
VP Capítulo 16
Mansión Khushrenada.
Heinenkell, Alemania.
Viernes, 5:45 a.m.
Trowa se removió inquieto, en medio de un sueño húmedo.
Casi nunca los tenía, así que atribuyó las sensaciones a que estaba abrazando a Quatre, y que no podía dejar de pensar en él ni siquiera cuando dormía.
Pero la sensación era tan real, que no tuvo más remedio que abrir los ojos al sentir que otra parte de sí despertaba antes que él mismo. Entonces tuvo conciencia que no era por un sueño que su libido se había alterado, sino por Quatre.
El árabe se había despertado minutos antes, y al verlo ahí, abrazándolo estrechamente, supo que lo necesitaba antes de que volvieran a separarse.
Aun adormilado, Trowa estiró una mano hacia la rubia cabeza que alcanzaba a ver en actividad justo en su bajo vientre, sintiendo el terciopelo de su lengua recorriéndolo en toda su extensión, causando extraordinarias sensaciones cada vez que se sentía atrapado por la calidez de la boca de Quatre, acariciado por la suavidad de sus labios, perteneciéndole por completo, mientras el árabe le hacía morir un poco antes de que el alba se anunciara.
Enredó sus dedos en el cabello rubio, abandonándose a las cada vez más evidentes contracciones involuntarias que Quatre le provocaba, hasta que en medio de un suspiro prolongado, llamando a su amante, Trowa alcanzó el paraíso.
El rubio se esmeró en ese momento de triunfo, dejándolo después para alcanzar sus labios. Trowa saboreó esa mezcla de esencias de la boca de Quatre, y le sonrió.
—Vaya forma de despertarme.
—Quería que supieras cuánto te había extrañado, Trowa.
Permanecieron abrazados varios minutos, mismos que el latino aprovechó para recuperarse de ese primer asalto y tomar entonces su oportunidad.
—¿A qué hora se irán? —preguntó con algo de nostalgia anticipada.
—Aun no estoy seguro —respondió el árabe —. Treize me dijo que quería salir lo más pronto posible.
Trowa entonces se volteó hacia su amante, y sonriéndole con cierta picardía, se incorporó un poco sobre él, besándolo profundamente. Ya estaba más que despierto.
—Entonces no desaprovechemos el tiempo, Quatre —le reclamó al separarse, mientras le sujetaba los brazos sobre su cabeza—. Aunque no creo que tres horas nos alcancen para hacer todo lo que tengo planeado.
—En ese caso... –Quatre fijó en él su mirada oscurecida por el deseo— no me hagas esperar más, Trowa.
Sin hablar más, el latino volvió a besarlo, dando rienda suelta a todo el sentimiento que Quatre despertaba en él.
Dos horas más tarde, el conjunto de sonidos del movimiento que los habitantes de la mansión hacían, les indicó que debían levantarse ya.8:00 a.m.
Algunos de los sirvientes de Quatre llevaron el equipaje al avión, mientras los dos socios se alistaban para partir con rumbo a los Emiratos Árabes.
Treize se disponía a bajar al comedor, cuando encontró a Trowa y a Quatre en el corredor que llevaba a la habitación del árabe, sujetándose uno del otro en un estrecho abrazo, hablando en voz baja. Sonrió, pensando que no desaprovechaban ningún momento para permanecer juntos. No quiso molestarlos, así que les dio toda la privacidad que pudo.
Hasta que Wufei los interrumpió ruidosamente, llegando al corredor después de salir de su habitación.
—¡Hey, tórtolos! ¡Se les va a hacer tarde!
Los amantes se separaron al escucharlo, Trowa molesto por semejante forma de interrupción, Quatre sonrojado, pero sonriente. Éste fue quien lo saludó de forma amable.
—Wufei, buenos días.
—Sí, sí, sí. Buenos días —acercándose a la pareja, los apuró para que bajaran—. Ya deberías estar en el comedor, Quatre. Y tú, Barton, deja de entretenerlo.
