por Van Krausser

 

VP Capítulo 18

 

Esta es una de las partes que más trabajo me ha costado reproducir.
Hace años, la historia tenía final, aunque faltaba una buena parte del desarrollo intermedio. Sin embargo, un temible y malvado BICHO entró a mi sistema, destrozó mis archivos y me dejó con los últimos capítulos de VP perdidos en el limbo de los archivos infectados, perdidos y nunca recuperados.
Me deprimí de una manera poco creativa, como podrán imaginar, y desde entonces, la historia se ha retrasado mucho más de lo que esperaba. En especial, porque al tratar de re-escribir esta parte, no podía encontrar el punto exacto que deseaba darle a la acción de cada personaje. Pienso que es la maldición de los escritores con musos caprichosos e infra perfeccionistas y volubles y … y…. Uy….  En fin.
Pues bien, mi enorme cariño por los protagonistas de la historia fue desplazándose a la tierra del letargo y del olvido. Por desgracia, no lo evité, y el hilo de la historia se me fue de las manos.
Pero, consciente de que les debo mucho a quienes fielmente seguían esta historia, estoy haciendo un enorme esfuerzo para volver a ella, a los acontecimientos, a desempolvar los recuerdos que me motivaron a crear este Alter Universo, y darle un seguimiento digno para finalizarla.
No tengo aun muy claro el final-final, tal como estaba en el escrito original, pero he pensado mucho en la variante de un final no-tan-feliz, seguido de un posible epílogo. Aun no lo sé. Todo depende de cuánto me aporree también mi vida laboral y familiar, que a últimas fechas, se ha vuelto tan demandante, que de verdad, he pensado en divorciarme de ella… o sea, de mi vida. XDD
En fin, no es lugar para quejas ni desahogos. Sólo deseaba poner el compromiso por escrito, y dar una enorme disculpa a quienes aun no pierden las esperanzas de ver cómo acaba nuestra historia.  
Soltado el discurso estilo ‘American Dream’, los dejo con el siguiente capítulo, que espero, sea el penúltimo. Tampoco lo sé a ciencia cierta.
En fin.

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Vestíbulo principal del Best Western Hotel Olympia
Sede BMW-Williams.
Imola, Italia.
Viernes, 8:30 AM.

