por Van Krausser

En este capítulo he querido poner una pequeña muestra de agradecimiento a quienes me han escrito anteriormente, alentándome a dar un paso que no me atrevía dentro de la narración en las historias de Treize y Miliardo.
Digamos que es un pequeño tributo a la perseverancia de tantas lindas personitas. Un tributo muy bien merecido, aunque el esfuerzo sabemos que muchas veces no es suficiente. (Sigo en conflicto con mi conciencia, pero ahí va, ya casi se deja. Paciencia) XP

Espero que lo disfruten, y por lo tanto, que no me odien por causarles tantos males y tristezas a mis niños. ^_^

V.K.

Capítulo Segundo

------- mis sentimientos... tus sentimientos...

Treize despertó antes incluso de que la alarma de su despertador se activara. Volteó a ver el aparato, y suspiró mientras una leve sonrisa se dibujaba en sus labios, mostrando la satisfacción que sentía.
Hacía mucho tiempo que no vivía en circunstancias como esas: en medio de una familia, sintiéndose apreciado y en cierta forma, respetado.
Tenía alrededor de dos meses de haberse mudado a la casa de los Darlian, y no había tenido ningún problema en su relación diaria con ellos... hasta ese momento.
En medio de un profundo bostezo, intentó estirarse un poco para despejarse, y sintió que algo le impedía moverse con libertad.
Levantó las cobijas despacio, y su sorpresa fue enorme al ver a un lado de él, a la altura de su pecho, una cabellera rubia platinada, totalmente alborotada.


- ¡Pero qué...! - Destapó totalmente al chico, moviéndolo para hacer que lo librara del abrazo en que lo tenía- ¡Miliardo, despierta!

- ¿...Eh...?

- Despierta...


El chico se incorporó un poco tallando sus ojos, aun soñoliento. Y al ver a Treize, le sonrió cándidamente.


- Hola...


Eso desconcertó al mayor por unos segundos.


- ¿Qué haces aquí?

- Eh...bueno... quería sorprenderte - su sonrisa se pronunció aun más al ver su semblante - y ser el primero en felicitarte por tu cumpleaños.

- Por mi... ¡Oh, Dios! - Treize se sonrojó levemente, y también sonrió apenado, sentándose cerca de la orilla de la cama.- Pues te felicito yo a ti. Lograste lo que querías, además de que ni siquiera recordaba qué día es hoy.

- Bueno, tu no lo recordabas, pero yo si... - Y sin más advertencias, el rubio se le lanzó efusivamente, abrazándolo otra vez - ¡Feliz cumpleaños! ¡Ya eres un adulto!

- ¡Espera, la orilla...! - 

Afortunadamente, la cama no era muy alta, y la alfombra que cubría esa área amortiguó la caída de los dos chicos, enredados en las cobijas y las sábanas. Y Miliardo no lo dejó. Empezó a buscar algún punto en que el mayor sintiera cosquillas, y Treize adivinó sus intenciones.- ¡Ah, pequeño diablillo! ¡Esta me la pagas!

Sin embargo, Miliardo había caído encima de él, y había aprovechado esa posición para sentarse totalmente sobre su abdomen, buscando detener a Treize contra el suelo. Llegó un momento en que lo consiguió, sujetándolo por las muñecas, y empujándolo con fuerza contra el piso. Y ese juego dejó entonces de ser inocentemente placentero cuando Treize sintió aun sobre la tela del pijama de Miliardo parte de su cuerpo, y el movimiento de esa delicada zona en él lo motivó terriblemente, al tiempo que los finos y blancos dedos de su amigo lo recorrían buscando algún punto vulnerable.

//No otra vez...no....// supo que en esta ocasión, el rubor que cubría sus mejillas era más que pena cuando su piel comenzó a arder, y trató de evitarlo.// ¡No pienses en eso! ¡no pienses en...! ¡no... pienses...! // Pero no podía dejar de pensar...


- ¡Miliardo, me rindo! Déjame levantarme...

- ¡Tramposo! Apenas que te he ganado.

- De acuerdo...- Y para evitar que su excitación continuara o que su amigo fuera a darse cuenta, hizo un poco de fuerza para levantarse incluso con el chico encaramado en él.- ¡Te dije que esta me la pagas!

- ¡No, ya te había ganado!- Al lograr ponerse de pie, el mayor lo sujetó por la cintura, separándolo un poco de sí, y con mínimo esfuerzo debido al poco peso del rubio, se lo echó al hombro como si se tratara de cualquier cosa.- ¡Treize!


Repentinamente, la puerta de la habitación se abrió, haciendo que ambos chicos dejaran de gritar y reír, y volteando sorprendidos hacia la entrada, encontrándose con los demás miembros de la familia, aun en ropas de cama, atraídos por las risas y el alboroto que estaban haciendo.
Treize bajó a Miliardo al piso, y de pronto recordó que no llevaba su pijama, pues no había alcanzado a secarse la tarde anterior. Vestía sólo un boxer y una camiseta sin mangas, demasiado indiscretos para ocultar su excitación. Ese fue un momento embarazoso, y sólo atinó a cubrirse con ambas manos sobre él ante la vista sorprendida de los dos adultos, y la sonrisa inocente de Relena.


- Muchachos... - El tío de Miliardo se adelantó un poco al ver esa situación. Imaginó que era un tanto normal, ya que Treize también estaba en pleno crecimiento.- Están haciendo bastante alboroto como para despertar a todo el vecindario.

- Miliardo, ve a tu habitación.- Su tía sin embargo, fue severa. Era algo totalmente fuera de lo normal para ella encontrarse a los dos jovencitos en esas circunstancias. No le agradaba lo que había presenciado.

- Tía, pero...

- ¡Ya, Miliardo!


Treize alcanzó una de las sábanas y se enredó en ella, ahora sí, ruborizado por la vergüenza y la preocupación.


- Señor y señora Darlian, lo siento... no debimos...

- Hablaremos de esto más tarde.- Ella fue tajante. Se dio la vuelta y salió hacia el corredor. Treize y el señor Darlian sólo observaron mientras Miliardo la seguía, cabizbajo.- Relena, tú también, a tu habitación. Es hora que empiecen a prepararse para la escuela.

- Sí, tía.


Y antes de salir, Miliardo volteó un poco, y le sonrió a Treize de forma traviesa. El mayor supo que tal vez tendría pequeñas dificultades debido a esos rasgos de rebeldía que el rubio empezaba a mostrar hacia la férrea autoridad de su familia, pero le agradó la idea. Le regresó levemente la sonrisa, y esperó a quedar solo con el tío de los chicos.


- Señor Darlian, lamento mucho esto. No volverá a ocurrir.

- No te preocupes, Treize. Mi esposa es un tanto legalista en cuanto a la disciplina que debe llevarse en casa.- Sonrió levemente, en un gesto comprensivo.- Sólo te pido que seas prudente con el chico. Sus juegos pueden ser algo bruscos y escandalosos.


Treize asintió, pensando que estaba totalmente de acuerdo en eso, pero por otras circunstancias... y reprimió un gesto picaresco en su sonrisa.


- Gracias. Esto no se repetirá, téngalo por seguro.


El señor Darlian sólo asintió, y salió también de la habitación, cerrando la puerta, mientras Treize se dirigía al baño. Debía alistarse también él, pero primero debía calmar la emotividad despertada por el rubio momentos antes. A pesar del clima helado que imperaba aun dentro de la habitación, se armó de valor para entrar bajo el chorro de agua fría. Y mientras notaba que el intenso calor que lo envolviera minutos atrás disminuía, su leve sonrisa apareció otra vez.


Llegaba la época de festividades navideñas, precedida por el clima helado que ya se había dejado ver con algunas nevadas cercanas a las montañas.
El curso escolar estaba por terminar en unas cuantas semanas más, así que la mayoría de la comunidad estudiantil comenzaba a prepararse para los exámenes y proyectos de mitad de año. Pero las vacaciones no sólo representaban un aumento de actividades para el par de amigos, sino también una breve separación.

A media mañana, dos profesores habían avisado que no se presentarían.
Treize aprovechó entonces para ir a la biblioteca del colegio. Sólo tenía un trabajo pendiente por hacer y planeaba terminarlo rápidamente.
Miliardo recogió sus cosas del pupitre y pensó de qué forma podría pasar el tiempo en el que no tendría esas clases debido a la junta de académica. Media jornada de clases totalmente libre, y si no ideaba algo pronto, totalmente aburrido. Por otro lado, debía esperar a Relena, pues ella sí tendría todas las clases, y tres horas era demasiado tiempo. Salió del salón pensativo y sus pasos lo llevaron a la biblioteca. Y pensó en usar ese tiempo para adelantar sus tareas.

Treize salía del pasillo de donde tomara el libro de referencia y caminó distraídamente, hojeándolo, buscando desde antes de llegar al lugar que escogiera para sentarse a terminar el trabajo.


-¡¡TREIZE!!- Una figura rubia lo asaltó en el preciso momento en que los estantes de libros acababan a su paso, haciéndolo sobresaltarse, y tirar el libro que sostenía. Se detuvo bruscamente, aturdido por esa sorpresiva sacudida, al tiempo que un fuerte "¡¡¡SSSSSHHHHH!!!" se escuchaba en toda el área.
Treize volteó hacia él con mirada ligeramente grave, y lo reprendió en un susurro.

- Miliardo... estamos en una biblioteca.

- P-perdón- replicó en un murmullo, sonrojado totalmente y sonriendo en forma nerviosa, volteando hacia todos lados, a manera de disculpa.- Creo que me excedí...

- Si, me di cuenta.- Se inclinó para recoger el libro del piso, esperando que ese incidente no pasara a mayores. Uno de los encargados del recinto se dirigía hacia ellos.- Espero que no nos saquen de aquí.- Sin embargo, no sucedió. El encargado se siguió de largo, sólo dirigiéndoles una mirada ceñuda. Treize hizo un movimiento leve con la cabeza, indicándole que todo estaba bien, sujetó al chico por un brazo, llevándolo hasta su lugar. Miliardo se quitó la chamarra y la extendió en el respaldo de la silla.- ¿Qué haces aquí?

