por Van Krausser

VP Capítulo 17

 

Martes, 6:25 a.m.
Aun en Munich.
 
Apenas la luz del sol se empezaba a posar en las partes más altas de los edificios de la ciudad, dispersando las sombras de incertidumbre que la tarde anterior habían anidado en el ánimo de Khushrenada.
Como era su costumbre, Treize despertó temprano, después de haber pasado la noche en uno de los sofás que decoraban el departamento de Trowa. No habían hecho nada más después de que, sentados en el pequeño comedorcillo del departamento, compartían una cena rápida con una botella de vino tinto a la mitad y hablaban acerca de las posibilidades de la competencia de ese fin de semana. Casi sin sentir, el tiempo había pasado rápidamente mientras Treize rememoraba con cierta nostalgia su convivencia en Williams con Otto, Quinze y Zechs. Trowa lo escuchaba con atención, sin hacer juicios ni cuestionarlo más allá de lo que el mayor le comentaba. Hasta que el cansancio y el sopor del vino afrutado terminaron venciendo la poca resistencia que Treize tenía aun.
Trowa casi lo había obligado a acostarse. Sin embargo, a los pocos minutos que había posado la cabeza en la almohada que el menor le prestara, se había rendido por completo, cayendo en un sueño reparador.
Definitivamente, el descanso al que casi lo había obligado el latino le había caído bastante bien, al grado de que ahora tenía un poco más de claridad en sus pensamientos y decisiones en lo que a los planos y bocetos se refería.
Debía regresar a Heinenkell, asegurarse plenamente de que lo que su padre le dejara merecía atención no sólo de la policía, sino de los cuerpos especializados en terrorismo. De esa forma podría cerrar ese doloroso capítulo de su vida al deshacerse de tales evidencias.
Trowa despertó al escuchar la ducha, y consultó su reloj después de dejar de darle vueltas al sueño que había tenido con su rubio amante. Suspiró profundamente, resignándose a levantarse también él.
Treize lo encontró preparando un desayuno rápido, y lo saludó mientras terminaba de ponerse la camisa.
—Buenos días, Trowa.
—Hola, Treize —respondió a su saludo su anfitrión—. Creí que dormirías más. Ayer de verdad te veías agotado.
—Lo estaba —afirmó el mayor, sonriendo con un ligero gesto de pena—. Te agradezco el que me hayas detenido en mi loca idea de regresar a la Armería. Hubiera sido un desastre conducir en esas condiciones.
—Lo sé —Trowa terminó de cortar el queso, mientras Treize alcanzaba dos tazas y servía el café recién preparado, llevándolas a la mesa, a sus respectivos lugares. El olor de la aromática bebida inundaba el departamento completo—. E imaginé que no tenías muy claro que te arriesgabas demasiado.
—No estaba pensando muy bien.
—A propósito de pensar bien —Trowa acercó también el platón con queso y salami, sentándose al comprobar que tenían todo para desayunar—, sé que tienes prisa por regresar a la Armería, pero me gustaría que le dieras un vistazo al motor ya montado en el monoplaza titular, Treize.
Khushrenada clavó sus azules ojos en el rostro de su familiar, descifrando sin mucho esfuerzo esa petición. Trowa de verdad temía que algo fuese a suceder al prototipo.
—Este asunto te tiene demasiado inquieto, Trowa –dijo finalmente, llevándose la taza con café a los labios. Dio un pequeño sorbo a la bebida, y asintió—. Pero no quiero que te quedes con ese temor. Voy contigo a los talleres. 
Pudo ver claramente cómo un leve suspiro de alivio escapaba del pecho del muchacho.