Trowa no cambió su semblante serio, pero guardó silencio por evitar un episodio desagradable. Treize fue quien los libró del oriental.
—Señor Chang, deja de meterte en asuntos que no te corresponden —lo reprendió el mayor, llegando también al corredor—. Anda, vamos al comedor. Ellos pueden llegar cuando deseen.
Lo sujetó por un brazo, y sin esfuerzo, lo hizo caminar a su lado. Wufei trató de protestar débilmente, sin éxito.
—Se les va a hacer tarde, Treize —intentó reclamar el oriental.
—Wufei, ¿olvidas que nosotros somos los que controlamos nuestros horarios? —Quatre sonrió ante la expresión del oriental al reconocer que era cierto—. Además, no iremos a encontrarnos con ningún cliente, amigo. Este viaje es sólo para él y para mi. Así que deja de preocuparte, y vayamos a desayunar.
Quatre y Trowa vieron cómo se lo llevaba, desviando la conversación hacia otros tópicos, dándoles espacio. Trowa sonrió entonces.
—Sí que sabe cómo apaciguar a las fieras.
—Es el mejor estratega que he conocido en eso del convencimiento, Trowa —Quatre asintió, pero tuvo algo de empatía por el oriental—. Pobre Wufei. Está tan convencido de que es su amor imposible, al grado que hace lo que le diga, aunque se muestre ‘duro’.
—Tendrá qué reconocer algún día que debe dejar su obsesión por Treize —comentó el latino, mientras volvía a abrazar al rubio—. Va a ser un golpe duro.
—Bueno, creo que cuando eso ocurra, volveremos a ver al antiguo niño mimado y soberbio que era, hasta hace unas semanas.
Trowa se sorprendió al escucharlo.
—¿Qué? ¿Quieres decir que puede ser más malcriado y soberbio que ahora?
Quatre rió, besando a su amante antes de decidir que debían bajar también ellos al comedor.
—Se ve que no lo conociste, Trowa. Wufei está irreconociblemente calmado ahora— ambos caminaron por el corredor, agarrados de la mano—. De verdad que era insufrible. La amistad con Treize lo ha apaciguado bastante.
—Vaya…
Al llegar al comedor, encontraron a Wufei y a Treize enfrascados en los planes que Chang le comentaba a Khushrenada.
—…sólo me presentaré como parte de la mesa directiva en Bélgica. Pero no quiero aplazar más esto, Treize. Debo renunciar ya al cargo si quiero seguir entrenando para ser piloto.
—¿Cuándo tienes pensado hacerlo?
—Tal vez la siguiente semana, el lunes mismo. Quiero ir a Italia con ustedes.
—Entonces deberás irte directamente, después de Bélgica. De otra forma, los ejecutivos te darán largas, incluso podrían demandarte por incumplimientos y situaciones extravagantes.
Wufei ondeó una mano en un gesto despectivo, mientras sonreía confiado.
—Eso es lo de menos. Mi padre soporta amenazas de ese tipo todo el tiempo. Una más no creo que nos afecte.
Treize sólo asintió ante la excesiva confianza del oriental. Sonrió levemente, pensando que le convendría ser un poco como él. Tal vez así podría dejar atrás todo lo que lo detenía en su búsqueda de la felicidad.
Una hora más tarde, los dos socios de la Armería abordaban el avión, mientras los dos invitados los despedían desde un extremo de la pista.
Sería un largo fin de semana.------------------------------------
Hacienda-palacio, propiedad de Quatre Winner.
Jebel Alí, Dubai.
Emiratos Árabes.Mientras atravesaban la verja que daba acceso a su casa, Quatre se preocupó un poco al ver la expresión seria y distante de su socio.
Llevados desde el aeropuerto en la elegante limousine que esperaba al árabe, el viaje había sido más que placentero. Sin embargo, Treize parecía no darse cuenta.