- Hay junta académica para los profesores del nivel donde estoy. Ya no tengo clases en todo el día.

- Y decidiste venir para aprovechar el tiempo, me imagino.

- Por supuesto. ¿Y qué haces tú aquí? Tú si tienes clases.

- Los profesores de física avanzada y mecánica nos avisaron que no se presentarían.

- Ah, es que ellos también dan clases en medio-avanzado. Estarán en la junta.

- Bien, entonces podríamos estudiar ahora. Así tendremos la tarde libre.

- Si, de acuerdo.


Así que por un tiempo, ambos se enfrascaron en sus respectivos trabajos, interrumpidos ocasionalmente por alguna silenciosa travesura tanto de uno como del otro.
Treize se estiró discretamente, cerrando el libro al terminar con el trabajo. Miliardo lo observó detenidamente, y le sonrió cuando sus miradas se encontraron.


- ¿Ocurre algo, Mili?

- No, es que al hacer eso, me dio la impresión de que parecías un gatito...- El mayor arqueó una ceja, desconcertado por semejante comparación. Ante eso, Miliardo enrojeció levemente.- ...Eh... nada más me pareció por un momento... no me hagas caso.

- Espero que de verdad sólo haya sido una impresión pasajera.

- S-si, fue momentáneo...- y el rubor se hizo más intenso. ¿Cómo decirle que lo imaginaba en esos momentos como un delicado y adormecido gatito de angora? Sacudió la cabeza, y regresó a su cuaderno, ante la mirada profunda del mayor.- De veras... sólo fue así...

- Miliardo, eres muy obvio. Ya deja de verme como una mascota.

- ¡No te est...!- Otro fuerte "¡¡¡SSSSSHHHHH!!!" a su alrededor lo hizo guardar silencio. Treize no dejó de verlo, guardando sus libretas.

- Es la segunda vez, Mili. Nos van a echar de aquí.

- ¡Tu tienes la culpa!- Murmuró el chico, volteando nerviosamente hacia todos lados mientras también guardaba sus cosas.

- Oh, si. Culpa al guardaespaldas.- Treize consultó su reloj y se levantó.- ¿Tienes otros planes aparte de holgazanear estas horas sin clase?- Sonrió al ver la mirada asesina del chico sobre él, y continuó.- Yo aun tengo media hora libre, y voy a ir a la cafetería. ¿Quieres acompañarme?

- ¡Por supuesto! Me estoy congelando.

- Y una taza de café no nos caería nada mal, ¿cierto?

- Respeto tu sabiduría, amigo.

- Payaso...

- Gatito...


Salieron del recinto entre bromas, sin importarles las miradas de enojo de los encargados del lugar por el alboroto que armaban, y pronto llegaron a la cafetería. Pero se dieron cuenta que el lugar estaba abarrotado.


- Bien, creo que todos tuvieron la misma idea.

- Si, temo que si.- Treize le cedió el paso y llegaron al mostrador.- Bueno, podríamos buscar en dónde refugiarnos ya con los cafés en la mano. ¿Te parece?

- Si, de acuerdo.

- Ah, pero imagino que no quieres un café normal. ¿Qué te pido?

- Un capuchino.

- O.k..


Y al voltear al mostrador, alguien se le colgó a Treize por el otro lado.


- ¡Treize! ¡Miliardo!

- Leia…- Treize volteó con ella desconcertado, y al hacerlo, ella le plantó un sonoro beso en la mejilla, alcanzando la comisura de sus labios. El chico no pudo evitar el rubor que eso le ocasionara.

- Hola, Leia.- Miliardo no se escuchó muy emocionado de verla. Por el contrario, ese sentimiento punzante lo atenazó otra vez.- ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en clases?

- ¡Uy! ¿Me vas a regañar por tratar de relajarme un rato?- Melosamente se recargó en el mayor, y éste trató de evitarlo sutilmente. Ella se dio cuenta, y sólo le sonrió en forma atrevida.- ¿No me digan que ustedes no tienen clases? ¿O acaso también decidieron salir a desenfadarse?

- Yo ya no tengo clases. Hay junta.

- Leia, permíteme- Treize se la quitó de encima empujándola con delicadeza a un lado.- Voy a pedir los cafés para no estorbar el paso del mostrador.

- Oh, qué bien. ¿Me pides uno, por favor?

- Claro.


Y los dejó mientras se acercaba a uno de los dependientes.
Miliardo observaba con expresión de molestia, y ella lo notó.


- ¿Qué pasa, Mili? ¿No te gusta que me acerque a tu amigo?

- ¿Por qué dices eso?- Miliardo se ruborizó al darse cuenta que ella había intuido sus sentimientos.

- ¡Ay, Miliardo! De verdad, se nota que no sabes nada de nosotras. ¡Cuánto te falta por conocernos!- Miliardo volteó a ver a Treize con cierta desesperación. No le gustaba sentirse expuesto frente a ella.- Pero no me has dicho. ¿Te molesta que me le acerque?

- No, en absoluto.


Y ella sonrió ampliamente al escucharlo.


- Mentiroso. Pero no te preocupes, no pienso quitártelo. Va a seguir siendo tu amigo- Al decirle eso, le guiñó un ojo, dándole a entender que continuaría con sus intenciones de conquista. El chico no dijo más, temiendo que en algún momento ella pudiera ver lo que en realidad sentía por su amigo.


Treize llegó con ellos llevando una charolilla con los tres vasos, y volteó al interior de la cafetería.


- Se desocupó una mesa. ¿Vamos?

- ¡Oh, si! Eh, bueno, si Mili no se molesta de que los acompañe.


Treize volteó hacia el chico con curiosidad al oír ese comentario, y sonrió al ver que el rubor en las mejillas de Miliardo se hacía aun más intenso.


- ¡Leia! ¡Claro que no!

- Bien, entonces apresurémonos o nos la ganan.


Los tres se sentaron en la misma mesa, pero la situación de pronto se volvió tensa para los dos chicos. Leia no dejaba de hablar con Treize, y podría decirse que ignoraba a Miliardo, haciendo todo lo posible por mantener la atención del mayor en su plática. Sin embargo, Treize volteaba ocasionalmente a ver al chico, y se sintió mal cuando definitivamente Miliardo tomó el vaso de café y volteó al ventanal con gesto de enfado.


- ¿Entonces qué piensas hacer tú en las vacaciones?- La pregunta lo regresó a la realidad. Volteó a verla y ordenó sus ideas.

- Regreso a mi país, a pasar las fiestas con mis padres. Siempre es de esa forma.

- Ah. Lo que pasa es que quería saber si te gustaría ir a casa, a pasar estas fechas con nosotros.


Miliardo brincó al oír la propuesta que Leia le hacía a Treize. Volteó con una expresión indefinida entre sorpresa y enojo, viéndolos a los dos, esperando la respuesta que Treize diría.


- No me es posible, Leia. Te lo agradezco, pero es por tradición. Toda la familia espera esta época para poder reunirnos.

- Oh, qué lástima. Pero no todo se puede tener en esta vida.- Sonrió nuevamente, en un gesto de resignación, y después volteó a ver a Miliardo primero, para después regresar su vista hacia el mayor.- ¿Tal vez en otra ocasión aceptarías que te invitara a casa?


Treize había seguido esas actitudes, y de pronto se dio cuenta que ambos empezaban a rivalizar por él; de alguna forma, era demasiado obvio. Decidió terminar esa situación, consultando su reloj como mero pretexto.


- Amigos, tengo que irme. No puedo faltar a la siguiente clase.- Se levantó con el resto de su café, y les sonrió a los dos.- Miliardo, nos vemos en la puerta principal. Hasta luego, Leia.

- Hasta pronto, Treize.- Leia se levantó, y lo despidió con un beso en la mejilla, también obligado para el mayor. Y al quedar solos, volteó nuevamente con el rubio, sonriendo complacida.- Es un encanto, ¿verdad?


Miliardo sólo se encogió de hombros, tratando de evitar que ella captara su enorme deseo de verla desaparecer en esos momentos de la faz de la tierra. Pero la explicación lógica al reconocer el sentimiento que lo embargaba inundó su mente con sólo unas palabras.
//Celos… estoy celoso… por su culpa… //


----- Una velada declaración.

Curiosamente, el incidente del encuentro con Leia en la cafetería de la escuela le había dado a Miliardo una clara idea de lo que estaba ocurriendo con él, al mismo tiempo que sentía una feroz urgencia por ganarle a ella la total atención de su amigo. Sentía que el tiempo para lograrlo se le acababa, debido a que los días pasaban rápidamente en medio de tareas y trabajos que le requerían en las clases.


- Adelante.- Miliardo empujó la puerta y entró a la habitación cuando escuchó su voz. Treize le sonrió al verlo, mientras terminaba de arreglar su ropa.

- Buenos días, Treize.

- Hola, Mili. Dime.

- Hoy jugamos contra la selección de Braunau am Inn. Es partido para calificar a semifinal, y va a ser algo difícil. ¿Te gustaría ir a apoyarnos?


Treize se daba cuenta que cada día que permanecía junto a Miliardo, más se arraigaba en él el deseo de no apartarse de su lado. Diariamente descubría un nuevo cambio en él, un aspecto físico distinto debido a la etapa de crecimiento en la que se encontraba, y esos detalles de la cercanía que él consideraba sólo como un cariño fraternal que el chico le mostraba, reforzaban esos sentimientos y deseos.
Se acercó a él con una cálida sonrisa, y puso una mano sobre el hombro del chico.


- Me tendrás en primera fila, Mili. No me perdería este juego por nada del mundo.

- ¿En serio?- La sonrisa del chico lo enterneció bastante, pero como siempre, le jugó una pequeña broma.

- Por supuesto. Las porristas siempre se equivocan y hacen cosas graciosas.

- ¡Treize!

- No es cierto, ya sabes que lo hago por ti. Claro que estaré ahí.

- ¡Gracias!- El chico se dirigió a la entrada de la habitación con nuevos ánimos, sonriendo.- ¡No te tardes! ¡Mi tía ya casi termina con el desayuno!

- Si, bajo en unos minutos.