Zechs se escabulló entre los grupos de turistas y personal de la BMW-Williams, unos esperando turno para sus registros, otros encaminándose hacia el salón comedor, dispuestos a tomar un frugal desayuno antes de salir hacia las instalaciones deportivas.
Creyéndose oculto por una columna y una pequeña multitud, buscó a Treize en el interior del recinto. Concentrado como estaba en su búsqueda, no se percató que alguien se detenía a un lado de él.
—¡Zechs!
Marquise se sobresaltó visiblemente, volteando con los ojos muy abiertos y la sorpresa reflejada incluso en la máscara.
—¡Por todos los cielos, Wufei! ¡Me asustaste!
—Si, me di cuenta —dijo el joven oriental con sorna, cruzándose de brazos mientras una leve sonrisa asomaba en su rostro—. Pareces un espía de Ferrari, escondiéndote entre las columnas.
Zechs se mostró ofendido, pero no abandonó su sitio. Tampoco se fijó que Chang vestía el overol del equipo.
—¡Já-já! Graciosito. Estoy buscando a Treize. ¿Lo has visto?
—Uhm… no. Creo que aun está en su habitación. ¿Para qué lo quieres?
Sin querer dar explicaciones, Zechs caminó deprisa hacia la zona de los elevadores, dejando a Wufei Chang con la palabra en la boca. Tenía que hablar con él antes de que se reuniera con el equipo, y persuadirlo que abandonara la carrera.
Al llegar ahí, oprimió el botón frente a sí, sin prestar mucha atención a los contadores que señalaban la posición de los dos cubos. Pensaba frenético, tratando de armar alguna explicación creíble, pues sabía que Khushrenada no accedería tan fácilmente a dejar la competencia sólo por unas sospechas sin mucho fundamento. Entonces, al oír el breve sonido que anunciaba la llegada de uno de los elevadores, levantó la vista, encontrándose desprevenido ante la imponente figura enfundada en el overol blanco y azul, y la mirada penetrante y firme del Káiser.
—¿Zechs? ¿Qué estás haciendo aquí?
Por un momento, su mente quedó en blanco. Hasta que descubrió a dos personas más que acompañaban a Treize. Quatre y Trowa, vestidos también con el overol del equipo, lo veían extrañados. Reaccionó de manera intempestiva, entrando al cubo del elevador en dos enormes pasos.
—¡Tengo qué hablar contigo! ¡En privado! ¡Es urgente!
Trowa lo vio con desconfianza, entrecerrando un poco los ojos. Algo le decía que tendrían problemas. Sin embargo, Quatre lo jaló por un brazo, obligándolo a salir.
—Vamos, Trowa. Zechs dijo que en privado.
Sonrió de manera cómplice al voltear hacia el rubio, mientras Trowa se pateó mentalmente al comprender que Quatre lo hacía creyendo que sería por motivos románticos. Intentó quedarse, pero fue sacado del elevador a empujones.
—Quatre, no…
—¡Pri-va-do, Trowa! ¡Anda, salgamos de aquí!
Al quedar solos, Zechs volteó hacia el tablero del ascensor y oprimió un botón, dejando que el elevador iniciara su marcha hacia arriba, y si era posible, sin interrupciones.
—¿Qué haces? —Le recriminó Treize—. Pudimos haber salido al vestíbulo, o alguno de los corredores laterales. Casi nunca hay personas ahí.
Marquise lo hizo guardar silencio al plantársele a pocos centímetros, viéndolo con una expresión indefinible.
—Treize, esto que voy a decirte es muy delicado.
Su tono de voz lo alertó, obligándolo a prestarle toda la atención posible.
—¿Se trata de las notas?
—S-si… En parte. Mira, no pudimos llegar a nada concreto —inició con cierto sentimiento de frustración—. Es como si todos se pusieran de acuerdo para cometer una fechoría, y nadie habla contra nadie dentro de esa mafia. Afortunadamente, supimos por uno de los técnicos que intentarán sabotear el prototipo que correrás, o tal vez todos los monoplazas de la compañía. No lo sabemos aun —Treize asintió, escuchándolo con gesto serio. Eso animó al otro a continuar hablando—; sin embargo, Noin y yo creemos que no sólo intentarán detenerlos así.
Esta vez, el mayor enarcó las cejas con cierto enfado.
—¿Qué significa eso? ¿No piensan conformarse sólo con tratar de echarnos a perder el equipo?
—Esta gente es de cuidado. Quien nos habló de esto, aseguró que no se detendrán si sus planes originales llegasen a fallar. Temo que puedas estar en un grave peligro. Incluso temo también por Otto, o cualquiera que pudiese estar cerca de ti dentro del equipo.
—No comprendo, Zechs.
El rubio cerró los ojos, ordenando sus pensamientos. Estaba por llegar al punto crítico. Abrió los ojos nuevamente, fijando su mirada en la del otro piloto.
—Estoy hablando de acciones peligrosas, Treize. Asesinato, tal vez. No lo sé.
—¿Qué…? —Khushrenada parpadeó, sorprendido por sus palabras. No quiso creerlo en ese momento—. No, no. Lo que me dices es irracional.
—Pero Treize…
—¡Zechs, es absurdo! ¿Cómo puede ser posible que lleguen a cometer un crimen de esa magnitud, sólo por una tonta carrera de autos? ¡Es ilógico, imposible!
—¡No conoces a esta gente! ¡Son capaces de vender a sus madres por lograr sus objetivos! ¡Fueron capaces de levantar una millonaria demanda en tu contra por nada, y de amenazarme a mí por defenderte! ¡Además, deberías saber que hay muchos intereses invertidos en esa “tonta” carrera! ¡Por favor, créeme!
Guardaron silencio, exaltados y desconcertados. Zechs se percató de que se habían alejado sin ser concientes de eso; cada uno casi recargado en una esquina del cubo del ascensor, distanciándose. Khushrenada volvió a hablar, interrumpiendo esa reflexión.
—Bien, supongamos que intentarán todo eso y más. ¿Qué podemos hacer?
Zechs tomó aire, sintiendo que el mundo entero se le venía encima. Era el momento de hablar, y tendría qué poner todo sobre la mesa; debía hacerle entender que habían tomado una decisión por ellos, por su seguridad.
Tenía qué decírselo. YA.
—La única posibilidad que tienen de estar a salvo —sentenció, dejando escapar todo el aire que retenía en sus pulmones, casi de un golpe—, es que BMW-Williams abandone la carrera.
Tuvo la sensación de que el aire a su alrededor se solidificaba, a tal grado, que incluso el tiempo se detenía. Vio a la perfección el cambio en las facciones de Khushrenada conforme asimilaba sus palabras: del enfado a la sorpresa absoluta, y de esta, a la indignación. No pudo obligar siquiera a sus pulmones para que éstos volvieran a funcionar, hasta que escuchó su voz modulada, pero en un tono que le hizo sentir escalofríos, cerca de su rostro. Muy cerca.
—¿Qué dices? —Treize había soltado la maleta deportiva que llevaba, bajando los brazos a sus costados con los puños crispados—. ¿Que abandonemos la carrera? ¿Tienes idea de lo que estás diciendo?
Aunque imperceptible, un creciente temblor corporal hizo presa de Marquise. Debía seguir, debía convencerlo.
—E-es la única forma…
—¡No! —Se volvió a su esquina, negando con vigorosos movimientos de su cabeza, tratando de hallarle alguna lógica a lo que estaba escuchando—. ¡No es la única forma! ¡No vamos a abandonar la carrera por una amenaza sin fundamento!
Zechs jadeó al escucharlo. ¿Acaso estaba subestimando la situación? ¿De verdad, estaba negándose a la seguridad de sus amigos, y a la suya propia, por un título? ¿Realmente, este hombre era Treize Khushrenada?
Aun sin dar crédito a sus palabras, se arriesgó otra vez, haciendo una nueva propuesta.
—¡Treize, escúchame! Ellos se consideraban los absolutos ganadores de este torneo. Tu reincorporación a Williams como piloto titular es una amenaza para sus planes. Tal vez podamos evitar un daño mayor, pero supondría el mismo sacrificio para ti.
—¿El mismo sacrificio? ¿Insinúas que estos tipos no actuarían si solo yo abandono la carrera?
Un pesado silencio se hizo entre ellos, al tiempo que el aviso musical del elevador anunciaba la llegada al último piso señalado en el tablero. Treize permaneció firme, con la mirada fija en la del otro piloto mientras las puertas automáticas se abrían y cerraban ante un pasillo desierto. 
“Me va a odiar… me va a odiar…”
La leve sensación de vértigo al iniciar el descenso se acrecentó en Marquise debido al nerviosismo. Sin embargo, a pesar de que sentía que temblaba, Zechs asintió con un único y muy lento movimiento de su cabeza, intentando detener el caos que había en sus pensamientos al hacerlo.
Treize bajó la vista al piso, como si estuviese considerando esa propuesta, mientras Marquise lo observaba con angustia.
Pasó un eterno minuto, mismo en el que continuaron descendiendo sin interrupción hasta tres pisos antes de llegar al vestíbulo del hotel. Zechs trató de hablar, pero Khushrenada lo interrumpió.
—Treize…
—No quiero escucharte.
—Pero…
—¡No, Zechs! No quiero oír una palabra más de esto.
Antes de que pudiese replicar, el aviso musical del elevador se dejó escuchar nuevamente, abriendo la puerta ante una pareja de ancianos y un joven, quienes subieron al cubo del ascensor y saludaron en francés.
Treize respondió, sonriéndoles levemente. Aprovechando esa interrupción para mantenerse alejado, alcanzó su maleta antes de arrinconarse en uno de los extremos del cubo del ascensor y se dedicó a observar a los recién llegados.
Zechs intentó llegar a él, más el tiempo estaba en su contra. Llegaron al vestíbulo demasiado rápido, y en cuanto las puertas automáticas se abrieron, Treize se adelantó para salir apresuradamente de ahí.
—Treize…  ¡Demonios! —maldijo al ver que intentaba poner distancia entre ellos, y sin detenerse a pensar si alguien de la prensa o de alguno de los equipos los pudiese ver, salió en estampida detrás de él. Lo atajó bruscamente, sujetándolo por un brazo, ignorando la resistencia de Khushrenada a ese impulso—. ¡Treize, por favor! ¡Piensa lo que te he dicho! ¡Pueden estar en peligro mortal, tú y todo el equipo de pilotos de Williams!
—Zechs, suéltame.
—¡Sólo por esta vez, escúchame!
—Zechs…
—¿No lo entiendes? ¡No se trata de mí, sino de ti y de ellos! ¡Se trata de la responsabilidad que tienes qué cumplir como parte del equipo! —una vez más sus miradas chocaron por varios segundos, hasta que Marquise cerró los ojos y abrió su corazón ante él—.Treize, no quiero perderte por una mala decisión, por eso vine a advertirte del riesgo que hay.
Sin embargo, la respuesta que recibió no fue la que esperaba.
—Suéltame. —Abrió los ojos, casi jadeando en medio del ambiente enrarecido, y sin más argumentos disponibles, obedeció, soltándolo lentamente. Con expresión endurecida y voz fría, Treize le hizo saber su decisión—. Te veo mañana, en la pista.
No hubo más palabras después de eso.
Treize se alejó del lugar, dejándolo con la frustrante sensación de fracaso y el temor incrementándose en su ánimo. Sin embargo, Zechs no quiso darse por vencido. Debía encontrar alguna forma de rescatarlo de cualquier situación de riesgo, sin darle oportunidad de negarse. Porque si fuese necesario, lo amarraría y lo ocultaría hasta que el peligro pasara. Aunque eso representase que Treize lo odiara por el resto de sus vidas.
Lo haría, así tuviera que dejarse de llamar Zechs Marquise.
Pensando en ello, se dirigió apresuradamente hacia la salida del hotel, pensando en varias alternativas de qué echar mano para evitar una tragedia.