Desayunaron retomando la charla del día anterior, respecto a la maquinaria que apenas probarían en las pistas de Imola.
Era un diseño novedoso, sentado en la base del prototipo anterior al que habían desechado. Un diseño casi en su totalidad de Treize y Trowa, ya que en una mínima parte había se habían reutilizado los cambios estructurados por Zechs, hechos al último auto antes de que éste desertara de Williams. Estos cambios habían funcionado sin contratiempos, complementando la maquinaria de forma magistral.
No tardaron mucho en dar cuenta del desayuno, y se prepararon para ir a los talleres de la empresa automotriz. Según tenía pensado Khushrenada, sería una visita rápida.
Pero no esperaban encontrarse con una fuerte agitación en la planta BMW-Williams al llegar a ella.
Ambos entraron al área de recepción, encontrando a Lady Une sumamente ocupada, respondiendo al mismo tiempo a tres llamadas distintas. Ella sólo pudo dedicarles una sonrisa apesadumbrada, cuando pasaron al lado del escritorio.
Caminaron por el corredor que los llevaba al ingreso principal de los talleres, encontrando a varios de los accionistas de un lado al otro de los mismos, con papeles y teléfonos celulares en la mano, casi gritando órdenes a medio mundo.
Al llegar, Treize decidió enterarse de lo que estaba ocurriendo, porque era muy evidente que todo el personal de Williams se había desquiciado esa mañana.
—Imagino que no sabes lo que está ocurriendo, Trowa –cuestionó al latino con tono de broma. Éste sólo encogió levemente los hombros, pensando también en ir con quien pudiera aclararles ese asunto—. Bien, no hay problema. Vamos con Quinze. Él debe saber todos y cada uno de los pormenores.
Así que se desviaron, llegando en poco al privado de Quinze.
Éste los recibió efusivamente, aunque Treize notó que había cierto recelo al hablarle del alboroto en la planta. Ambos se enteraron en palabras algo atropelladas del manager del equipo que habían localizado al responsable de los fraudes cometidos a la empresa, y justo en ese momento, en la planta principal de BMW-Williams, el ingeniero Williams y la mayor parte de los socios y accionistas de la misma confrontaban al responsable de tal situación.
Treize sonrió apenas de forma perceptible, alegrándose al escuchar que en ningún momento, el nombre de Zechs aparecía junto a los culpables, dándose cuenta que había tenido razón al no dudar de Marquise.
—Dos de los mecánicos suplentes estaban involucrados en esto, Treize —le confió Quinze—. Jamás imaginé que pudieran tener tal acceso a los bocetos. Esto es de cuidado.
—Al menos ya sabes qué parte de la seguridad debe reforzarse.
—Eso ni lo dudes —respondió el manager con cierto alivio al recordarlo—. Tu amigo el oriental, Wufei Chang nos hizo el enorme favor de mostrárnoslo.
—¡Vaya! Eso lo convierte en un héroe —bromeó Khushrenada. Pero fue sólo por un momento. Treize volteó a ver a Trowa, asintiendo ligeramente para darle a entender que estaba listo para adentrarse en el proyecto—. Bien, Quinze. Trowa y yo tenemos un pendiente con el prototipo que se probará el fin de semana. Trabajaremos en él hasta que haya pasado todas y cada una de las pruebas de calidad.
—Si, perfecto —accedió Quinze—. Todo tuyo. Si necesitas algo, háznoslo saber.
Khushrenada sólo asintió, sonriente. Esa hospitalidad le agradaba demasiado.
Durante ese día, Treize trabajó exhaustivamente en la revisión del prototipo, junto a Otto y Trowa, teniendo ya plena seguridad de que no habría fallas ni contratiempos de ninguna especie durante la competencia en Imola. 