Lo observó mientras salía y volvía a cerrar la puerta. Y suspiró profundamente.
Esos meses que tenía de conocer a Miliardo, habían sido los que consideraba llenos de una dulce tortura, pues había hecho grandes esfuerzos por mantenerse en una sobria prudencia, buscando evitar que sus actitudes lo delataran, a pesar de que la sola presencia del chico le ocasionaba una ansiedad indescifrable, al tiempo que el sentimiento que guardaba celosamente, amenazaba con escapar, con desbordarse, y decírselo. Sentía que no se perdonaría jamás el llegar a mancillar la púber inocencia de su amigo con una declaración como esa.

Lo que no imaginaba, era que Miliardo también tenía sus propias preocupaciones respecto a sus sentimientos hacia él. Su precocidad lo había llevado a tener ya un deseo definido por su amigo, aunque no abiertamente. Sentía celos al verlo hablando con algún condiscípulo, o peor aun, cuando alguna chica (especialmente "esa" chica, Leia Barton) se dirigía a él, y Treize le respondía con amabilidad.
Debía evitar a toda costa que él pudiera caer en sus artimañas de conquista, y eso lo decidió a pelear abiertamente por él, aunque eso le trajera consecuencias incalculables. Más aun, después de haber visto cómo ella lo perseguía incesantemente, incluso en los partidos de rugby a los que él lo invitara.

En el campo de juego, durante el tiempo final, el marcador estaba bastante parejo, ya que el chico había descansado dos tiempos, y era el momento en que tomaría la revancha para hacer que el equipo aventajara al contrario.
Entró decidido al campo, y pudo ver a Treize en las gradas. Ambos se saludaron con un movimiento de mano.
Y mientras la acción del juego se desarrollaba, Leia llegó hasta las gradas, buscando el lugar donde se encontraba Treize.


- ¡Treize! ¡Treize Khushrenada!- 


Comenzó a gritarle al verlo a varias filas de asientos en las gradas.- ¡Hola!
Treize volteó al oír su nombre, y no pudo evitar un ligero sobresalto al ver que ella se dirigía hacia ahí apresuradamente.
//¡Oh, cielos! No…ahora no, Leia//
Sonrió forzadamente, resignándose a soportarla.

Miliardo volteó al tablero de marcación, dándose cuenta que no tenían mucho tiempo antes de que el partido terminara. Debía hacer un esfuerzo enorme para ello, pero se sentía confiado. Dio instrucciones al resto del equipo, buscando una posición más cómoda para dirigir el embate final, pero algo llamó su atención.
Al momento de recibir el balón, volteó con Treize una última vez antes de correr hacia la portería contraria. Sin embargo, al hacerlo, pudo ver cómo Leia abrazaba a su amigo, y sin importarle estar a la vista de todos, lo besó efusiva y apasionadamente.


- ¡¡¡MILIARDO!!! ¡¡¡CORRE!!!


Pero Miliardo se quedó como clavado en el suelo, mientras los gritos de sus compañeros aumentaban, tratando de hacerlo reaccionar. Y cuando menos esperó, pudo ver a varios contrincantes que se le echaban encima.
Y no hubo tiempo para nada. Quedó debajo de una montaña de muchachos, perdiendo la oportunidad de un buen pase, y definitivamente, de una anotación final. Sin embargo, eso evitó también que pudiera ver que Treize separaba a Leia de sí, hablándole.

Ella lo observaba incrédula.


- Por favor, Leia. No hagas esto.

- Pero…

- Escucha, no es el mejor momento para decírtelo, pero necesito aclararte algunas cosas respecto a mí.


Ella levantó una ceja, observándolo entre dubitativa y molesta.


- Oye, no vas a tomarte la situación tan en serio, ¿o si?


Treize volteó hacia el campo y alcanzó a ver que Miliardo corría hacia los vestidores, sin siquiera dirigirle una mirada. E intuyó que había visto lo ocurrido con Leia.


- Discúlpame. Soy conservador, y no me siento cómodo haciendo esto en público.- Se levantó, dispuesto a retirarse. Pero no imaginó que su reacción enfadara a la chica.

- ¡Hey! ¿Acaso no sabes que ahora no se llaman "conservadores"? ¿Qué pasa contigo?

- Leia, por favor. No aquí…

- ¡Bien! ¿Cuándo, dónde?

- Escucha, mañana…- Pensó rápidamente de qué forma librarse de su iracundo acoso. Ahora tenía la prioridad de encontrar a Miliardo.- Mañana hablamos, por favor. Tengo algo urgente qué hacer.
Y se alejó de ahí, tratando de que ella no tuviera oportunidad alguna de reclamarle algo más.

Miliardo volteó a la entrada de los vestidores, y lo descubrió, tratando de localizarlo. No quería verlo, ni que él lo viera en esa condición. Estaba lleno de lodo en todo el uniforme, y tenía un moretón en el pómulo izquierdo. Además de que había dejado ir una oportunidad de levantar el marcador muy por encima de la calificación para las semifinales. Y todo por una torpe actitud, un estúpido sentimiento, un… un…


- ¡Miliardo!

- ¡Diablos!- Murmuró quedamente, levantándose de forma apresurada para tratar de alejarse de él. Aun sentía que le dolía el pecho, y sabía que aparte del dolor físico por la montaña de chicos que le cayera encima, el dolor de los celos y la decepción lo estaban asesinando.

- ¡Mili, espera!


Y tuvo que esperarlo. No le sonrió al tenerlo junto a él, pero se dio cuenta que el mayor tampoco sonreía. Vio preocupación en su mirada, y eso lo desarmó.


- Soy un tonto.- Bajó la vista, hablando quedamente.- Dejé que nos aventajaran.

- Miliardo, no digas eso.- Treize intentó alentarlo, dejando de lado su gesto grave.- Ganaron, aunque no con el mejor marcador, pero aun están en la competencia. Será fácil recuperarse.


El rubio fijó su mirada celeste en el mayor, y sonrió brevemente.


- Si… tienes razón.

- Bueno, entonces no te preocupes más. Ve a bañarte, antes de que el lodo se seque y no te puedas mover. Te espero en la cafetería.

- O.k.- Miliardo asintió, mientras Treize caminaba hacia la salida del recinto. Pero se dio cuenta que necesitaba saber qué había ocurrido. Su amigo estaba ahí, y no con ella.- Oye, Treize…


Este volteó al escuchar que lo llamaba.


- Dime.

- ¿Qué pasó con Leia? Pensé que te irías con ella.


Treize sonrió levemente, ocultando su desazón al recordarla.


- No, Mili. Sabía que tenía que estar aquí, y no me equivoqué.

- Pero…

- Te dije que no te fallaría, y lo he cumplido.- Su mirada fue más profunda, y su sonrisa aun más cálida.- No te preocupes por eso. Tú eres mi amigo, y ella no es antes que tú.


Y haciéndole un guiño amistoso, salió del lugar.
Curiosamente, quien había provocado el dolor que sentía, ahora lo consolaba. Y era extraño, muy extraño para él... pero al mismo tiempo, el saber que Treize lo prefería, lo llenó de una enorme satisfacción.

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Leia lo esperaba afuera del salón con cierta impaciencia.
No había podido dormir bien debido a la incertidumbre que él le provocara. ¿Qué tendría qué decirle? ¿Por qué tanto misterio? ¿Y por qué empeñarse en rechazarla?
Realmente le agradaba Treize, y no permitiría que por prejuicios absurdos él la rechazara.
Se había esmerado en su arreglo personal, incluso haciéndose ver un poco más provocativa, a pesar del frío clima que envolvía a la ciudad esa mañana.
Treize la alcanzó a ver a lo lejos, y suspiró resignado a tener que confrontarla, e incluso, si la situación se ponía en su contra, hablarle clara y francamente.
Leia lo saludó como siempre, con un beso en la mejilla, y Treize sólo fue amable.


- Buenos días, Leia.

- Hola, Treize. ¿Podemos hablar ahora?


Por unos segundos, Treize volteó al salón, y después con ella, asintiendo. La primera clase la tenía perfectamente dominada, así que no sería problema ponerse al corriente.


- Si, está bien. ¿Puedo invitarte un poco de café?

- Por supuesto.


Y se dirigieron a la cafetería envueltos en sus propios pensamientos.
Treize pidió las dos bebidas, y alcanzó a la chica en una de las mesas. Pero la observaba detenidamente, incluso antes de llegar hasta ahí. Su semblante se notaba ligeramente demacrado.


- Aquí tienes.

- Gracias.- Tomó el vaso, y dando un pequeño sorbo, plantó en él su mirada celeste (y Treize pensó que era una broma cruel del destino que sus ojos fueran casi del mismo color y viveza que los de Miliardo).- ¿Y bien? Te escucho.


Treize asintió, y no despegó su vista de la de ella.


- He notado que tienes interés en iniciar una relación sentimental conmigo, si no me equivoco.


- Así es, pero lo curioso es que tuve que ser yo la que diera el primer paso.

- Leia, siento mucho decepcionarte, pero no puedo corresponder a tu interés. Lo lamento de verdad.

- ¿Por qué? ¿Es por lo que me dijiste ayer, que eres "conservador"?- Leia comenzaba a molestarse. Ese no era un motivo muy convincente.- ¿Qué tiene que ver eso?


Por un momento, dudó si era pertinente descubrirse ante ella, pero desechó la idea. Podría salir fácilmente de eso.


- Una relación sentimental no sólo exige tiempo, sino entrega de uno hacia otro, y yo no puedo darte lo que mereces. A mí no me gusta tomar a la ligera las cosas, por eso es que no puedo admitir una relación de esta manera.

- No es precipitada. Tenemos varios meses de conocernos.

- Pero no es suficiente con sólo ser conocidos. No sabes casi nada de mí, de mis gustos, de mi forma de pensar. Y puedo decirte lo mismo de ti.


Se sintió culpable al ver una leve sombra de tristeza en la expresión de la joven.


- ¿Cuánto tiempo tiene que pasar entonces para que me aceptes?

- No se trata de eso.

- ¿No? ¿Entonces de qué se trata? ¿No te gusto? ¿No me soportas?


Y sin saber cómo había ocurrido, la conversación tomó un giro inesperado. Jamás se imaginó que iba a responder un interrogatorio de esa forma.