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Inmediaciones de la Casa de la familia Une
Viena, Austria. Viernes, 3:55 pm.

Leia y Mary salieron de la casa, entre risas y juegos, como solían hacerlo. Charlando entusiasmadas, echaron a caminar hacia el edificio en donde Mary tomaba sus clases de piano. Ninguna de ellas tuvo la sospecha de que las seguían muy de cerca, hasta que estuvieron a varias calles de distancia de la casa familiar.
Leia se sorprendió cuando un joven con aspecto de militar se le acercó, caminando frente a ella, y la abordó, obligándola a detenerse al sujetarla por un brazo.
—Señorita Une.
Intentó soltarse, ante la vista asustada de la niña. Sin embargo, otros dos hombres de aspecto similar al primero se les acercaron de distintas partes, cercándolas. Eso la puso alerta, aunque demasiado tarde. Aun así, Leia presentó resistencia.
—Suélteme, o empezaré a gritar.
—Por su bien y el de la pequeña, le recomiendo que no lo haga —la voz segura y prepotente de un cuarto hombre, detrás de ella, le provocó un escalofrío—. Guarde silencio, por favor. No deseamos lastimarlas.
Leia quiso detener a quien le había hablado así, al ver que sujetaba la mano de la niña y la obligaba a caminar algunos pasos lejos de ella.
—¡No! —el sujeto que la había detenido evitó que los siguiera, reforzando su agarre ahora en ambos brazos. Entonces se percató del peligro real en el que se encontraban.
Ignorándola, el que parecía tener control de la situación se presentó con la niña, inclinándose un poco para quedar a su altura.
—Hola, jovencita. Mi nombre es Maximiliam Tsuvarov, y soy amigo de tu papá.
Mary lo observaba críticamente, volteando por momentos hacia donde tenían inmovilizada  a su tía.
—Conozco a todos los amigos de mi papá —fue su respuesta seca y directa—. Nunca te había visto a ti.
La mirada penetrante de la pequeña le arrancó una breve sonrisa. La chiquilla le cayó en gracia.
—Eres muy perspicaz y observadora —sin soltar su mano, el mercenario se incorporó ante ella—. La herencia Khushrenada, imagino. Bien, ahora escucha. Tengo algunos negocios pendientes con tu papá, y necesito que tú estés con nosotros para que esos negocios puedan salir bien. Así que tendrás que venir con nosotros.
Leia sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor al escucharlo. No podía dejar que se la llevaran. Pensó rápido, y decidió que, si no podía evitarlo, no permitiría que la niña se quedara sola, a merced de esos tipos.
Habló en una suplica, haciendo un enorme esfuerzo para mantenerse tranquila.
—Por favor, déjeme ir con ella. Es sólo una pequeña. Se lo ruego.
Tsuvarov la volteó a ver, sopesando el riesgo. Tal vez el tener a dos rehenes en lugar de uno solo, sería aun de mayor beneficio para sus propósitos.
—Está bien — accedió sin reparos al ver que la muchacha no sería un peligro para ellos—. Pero sin trucos, señorita Une. Tiene mucho por qué preocuparse.
Leia asintió con un nervioso gesto, pálida y asustada. Cuando el hombre que la detenía la dejó libre, se apresuró a llegar con Mary, abrazándola en un gesto protector, instintivo. Tsuvarov sonrió para sí, pensando que había sido más fácil de lo que había creído.
Ya tenían la carnada, ahora restaba esperar a que Treize hiciera su parte.
—Llévenlas a la casa de resguardo. En cuanto dejemos la ciudad  haremos contacto con Khushrenada.