—Mary se preocupará si te ve en esa actitud, Treize.
Este volteó hacia su socio al escucharlo mencionar a su hija.
Sabía lo que había dicho, pero no podía evitar que la preocupación se anidara en su pensamiento. Asintió, haciéndole caso a Quatre al dejar que una leve sonrisa se dibujara en su rostro.
—No pasará eso, amigo. Me esforzaré en disfrutar estos días con ella.
—Sé que lo harás —el rubio le sonrió, asintiendo mientras volvía su vista hacia la entrada principal de la mansión. Marimeia los esperaba ansiosa—. Mira, es la primera de la comitiva de recepción. Te esperaba.
Treize volteó también, ampliando su sonrisa al verla.
La forma en que la niña los recibió fue toda una fiesta para ambos.
Treize la abrazó efusivamente, agradeciendo en silencio a Quatre por mantenerla a salvo, junto a Middie.
Durante las primeras horas de estancia, ambos socios recibían un discreto reporte del cuerpo de seguridad, informándoles que nada anormal se había presentado. Poco a poco, Treize se tranquilizó entonces al comprobar que no había nadie tras ellos.
A partir de ese momento, todo el fin de semana fue de vacaciones totales para los tres huéspedes de Quatre.
Paseos a las playas de arenas blancas y mar azul, vistas de cielos limpios y despejados, y un sol radiante y benevolente. Un verdadero paraíso del que disfrutaron a la par que su anfitrión.
Sin embargo, durante la noche de esos días, en el tiempo que todos dormían en las habitaciones asignadas, en una copia que había hecho a su agenda de las codificaciones y los mensajes encontrados, Khushrenada continuó trabajando en cada clave numérica, llegando a descifrar una buena parte del escrito. Parecían ser números bancarios, y claves de seguridad de los que solían utilizar en la producción de armamento.
Al pensar en ello, su preocupación se acrecentó, robándole el sueño por completo. Sin embargo, se esforzó por ocultar ese estado de ánimo a todos.
La tarde del domingo, Quatre llamó a Treize a uno de los enormes salones de la mansión.
El rubio árabe estaba sentado en un enorme y cómodo sillón, y frente a él, una gigantesca pantalla plana mostraba las noticias de la competencia de Bélgica
—Zechs continúa sosteniendo el campeonato mundial, Treize. No hay rival que pueda emparejársele.
—Tendrás que esforzarte bastante entonces si quieres llegar a ser el campeón mundial del automovilismo. Y Wufei también. ¿Dijeron algo del piloto de BAR-Honda?
—¿Heero Yuy? Es el que sigue muy de cerca a Zechs, ¿no?
—El mismo.
—No, creo que no se presentó a la competencia. El Conde Relámpago llegó totalmente solo a la meta.
Treize sólo volteó con Quatre por dos segundos, y cambió la conversación.
—Quatre, ¿te importaría si regreso a Alemania mañana en la noche?
El rubio dejó de prestar atención a lo que el comentarista deportivo decía, y volteó a ver a Treize.
—No le veo inconveniente alguno, amigo. Pero pensé que te quedarías más tiempo.
—Tengo varias situaciones pendientes por resolver —se excusó Khushrenada—. Una de ellas es la investigación del asesinato de mi padre. Tengo bastante evidencia de que esto fue hecho por toda una organización criminal sumamente fuerte, y no puedo dejar pasar más tiempo para denunciarlos.
Quatre se mostró ligeramente preocupado por eso.
—No te vas a llevar a Mary y a Middie, ¿verdad?
—No. A menos que ellas argumenten algo de peso para volver a Viena.
El árabe observó a Treize por unos segundos, percatándose hasta ese momento de que su socio en verdad no se encontraba bien. Volvía a tener ese aire dubitativo y distante, señal de que la situación se volvía aun más de cuidado.
—Me aseguraré de que el jet esté listo a tiempo, Treize. Mañana en la mañana estarás en Alemania.