- No, no. Deja de decir eso.- Tomó aire, buscando reacomodar sus ideas.- Eres una gran chica, y muy atractiva, no cabe duda. Pero no estoy interesado en sostener una relación diferente a la amistad que hasta ahora llevo contigo.

- ¿Por qué? Treize, tú me gustas bastante. No eres como los patanes que he conocido antes. Por eso me interesas. No quiero jugar contigo.

- Sé que no lo harías, pero de verdad, Leia. No puedo corresponderte.

- ¿Hay alguna chica que anda haciendo estragos en ti? No te he visto con nadie ultimam…- De pronto, abrió enormemente los ojos, observándolo con detenimiento. Treize se sonrojó un poco ante su mirada.- No, espera… no puede ser que…


Guardó silencio por un momento, y su gesto se contrajo en una dolorosa expresión de sorpresa. Treize no perdió detalle de eso, y en cierta forma, supo que estaba intuyendo lo que ocurría con él. Ella negó con un movimiento de su cabeza antes de decir lo que estaba pensando.


- E-es… es por… no puede ser…- Y hubo aun más dolor en su mirada.-… Miliardo… es por él, ¿verdad?


Repentinamente, Treize se sintió atrapado. ¿Qué podía decir ante eso? Abrió la boca, pero no supo qué decir, y sólo atinó a repetir su nombre.


- Leia…

- No me equivoco, ¿verdad?


Sintió una punzada en el estómago por la angustia. ¿Era tan notorio?


- Escucha, yo…

- Treize, ¿Eres homosexual?


Esa pregunta lo aturdió tal como si se tratara de un fuerte golpe a su hígado. ¿Qué había ocurrido? ¿De qué forma se había enterado de su preferencia?
Asintió en forma mecánica, bajando la vista al vaso de café que tenía frente a él.


- Si.- Levantó la vista nuevamente, y la sostuvo ante la mirada de la chica.- Pero Miliardo no tiene nada que ver con esto.- Intentó convencerse a sí mismo de esas palabras.- Es mi mejor amigo. No lo obligaría a algo que fuese en contra de sus principios.

- Eso dices ahora.

- No lo digo por estar aquí, contigo. Tomé la decisión de que el día que me atreviera a pensar algo que pudiera perjudicarlo, me alejaré inmediatamente de él.- Suspiró con tristeza antes de continuar.- Lo haré porque no quiero seguir lastimando a nadie por mi forma de ser. Por esa razón intenté mantenerte alejada de mí, para no lastimarte.


Leia se sorprendió al oír eso. ¿La estaba protegiendo, a ella?


- No entiendo…

- He descubierto que no puedo pelear contra mis sentimientos; por eso, cuando llegue el día que tenga que irme, lo haré. Y tú, Leia, serás la primera en saberlo; serás la primer persona de quien me despida.- Dicho esto, bajó la vista nuevamente, encerrándose en un pesado silencio.


Y por varios minutos, ambos permanecieron así: ella observándolo, callada y dubitativa; él con la cabeza inclinada, pensando en lo que había sido capaz de decirle.
Treize levantó un poco la cabeza al sentir la mano tibia de Leia sobre la suya, en un gesto de simpatía. Y se encontró con la mirada franca y serena de esa chica que antes de eso, había considerado la última persona que se enteraría de lo que pasaba con él.


- Ahora lo entiendo. Y te lo agradezco, Treize. Por ser de gran corazón. Nadie más sabrá lo que me has dicho, cuenta con eso.


El sonrió levemente, agradecido al ver que ella buscaba comprenderlo.


- Eres una persona extraordinaria, Leia. Y soy muy afortunado al saber que eres mi amiga. Gracias…

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Miliardo los pudo ver cuando se dirigían hacia ahí, conversando animadamente. Al no saber que Leia estaba aun más enterada que él mismo de algunos aspectos de su amigo, una punzada amarga lo invadió. No podía permitir que lo acaparara de esa forma. No podía dejar que ella le ganara ese lugar que buscaba en sus sentimientos…
No, no podía permitir que Treize se enamorara de ella… porque lo quería para él…

Dos días después del partido, Miliardo lo había llamado a su habitación mientras terminaba de prepararse para irse a clases, pretextando que necesitaba ayuda para una de sus materias, y de alguna forma, iniciar un juego de seducción. Sonrió al pensar en lo que intentaría mientras fingía hablar despreocupadamente con él a través del espejo frente al que estaba sentado.



- ... El profesor Matthews no acepta excusas, y si le digo que no comprendo ni por error alguno de los ejercicios no me creerá. Ya sabes como son esos maestros ancianos...


Treize se sentó en la orilla de la cama, observándolo mientras se cepillaba el cabello, enfrascado en tratar de convencerlo para que le ayudara con algunos trabajos.

//Oh, Dios… Es tan hermoso…//
Miliardo volteó repentinamente, dejando lo que hacía y viéndolo también con cierta curiosidad.


- ¿Qué? ¿Tengo algo raro? ¿Por qué me miras de esa forma?


El joven sonrió levemente, viéndose descubierto en su contemplativo estado.


- No, por nada. Pensaba en lo rápido que pasa el tiempo...- Se levantó acercándose al chico, y se inclinó un poco, junto a él. Ambos quedaron de frente al espejo, viendo sus imágenes reflejadas.- ...Y en lo mucho que has cambiado. Mírate, ya eres todo un jovencito.


El bajo tono de voz que Treize usara causó un ligero estremecimiento en Miliardo; y eso provocó que involuntariamente, sus sentidos reaccionaran. Dejó de ver su propio reflejo para enfocarse en el del mayor.


-Tú también has cambiado.- Volteó con él, y Treize lo imitó, quedando ambos muy próximos, sus labios a escasos centímetros de los del otro. Y el chico se levantó despacio, sin quitar su mirada azul celeste del azul profundo de la del mayor.- Has crecido, y tus facciones cambiaron. Te ves más... adulto, y...


Sus palabras se esfumaron por unos segundos, mientras continuaban en esa mutua contemplación. Y conforme pasaban los segundos, Treize se rendía a la tentación de atrapar sus labios delicados, de un pálido tono rosa, tan apetecibles para él… su corazón se aceleró al imaginar el sabor de esos labios dulcemente púberes, deliciosamente vírgenes…
Y de pronto, su conciencia lo obligó a despertar de ese extraño hechizo en el que había caído.

//¡Basta….! ¡Deja de pensar en eso…!¡Deja de pensar en eso!// Dio un paso atrás, rompiendo toda posibilidad de cometer una locura. //¡Aun es un niño! ¿Cómo se te ocurre...?//


- Mili...- su voz mostraba un leve jadeo, producto del terrible esfuerzo que hiciera para alejarse de él. Se dio la vuelta, caminando hacia la puerta de la habitación.- Es tarde. Debemos irnos.


Se percató de la mirada del chico, sorprendida y frustrada, pero no la entendió de esa forma. Pensó que tal vez lo había asustado con su actitud, y que había hecho lo mejor al apartarse.
Sin embargo, Miliardo sentía que esa reacción había sido de un rotundo rechazo por parte de Treize... pero... ¿Qué había ocurrido? ¡Todo era perfecto! ¡Todo estaba saliendo como lo deseaba, como lo había soñado...! y súbitamente, Treize lo dejaba ahí, parado, esperando una reacción diferente, y todo hecho con un vago y absurdo pretexto. Sintió una enorme desilusión, y bajó la vista, al tiempo que el mayor regresaba con él para tomar el libro que le mencionara.


- Lo estaba olvidando. Voy a leerlo hoy, y te explico, ¿de acuerdo?- Miliardo sólo asintió con un gesto, manteniendo la vista baja. Eso no pasó desapercibido para Treize.- Oye, ¿pasa algo?

- No... nada. Sólo pensaba...

- Mili.- Le sujetó la barbilla con gentileza, haciéndolo voltear hacia él.-Estabas de un muy buen humor hace unos momentos, y de pronto has cambiado. Dime qué pasa.


El chico suspiró profundamente antes de intentar responderle. Se soltó de él y caminó hacia la cama, sentándose en una de las orillas. Treize lo imitó.


- Es... difícil explicarlo.

- Vamos, haz un esfuerzo.- El mayor sintió un leve sobresalto. Tal vez era por lo ocurrido momentos antes... Tal vez estaba esforzándose por encontrar las palabras adecuadas para rechazarlo diplomáticamente, tal vez... Tuvo que reprimir su imaginación que empezaba a desbocarse, y le hizo saber que estaría bien, a pesar de lo que le dijera.- Sabré entender.


Miliardo le sonrió levemente, un tanto desanimado.


- Bueno... yo... Es que... no puedo evitar esto que siento...


Treize se puso alerta, escuchándolo con toda la atención posible.


- No comprendo... ¿Te sientes mal?

- Es... es algo que... no sé cómo explicarlo.- y de pronto tuvo la acertada decisión de no hablar de sus sentimientos hacia él. No era el momento, no era el tiempo. No después de que Treize lo había dejado en medio de algo importante, y que prácticamente, lo había hecho sentirse rechazado.

- Me estás asustando, Miliardo. ¿Qué sentimientos te atormentan esta vez?


El chico volteó con una leve sonrisa, ondeando su mano en un ademán despreocupado.


- En realidad es una tontería. Pensaba en las vacaciones, y en que no quiero ir a casa.


Treize respiró finalmente, al ver que era algo muy diferente a lo que se había imaginado. Sonrió con indulgencia, y trató de animarlo.


- ¿Por qué? Verás a tus padres, y recibirás muchos regalos, y...

- Ya lo se, pero de verdad, no quiero ir.

- ¿Por qué no quieres estar con tu familia?

- No creo que sea muy seguro ir allá. He visto mucha tensión, y… bueno, a veces tengo temor de que suceda algo grave.

.- ¡Oh, vamos! ¡No seas tan pesimista!- Treize sonrió aun más, mientras ponía su mano sobre el hombro del chico, tratando de animarlo.- Además, no creo que la gente de tu país se deje vencer por algún terrorista. Ya probaron la democracia, ya saborearon la paz poco más de dos años, y puedo asegurarte que no permitirán que así como así, llegue alguien y les arrebate todo lo que han logrado. No puede pasar, no lo creo.