Armería Oz
Heinenkell, Alemania.
Miércoles, 1:45 a.m.

Treize regresó a Heinenkell poco después de dejar la planta de Williams.
Aunque Trowa le rogara que no condujera de noche, Treize ya tenía su decisión hecha.
Llegó en la madrugada del miércoles, pero no se sentía muy cansado aun.
Decidió llevar los planos y demás papeles al área en la que había ocultado el resto de la información, en la bodega subterránea que le había servido de escondite durante sus años de infancia, cuando solía jugar con algunos de sus primos lejanos. Sin embargo, se llevó una gran sorpresa al encontrar a dos de los tecnólogos principales de la Armería en el área de revisión de prototipos. Éstos verificaban el nuevo modelo de carburador para uno de los jets ejecutivos más novedosos. Prácticamente, trabajaban sobre una ventaja de tres días para la entrega a producción.
—Doctores… —saludó al entrar al enorme recinto, haciendo que los dos hombres voltearan a verlo—. Me sorprenden. Deberían estar descansando.
—Treize. ¡Vaya! De verdad, alguien celestial me estima demasiado —bromeó el doctor K al verlo.
–No exageres, K —le recriminó el doctor G—. Hola, Treize. ¿Qué tal tu viaje a Munich? 
—Bastante productivo. Tengo algo que me gustaría mostrarles —comentó Treize con gesto grave, al tiempo que dejaba los planos aun envueltos sobre una de las enormes mesas de trabajo—. Tal vez ustedes puedan decirme de qué se trata esto.
—Me parecen conocidos —comentó distraídamente el doctor K.
Treize, sin embargo, notó la tensión del doctoro G cuando éste reconoció los rollos.
—Esos planos salieron de aquí hace mucho tiempo —aseveró G, adelantándose para abrir uno de los paquetes y desenrollar los planos—. Me atrevo a decir que fue en tiempos en los que tu padre y tu tío tenían muy buenos clientes.
—Puede ser –asintió Treize—, aunque no reconozco el tipo de armamento.
—Déjanos eso a nosotros, jovencito —respondió K con jovialidad.
Los tres revisaron los planos minuciosamente, y para desconcierto de ambos hombres y alarma de Treize, pronto se percataron de que eran planos de armas nucleares de alto poder.
—Treize, esto es grave —le comentó G mientras volvían a enrollar los papeles—. ¿En dónde estaban?
—Poco antes de ser asesinado, mi padre me los dejó, junto con todo un acertijo para encontrarlos —respondió Khushrenada—. Temo que este haya sido el motivo de su muerte.
El doctor K, por su parte, aun revisaba los papeles de uno de los archivos que venían en la carpeta de cartoncillo. Sin dejar de observar un papel, se lo llevó a los otros.
—G, ¿recuerdas el pedido ‘especial’ que nos forzaron a terminar en tiempo récord?
—Mmmmm… ¿el buscador? Si, lo recuerdo perfectamente.
—Aquí está el pedido. Y lo firman un tal Tsuvarob y otro tal llamado O’Negull. Lo que también recuerdo es que las armas con las que asesinaron a los Peacecraft eran como estas.
Treize sintió de pronto que el aire a su alrededor se condensaba, al grado de no dejarlo respirar.
—¿Q-qué…?
—¡Oh, vamos, K! ¡No puede ser!
—Eran las únicas que tenían características especiales en la programación a distancia. Y la recolección de los proyectiles disparados mostraron dichas características. No había otra arma construida fuera de Oz con esos puntos en común.
Treize tuvo que sentarse en una de las sillas que había dispersas, cercanas a las mesas de trabajo.
Ahora todo estaba tomando forma de manera aterradora.
Tenía en sus manos las pruebas del ataque terrorista, y lo peor, la confirmación de que su familia había sido culpable indirectamente del magnicidio en Cracovia.
Tardó varios minutos en reponerse del doloroso golpe que esa revelación le había propinado. Los dos ancianos tecnólogos lo veían preocupados.
—¿Treize? ¿Pasa algo? —Preguntó G con cierta aprensión.
—Oh.... No, no —dijo, reponiéndose apresurado y con intenciones de ocultar sus pensamientos de cualquier interrogatorio del que pudieran hacerlo objeto los dos ancianos—. Creo que el cansancio me está venciendo. Además, el fin de semana debo estar en Imola, antes de los precalificativos, y hay muchos asuntos pendientes por revisar, así como una montaña enorme de papeles que requieren mi autógrafo —el muchacho sonrió con este último comentario, ocultando sus temores—. Temo que debo retirarme a descansar.
—¿Qué harás con esto? –Preguntó K con curiosidad.
—Voy a guardarlo hasta que regrese de Italia —respondió ya en forma segura a la pregunta. Ni siquiera ellos debían saber a detalle de esos planos. Podría ponerlos en un fuerte peligro. Se levantó entonces, dispuesto a irse—. En cuanto regrese de Italia volveré a centrarme en este asunto. Así podré tomar una decisión más sensata. Voy a guardar los papeles, y me iré a descansar.
—De acuerdo…
—Ustedes deberían hacer lo mismo —les reprochó Treize, mientras terminaba de guardar los bocetos, disponiéndose a llevarlos para ocultarlos—. Al cabo, llevan bastante ventaja para el tiempo de entrega.
—La ventaja siempre es relativa…
—¡Oh, no! J, Einstein no entra en este asunto…
Dejándolos en una de las extrañas discusiones en las que a veces se enfrascaban los dos ancianos, Treize se aventuró a la bóveda en la había llevado los demás documentos semanas atrás. Se veía preocupado, pensativo, y no era para menos. Debía advertir a Quatre y a todos sus allegados que se mantuvieran lejos de la mansión mientras él hacía llegar los planos y documentos a la policía.
Al cerrar la puerta de la bóveda, un leve sentimiento de alivio se instaló en su ánimo, sin saber que a su alrededor, los planes de muchos llevan impreso su nombre…

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Mansión Khushrenada
Jueves, día anterior a la competencia de San Marino.

