- Mamá, esto no es contra ti.- Regresó con los hombres frente a él, y continuó en actitud firme.- No voy a decir más. Mi decisión está hecha, así que las palabras sobran. Me voy esta tarde.

- ¡¿Te vas?! ¡¿Pero qué demonios estás pensando?!

- Pienso en hacer las cosas correctamente, para no arrepentirme por las decisiones tomadas por otros con el pretexto de que lo hacen por mi futuro.

- Pero…

- No voy a morirme de hambre, te lo aseguro. Allá afuera debe haber un lugar para mí.- Se dio la vuelta, caminando con paso decidido hacia la puerta del despacho.


La voz de su padre se escuchó grave y dolida en el momento en que sentenciaba por última vez su actitud.


- Si sales de aquí, no vuelvas Treize.
Eso lo hizo detenerse antes de cruzar la puerta. Volteó un poco, y sonrió en forma irónica.

- No te preocupes, no lo haré.
Dicho esto, salió apresuradamente.


Su madre lo vio, impotente, y decidió una vez más, ir detrás de él.
Sin embargo, al pasar frente a su marido se detuvo sólo para confrontarlo con una expresión acusadora en su mirada azul profundo.
Después, salió del despacho, tratando de alcanzarlo.

Lo encontró en la casa, en su habitación, preparando su equipaje, y empacando lo que se llevaría.
Ella se detuvo en la puerta, sin saber exactamente qué decirle. Y Treize sólo volteó a verla, sonriéndole apesadumbrado.


- Lo siento, mamá. Te he decepcionado una vez más.

- Hijo… no digas eso…- Entró a la habitación, abrazándolo con cierta desesperación.- No me has decepcionado. Nunca va a pasar eso, porque te conozco y sé lo que has logrado. Sé también que continuarás esforzándote, y triunfarás en todos tus planes… porque sé quién eres… Eres mi hijo, y eso jamás va a cambiar…
Treize la separó un poco de sí, conmovido. Y limpió las lágrimas de su madre, sonriéndole.

- Lo sé, y te lo agradezco tanto. Espero no perder el contacto contigo.

- No, Treize. Eso jamás lo permitiré.- Él volvió a estrecharla con fuerza, mientras su pensamiento tomaba ya un camino sin retorno.- Sigues en mi corazón, y por ello no acepto que vivas estos rechazos, o que tus decisiones nos puedan alejar. No ocurrirá, te lo aseguro.


Casa de asistencia de la señora Weissmer
Alemania, ocho meses después del atentado.

La señora Weissmer tocó levemente en la puerta de la habitación de Treize, y esperó a que le respondiera. El joven abrió, sonriéndole amablemente a la anciana.


- Señora Weissmer, buenas tardes.

- Buenas tardes, joven Khushrenada. Tiene una llamada de Vienna.

- ¿De Viena? - Salió de la habitación, extrañado. Había acordado con Leia que no habría llamadas telefónicas debido a los horarios y las actividades que tenían ambos, y que sólo lo harían en un caso extremo, sólo en emergencias.- La tomaré, señora. Gracias por avisarme.


Bajó al recibidor de la casa, en donde se encontraba el teléfono, y contestó la llamada de Leia sin emociones reflejadas en su voz.


- ¿Leia? Hola.

- Treize, quería saber cómo estabas… además de que necesito hablar contigo urgentemente.

¿Urgentemente?

- ¿Pasó algo grave? ¿Estás bien?

- Tranquilo, estoy bien. No te preocupes… No quiero tratar por teléfono lo que debo decirte. ¿Cuándo puedo verte?

- Mmmmh… mañana es jueves… veamos... ¿Puedes recibirme el sábado? Voy a posponer el grupo de estudio y tutorías para ir a tu casa. ¿Está bien?

- ¡Si, si! Está bien. Te espero entonces el sábado. ¿Me llamarías antes de venir? Para calcular el tiempo que tardes en llegar aquí. Por favor.