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Berlín, Alemania.
Esa misma noche, en un departamento del centro de la ciudad.

 

En medio de un caos de papeles y registros dispersos por toda la habitación, el teléfono celular abandonado en la mesilla de noche repiqueteó varias veces, obligando a su dueño a salir de la ducha.
Sabía que era urgente, pues el tono de llamada no había dejado de escucharse en más de un minuto, además de que era una melodía especial. Una que él y otros agentes de diversas agencias policíacas internacionales habían adoptado como clave para los mensajes prioritarios.
Alcanzando el aparato, esperó algunos segundos, y en cuanto el teléfono se dejó escuchar otra vez, respondió.
—Yuy.
—Heero —la voz de Solo en un timbre urgente lo alertó aun más. Puso toda su atención a la voz del otro agente—. Ha sucedido algo muy grave. Debes localizar a Khushrenada a como dé lugar, antes de que Tsuvarov lo haga.
—¿Qué ocurrió?
—Secuestraron a Marimeia Khushrenada, su hija, hoy en la tarde. Tengo el presentimiento de que obligarán a este hombre a entregarles lo que quieren por medio de ella.
Sin apartarse el aparato, maldijo en japonés, reponiéndose casi de inmediato de ese pequeño arranque. Su cerebro trabajaba a una impresionante velocidad, sopesando los pros y contras de esa situación.
—No he podido contactar a Khushrenada, pero sé en dónde localizarlo. Tendré que ir a Italia de inmediato.
—¿Italia?
—Khushrenada correrá mañana en Imola. Debo llegar antes de que inicie la competencia.
—¿Hay vuelos a esta hora a Italia?
—No. Tendré qué irme por tierra. Por suerte, las carreteras no llevan mucho tráfico en estas horas.
—De acuerdo. Haz lo que sea conveniente. ¿Necesitas algo? ¿Equipo, localizadores, armas?
—No, tengo todo eso. Lo único que espero es no perder tiempo en el trayecto. Estaré en contacto, Solo.
—Bien. Haremos lo posible por estar con ustedes mañana mismo. Cuídate, Yuy.
Al cerrar la comunicación, Heero se apresuró para vestirse y empacar lo que necesitaría. Conduciría toda la noche, a exceso de velocidad para poder llegar en la mañana, aunque tal vez no llegaría a tiempo.
Entonces pensó en otra opción. Dolorosa, cierto, pero muy necesaria.
Duo.
Debía comunicarse con él.
Si seguía con la escudería, seguramente podría ver a Khushrenada antes de la carrera.
Armándose de valor, abrió el teléfono y buscó el número del americano. Indeciso, sólo lo observó por algunos segundos, hasta que, armándose de valor, oprimió el botoncito de “llamar”.
Su reacción interna al escuchar el mensaje del buzón de voz fue contradictoria y extraña.
“¡Hola!”
—Eh… Duo… soy…
“¡EEEEh, te engañé! Soy una grabación, porque no puedo responderte ahora…”
Con un raro enojo bullendo en su pecho, cortó la comunicación antes de que el tono de grabación se escuchara, y permaneció pensativo.
No debía dar paso a sus sentimientos. No en ese momento.
Tal vez después podría arreglar todo, pero ahora debía enfocarse en el caso.
Con ese pensamiento, se dispuso a pasar una estresante noche en vela, recorriendo las autopistas europeas.

 

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Best Western Hotel Olympia
Sede Bar-HONDA.
Sábado, 7:45 AM
Imola, Italia.

 

Duo se preparaba para salir a almorzar, siguiendo puntualmente su itinerario.
Después de Barahim, el agente americano había permanecido en el equipo, por recomendaciones de Zechs y Noin, muy aparte de la separación temporal que Heero Yuy había anunciado a la Escudería.
Duo y Zechs habían hecho una especie de alianza, intercambiando información acerca de lo que cada uno descubría de los movimientos de fracciones guerrilleras y posibles comandos terroristas, ayudándose mutuamente para el desmembramiento de tales grupos. No había mucha actividad, hasta esa semana.
Zechs y él habían quedado en buenos términos, después de reconocer que había sido un enorme error de parte de ambos, la manera en que se dejaran llevar en la isla, dos fechas atrás.
Marquise le había recomendado también que tratara de buscar a Heero, ya que en cuanto tuvieran noticias de él, de en dónde podrían localizarlo, Zechs hablaría a favor de Duo, y enmendaría las cosas que habían quedado pendientes entre ellos.
Pero después de casi dos semanas de intentar infructuosamente localizar al estoico agente, se había dado por vencido, optando por mantenerse ocupado dentro de la Escudería , dispuesto a ser apoyo en caso de que se le requiriera en cualquiera de las agencias policíacas internacionales. Había recibido una llamada de Solo, y dos mensajes de la agencia, pero ninguno de los que en realidad esperaba ansiosamente. Heero se le había desaparecido del panorama.
Hasta ese día.
Casi a punto de salir de la habitación, el teléfono de la habitación se dejó escuchar.
Pensando que se trataba de una llamada de parte de los directivos técnicos del equipo, Duo alcanzó el auricular y contestó con cierto desenfado.
—Maxwell al habla. Si me buscan para ir a cubrir detalles técnicos, tendrán que esperar hasta que termine mi almuerzo.
Sin embargo, al escuchar a su interlocutor, el americano sintió que el corazón se le detenía de golpe.
—Duo, soy yo…
Hubo diez segundos de silencio incómodo, hasta que recobró la voz.
—¿He-Heero…?
—Te espero en el hall de los elevadores, en diez minutos.
Sin decir más, colgó.
Le tomó un largo minuto a Duo asimilar lo que había escuchado, y varios segundos más el ponerse en marcha, en desaforada carrera hacia los elevadores. Debía bajar cuatro pisos, y si corría con suerte, pensó, llegaría justo en los diez minutos que el japonés le estaba dando de tolerancia.
Después de pasar veinte eternos segundos frente a las puertas metálicas del cubo del elevador, no quiso seguir esperando, así que echó a correr a las escaleras, bajando intempestivamente.
Llegó agitadísimo, encontrando a Heero recargado en una de las paredes que flanqueaban los dos elevadores, con los brazos cruzados sobre su pecho, viéndolo fijamente. Al parecer, sabía que bajaría de esa forma.
Heero bajó los brazos y se incorporó, caminando hacia Duo.
No lo saludó. No hubo palabras amables. Sólo le dio una orden seca.
—Sígueme. Ha pasado algo demasiado grave.
Duo se desconcertó primero, mas enseguida sintió que la ira empezaba a invadirlo al ver cómo lo estaba tratando el japonés.
—¡Hey! ¿Ni siquiera me vas a decir ‘hola? ¿Quién te crees que eres, Heero Yuy?
El aludido no se inmutó ante el reclamo. Sólo clavó su fría e inexpresiva mirada azul cobalto en la de Duo, y siseó una pregunta.
—¿Vas a venir?
El tono cortante y autoritario de Yuy lo obligó a guardar silencio y seguirlo.
Cuando Heero se lo proponía, intimidaba hasta a quien tuviera agallas.