Un día después de que Khushrenada dejara todos los asuntos pendientes de la empresa resueltos, se preparaba ahora para partir hacia el que pensaba, sería ya su último compromiso con las competiciones de autos Fórmula 1.
Al primero de sus acompañantes a Italia que Treize vio esa mañana, fue a Wufei Chang, entrando a la mansión como si fuera su propia casa.
Se veía feliz, no sólo por su continuo aspecto de prepotencia desfachatada que había adoptado últimamente. Khushrenada imaginó que su ánimo tal vez lo había adquirido a su salida de McLaren. Lo más probable era que Wufei había terminado con esa alianza desde el día que le comentara eso. Prácticamente, el domingo en la noche.
Mientras desayunaban algo bastante ligero, Quatre se comunicó telefónicamente con ellos. Estaba por llegar, después de haber hecho una escala breve en Austria para dejar a Marymeia a salvo, en la casa de sus abuelos, junto con Middie.
Trowa los esperaba ya en Imola, pues se había trasladado desde la noche anterior con una gran parte de la escudería. Esta vez, llevaban tres monoplazas: el titular y un modelo nuevo, ambos con los prototipos montados, y el auto que solía conducir Otto cuando era respaldo del titular.  
Llegarían con bastante tiempo para los preparativos en la carpa, y esa ventaja en tiempo les ampliaba las oportunidades de corregir cualquier falla que pudiera presentarse.
En cuanto Quatre llegó, los hombres de su compañía se aprestaron a la carga de los supercarburantes y las mezclas especiales en los dos aviones que llevarían los suministros a Italia. Oficialmente, el equipo Managuac de las empresas Winner, formaría parte de la Escudería BMW-Williams a partir de esa carrera. Toda una ventaja.
Treize tuvo la sensación de que, con su decisión, el equipo BMW-Williams había tomado un segundo aire. Sólo faltaba consolidarlo.
Sin embargo, cuando se dirigían al jet que los trasladaría a Italia, la proximidad de un encuentro con Zechs lo hizo tomar conciencia nuevamente de que no se sentía aun seguro de poder hablar con él. Un incipiente nerviosismo lo asaltó mientras abrochaba el cinturón de seguridad de su asiento, a pocos minutos del despegue.
No hubo contratiempos en todo el trayecto. De hecho, la convivencia con Quatre y Wufei lo hizo olvidar por un rato sus preocupaciones y temores.
Hasta que llegaron a las proximidades del aeropuerto y la voz del piloto les indicó el uso del cinturón de seguridad.
Treize fue el primero que bajó del avión. Su nerviosismo era notorio, por más que se esforzara por ocultarlo. Sin embargo, ni su socio Quatre ni Wufei se percataron de eso. Estaban demasiado emocionados, comentando entre ellos la experiencia de ser formalmente parte del equipo.
 

Best Western Hotel Olympia
Sede BMW-Williams.
Jueves, mediodía.
Imola, Italia.

 