- Por supuesto.

- Gracias, Treize. Nos vemos entonces.
Y colgó, dejándolo desconcertado.
Urgente… ¿qué podría ser de urgencia para que ella lo buscara?
Bien, por lo pronto, dejaría de pensar en eso, y se enfocaría en continuar con el trabajo que terminaba para entregar el lunes siguiente. Era la única forma en que la depresión no se presentara con tanta fuerza, enfrascarse en el estudio y el trabajo de manera desesperada, aunque debía admitir que no siempre funcionaba. No siempre…


Leia se estiró lo más que pudo, buscándolo entre la gente que bajaba de los vagones.
Treize le había llamado desde su teléfono móvil, poco antes de las ocho de la mañana, avisándole que en poco tiempo estaría ahí.
Treize no había dormido nuevamente, recordando con dolor el sueño que tuviera hacía tiempo, meses antes de que ocurriera el desastre en Cracovia…
No quería dormir, por temor a volver a soñar… y que esos sueños involucraran a los que aun estaban cerca de él.
Bajó del tren algo demacrado, con huellas de cansancio en su rostro. Y una leve sonrisa se dibujó en sus labios al verla. Tan llena de vida, como siempre.
La alcanzó antes de que lo viera, tocándola en un hombro.


- Leia, aquí estoy.


Ella se volteó rápidamente, sonriendo con gusto de verlo.


- ¡Treize!- lo abrazó efusivamente, y le dio un beso en la mejilla, a lo que él no se resistió.- Te extrañé, te extrañé mucho.

- Hola, Leia. Me alegra verte.

- Veo que el viaje te agotó- Lo observó preocupada, acariciando su mejilla.- Vamos a casa. Allá hablamos mientras desayunas. ¿Está bien?

- Me parece una muy buena idea.- 


Cargó la maleta mediana que llevaba y la abrazó amigablemente, mientras caminaban hacia el andén.

Llegaron en poco tiempo a la casa de los Barton, y Treize pagó el taxi, ayudándole también a bajar del mismo.
Habían hablado de cosas sin mucha importancia, acerca del nuevo estilo de vida de él en la universidad de Bonn, de sus planes y algunas vivencias en esos meses de separación.
Ninguno de los dos hablaba de Cracovia. Lo evitaban a toda costa, porque hacerlo provocaba en Treize una fuerte depresión que casi lo obligaba a abandonar todo.
Entre los dos prepararon un desayuno ligero, bromeando y hablando todavía de sus planes, y fue hasta que estuvieron por sentarse para empezar con el desayuno cuando ella vio el momento oportuno para decirle lo que ocurría.


-Treize… lo que pasa es que…


El la observaba atento desde la silla que ocupara, entre preocupado y aun desconcertado. Ella guardó silencio otra vez, acomodando sus ideas.


- ¿Estás enferma?

- No… eh… ¿recuerdas la noche que pasamos juntos… hace tres meses…?


Tres meses…

El periodo más intenso y oscuro en los momentos de depresión que acosaban a Treize.

// Flashback//


Acababa de tomar la decisión de no regresar más a su casa, de no volver a saber nada de la armería, y tuvo que reconocer que eso sumaba un nuevo dolor a su vida.
Apenas tenía poco de haberse instalado en Alemania, y aunque no había tenido problemas para ser aceptado en la universidad, le estaba costando un poco de trabajo acoplarse a su nueva rutina. Pero sabía que eso era porque no encontraba aun un motivo para sentir que debía seguir adelante.
Leia le había llamado para felicitarlo por su cumpleaños diecinueve, y se había dado cuenta que no estaba bien… así que había decidido ir. Pero ninguno imaginó que el estado de ánimo de él lo llevara a rendirse a un momento en el que pasaría de ser una fraternal demostración de afecto y apoyo por evitar la caída anímica de él, a una repentina embriaguez de ambos, en medio de caricias que se volvían cada vez más atrevidas, y abrazos más estrechos…
Esa noche, mientras Leia descansaba sobre su pecho, extenuada y profundamente dormida, Tríeze pensaba con mayor fuerza en Miliardo. Pero tenía qué admitirlo… él ya no estaba ahí, ya no podría verlo, o hablarle, o tocarlo nunca… nunca más…