Miliardo sonrió con esas palabras.


- O.K. Confiaré en eso. Sólo espero que las vacaciones terminen pronto.

- Esa es una extraña petición, amigo.

- Si, lo sé.- Miliardo se levantó de un salto, y lo jaló por un brazo.- ¡Dijiste que ya era tarde! ¡Deben estar esperándonos! ¡Anda, vámonos!

- Miliardo... - Treize casi tropezó por el sorpresivo movimiento del chico.- Si sigues jalándome así, uno de estos días te vas a quedar con mi brazo.

- ¡No seas exagerado! - Le sonrió mientras llegaban al pasillo. Ya ahí, su sonrisa se tornó traviesa.- ¡Y el último en llegar es un asno!- Y salió disparado, dejando al mayor ahí.

- Tramposo.- Treize sonrió una vez más, pensando en que jamás podría hacerle daño con su forma de comportarse, con sus propios sentimientos, pues antes de eso, prefería alejarse de él. Y al aceptar esa reflexión, sintió un leve dolor en su pecho. No era un dolor físico, era algo que ya conocía...


Se percató entonces que todo ese deseo, que todo ese anhelo de permanecer a su lado, no era más que por una razón que se había forjado en todos esos meses de estar con él... Era por la simple y poderosa razón de saber ahora que lo amaba...


------ Errores del pasado...

Treize continuaba en medio de esa lucha personal, buscando evitar sus emociones, su sentimentalismo, y su deseo hacia su amigo. Por desgracia para él, eso no había pasado desapercibido para la señora Darlian. Había sido cuidadoso hasta esa mañana y no imagino que un pequeño accidente en la cocina, cuando Relena tirara accidentalmente la taza con café hacia él debido a las prisas por alcanzar el autobús, le provocaría un nuevo dolor más adelante. Treize había dejado sus cosas en la mesita del desayunador para ir a cambiarse la ropa manchada de café, y al regresar por ellas, no se percató de no había metido a la mochila un libro, y éste quedaba relegado en la barra del desayunador.

La señora Darlian lo vio algunos minutos en que los tres chicos se habían ido ya, y lo tomó, saliendo a la calle, esperando encontrarlos. Sólo alcanzó a ver la parte trasera del autobús dando vuelta en una de las avenidas, alejándose del lugar. Regresó a la casa, y distraídamente abrió el libro, leyendo algo que había en las primeras páginas. Jamás se imaginó que se llevaría una amarga sorpresa, mientras sus ojos recorrían ya con avidez las líneas escritas en la perfecta caligrafía de Treize, páginas más adelante…

Atardecía en medio de un clima gris, precediendo la ya inminente época de nevadas, y hacía un poco de frío aun dentro de la casa.
Miliardo entró al armario, ocultándose perfectamente entre su ropa colgada, dispuesto a darle un juguetón sobresalto cuando llegara a su habitación. Se le había adelantado en las tareas que tenía, y había decidido divertirse un poco a costa de su amigo.

Treize regresaba del estudio con algunas libretas, después de haber tardado un poco más que los chicos en su trabajo, y comenzó a guardarlas en su mochila y en un cajón del secreter. Y la presencia de una persona llamó su atención hacia la puerta de la habitación.


- Señora Darlian, buenas noches.


Se extrañó al verla ahí, parada frente a él, observándolo gravemente. Él notó ese gesto, y supo que había ocurrido algo grave.


- Treize, tengo que hablar contigo de algo muy delicado.- Entró, cerrando la puerta con seguro, y se acercó algunos pasos a él. El joven dejó lo que hacía, volteando totalmente hacia ella, sintiéndose nervioso.


Y ninguno de los dos se dio cuenta que oculto en el armario, Miliardo escuchaba.


- Dígame, señora. Darlian.

- Había estado observando tu comportamiento en estos últimos meses, y me preguntaba el por qué no tienes amigos de tu edad, por qué SIEMPRE Miliardo y tú están juntos, y por qué, Treize, por qué has estado jugando con nosotros.


El chico se desconcertó, pero trató de mostrarse natural.


- N-no comprendo. Eh... me cuesta un poco de trabajo ser sociable, por eso no tengo muchos amigos.


Ella asintió, profundizando más aun su mirada en él.


- Curiosamente, Miliardo y tú hicieron muy buena amistad a pocos días de que llegaste a la ciudad.

- Fueron circunstancias especiales las que nos permitieron conocernos. No veo nada extraordinario en eso.

- De acuerdo. Pero dime. ¿Por qué desde que te conocemos, no has tenido alguna relación sentimental, por breve que esta fuera? ¿Por qué un muchacho de tu edad y tu carisma no tiene AMIGAS, o alguna chica que te agrade?


Él se sonrojó levemente, poniéndose también en guardia.


- ¿E-es forzoso hacer eso?- bajó la vista en un breve titubeo.- No he querido perder tiempo en una relación sentimental. No le veo conveniencia alguna…

- Digámoslo de esta forma: El empezar las amistades con chicas desde los 14 años es un patrón de comportamiento normal. Y lo que he visto es que a ti ese comportamiento pareciera incluso molestarte. Veo que no te interesa ese tipo de relación. Prefieres pasar todo tu tiempo con mi sobrino, y eso es lo que me preocupa.

- N-no entiendo…- Treize tartamudeó, asustado.- Señora Darlian, no he tenido interés en una relación sentimental porque no creo que sea el tiempo adecuado…

- ¿El tiempo, o la preferencia, jovencito?


// ¡Oh, Dios!… No otra vez... ¡No otra vez, por favor! //
El chico sintió que con esas palabras lo desnudaba totalmente. Todo su cuerpo se tensó, y un frío sudor comenzó a perlar su frente; quiso hablar, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para que su voz regresara a su garganta.


- …es - escuche…


Pero no lo hizo. Ella asestó el golpe de una forma cruel.


- Treize Khushrenada, sé lo que ocurrió en la Academia Militar de Liechtenstein. Sé del escándalo que protagonizaste con tu instructor, y sé el motivo por el que te expulsaron. Tengo familia en ese país, y gracias a Dios, esto trascendió de tal forma que he podido darme cuenta de la enorme mentira en la que nos metiste. Deja de ser un hipócrita.

Si la tierra se hubiese abierto para tragárselo, o un rayo hubiese caído sobre él en ese momento, Treize lo habría tomado como una enorme bendición, y lo hubiese agradecido sobremanera.
Pero nada de eso ocurrió, y supo que tendría que enfrentar nuevamente un juicio. Y no podía mentirle. Era como si él estuviese hecho de un clarísimo cristal que dejara ver todo su interior.
Y ahora… ¡Ella lo sabía!¡LO SABÍA!
Sintió entonces que le temblaban las piernas y las manos, reflejándose ese sentimiento en su mirada desconcertada.


- Voy a ser totalmente clara contigo. Soy quien tiene la tutela, la custodia y la responsabilidad sobre estos dos jovencitos. Por eso no puedo permitir que haya una situación así en esta casa.

- … Se - Señora Darlian…

- ¡¡Déjame terminar!!- El repentino levantar de la voz no sólo sobresaltó a Treize. Miliardo sentía la enorme tensión del ambiente, y saltó levemente al oír así a su tía.- Mi sobrino aun es un niño. Y reconozco que ha madurado más rápido de lo que yo pensaba. Por eso no quiero que tu influencia pueda significar una mala decisión para él.

- N-n-no ocurrirá… puedo asegurárselo… no v…

- Treize, debes irte de esta casa. No puedo permitir que mis sobrinos convivan con un homosexual. - Nada habría sido más devastador para él que esas palabras. Sintió como si lo hubiera abofeteado. Abrió la boca, jadeando levemente, y su expresión se tornó dolorosamente indescifrable. Sin embargo, ella continuó.- No puedo permitir que Miliardo decida imitarte en algún momento de su vida. No mientras esté a mi cargo.
Miliardo se cubrió la boca con ambas manos, acallando cualquier exclamación de sorpresa que esas palabras le ocasionaran.
Treize… homosexual…

-… p-pero…

- Tienes dos días para hacerlo, antes de que nos vayamos. Ah, a propósito…- sacó un sobre, y lo arrojó al secreter, junto con un libro. El joven sintió aun más fuerte esa impresión en su ánimo. Era su diario…- Te regreso el dinero que le habías entregado a mi esposo. Te será útil. Y esto que dejaste en la mañana en el desayunador.


Y dicho esto, se dio la vuelta, saliendo de la habitación, cuidando de dejar cerrado detrás de ella.

Treize no podía respirar bien, y sentía que las piernas no lo sostendrían por más tiempo. Se recargó en la pared, mareado, asfixiado por la angustia y ese conocido dolor en su pecho. Y lentamente, se arrastró por el muro hasta la puerta del balcón, como si buscara poder respirar saliendo de la habitación.

Una vez más…

Una vez más volvía a ser discriminado de manera cruel, y obligado a dejar todo, a renunciar a lo que ya había aprendido a amar, de forma abrupta.

Miliardo salió del armario, igualmente impactado. Volteó hacia la puerta, y decidido, fue a cerrarla también con seguro. Hecho esto, regresó al interior de la habitación.


- ¿Treize?- Lo buscó, llegando al balcón, y lo encontró sentado en el suelo, semioculto por la columnata de la barda. Estaba recargado contra la pared, con la vista perdida en la lejanía. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, y brillaban por el efecto de las lágrimas que difícilmente se esforzaba por detener. Khushrenada volteó un poco al escucharlo, pero sólo lo hizo un momento, en silencio. Regresó su vista hacia el exterior, hacia el cielo que se extendía en un manto teñido en tonos azules y rosáceos.- ¿Por qué no me lo dijiste?


Esa pregunta lo sorprendió. Volteó otra vez hacia él.


- Escuchaste lo que dijo...

- Eso no importa. Quiero saber por qué no me lo dijiste.

- Porque... no sabía como reaccionarías... y tenía miedo, Mili. Temí que al decírtelo me rechazarías, que llegarías a sentir repulsión y enojo... temí perder tu amistad... tenía miedo de perderte...