 

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Autódromo Enzo e Dinno Ferrari.
Sede de la competencia de San Marino.
Sábado, casi media hora antes de la llamada de salida.
Imola, Italia.

Zechs logró escabullirse con bastantes dificultades, evitando ser visto por los miembros de su equipo, directo al área de los remolques. Parecía que nadie deseaba dejarlo solo ese día en especial.
Debía apresurarse, pues sabía que sólo tendría una oportunidad tan buena como esa. Se dirigió hacia el remolque destinado a Treize, y por algunos minutos estuvo rondándolo, buscando su oportunidad para introducirse en el vehículo.
Sin embargo, se acercaba la hora de la competencia, y su desesperación crecía al ver que Otto estaba ahí también, y parecía que no saldría hasta que el otro lo hiciera.
Faltaban aproximadamente veinte minutos, cuando la puerta del remolque se abrió, y los dos amigos se despidieron momentáneamente. Otto se alejó sin volver la vista atrás, por lo cual no pudo ver la esbelta figura rubia que se movía con cautela, escabulléndose hacia al vehículo y cuidando de no ser visto, atisbó por las ventanillas, encontrándolo en el interior.
Debía hacerlo ya, o no habría otra forma de detenerlo.
Sigilosamente se introdujo al remolque, armándose de paciencia y tratando de no asustarlo. Supuso que estaba en el dormitorio, preparándose para salir después de dedicar la carrera, como acostumbraba hacer.
Al dirigirse a la salida para ir a la carpa, Treize se sorprendió al verlo ahí, parado en la puerta, después de la fuerte discusión que habían sostenido el día anterior.
—¡Zechs! —Khushrenada se detuvo a la mitad del remolque, dándose cuenta que el rubio piloto de Ferrari se veía ligeramente agitado y con mirada culpable—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en la carpa.
Viéndolo con cierta angustia, Zechs volvió a suplicar.
—No sé cómo hacerlo, pero tengo que convencerte de alguna manera de que no corras hoy.
Hubo un silencio incómodo entre ambos, al tiempo que la mirada segura y jovial del mayor se empañaba por la decepción. Suspiró, molesto por la insistencia. Sin embargo, trató de ser todo lo diplomático posible.
—Ya habíamos hablado de esto.
—Pero Treize…
— Sabes que no voy a desistir de mis planes. Ahora, si me permites…
—¡Es por tu seguridad! ¡Por favor!
—Dije que no, Zechs. Es mi última palabra.
Zechs acortó la distancia entre ellos de dos largos pasos. Supo que podía ser intimidante al ver que Treize se retraía involuntariamente cuando lo sujetó por los brazos, pero sólo por fracciones de segundo.
—Treize, esos tipos podrían llegar a asesinarte. No quiero que te arriesgues así.
El mayor volvió a encararlo sin cambiar su expresión.
—Sabes que no les temo, y que no voy a permitir que esa mafia se adjudique un triunfo sólo porque sí. Voy a competir, a pesar de ellos y de ti.
Marquise lo soltó con lentitud, escrutando en su mirada profunda la determinación que lo caracterizaba. Supo que no podría convencerlo de esa forma, así que decidió utilizar otra estrategia, aunque él también saliera lastimado.
—Nunca creí que te importara tan poco tu vida. Pensé que eras un verdadero sobreviviente.
Khushrenada frunció el ceño, en parte desconcertado por eso.
—Lo soy, y esta carrera será la prueba de ello. Ni tú, ni las demandas de tu Escudería, ni las artimañas de ese hato de mafiosos van a detenerme. Voy a sobrevivir a todos ustedes.
—¡Qué cobarde eres, Khushrenada!
—¿Cobarde? ¡Vaya! Ahora resulta que para ti, hacer esto es ser cobarde —el tono de voz de Treize volvió a ser frío, impersonal. Lo observó con enojo, caminando sin amedrentarse hacia él—. Debo estar en la carpa en menos de cinco minutos, al igual que tú. Déjame pasar.
—No, hasta que me escuches.
La mirada de Treize se volvió acerada y gélida. Pocas veces lo había visto así.
—Ya te escuché lo suficiente. Sólo hablas lo que te conviene que sepamos, pero no dejas que podamos saber toda la verdad. Así que no, no voy a escuchar una palabra más de lo que intentas decir para detenerme. Apártate.
—¡No he terminado, Khushrenada! Sé que haces esto por tu egoísta manera de aferrarte al pasado. Lo haces porque crees que seguirás siendo un mártir, sin detenerte a pensar en tu hija, en tu familia, en los que te aman…
En un movimiento inusual, levantó ambas manos hacia la parte trasera de su cabeza, aflojando los sujetadores de la máscara. Treize entendió rápidamente lo que iba a hacer.
—¡No, no, no! ¡No pienses que lograrás conmoverme con tus cicatrices! 
—No lo haré con las cicatrices —sin dejar de verlo, Zechs se quitó la máscara con un movimiento brusco, descubriéndose totalmente.
Treize se llevó una enorme sorpresa, e incapaz de decir una palabra, con la boca abierta y la mirada fija en el otro piloto, tuvo qué sostenerse en una de las paredes del vehículo.
Tal como si hubiese visto un fantasma.