Khushrenada asintió, sonriendo forzadamente, tratando de que su socio no se preocupara. Decidió retirarse para pasar todo el tiempo posible con la niña.
—Gracias, Quatre. Voy a llevar a Mary y a Middie al centro. Regresaremos a tiempo para cenar.
—Claro. Que se diviertan.
Poco después de que Treize abandonara el salón, Quatre se levantó del sillón y fue hasta una pequeña mesita en donde había un teléfono. Marcó un número interno, llamando a uno de los elementos de su cuerpo de seguridad más confiable.
—Mohir —lo nombró en cuanto el otro contestó—, mi socio va a salir de la mansión. Proporciónale la misma protección que a mi padre, por favor. Te lo agradezco.
Hecho esto, llamó también a quienes prestaban mantenimiento a los transportes de la compañía. Debía tener todo listo para el día siguiente.
La última noche en Jebel Alí, Treize permaneció en vela al pie de la cama de Mary, observándola dormir.
Debía regresar y confrontar el peligro que acechaba a su familia, y pensar en eso lo angustiaba. Si no lograba hacerlo, la desgracia volvería a empañar su vida, y supo que esta vez no lo soportaría.
Ese pensamiento ocupó desde ese instante su existencia completa. Nadie, ni siquiera Quatre, se percató de la enorme preocupación que Treize guardó sólo para sí.-----------------------------------
Berlín, Alemania
Esa misma noche, en el centro de la ciudad.Proveniente desde Washingtong, D.C., Heero Yuy llegó esa noche al pequeño departamento en el que había instalado su base de operaciones personal, encontrándose con que tenía mensajes en la máquina contestadora.
Pensando que se trataba de una interminable cadena de llamadas de Duo, lo puso a funcionar sin prestarle demasiada atención, dirigiéndose a la cocineta para revisar si había algo comestible en el refrigerador.
Los primeros mensajes no lo distrajeron de su revisión. La voz de Duo se escuchó una y otra vez, después de varios tonos de grabación.
Hasta que un tono de voz totalmente diferente al de Duo se dejó oír en el aparato.
—…shrenada. Encontré una tarjeta a nombre de Odín Low que al parecer tenía mi padre. Necesito respuestas. Volveré a comunicarme l…
Con el sólo cambio de voz supo que debía escucharlo nuevamente con toda la atención que pudiera. Soltó lo que traía en la mano, apresurándose a alcanzar la grabación antes de que ésta pasara al siguiente mensaje.
Sin terminar de escuchar los mensajes restantes, levantó el auricular del aparato y marcó el número, encontrándose que era un teléfono celular, y que estaba bloqueada la comunicación con el mismo.
—Demonios… —masculló quedamente, empezando a sentirse frustrado.
Lo intentó un par de veces más, colgando al escuchar la grabación que le indicaba que no podría transferir su llamada por estar fuera de la zona de alcance de la compañía telefónica.
Entonces, volvió al mensaje. Lo escuchó varias veces, repasando en la pantalla digital la fecha en la que había sido grabado. No tenía mucho, un par de días, según lo decían los números. Pero Heero sabía que un tiempo tan reducido podría ser la diferencia entre salvar una vida y un caso, o perderlos irremisiblemente a ambos.
Sin dejar de pensar en mil posibilidades, Heero volvió a levantar el auricular y marcar otro número, esperando algo impaciente que le respondieran.
—Yuy, qué sorpresa —la voz de Solo fue lo primero que escuchó, pero no se dejó llevar por el tono de broma con el que le hablaba.
—Solo, Khushrenada se comunicó a este número.
—¿Khushrenada? ¿El hombre que asesin…?
—No, su hijo. Al parecer encontró algo que se nos pasó a nosotros, y está buscando respuestas. No puedo comunicarme en estos momentos con él.
—Tal vez está escapando, tal como lo hizo su padre.
—No lo sé, no dice nada más en el mensaje.