La llegada al hotel había sido más que espectacular.
Reporteros y enviados especiales de los medios de comunicación, no sólo de Italia, lo esperaban. Su regreso a las pistas representaba todo un acontecimiento, así como el anuncio del uso de los nuevos motores.
Esto último era en esos momentos una noticia de interés mundial, puesto que se había descubierto el día anterior el asunto de las ventas clandestinas de los planos y bocetos de los prototipos de Williams que Odell había realizado a Ferrari. Se hablaba de posibles arrestos a varios de los ejecutivos y personal de alto nivel de la empresa, involucrados en dicho asunto, y que tal vez algunas ‘familias’ de la mafia participaban directa e indirectamente. Algunos inversionistas de Ferrari habían huido en cuanto la noticia salió al aire.
Treize se desentendió de todo eso, alegando no ser parte de la mesa directiva de Williams. Sin embargo, Wufei Chang fue el que se hizo notar en esa ocasión.
Hablando sin ninguna modestia, y para desconcierto del Ingeniero y alarma de Quinze, Chang se autoproclamó héroe de Williams, contando toda la historia. Cuando logró captar la atención del enjambre de reporteros, Treize, Trowa y Quatre decidieron huir discretamente a sus habitaciones.
Abordaron el elevador lo más pronto posible, dejando atrás todo el tumulto.
Quatre se veía bastante divertido, contagiando a los otros.
—¡Vaya, Treize! —Comentó Trowa con un leve tono sarcástico en cuanto se cerraron las puertas metálicas, al tiempo que abrazaba a Quatre—. Tu amigo Wufei sí que se da a notar.
—Eso es lo que yo llamo pelear por ser el único centro de atracción —afirmó el árabe, al tiempo que correspondía al gesto de su amante—. Creo que Wufei va a ser muy feliz dentro del equipo de Williams.
Treize rió discretamente, sin dejar de observar a la pareja. Se sorprendió un poco al ver que, delante de él, ni Trowa ni Quatre tenían prejuicios en sus demostraciones afectuosas. De hecho, poco antes de llegar al piso que estaba designado a ellos, se fundieron en un candente beso, lleno de caricias que a Khushrenada le parecieron excesivas.
—¡Ejém!
Trowa soltó a Quatre un poco cuando escuchó el carraspeo del mayor a su lado. Sólo le sonrió con un leve gesto vicioso, al igual que el que se mostraba en el rostro sonrojado del rubio.
—Oh, lo siento. Separarme de Quatre tanto tiempo me obliga a ser muy efusivo.
—Creo que me di cuenta —les recriminó Treize con una sonrisa cómplice—. Pero recuerden que yo no tengo con quién desquitarme. Verlos así es un suplicio para mí.
—¿Y Wu…?
—Ni lo menciones, Trowa —interrumpió Khushrenada, antes de que pudiera siquiera terminar de decir el nombre del oriental.
Quatre hizo que Trowa lo soltara al escucharlo.
—Cierto. Lo siento, Treize.
—No hay problema, socio. Lo dije sólo para evitar que alguien los viera en una situación un tanto… embarazosa, si el elevador llegase a abrir las puertas en algún piso anterior al nuestro.
—Muy cierto —asintió Trowa—. Casi nos pasó en Barahim. 
Los dos jóvenes rieron, arreglándose la ropa. Khushrenada sólo sonrió nuevamente, moviendo la cabeza en un gesto de resignación.
En pocos minutos llegaron al piso. Treize se despidió en cuanto salieron del elevador, separándose rápido de la pareja al notar la urgencia que tenían de llegar a su habitación.
Lo más probable, pensó divertido, era que no tendría noticias de ninguno de ellos hasta la mañana siguiente.
Pronto llegó a su propia habitación, disponiéndose a descansar un poco antes de decidir si bajaba por Wufei para acompañarse a cenar a algún lugar interesante, o definitivamente, ir al autódromo para revisar los prototipos.
Sin embargo, al entrar al recibidor de la habitación, el exquisito aroma de un enorme ramo de rosas rojas asaltó su olfato. Estaba en la mesa de centro junto a un recipiente en donde se enfriaba una cara botella de Champagne, flanqueado por dos bellísimas copas de cristal finamente cortado y pulido.
Se sorprendió un poco al ver tal regalo, pero después sonrió, pensando que se trataba de una broma de Quinze, o un presente de algún admirador o admiradora. Cerró la puerta y dejó el equipaje, dirigiéndose entonces al ramo en busca de alguna tarjeta.