- ¿Miedo de perderme?


Treize cerró los ojos por un momento, y dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. El chico se hincó a su lado, observándolo.


- Cuando te conocí, acababa de pasar lo de la academia... - su voz salió en un triste murmullo.- Fui expulsado, por conducta inmoral y desacato a las sanas costumbres del lugar... junto con uno de los instructores. Tenía dos años de convivir con él, de verlo más como un amigo que como uno de los profesores que nos impartían clases en ese lugar, y poco a poco me di cuenta que no podía dejar de pensar en él... - le sonrió tristemente, agobiado por los recuerdos que eso le traía, sumado a lo que acababa de ocurrir.- Nos enamoramos, Mili. Pero nos echaron de ahí a pocos meses de haber empezado una relación. Mi madre fue quien propuso que se me enviara a esta escuela, más para evitar que Sven pudiera buscarme...

- Por eso estás aquí, por lo que pasó...

- Te vi por primera vez el mismo día que llegué, en un partido de rugby, y traté de alejarme de toda tentación de acercarme a ti; sin embargo, eso no fue posible. Conoces las circunstancias en las que nos conocimos. Y sinceramente, jamás creí que llegaría a suceder de nuevo. Jamás creí que me enamoraría de ti.


Miliardo parpadeó varias veces, sorprendido por esa confesión.


- ¿Enamorado, de mi? ¿Desde cuando, Treize? ¿Desde cuándo lo sabes?


El mayor volvió la vista al frente, rehuyendo la mirada de su amigo.


- No lo se... sólo sé que de pronto, al pensar que tal vez llegásemos a separarnos, sentí un enorme y doloroso vacío en mi pecho... y pude verlo claramente... Me sentía completo a tu lado; sentía que nada me hacía falta, porque respiraba el mismo aire que tú; me sentía vivo... Por eso no te lo dije. Porque no sabía... no tenía idea si me aceptarías o no. Y preferí vivir con sólo el consuelo de tu presencia, Miliardo, porque eso es suficiente para mí. Preferí vivir de esa forma para no volver a sufrir una separación... pero ahora...

- Treize... lo que dices... ese vacío... el dolor que se siente... ¿eso es amor?- Y el mayor volteó una vez más hacia él, expectante. ¿Acaso él también...?- Porque... hace unas semanas descubrí que siento de esa forma.


//...no...no...tú no...// Treize sintió que su corazón se contraía de dolor por esa repentina confesión. // No quiero que sufras esto...//


- Me siento solo cuando no estamos juntos, aunque esté en el colegio, con todos los compañeros. Y me desespero en los momentos en que no puedo escuchar tu voz. Y... puedo decirte que me siento feliz al verte, incluso cuando sólo estamos juntos, sin hablar...

- No digas eso... por favor Miliardo... - 


El mayor ocultó el rostro entre sus manos, y lloró por la amargura de saber que ahora también era motivo del sufrimiento de su pequeño.
Miliardo lo abrazó, acongojado, y acarició su cabello delicadamente, tratando de consolarlo.


- Si es así, Treize, entonces yo también me he enamorado de ti.- le separó las manos de su rostro, y en algún momento, el mayor sintió el leve roce de unos labios pequeños y frágiles sobre los suyos, y no pudo evitarlo por más tiempo.

Durante meses había resistido la tentación de acercarse demasiado a él, de tocarlo siquiera, precisamente porque no tenía idea alguna de que su dominio personal soportaría lo que su alma le gritaba, y no sabía si eso resultaría contraproducente, lastimándolos a ambos, destrozando incluso la amistad que llevaban… ahora lo tenía, pero sólo por un efímero momento. Y se decidió. Lo aprovecharía al máximo, hasta donde su propia conciencia se lo permitiera.
Treize abrazó también al chico de una manera diferente al gesto fraternal que usaba siempre con él; lo sujetó por los hombros, acariciándolo con ternura, entreabriendo sus labios para poder capturar los de Miliardo, mordisquearlos levemente, mientras que el chico se acomodaba sobre él, haciendo más estrecho ese abrazo, permitiendo que la experiencia del mayor trabajara ahora.
Miliardo sintió que la ansiedad y las sensaciones que vivía en ese momento lo desquiciarían.
Su primer beso…

Y lo estaba disfrutando terriblemente…sintiendo cómo el mayor acariciaba sus hombros, su espalda, subiendo a su nuca y enredando con delicadeza los dedos en su cabello, mientras exploraba su boca, acariciaba su lengua, y frotaba sus labios con los suyos prolongando ese placer elevado a cientos de veces más de lo que había soñado en sus fantasías…
… hasta que el temor de ir más allá de eso lo paralizó.
Treize sintió cuando su cuerpo se tensaba, y lo separó despacio de sí.


- N-no…

- Tranquilízate. No voy a forzarte a ir más allá de esto.- Le sonrió levemente, y lo abrazó, esta vez de forma protectora, sin dejar de acariciar su espalda.- Aun no estás preparado, y las circunstancias no son las mejores. Podemos esperar, Mili.

- Pero… no dejarán que estemos juntos… ellos no permitirán que volvamos a acercarnos…

- No estarán ahí para siempre. Podríamos vernos, aunque fuese sólo por breves momentos, en el colegio, o mientras tomas el autobús.- Treize suspiró un poco, pensando frenéticamente cómo alentarlo, cómo no decepcionarlo, y cómo convencerse a sí mismo de que podrían vencer todas las adversidades que ahora hacían imposible esa relación.- Tenemos una vida por delante, y yo estoy dispuesto a esperarte, así tenga que hacerlo cien años…

- Cien años... es mucho, Treize. Más aun... porque incluso cinco minutos lejos de ti se me hacen eternos...
A pesar de que todo el tiempo hubiese esperado esas palabras, su sonrisa se desvaneció. Pero supo fingir. Supo sobreponerse a ese sentimiento lacerante que ahora lo torturaba.

- Aun así, Mili… sólo piensa que siempre seré tuyo.


Miliardo lo observó en silencio por unos momentos, pensando en ello, y asintió, abrazándolo nuevamente, mientras cerraba los ojos y repetía suavemente sus palabras.


- Mío… Siempre mío…


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Heinenkel, Alemania.
Primera semana del año

Treize observaba la calle nevada en silencio, mientras el taxi que lo llevaba a la estación del ferrocarril circulaba lentamente por la avenida principal. Regresaba a Austria, y lo hacía dos días antes de volver al colegio para encontrar en dónde se alojaría ahora que no tenía un lugar a dónde llegar.
Recordaba con cierta tristeza la manera en que habían sucedido las cosas en la casa de la familia Darlian varias semanas atrás, mas también se ocupaba en pensar las maneras estratégicas en que lograría tener contacto con Miliardo ya que regresaran ambos al colegio.
Había recibido una clandestina llamada del chico la víspera de Navidad, y ambos se habían jurado nuevamente amor y fidelidad en los pocos minutos que tuvieron para hablar. Y aunque eso le había ayudado a levantar sus ánimos, también le hacía recordar amargamente que ahora serían como criminales, ocultándose de la vista de los demás para poder verse.

No había muchas personas en la estación a esa hora, y el frío arreciaba.
Abordó el tren sintiendo que todo era irreal, que los días después de esa llamada habían pasado sin incentivo alguno, y que la realidad que ahora le esperaba, con más obstáculos que antes, le arrebataban el ánimo para continuar con sus estudios, sus planes, e incluso su vida.
Mientras buscaba el compartimiento que le correspondía, un oscuro pensamiento atenazó su corazón.
Miliardo estaba destinado entonces a sufrir, y todo por él...

Sacudió un poco la cabeza, pensando entonces que si las circunstancias lo convertían en la persona que haría desdichado a quien amaba, se esforzaría para evitarlo a toda costa. No importaba contra qué o quienes debiera pelear, no importaba...
Porque tenía que sobreponerse a todo... Por él, debía hacerlo.
No permitiría que la sociedad lo tratara como a él lo había tratado.
No permitiría que su familia lo rechazara, asesinando sus expectativas personales, su dignidad.
Pelearía para que Miliardo fuera feliz, aunque eso representara que todos los golpes, los ataques, los desasosiegos los tuviera qué cargar él.
Porque lo más importante para él no era ya su propia vida, lo más importante para él había cambiado, y todo, por amor...

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Madrugada en los valles Austriacos
Expresso a Vienna

Durante el recorrido en tren, un recurrente sueño no lo dejó descansar.
Podía ver cada vez que cerraba los ojos, que su amigo lo observaba, de pié, envuelto en una obscuridad total, escalofriante, y él no podía alcanzarlo.
Se vio a sí mismo atrapado en una especie de charco, espeso y asfixiante, y en algún momento, Miliardo desaparecía de su vista.
Totalmente desgastado, estuvo analizándolo mientras el expreso atravesaba algunas ciudades pequeñas, pero no supo descifrarlo, ni tampoco encontrar la respuesta al sentimiento agobiante que lo envolvía después de que ese sueño robara su tranquilidad.

El ligero resplandor del alba se dejó ver por el horizonte, dibujando la silueta de Vienna a lo lejos. Y agradeció al cielo que había tomado la sabia decisión de llegar días antes, incluso para aprovechar algo de ese tiempo para recuperarse.
Durmió veinticinco minutos, y fue despertado por el alboroto de los pasajeros al prepararse para llegar a la estación.
Se despabiló rápidamente, preparándose también para salir del compartimiento, tomando su equipaje e integrándose al flujo de personas que se acercaban a las puertas del tren.
Caminó unos metros por el andén hacia el recinto principal, cuando la voz fresca y joven de una chica llamó su atención.


- ¡¡Treize!! ¡¡Treize Khushrenada!!


Volteó, tratando de ubicarla, y al descubrirla, sonrió agradecido por ver un rostro familiar que le llamaba con jovial insistencia.


- Leia...

- ¡Treize! ¿Qué haces aquí?- La chica lo abrazo, feliz de verlo, contagiándolo de su entusiasmo.

- Acabo de llegar. Vengo de Alemania, de la casa de mis padres.