Volteó un poco para ver a la joven, y mientras recorría con su vista las facciones de ella, tratando de encontrar alguna justificación para obligarse a aceptarla, se sintió miserable.
No por lo ocurrido momentos antes.
No por haber reemplazado a Leia por un fantasma en medio de un doloroso éxtasis.
No por el hecho de haberse disculpado con ella cuando ambos pudieron darse cuenta de lo ocurrido.

Se sintió miserable por haber hablado con la verdad, por haberle hecho saber que no podría amarla, que no era la persona a quien pudiera entregar su corazón.
Y se sintió aun más miserable al ver que ella sonreía, confiándole que no tenía problema alguno para entenderlo, y que no dejaría de ser su amiga después de eso…
Y que pasara lo que pasara, ella siempre estaría ahí, a su lado, apoyándolo.

// Fin del Flashback//

No hubo más qué decir. Treize lo intuyó rápidamente, y se levantó de la mesa, sin quitarle la vista de encima. Hasta ese momento notó esa ligera palidez en su rostro, pero también ese brillo nuevo en su mirada. Lucía también un leve rubor en sus mejillas, y él supo que no era por timidez… Se le acercó despacio, con una leve sonrisa, pensando en la causa de su repentina turbación.


- Leia… ¿Acaso tu…?


Ella sólo levantó la vista y asintió, antes de confirmárselo.


- E-estoy embarazada…


Por algunos segundos, Treize no supo qué decir. Ambos se quedaron en silencio, hasta que él la abrazó con cierta efusividad, levantándola un poco del piso.


- ¡Un bebé! ¿De verdad?

- ¡Treize, me tumbas!


La bajó, sin dejar de abrazarla, y su sonrisa se volvió aun más cálida.


- ¡Oh, por Dios! ¡Un bebé!... un hijo…
Leia se rió, tranquilizándose al ver que él reaccionaba de forma totalmente diferente a como había imaginado. Era un alivio.


Porque ahora ella pudo ver un leve brillo de esperanza en sus ojos, y extrañamente, la sonrisa que afloraba en sus labios era distinta, genuina.
Treize tenía vida otra vez.
Su corazón descansó, mientras recargaba su rostro sobre el pecho de él, prometiéndose a sí misma que lucharía contra todo para lograr que esa sonrisa permaneciera así; jurando incluso por la vida de ese pequeño ser que se esforzaría para que Treize no dejara de ser feliz a su lado.


- Si… un hijo.


Este capítulo fue uno de los más difíciles que he escrito hasta ahora.

No por el hecho personal de que detesto la violencia, el dolor y el sufrimiento humanos, sino más que nada porque al imaginar el inicio del relato, al pensar en cada escena en que un cruel acto de terrorismo arrebata tanto la vida física y anímica de tantas personas, me sentía en cierta forma parte de ese terror, parte de esa aberración al describirlo. Aunque fue a muy, muuuy grandes rasgos. Sin embargo, el sentimiento continúa.
Fue un logro poder terminar el fragmento de este capítulo en el que era necesario narrar lo ocurrido en la familia Peacecraft, pero la historia así lo requería. Y de hecho, el dolor y repudio que siente Treize es el mismo sentir que experimento en situaciones como estas.

Bueno, soy sentimental también. La única forma de hacer surgir el espíritu de Treize era a través del amor, ¿y qué mejor aliciente que el amor a un hijo? (pregúntenme ^_^).
Marimeia entra en la historia, aunque no como un personaje protagónico. También me disculparé con ella cuando la vea.

Finalmente, reviews, notas de amenazas, abucheos, etc.

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