Sin embargo, al quedar frente a la enorme luna que reflejaba el interior de la habitación, su sorpresa fue mayor al ver el reflejo de Zechs, recargado éste en el marco de la puerta del baño. Llevaba otra máscara, aun más abierta que las anteriores. Parecía bastante flexible. Ninguno se movió en esos momentos de donde estaba, pero Zechs le habló a través del reflejo.
—Llegas a tiempo. Creí que tardarías un poco más en el vestíbulo del hotel, Treize.
Tratando de que los nervios no lo traicionaran, Treize le sonrió al tiempo que alcanzaba la botella de champagne.
—El señor Chang nos evitó todo eso, Zechs. Temo que desde ahora será el vocero oficial de la Escudería, especialmente en temas que se refieran a él.
Ambos rieron, y Zechs aprovechó para dejarse ver ya en persona, caminando pausadamente hacia Khushrenada.
—Ya lo creo. No sería el ‘Príncipe de las Constructoras’ si no hiciera algo así.
Guardaron silencio al quedar a sólo unos centímetros uno del otro, hasta que el mayor volvió a hablar.
—¿Qué haces aquí? — Zechs le quitó la botella, descorchándola diestramente, y sirvió las dos copas, observado por Treize.
—Quise ser uno de los primeros en darte la bienvenida —dejó la botella y le dio una copa, tomando él la otra—; espero que esta no sea la última vez que pueda competir contigo. Los circuitos son demasiado aburridos sin ti.
Sin despegar uno la vista de la del otro, brindaron en silencio, tomando ambos un pequeño sorbo del espumoso líquido. Treize decidió que ese era el momento adecuado para la conversación que tenían pendiente.
—Zechs, ¿por qué huiste?
El rubio dejó la copa a un lado, pensativo.
—No huí, Treize —le respondió, al tiempo que subía su mano hacia la de Treize, quitándole la copa y dejándola también en lugar seguro—. Tenía algo muy importante qué hacer.
—¿Mucho más importante que lo que habíamos logrado en Williams? No me convence tu respuesta —Treize sintió los dedos de Marquise recorriendo su pecho sobre la tela de la camisa, provocándole un leve cosquilleo—. ¿Estabas huyendo de mí?
El rubio sonrió sin dejar lo que hacía, acortando la distancia que lo separaba del mayor.
—Me pillaste.
Khushrenada volvió a sentir que la ansiedad y el nerviosismo aumentaban al comprender las intenciones del muchacho. Trató de detenerlo.
—Zechs, espera…
—No, no. He pasado demasiado tiempo deseando esto, y tú también. No me detengas ahora, Treize. No puedo esperar más.
Zechs se inclinó un poco, entrecerrando sus ojos, alcanzando con sus labios descubiertos los del otro hombre, acariciándolos apenas en un roce.  
Treize se sintió arrebatado por esa leve caricia. Permitió que Zechs lo sujetara por los hombros, recorriéndolos con sus dedos ansiosos. Y su nerviosismo desapareció en ese contacto.
El beso fue haciéndose cada vez más intenso, profundo, desesperadamente apasionado. Al abrazar también al muchacho, Treize sintió que Marquise subía los dedos por la parte trasera de su cuello, sujetándolo por el cabello para inclinar un poco hacia atrás su cabeza, al tiempo que lo sostenía firme, dándose una leve ventaja. Tuvo que dar unos cuantos pasos hacia atrás al sentirse empujado, sin posibilidad de resistirse a eso. Hasta que toparon con una de las paredes del recibidor, la más cercana al dormitorio. 
Marquise dejó su cabello y sus hombros sin dejar de besarlo, bajando sus manos al cuerpo firme que tanto ansiaba sentir. Lo acarició casi con urgencia, sintiendo la rendición del mayor a lo que le hacía.
Se separaron un poco, casi como accidente, sin despegar sus miradas. Treize aprovechó para detenerlo por un momento, hablando en un susurro entrecortado por la excitación, mientras acariciaba su espalda.
—Quítate la máscara.
—Treize, no…
—Por favor… quítate la máscara.
Zechs sonrió con un ligero gesto de travesura, volviendo a besarlo. Casi recargando sus labios en los de Khushrenada, le hizo otra propuesta.
—Dejaré que me la quites tú. —Treize estuvo a punto de subir sus manos al rostro de Marquise, cuando unos urgentes golpecillos lo detuvieron. Ambos voltearon a la puerta, y después volvieron a verse; Zechs preguntó con fastidio— ¿Esperas a alguien?
—No. ¿Y tú?
La segunda tanda de golpes en la puerta los obligó a separarse por completo. Treize fue a abrir, encontrándose a un muy serio manager de la Escudería. Se podía leer en su mirada la palabra ‘reclamo’ a metros de distancia.
—¡Ni siquiera tuviste la decencia de decirnos que nos cuidáramos de ese engreído, Khushrenada! ¡Ahora toda Italia sabe lo ocurrido en la empresa!