 

Carpa de la Escudería BMW-Williams
A dieciséis minutos antes de la llamada de salida

El autódromo de San Marino estaba a reventar.
Prácticamente, el saber que el ‘Kaiser’ Khushrenada había vuelto para reclamar el título a nombre de BMW-Williams era todo un acontecimiento, y nadie quería perdérselo.
Pero los ánimos se caldeaban al paso de los minutos tanto en las tribunas de espectadores, así como en las mismas carpas de todas las escuderías presentes.
Otto se acercó al módulo de comunicación, viendo de manera alternada el reloj con cierta impaciencia, volviendo después su vista hacia los autos que descansaban en los pits. Trowa lo observaba con recelo, mientras Quatre y Wufei comentaban animados los reportes que consiguieran de otras escuderías.
Quinze se hizo presente en el módulo de comunicación, situación que aprovechó Otto para ir detrás de él y preguntar exasperado la razón de la ausencia de Treize. Trowa decidió acercarse también, aun indeciso.
Tenía un presentimiento. Un mal presentimiento, y eso era muy extraño en él.
—¡…se supone que ya debería estar aquí! ¡Quedamos que probaríamos el arranque antes de que llevara el auto a los boxes para la vuelta de calentamiento!
—Otto, sé lo que dijeron, pero no puedo hacer nada si Treize no se ha presentado a la carpa.
—Jefe, ¿puedo hablar contigo un segundo? —interrumpió el master de mecánicos, deteniendo la discusión.
–Si, Trowa —casi con gesto de alivio, Quinze se apresuró a ir con él, ignorando a Otto.
Ambos caminaron hacia los pits, seguidos por el otro piloto sin que se percataran.
—Quinze, tengo un presentimiento con respecto al titular.
—Creí que Treize era el único que los padecía.
Trowa se encogió de hombros, y continuó hablando.
—Desde que montamos el motor en la carrocería nueva, me he sentido muy intranquilo. No sé qué es, pero temo que pueda haber alguna falla grave en el auto.
—¿Una falla? Pero lo revisaron cientos de veces, entre Otto, Treize y tú. Y lo que supe después de cada revisión, es que la carrocería y la máquina están en un nivel óptimo de rendimiento y seguridad. ¿Por qué sigues nervioso?
—No lo sé, de verdad. Pero si estuviera en mis manos hacerlo, no permitiría que el titular corriera hoy.
—¡¿Estás loco o qué te pasa?! —Otto se plantó entre ellos, exasperado al escuchar lo que decía Trowa—. ¡Peleamos demasiado por tener el auto listo para este día! ¡¿Cómo puedes decir que no está apto para correr?!
—No estoy diciendo eso —se defendió Trowa, dirigiéndole una crítica mirada al piloto—. Tengo un presentimiento, y estaría más tranquilo si se corre sólo con los monoplazas tradicionales.
—Por otra parte —intervino Quinze, tratando de apaciguar a Otto—, si Treize no llega a la línea de pits antes de que marquen la salida de la vuelta de calentamiento, descalificarán la participación del auto.
Otto se enfadó ante ese comentario, y tomó entonces una arriesgada decisión.
—¡Oh, no! ¡Ni crean que voy a permitir que descalifiquen el auto! ¡Voy a correrlo, aunque Khushrenada haga el berrinche de su vida! ¡El se lo buscó!
Sin agregar más, se dirigió a paso rápido hacia el monoplaza, colocándose el casco y conectando los intercomunicadores, dispuesto a subir.

 

Área de remolques del autódromo.
A trece minutos antes de la llamada de salida

 