- ¡Mira, qué coincidencia!- Volteó señalando con su dedo a un grupo de personas, adultos y jóvenes, todos con maletas y equipos de ski.- Nosotros también estamos apenas dejando el tren. Nos fuimos a pasar la navidad en las montañas.- Haciendo gala de una alegre coquetería, lo llevó hasta donde estaba su familia, conversando con él mientras caminaban abrazados, él pasando un brazo sobre sus hombros, y ella, por la espalda del chico.- Creo que te habría encantado ir con nosotros.

- Tal vez los acompañe en este año.- Volteó con ella, y no se percató de que su sonrisa mostraba fatiga... una enorme fatiga anímica.
Al verlo, ella se alarmó un poco.

- Te veo cansado. ¿Tan ajetreados fueron para ti estos días?

- No podría llamarles ajetreados... lo que pasa es que no pude dormir en el tren.

- Ah, bueno. Eso es comprensible. Tanto ruido, y más si no estás acostumbrado. Pero ya estás aquí, en casa, y tendrás oportunidad de descansar.- Sin embargo, Leia descubrió que lo que acababa de decirle no lo animaba en lo absoluto. Por el contrario, esta vez, sus ojos mostraron un leve rastro de tristeza. Lo hizo detenerse y voltear con ella, mientras observaba su mirada.- Treize, no es cansancio. ¿Qué te ocurre?


El chico suspiró, recordando que la honestidad de su mirada algunas veces ocasionaba situaciones como esas. Pero era la única persona que conocía su condición, y la única también que no lo había rechazado. Así que decidió confiar en ella.

- Oh, bueno. Tengo que buscar una casa de asistencia. No voy a regresar a casa de los Darlian.

- ¿Por qué?

- La tía de Miliardo se dio cuenta de lo que soy, y me pidió que no regresara.

- ¡Ay, Treize! De verdad que es terrible.- Su pesar fue totalmente sincero. No podía negar que le atraía demasiado, pero al saber que nunca lograría conquistarlo, había decidido tenerlo como amigo, no perderlo por su calidad personal, y cultivar su amistad con él en forma genuina.- Pero debe haber alguna solución rápida...


Treize asintió, estrechándola cariñosamente.


- Gracias por preocuparte, Leia. Ya había pasado por un tiempo de búsqueda, así que no me es desconocido esto.

- Ah, no es nada. Oye, a propósito. Quiero que conozcas a mi familia.

- Pero...

- Nada, anda. Ya te habías escapado mucho tiempo. Ven.


Y decidió seguirla sin objetar nada más.
Al llegar al grupo, Leia lo presentó a todos sus familiares, mientras su hermano parloteaba también acerca de que era un guardespaldas, contando la anécdota que Miliardo les dijera. Treize sonrió al escucharlo, olvidando momentáneamente lo que tendría que afrontar al dejarlos, y permitió que lo secuestraran ese día, invitándolo a desayunar con ellos, mientras le mostraban las fotografías de los días que habían pasado en el hotel de los Alpes.
Dekim Barton, padre de Leia lo hizo sentarse junto a los adultos, conversando animadamente con él, pero al mismo tiempo, viéndolo como un posible prospecto para Leia.


- ¿Así que eres parte de la Armería Alemana Oz?

- Bueno... por herencia familiar, digamos que si.

- Es una empresa próspera, a lo que he sabido.

- Si, es cierto. Pero no estoy muy de acuerdo en seguir con ese giro. Pienso estudiar ingeniería civil o mecánica para dedicarme a otra área. No me agrada pensar que continuaré en la producción de armas.


Algunos adultos sólo asintieron, otros 
sólo se observaron entre sí. Al parecer, no todos estaban de acuerdo en la idea de una sociedad desarmada.


- ¿Cuánto tiempo te falta entonces para la universidad?- Uno de los tíos de Leia, de la familia Une, sintió mayor simpatía por el muchacho al oír eso.- Imagino que la cursarás en Alemania.

- Si, así es. Aquí solo estoy terminando el preuniversitario. Leia y yo casi somos compañeros en el colegio.

- Si, lo imagino. Entonces regresas con bastante tiempo para arreglar tus cosas.

- mmm... algo así. Tengo que encontrar primero una casa de asistencia.


Al saber que por el momento no tenía lugar dónde alojarse, le ofreció un pequeño apartamento, aprovechando el ático de la casa familiar, que por años no se había usado.


- Treize, tenemos un espacio sin utilizar que lo convertimos en departamento. Eh, bueno, no es un departamento en forma, pero es totalmente independiente de la casa, y cuenta con casi todas las comodidades, sólo que en pequeña escala. ¿te interesaría verlo?


- ¡Por supuesto! Se lo agradecería enormemente.- Treize supo que era como una respuesta a sus oraciones. Un lugar privado, en donde podría incluso recibir a su amigo sin ser interrumpidos, fuera del alcance de miradas extrañas...

- Bien, podríamos ir a verlo hoy mismo, si no tienes otra cosa por hacer

- No, ninguna. Precisamente pensaba dedicar estos dos días a buscar alguna casa de asistencia.- Le sonrió a la jovencita que escuchaba la conversación atentamente, fascinada por el carisma y la personalidad de Treize, magnificadas por la forma como Leia se los mostraba.

- No se diga más.- Une sonrió a su hija también, y volteó otra vez con Treize.- Iremos en cuanto nos vayamos de aquí. Así podrás aprovechar para ver otras opciones, y decidir sin presión.


El chico sonrió ampliamente, agradecido. Y su mirada se encontró también con la de Leia, que le sonreía en forma confidencial. Treize se percató entonces que en ella tenía una gran amiga, una fiel aliada. Sabía que ella se había dado cuenta que lo que había hecho por él había funcionado, y su cariño hacia la chica aumentó.

Treize entró detrás del señor Une, admirando el lugar. Casi en el momento que lo vio supo que se quedaría ahí. Era pequeño, cierto, pero muy acogedor, más aun por estar con personas que no lo habían rechazado, que mostraban su calidad humana a pesar de que había sido franco respecto a su preferencia, y más todavía, porque le ofrecían una amistad incondicional.


- Bien, muchacho. Te dejo un momento. Tómate tu tiempo, sabes que no nos urge que decidas ahora.

- Si, señor. Gracias.


Recorrió el lugar despacio, haciendo planes incluso del acomodo que le daría a sus cosas, y revisó cada mueble que había en el lugar, que aunque algo antiguos, igualmente eran bastante acogedores. Sonrió al pensar que el desembolso económico no sería ningún problema, pues su padre no resentía nada de eso. Así que después de veinte minutos, bajó, totalmente decidido. Leia había ido con ellos, acompañando a Treize, y lo esperaba igualmente emocionada. Le agradaba la idea de que su familia pudiera ser de ayuda para él, especialmente en esos momentos que tanto apoyo necesitaba.


- Tío, aquí viene.- Señaló la joven al ver a Treize por la ventana de la cocina, cuando bajaba por la escalera exterior que le daba esa independencia al departamento. El matrimonio Une estaba ahí, esperándolo también.- ¿Y bien? ¿Te gustó?

- Es perfecto.- Sonrió a la chica mientras cerraba la puerta de entrada. 


Su mirada había cambiado radicalmente, y sentía un peso menos sobre de él. Volteó con el tío de Leia, sin quitar esa sonrisa de su rostro.- Señor Une, ¿podríamos ver las condiciones de pago y lo necesario para arreglar lo del alquiler?


- ¿No te interesa tomar otras opciones?

- No. Había imaginado algo como esto mientras venía en el tren. Es perfecto para mi.

- De acuerdo.- Leia, su tío y Treize se sentaron en la mesa que había en medio de la estancia, dispuestos a ver lo del contrato.- En ese caso, adelante.

- Gracias, Tío.- Leia le sonrió a su pariente, y se arrellanó en la silla; se veía muy feliz.


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Desde ese día, Leia consideró a Treize como parte de su familia, y comenzó a frecuentarlo, aunque sabía que no lograría nada más que la amistad que llevaban.
Miliardo se sorprendió al saber lo ocurrido mientras él y su familia estaban fuera de Vienna. Y aunque sintió algo de celos, se alegró también por Treize, y apreció aun más la amistad de Leia con ellos.

Los meses pasaron en relativa tranquilidad, mientras Treize se preparaba para los exámenes de selección universitarios.
Miliardo lo visitaba algunas ocasiones, alegando que estaría en casa de Leia y Trowa, estudiando. Y en cada ocasión que estaban juntos, Treize no perdía oportunidad para adiestrarlo en el arte de la seducción, preparándolo poco a poco para el momento adecuado, cuando el chico alcanzara la mayoría de edad, y no se considerara un crimen el poder demostrarse mutuamente el amor que sentían el uno por el otro.

Faltaban algunas semanas para terminar el periodo escolar, y algunos días para la fecha de la celebración de liberación de Cracovia. Era una fecha importante para los Darlian, y Miliardo y Relena deberían regresar a su país para esa celebración. Sin embargo, la cercanía de esa fecha representaba algo más que una breve separación para el rubio. Algo más que lo llenaba de una oscura ansiedad, manteniéndolo en un constante estado de sobresalto, aunque se esforzara por negarlo.

Un día antes de irse, Miliardo había ido con Treize para despedirse de él. Pero no había podido ocultar su estado de ánimo.
Permanecía frente a la ventana, silencioso, observando melancólicamente hacia los edificios de enfrente y la bulliciosa calle bajo ellos.
Treize dejó los dos vasos con agua en el escritorio cercano, y se le acercó, parándose detrás de él y envolviéndolo en un cálido abrazo. Pasó los brazos sobre su pecho mientras descansaba sus labios sobre la delicada y nívea piel del cuello del chico, besándolo tiernamente con movimientos muy leves.
Sin embargo, eso causó un leve sobresalto en Miliardo, no el estremecimiento placentero que el mayor esperaba.


- Mili…- Subió un poco su rostro hasta alcanzar su oído, y acariciándolo con la punta de la nariz, quiso saber qué había provocado esa reacción.- Veo que estás algo tenso, nervioso. ¿Pasa algo?

- No… no.- Su mirada continuaba en el exterior, y su respuesta fue evasiva.- Solo… pensaba…


Treize se separó un poco de él para permitir el movimiento de quedar a su lado y poder ver su expresión.