—Eh… Quinze, no creo que…
Sin darle tiempo a nada, Quinze irrumpió en la habitación. Lady Une se quedó en la puerta, pues había visto a Zechs por encima del hombro de su jefe.
Quinze se paró en seco al ver frente a sí a Zechs Marquise, recargado a un lado de la mesa de centro, con la copa en la mano. Treize le sonrió a la muchacha y la invitó a pasar, ligeramente abochornado.
—¿Qué demonios haces aquí, Marquise? —preguntó finalmente el manager, sin ocultar su enfado.
—Vine a darle la bienvenida a Treize. Como amigo. Así que no tengas cuidado, Quinze. No pienso hacer algo fuera de lo que la amistad dicta—. Con un cabeceo ligero precedido por su mirada retadora, le extendió la copa al recién llegado—; espero que tú lo hayas hecho sentir bienvenido también.
—¡Déjate de tonterías, Marquise!
—Quinze, basta —la oportuna intervención de Treize evitó una nueva riña—. ¿Qué ocurre, aparte de la molestia por nuestro nuevo vocero de prensa?
Quinze casi lo fulmina con la mirada. Pero eso sirvió para hacerlo centrarse en lo que debía decirle.
—Temo que hay un problema más. Recibimos tres notas mientras estaba la conferencia de prensa extraoficial que tu amigo Chang se encargó de organizar. Dos son amenazas de un posible boicot al momento de la competencia. La otra es un mensaje a tu nombre.
—¿Amenazas de boicot? — Zechs se enderezó al escuchar eso— ¿Tienes las notas?
—¿Para qué las quieres? —Preguntó Quinze con tono de reto—. Seguramente son de parte de la mafiosa compañía a la que perteneces. ¿Quién más si no podría hacer esto?
Treize se desesperó.
—Quinze, por favor. Deja de insultar a Zechs.
—No te preocupes, Treize. Estoy acostumbrado a tipos peores que él.
—De acuerdo. Basta —ordenó finalmente Treize, harto de esa situación—. No voy a tolerar insultos ni rencillas entre ustedes mientras yo esté de por medio. Quinze, ¿tienes las notas? ¿Qué dicen?
Medio tragándose el orgullo, Quinze se las entregó de mala gana.
—Dos están en italiano. La tercera revuelve latín y alemán. Es la que va dirigida a ti.
Treize extendió las notas, y ambos corredores las vieron. En especial, la última.
—Es extraño. “Quid Pro Quo, Khushrenada. Prepárate para el intercambio” —leyó Marquise antes de verlo fijamente—. ¿Tienes idea de qué pueda significar?
—No. Sin embargo, no deja de preocuparme el que intenten hacer algo a los prototipos.
Zechs entonces decidió posponer sus intenciones para otra ocasión, y dedicarse a investigar las notas. Especialmente la última.
—Podría ayudarte. Tal vez consiga algo de información dentro del equipo.
Treize asintió, dándole los papelillos. Quinze iba a protestar, pero sólo la mirada de advertencia que su corredor estrella le dirigió, lo detuvo.
—Te agradecería enormemente el que lo hicieras, Zechs. También podría ser perjudicial para Ferrari si no se descubre quién está detrás de esto.
—Treize, Quinze —Lady los interrumpió, mientras revisaba la agenda electrónica que llevaba—. El ingeniero Williams los espera en la junta de Directivos en veinte minutos.
Quinze asintió, disponiéndose a salir de la habitación.
—Ya lo había olvidado. Treize, no nos vayas a dejar plantados. Parece que tendremos algunos cambios en el manejo de equipo.
—Estaré allá en unos minutos. Gracias, Lady.
Ella se despidió con un asentimiento silencioso, y salió detrás de Quinze, cerrando la puerta con cuidado. Treize entonces volvió a donde estaba Zechs, y le sonrió a manera de disculpa.
—No creo que podamos hacer mucho en menos de diez minutos. A menos que realmente hagas honor a tu nombre de carreras, Conde Relámpago.
Zechs asintió, riéndose, seguido por el mayor. A pesar de la gravedad de la situación, Treize aun tenía ánimos para bromear.
—Ah, Treize, no recordaba que podías ser bastante gracioso. Y no, no podría. Pero podemos concertar una cita. ¿Te parece?
Zechs guardó las notas y volvió a besarlo. Treize lo sujetó otra vez, sólo por un momento. La caricia, aunque breve, guardaba muchas promesas.
—Me parece perfecto. Así podremos asegurarnos que nadie vendrá a tocar a la puerta.
Zechs le acarició una mejilla, y sin detenerse más, salió también de la habitación.
Al quedarse solo, Treize alcanzó su copa y bebió su contenido sin prisas, pensativo.
“Quid Pro Quo”, repasó mentalmente, tratando de desentrañar el misterioso mensaje que llegara a sus manos. “Algo por algo. Pero, ¿qué?”