Pasó un minuto que rayaba la eternidad en el que ninguno de ellos habló.
Treize negó en silencio lo que estaba viendo, tratando de asimilarlo. Fue difícil para él articular su nombre, mas finalmente logró hacerlo.
—M-Miliardo… N-no… no puede ser… Fuiste asesinado… junto a tus padres…
El rubio negó con un gesto, viendo ahora cómo Khushrenada se acercaba con pasos trémulos y una indescifrable expresión en su rostro.
—No, Relena y yo fuimos los únicos sobrevivientes del atentado.
—D-Dios… ¿Por qué no me lo dijiste?
—No era tiempo de hacerlo.
—¿C-cómo…?  
—Estábamos cansados del desfile, de la multitud y del ruido, así que decidí bajarme del auto en el que íbamos, junto con Peigan. Mis padres iban en el auto presidencial, metros más adelante del nuestro —un amago de sonrisa se dibujó en sus labios, mientras continuaba relatando lo ocurrido—. Sabes que nunca fui tranquilo, por eso decidí aventurarme hacia el castillo por otro camino, a pie. Relena me siguió, y… por ese pequeño gesto de terquedad, ambos nos salvamos de una muerte segura.
Guardó silencio al tener al otro piloto a muy pocos centímetros de distancia, observándolo con detenimiento. No se movió cuando subió la mano desnuda hasta su mejilla, acariciando con sumo cuidado los bordes de una cicatriz apenas visible. Su mirada índigo se había oscurecido, y su voz fue apenas un murmullo dolido.
—Casi enloquecí de dolor cuando escuché la noticia.
Miliardo se apartó de él, negando con un movimiento de cabeza.
—No me buscaste.
—¡Lo hice! Te busqué desesperadamente, con todo lo que fui capaz de mi tiempo, de mis recursos y de mis fuerzas… pero todo fue en vano. Tu familia, las personas que te conocían, quienes posiblemente sabían de ti, todo el tiempo me aseguraron que habías muerto.
—Te mintieron, y les creíste —se detuvo a dos pasos de la puerta, posando su mirada retadora y dolida en él, con los brazos cruzados sobre el pecho. Parecía aun más alto de lo que era.
—Tú me conoces, Miliardo. Sabes que no me rindo sin haber agotado todas las posibilidades que existen. No me rendí al buscarte, porque no podía creer que estuvieses muerto. Te busqué hasta el cansancio, casi hasta morir de agotamiento y desilusión, literalmente hablando. Leia evitó que eso sucediera. Me hizo ver que ya no había nada más por hacer y que no debía aferrarme a un fantasma.
Escuchar el nombre de quien llegó a considerar su rival en labios de Treize, hizo que el rubio perdiera un poco la perspectiva.
—¿Entonces fue por eso que te casaste con ella? ¿Porque tenías qué reemplazar lo que habías perdido con lo que tenías al alcance?
Khushrenada titubeó al escucharlo, sorprendido y desconcertado.
—N-no… ¡No, claro que no!
—¡Oh, vamos! ¡Siempre estuvo acechándote, desde el día que te conoció! ¡Todo el tiempo me vio como un estorbo para poder llegar hasta ti! ¡Ahora entiendo…!
—¡Leia te estimaba! ¡Sabía lo que había entre nosotros, y sin reprochártelo se hizo a un lado! ¡Fue una de las muy contadas personas que estuvieron conmigo en ese doloroso momento, cuando te perdí, cuando perdí todo! ¡Y fue la única que hizo algo por mí cuando creí que no podría continuar!
—¡Oh, sí! ¡Qué consideración! ¡No me sorprendería saber que la embarazaste por MI culpa!
—¡Miliardo, basta! —Treize levantó la voz, exasperado ante ese súbito cambio de actitud—. ¡De no haber sido por ella, no estarías hablando ahora conmigo! ¡No voy a permitir que la calumnies de ninguna forma! —Se le acercó sin apartar la vista de la suya, intentando terminar la discusión—. Apártate. Debo estar en la pista en pocos minutos. No desperdicies mi tiempo.
Sin decirle más, intentó pasar a su lado, pero eso desencadenó un breve forcejeo. Miliardo le cerró el paso, agarrándolo por los brazos e intentando empujarlo hacia el dormitorio del remolque.
—¡No vas a correr! ¡Así tenga qué amarrarte, no vas a subir al auto!
—¡Ya basta, Miliardo! —Treize usó toda su fuerza para impedirlo, al tiempo que buscaba soltarse de su agarre—. ¡Deja de ser infantil y suéltame!
—¡No voy a dejar que te mates por un capricho estúpido!
—¡Está bien! Si es lo que quieres…
Khushrenada lo sujetó por los antebrazos y aprovechando su misma fuerza, lo jaló hacia un lado, haciéndolo trastabillar varios pasos lejos de la puerta. Sin embargo, antes de que pudiese alcanzar la manija para abrir y salir, Miliardo alcanzó otro de los cascos que había en una encimera cercana y volvió hacia él.
—¡Treize! —volteó por reflejo, pero no fue lo suficientemente rápido. Miliardo le asestó un fuerte golpe con el casco en el maxilar inferior, aturdiéndolo al grado de hacerlo caer de rodillas, medio sujetándose de la manija. Dejó el casco y se le acercó, obligándolo a abrir la mano y soltarse de la puerta, para después arrastrarlo al centro del remolque y dejarlo en el piso. Se aseguró que estaría bien antes de salir, y se disculpó por lo que había hecho—. Lamento mucho esto, pero no me dejaste otra opción. Vendré después de la carrera.
Alcanzando la máscara, salió y cerró la puerta, asegurándola por fuera y entrampándola para que no pudiese abrirla en un buen rato. Hecho esto, recargó la espalda en la pared metálica y cerró los ojos, suspirando dolido por lo que se había obligado a hacer.
—¡¡Miliardo!! —Treize empezó a gritar y golpear la puerta, agravando ese sentimiento—. ¡Déjame salir! ¡¡Abre la puerta!!
—Lo siento, pero es por tu bien. Lo siento…
Sin decir más se colocó la máscara, se incorporó y echó a correr hacia la carpa de BMW-Williams. Debía avisar a Trowa de sus sospechas de sabotaje, y el tiempo estaba en su contra.

 

Carpa de la escudería BMW-Williams.
A nueve minutos de la llamada de salida.