—Bien, inténtalo de nuevo hasta que logres algo. Por mi parte, tengo noticias frescas de lo que Tsuvarov ha estado haciendo. Algunos de los contactos lo vieron en Alemania, visitando a uno de los antiguos mariscales del ejército disidente. Parece que está buscando información, pero no estoy muy seguro de qué tipo.
—¿Cuándo fue eso?
—Alrededor de tres semanas, aunque no me dieron una fecha exacta. No se ha movido de Alemania desde entonces.
Heero guardó silencio unos segundos, especulando, sopesando posibilidades al tratar de ponerse en los zapatos de esos hombres.
—Solo, tal vez Tsuvarov esté aquí porque no ha encontrado lo que busca. Tengo un mal presentimiento.
—Tratándose de ese tipo, siempre tendremos malos presentimientos, Heero. Voy a seguir hablando con mis contactos, a ver si puedo descubrir algo. Si consigo noticias, te las haré llegar lo más pronto posible.
—Ok. —dicho esto, ambos cortaron la comunicación.
Tratando de calmarse, volvió a poner la cinta de mensajes, escuchando los restantes, todos de Duo, pidiéndole una oportunidad para hablar.
Heero cerró los ojos al escucharlo, recordando la expresión del americano justo al momento de decirle que había sido él quien tomara la determinación de actuar como lo había hecho.
Sin asomo de duda.
Sin titubeos.
Entonces, se maldijo en silencio por no haber estado ahí para hablar con ese hombre y terminar con todo ese asunto de una vez por todas.
Porque hasta el momento, ese caso sólo le había destrozado la vida…
-----------------------------------
Lunes siguiente de la competencia en Bélgica.
Edificio World Trade Center
Hong Kong, China.Sin muchas noticias relevantes después de la competencia, Wufei regresó a China, tal como le dijera a Treize que haría.
Antes de salir de Bélgica se había comunicado con él, cerciorándose de que estaban bien, y que no habría inconvenientes cuando regresara a la armería. Khushrenada no le dijo que él volvía a Alemania antes de lo previsto.
Treize, por su parte, se mostró totalmente solidario al apoyarlo en su decisión de presentar su renuncia a McLaren.
Wufei no poseía una personalidad tranquila, y Treize intuyó que si permanecía sujeto a las disposiciones arbitrarias de la junta directiva, terminaría en muy malos términos. Era mejor cortar por lo sano, y mientras más pronto, mejor.
Mientras se dirigía al piso que le correspondía como su apartamento personal dentro del edificio, una llamada en su celular lo sacó de sus cavilaciones.
Al revisar el número, se percató de que la llamada provenía de Alemania. Algo extraño, puesto que Treize llegaría a Heinenkell hasta el anochecer del día siguiente.
Respondió a la llamada, hablando en un alemán bastante entendible.
—Chang Wufei al habla.
—Señor Chang, me alegra que haya tomado mi llamada.
—¿Quién le dio este número? —Preguntó algo molesto, pues se suponía que nadie, aparte de Treize y sus allegados, lo tenían—. ¿Y quién es usted?
—Oh, permítame presentarme —respondió el alemán que lo llamaba, ignorando la primer pregunta—. Soy Hank Odell, ejecutivo de Williams. Señor Chang, me gustaría hablar un poco de negocios con usted.
—¿Negocios? —una corazonada detuvo a Wufei de cortar la llamada. Era muy extraño que alguien de Williams le llamara para eso sin mediación de Quinze—. ¿Acerca de qué?
Al ver que había conseguido su atención, Odell adoptó un teatral aire de importancia.
—Sé que usted forma parte de la mesa directiva de McLaren/Mercedes Benz, y mi interés es… digamos que deseo ofrecerle unas mejoras para el prototipo que maneja su escudería.
—Creo que no entiendo muy bien lo que está ofreciéndome, señor Odell. ¿Podría ser un poco más específico?