 

Grand Hotel Donatello.
Sede Ferrari.
Viernes en la mañana.
Imola, Italia.

Zechs esperaba al lado de Noin que alguno de sus contactos les llamara.
Desde la tarde del día anterior, ambos se habían dedicado a investigar, tratando de obtener alguna pista que les indicara quién había enviado las notas.  
Al parecer, la conspiración había nacido dentro de Ferrari, auspiciada por varios miembros pertenecientes a una familia de bastante influencia, criminalmente hablando, ya que pertenecían a las gigantescas y dañinas corporaciones que manejaba la mafia.  
Debido a eso, la investigación había resultado frustrante y lenta. Hasta que, providencialmente, la ayuda les llegó como menos lo esperaban.
Los dos agentes se sorprendieron bastante cuando uno de los jóvenes técnicos de la Escudería llegó hasta ellos, cerca de la media noche. Se veía alterado, y con muchos deseos de hablar.

 

//Flashback//

El muchacho no había podido obtener nombres, sólo el fragmento de una conversación, oída por accidente en uno de los corredores de la empresa.
Estaba ahora sentado en la cama de la habitación de Noin, mientras les hablaba de lo que había escuchado a Zechs y su compañera.
—No sé tampoco de qué forma lo harán —les había comentado con aire de impotencia—. Lo único que escuché es que no se detendrán para lograr el sabotaje.
—¿Qué crees que puedan hacer?
El joven técnico se encogió de hombros, mas su expresión continuaba siendo grave.
—Podrían hacer cualquier cosa, señor Marquise. Desde dañar los prototipos, las herramientas, las refacciones, hasta hacer algo contra los pilotos. No lo sé —respondió con expresión apesadumbrada—. Lo único que se es que la conciencia no les molestaría si el sabotaje se sale de control. A estos tipos no les importa lo que le pase a las personas.
Noin suspiró con frustración.
—¿Estamos hablando de la posibilidad de llegar al homicidio, Maurizio?
La leve afirmación del muchacho los hizo preocuparse aun más.
—Son capaces de eso, y tal vez más, señorita Noin. Los he visto hacerlo varias veces, pero hasta ahora no he podido conseguir pruebas para denunciarlos formalmente.
—Giacchetti fue uno de los que planeó la demanda, Noin —intervino Zechs, dándole bastante peso a los temores del joven técnico—, incluyéndome a mi en ella. No es de extrañar que el tipo haga lo que sea para ganar en sus apuestas.
El joven clavó entonces su mirada en Zechs, hablando con un leve sonrojo.
—Señor Marquise, vine a hablar con ustedes porque sé que algo pueden hacer. Los admiro mucho, a usted y a Treize Khushrenada, porque amo el automovilismo y la buena competencia. A pesar de que soy fiel a Ferrari, no quiero imaginar que pueda suceder alguna desgracia dentro de BMW-Williams.
Zechs asintió con un gesto, agradeciéndole al joven su sinceridad.
—Comprendo. Gracias por preocuparte, y por tu valentía para hacer esta denuncia.
Noin asintió también, palmeando ligeramente el hombro del muchacho, buscando confortarlo.
—Haremos lo posible para detenerlos, Maurizio. Trata de mantenerte al margen, pero avísanos de cualquier cosa que puedas percibir. Nos sería de gran ayuda.
Minutos después, el técnico salió de la habitación un poco más tranquilo, pero ellos se quedaron con la angustia de saber que confrontaban a una mafia mucho más grande de lo que habían imaginado.

//fin del flashback//

Viendo por enésima ocasión su reloj, Zechs se paseó nervioso por la habitación, pensando en cualquier situación que les diera ventaja sobre quienes planeaban sabotear la carrera.
Se sentía impotente, más aun porque debía ausentarse para presentar los precalificativos que marcarían su lugar dentro de la competencia. Eso significaba perder entre dos y cinco horas en las pistas, además de que no vería a Khushrenada. El día anterior, los directivos del autódromo habían planificado los registros para BMW-Williams. Treize había alcanzado el lugar número seis, lo que le daba mucha ventaja. Zechs debía esforzarse bastante para estar cerca de él.
—Debemos hacer algo.
—¿Tienes alguna idea, Zechs? —Cuestionó Noin, mientras buscaba el nombre de uno de los contactos en el teléfono celular—. Porque si es así, te sugiero que te des prisa. Se nos acaba el tiempo.
Zechs se detuvo entonces, fijando sus ojos celestes en los de su compañera. Noin pudo ver la gestación de una idea, y el impulso que le daba a Zechs.
—Noin, mientras encuentras algo, seré yo quien sabotee la carrera.
Noin se quedó quieta un momento, viéndolo con ojos extremadamente abiertos debido a la sorpresa.
—¿Qué? ¿Estás loco, Zechs? ¿Cómo…?
—Escucha, escucha —Marquise la obligó a guardar silencio para poder explicarle la idea—. Estos tipos buscan a toda costa ganar. Probablemente hay millonarias cantidades de dinero invertidas en apuestas hacia Ferrari. Si logro detener a Treize, tengo la carrera asegurada, y nadie saldrá herido.
—Zechs, no sabes…
—Pero puede funcionar, Noin. Tal vez podamos evitar una tragedia.
La joven lo observó detenidamente por espacio de un minuto, sopesando la idea. Finalmente, asintió con un cabeceo.
—De acuerdo, Zechs ¿Cómo lo harás?
—Aun no lo sé. Ya pensaré en algo.