- Tú no te quedas en la liviandad del "sólo pensaba". Acostumbras razonar, agonizas en medio de tus deducciones. Dime qué es lo que te perturba, no me dejes ahogarme en la duda, por favor.
Miliardo suspiró, y volteó también hacia él, con una leve sonrisa.

- No puedo dejar de pensar en mi país, Treize. Pero no en que quiero regresar para ver a mis padres, a mi familia… Pienso en ese lugar con nerviosismo, me siento aterrado sólo por el hecho de que tengo que ir ahí, y no entiendo por qué…


Treize lo observaba detalladamente. Pudo darse cuenta que una finísima línea surcaba la frente del chico, y una sombra de algo que no supo definir entre tristeza y temor opacaba su mirada celeste. Y se sintió culpable al ver que eso tenía tiempo de estar ocurriendo, que no era algo nuevo, y él no le había dado importancia.


- Mili, escucha.- Deshizo el abrazo, pero no lo soltó. Jalándolo con suavidad lo llevó al sillón más grande, haciéndolo sentar a su lado.- Sé que no podemos controlar muchos acontecimientos, que hay cosas que se escapan de nuestras manos, de nuestra vista, más aun cuando estas cosas son manejadas en el medio de los adultos. No te corresponde preocuparte por algo que tu padre y la gente que está de su lado lo tienen totalmente contemplado. Confía en tu gente, en que no permitirán que pase algo.

- Pero, ¿y si de verdad sucede…?

- Entonces nada de eso sería culpa tuya, o de tu familia… - Treize sintió que su corazón punzaba dolorosamente al escucharlo, y de pronto, el sueño que tuviera en el tren, el día que regresaba de Alemania se presentó nuevamente. Y ese sentimiento oscuro y de desesperanza lo golpeó inmisericorde. Pero debía mantenerse firme delante de Miliardo, debía ser apoyo para él, incluso en esos momentos de duda.- Lo que restaría entonces, mi niño, es hacer frente a cualquier adversidad que se presente, recordando que debes ser parte de la esperanza de las personas, parte de aquellos que no se van a dejar vencer por esas adversidades y problemas.


Por varios segundos, ambos guardaron silencio, pensativos. Treize buscó entonces su mirada, y subiendo una mano hasta la mejilla del chico, lo acarició tiernamente.
Miliardo se abrazó a él con fuerza, buscando su seguridad, odiando las circunstancias que lo obligaban a alejarse de ese cálido y protector refugio que el mayor le otorgaba.


- Treize… abrázame. Tengo miedo…
Y Treize lo abrazó estrechamente, acunándolo en su pecho, sintiendo ese dolor como propio, a la vez también de esa impotencia de no poder hacer algo más por el chico.

- Tranquilo, Mili. Aquí estoy…- Lo besó en la frente mientras acariciaba sus brazos y hombros.- Y estaré pendiente de todo lo que ocurra en tu país. Tal vez no pueda estar cerca de ti físicamente, pero te tendré presente en mis oraciones, cada minuto de cada día, cada vez que respire. Te lo prometo, mi amado; por mi vida te prometo que así será.


Miliardo se acurrucó aun más en él, y atrapó su boca con avidez, tratando de llenarse de esperanza, y del sentimiento que Treize le infundía. Y el mayor no se lo negó. Sabía que lo necesitaba, que era lo que lo mantendría vivo, lo que le permitiría permanecer de pié en medio de su temor. Pensó por un momento en que era un error permitirlo, pero fue sólo por un momento, desapareciendo esa idea rápidamente al contacto de la lengua del chico con su paladar, con sus labios…

Dejó que Miliardo lo empujara en el sillón, quedando ambos semiacostados, y permitió que lo explorara con todos sus sentidos, sin llegar a tocarlo él debido a la restricción legal que aun pesaba sobre su relación... pero no podría imaginar que eso se volvería una terrible lucha en pocos minutos.
El rubio le abrió la camisa con ansiedad, casi arrancando los botones. Y se le encimó totalmente, buscando sentir cada parte de su cuerpo que sabría, Treize no lo dejaría hacer conscientemente.


- Mili, espera, no podemos… ¡ah! Si… - jadeó al sentir la lengua tibia del chico jugando alrededor de una tetilla, mordisqueándola, mientras sus dedos finos acariciaban su torso, recorriendo cada línea que se dibujaba de los músculos abdominales.- M-Mili… espera…

- No esta vez…- Susurró en medio de su propio éxtasis, saboreando cada centímetro de la piel de Treize, aspirando el perfume que su cuerpo emanaba, y bajando cada vez más hacia la zona en que su dominio personal amenazaba con esfumarse totalmente.- Mío... y te deseo...


Treize intentó detenerlo, buscando sujetar su cabeza, pero el extraordinario sentimiento que la lengua del rubio le proporcionaba no lo permitió. Sólo enredó sus dedos en el sedoso cabello de Miliardo, y lo acarició delicadamente, mientras sentía que el chico desabrochaba su pantalón. Escuchó su respiración entrecortada, y volteó un poco hacia abajo. Pudo ver que un intenso rubor cubría las mejillas del adolescente, dándole un aspecto sensual y hermoso…

//... Tan hermoso... tan delicado... tan... //- Ah... mmmhh....- // ...¿pervertido?//


Un gutural gemido escapó de la garganta del mayor al sentir que la caricia tibia de los dedos de Miliardo en él, en su parte más vulnerable, lo hacía cobrar vida. Se incorporó un poco cuando el chico intentó desnudarlo totalmente, y lo detuvo, sujetándolo por los brazos.


- ...No...- su voz salió enronquecida, producto también de su respiración acelerada.- No puedo hacerlo... aun eres menor de edad...

- Pero yo quiero, Treize...- la protesta de Miliardo fue entre enérgica y desesperada.- No vas a dejarme así... sé que también tú lo deseas...

- Miliardo, escúchame...- Treize lo estrechó una vez más contra su pecho desnudo, acariciándolo con algo de brusquedad. Le estaba costando mucho el poder detenerse.- No voy a dejar que ambos cometamos un error; No puedo tocarte como quisiera, pero tú si, y tendrás que seguirme.


Miliardo lo observó, desconcertado y con desilusión en su mirada. Pero era verdad. Exponía a su amigo si se dejaba arrastrar por ese sentimiento.


- De acuerdo.


Treize lo besó entonces, dejándose llevar por sus propios sentimientos, enloqueciendo al chico con esa caricia que inundaba su boca, sus sentidos. Lo sintió estremecerse de placer cuando sus manos alcanzaron los botones de su camisa y los desabrocharon rápida y cuidadosamente, dejando su pecho blanco y terso al descubierto; y ese temblor se hizo más

Intenso cuando las manos de Treize lo recorrieron ávidamente, no sólo trazando senderos imaginarios en su pecho, en su vientre, sino alcanzando su espalda; subiendo y bajando a lo largo de ella, hasta el borde de su pantalón ya desabrochado también. Bajó entonces su pantalón y su trusa, casi sin permitir que sus dedos se posaran en su piel, pero eso sólo provocó mayor ansiedad en el adolescente. Casi sin darse cuenta, ambos quedaron desnudos en medio de caricias propiciadas con delicadeza y besos apasionados.

Y un nuevo juego comenzó...
Un juego diferente, en el que el mayor lo hizo alcanzar el éxtasis sólo con la sombra de un leve roce en su piel, de una caricia originada en su aliento mientras recorría las sinuosas curvas de su cadera, de los delicados pliegues de su virilidad, de la tierna piel del interior de sus muslos... Era un delicioso juego en el que la imaginación tomaba parte importante. Tomó las manos del chico y las dirigió a su propio miembro, haciendo que se masturbara, siendo dirigido por él. Podía sentir la forma de su amado a través de sus dedos, del vaivén que lo conducía a los límites de su resistencia...


- ¡Oh... Treize...!- Lo besó profundamente mientras sentía que el éxtasis humedecía sus manos, y el movimiento del vientre del chico le indicaba con ligeros espasmos que el placer alcanzado había sido inigualable.


Y sin querer evitarlo, él mismo llegó también a ese límite, motivado por ese sentimiento y la experiencia de su pequeño...

Miliardo despertó en brazos de Treize, poco antes de las nueve de la noche, ambos desnudos, entregados a la cálida experiencia de sentirse mutuamente; piel con piel, aspirando cada uno el aroma del otro, y perdiéndose en esa plácida sensación que los cobijaba en medio de su abrazo. Se habían quedado dormidos después de la intensidad del juego, hablando quedamente, entre besos y caricias que decían aun más que las palabras.
Pero tristemente había llegdo el momento en que debían regresar a la realidad.


- Treize…- Susurró en su oído, despertándolo también.- Debo irme.

- Oh, Dios…- La voz de Treize reflejaba cierta tristeza.- Cuánto odio las despedidas…

- Serán sólo unos días… y volveremos a vernos con más ánimo…

- Lo sé…- Besó varias veces los párpados cerrados del adolescente en forma dulce, y acarició su espalda.- Estos días serán como un purgatorio para mi… sin tenerte cerca… sin poder verte hasta que regreses…

- Te amo…


Treize sonrió, abriendo un poco sus ojos, contemplándolo, deseando grabar en su memoria cada rasgo, cada línea de su rostro.


- Yo también te amo.- susurró mientras lo estrechaba una vez más, cubriéndolo con su tacto, con sus besos...


Finalmente, se levantaron apesadumbrados. Mientras se vestían, Treize acariciaba ocasionalmente al chico, jugando también para evitar alguna presión que pudiera empañar esos momentos en que ambos viviesen la velocidad de la pasión desencadenada por sus jóvenes corazones, alimentada por el sentimiento mutuo, muy a pesar de que la entrega física no fuera total.
Y aunque Treize se repitiera una y otra vez que había sido extraordinario, que lo había disfrutado tanto, sabía que no era suficiente... ni para él, ni para su rubio amado...

Jamás sería suficiente...

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Me arriesgo, pero es lo que hace que esta vida valga la pena. ^_^

e-milio elivaz@yahoo.com

Para los tomatazos, abucheos y demás. Muy bien recibidos.