No se percataron que, ocultos entre el equipo de tecnólogos y personas que conformaban el cuerpo de la Escudería, dos jóvenes agentes los observaban con interés.
Duo suspiró ruidosamente, siguiendo con la vista al enfadado piloto que se dirigía al monoplaza titular.
—Vaya geniecito del tipo.
Heero no hizo mucho caso al comentario, aunque no perdía de vista a Trowa y a Quinze. Escudriñó también el interior de los módulos de la carpa, tratando de localizar a Treize entre toda la gente que estaba ahí.
—No lo veo, Duo. Khushrenada no está aquí.
El americano se volvió hacia él, extrañado.
—¿No está? Se supone que él debe conducir el titular... ¡Oh, ahora entiendo! Creo que estaban discutiendo por eso.
Heero clavó su mirada seria en la de su acompañante, asintiendo.
—Tenemos que encontrarlo antes de que inicie la carrera. ¿Tienes idea de dónde podría estar?
Duo se rascó la cabeza, pensativo.
—Uh… la verdad, no. Pero podríamos esperarlo también. Debe venir en camino.
—Duo —Sin pensarlo mucho, Heero le sujetó el rostro a su compañero, obligándolo a prestarle atención— escúchame bien. Debemos encontrarlo antes de que suba al monoplaza y sin que nadie nos lo impida. Eso significa que tendremos que buscarlo.
Heero lo soltó al terminar de hablar, permaneciendo en silencio sin dejar de verlo.
Duo sólo asintió, aturdido y sonrojado. 
—C… —carraspeó al ver que la voz se le había ido ante ese gesto tan inusual del japonés— c-creo que tengo una ligera idea de en dónde puede estar. Voy a buscarlo.
—De acuerdo —asintió Yuy mientras Duo caminaba hacia el área de remolques—. Yo permaneceré aquí, en caso de que aparezca. Ten cuidado.
Esa última frase, queda y en tono preocupado, logró hacer que el americano sonriera de forma luminosa.
Heero, preocupado por él. Era una muy buena señal.
Ajeno a lo que ocurría con los dos agentes, Trowa siguió a Otto con la aguda y molesta seguridad de que no podría detenerlo. Wufei y Quatre se acercaban también, preparándose para la posibilidad de participar como suplentes en la carrera.
—¡Otto, espera!
—¡Es mi última palabra, Trowa! ¡Ese auto correrá hoy y nos dará el triunfo sobre Ferrari, pésele a quien le pese!
—¡Es que no entiendes…!
Otto se volteó abruptamente hacia el Master, picoteándole el pecho con el índice.
—¡El que no entiende eres tú, Trowa! ¡No voy a permitir que vuelvan a arrebatarnos el título sólo por un presentimiento, o por sospechas infundadas! ¡Voy a correrlo, a pesar de ustedes!
Trowa iba a replicar, cuando un inesperado personaje se acercó hasta ellos, agitado y sin aliento. 
—Trowa… Otto…
—¿Zechs? —Su llegada a los pits de la escudería rival armó un fuerte revuelo entre el cuerpo de técnicos y el personal que estaba ahí— ¿Qué…? ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo aquí, Marquise?
Otto lo sujetó por un brazo, jalándolo hacia la salida de la carpa, mientras Trowa trataba de escuchar lo que decía, siguiéndolos. Los otros dos pilotos los siguieron, desconcertados. 
—…el titular… no deb… no debe correr… Otto… no lo corran…
—¡Pero sólo esto nos faltaba! ¡Que tú también vengas y trates de sabotear esta carrera!
—¡No… no…! —Zechs se zafó del brazo del otro piloto, volteando desesperado hacia Trowa. Habló atropelladamente, aun sin recuperarse del todo—. ¡Creo que… lo sabotearon! ¡El titular no… debe correr hoy, Trowa! ¡Debes impedirlo!
Por segunda ocasión, Otto lo sujetó por un brazo y lo jaló con más fuerza todavía.
—¡¡Esos son cuentos chinos, Marquise!!
—¡¡¡HEY!!! —Wufei replicó con enojo, pero fue ignorado olímpicamente.
—¡Otto, no estoy mintiéndoles! ¡Aun no sé si lograron sabotear el titular, pero hay un elevado riesgo si lo hicieron y tú lo corres!
Varios miembros del equipo de seguridad avanzaban hacia ellos, seguidos por un furibundo Quinze. Trowa, por su parte, intentaba detener a Otto, o al menos, averiguar todo lo que Marquise sabía de lo que los estaba advirtiendo.
—¡Por todos los cielos, Otto! ¡Déjalo que termine de hablar! —Quatre trató de cerrarles el paso, pero ni siquiera logró ser estorbo. Otto lo empujó a un lado, provocando el disgusto del latino—. ¡Auch!
—¡¡¡OTTO!!! ¡¡YA BASTA!!
—¡Espera, no! ¡¡Espera, sólo escúchame!! —Sin hacer caso de nadie, Otto lo empujó con enorme brusquedad, casi tumbándolo al piso fuera de la carpa. Los miembros de seguridad de BMW-Williams lo rodearon, impidiendo que tratara de regresar con ellos—. ¡¡OTTO, MALDITA SEA!! ¡¡Estás poniendo en un gran riesgo a tu equipo!!
—¡¡Escúchame bien, Marquise!! ¡¡Te prohíbo rotundamente que intentes poner un pie en nuestra carpa!! ¡¡Voy a arrebatarte el título ahora, así que ya puedes ir preparándote para morder el polvo, tú y toda esa mafia que te respalda!! ¡Ahora, largo de aquí!
—¡Terco estúpido! —Desesperado ante su posición, buscó al Máster, tratando de hablar con él por encima del tumulto— ¡Trowa, no lo dejes subir al titular! ¡Tienes que detenerlo! ¡Trowa!
Quinze se plantó frente a Zechs, al tiempo que Quatre y Wufei alcanzaban a Barton y lo obligaban a retroceder un poco. La llamada de salida estaba a punto de ser emitida.
—Ya lo oíste, Marquise. Vete. No me obligues a darles una orden drástica a mis muchachos.
Zechs fijó su mirada celeste en Quinze, encontrando una triunfal y cínica sonrisa en su rostro. No dijo más, sólo asintió apesadumbrado, dándose cuenta que no lograría nada con ellos.
No le quedó más remedio que regresar a la carpa de Ferrari, alistándose para subir al monoplaza y presentarse a la línea de pits. Tenía sólo tres minutos para alcanzar a llegar y prepararse, así que volvió a echar a correr, suplicando en su pensamiento que sus temores no fuesen reales.