—Bueno… sé también que lleva cierta amistad con el ingeniero Khushrenada, y me imagino que es por el trato que pudiera darle él como asesor en cuanto a diseño de los motores que utiliza, y sus posibles modificaciones.
—Señor Odell, si está tratando de venderme refacciones para los prototipos, creo que se ha equivocado de hombre. McLaren posee toda una línea de diseño y armado tanto de motores y refacciones para los prototipos de la escudería…
–No, no. Creo que no expliqué claramente lo que estoy haciendo —el oriental sintió que lo que estaba a punto de escuchar era algo sumamente turbio y corrupto—. Lo que le estoy ofreciendo es algo más que eso. Es la maquinaria que Williams-BMW utilizará en su siguiente prototipo, totalmente revisado y comprobado en su funcionamiento.
Wufei casi se infartó al escucharlo.
Prácticamente, estaba hablando con el hombre que se enriquecía en base al robo y la venta clandestina de los planos del prototipo en el que Trowa, Otto y Treize habían trabajado durante meses.
Sin perder tiempo, Wufei decidió entretener al ejecutivo para poder llamar a Quinze.
Aunque no era muy de su agrado, sabía que era el único que podría darle total credibilidad a la historia.
—¿El motor, el que van a probar esta semana?
—Así es. Tendremos los resultados después de los precalificativos, que son aproximadamente en cuatro días. Conociendo sus capacidades, si le interesa, podríamos…
—Espere, señor Odell —Wufei lo interrumpió, dándose cuenta que debía denunciar esa conversación. Tenía qué ganar tiempo—. Estoy en estos momentos en el ascensor, camino a mi despacho. Si me espera unos minutos, podremos hablar con más tranquilidad de esto. Es muy incómodo para mí hacer negocios en este lugar, no sé si me comprenda.
—Oh, por supuesto que lo entiendo. ¿Quiere que le llame más tarde?
—¡No! —si cortaba la llamada, tal vez no volvería a contactarlo. Se arriesgó—. Hagamos esto. Faltan aun cuatro pisos para alcanzar mis oficinas; ¿me esperaría en la línea?
—Oh, por supuesto, señor Chang —replicó el alemán en un tono satisfecho. Había creído la historia.
—Bien, permítame.
Dejando la llamada en espera, Wufei alcanzó el corredor principal del piso, caminando apresuradamente hacia su despacho. Sin perder tiempo, marcó a las oficinas generales de Williams, buscando apresuradamente a Quinze.
La cristalina y fresca voz de Lady le respondió.
—¿Señorita Une? Habla Chang Wufei. ¿Puede comunicarme inmediatamente a Quinze?
—Señor Chang, está en una junta con el ingeniero Williams y dos ejecutivos de BMW…
—¡Es muy urgente, de verdad! —se controló al darse cuenta que le había levantado la voz, y trató de remediar ese error—. Escuche, señorita. Tengo a alguien de BMW en otra línea, tratando de venderme los planos del motor que aun no se ha probado. Creo que esto le interesará bastante al ingeniero Williams y a Quinze.
Al escuchar eso, Lady supo que debía hacerlo.
—Por supuesto que les interesará. Permítame comunicarlo, señor Chang.
Wufei esperó algunos segundos, revisando el celular para comprobar que el otro no había cortado la comunicación.
—¿Wufei Chang? —escuchó finalmente la voz de Quinze en el teléfono, medio enfadada, pero al mismo tiempo, con urgencia.
—Hey, Quinze. Tengo algo que apreciarás mucho. Abre el altavoz, y no hagan ruido.
Al escuchar que lo hacía, Wufei volvió a tomar la llamada del celular, esta vez, utilizando también el altavoz.
—¿Señor… Hank Odell, verdad?
—Si, aun el mismo.
Wufei sonrió. Lo había obligado a identificarse sin que sospechara de eso.
—Disculpe la tardanza. Ya estoy en mi despacho, y podremos hablar tranquilamente.
Confiado, el alemán respondió, casi seguro de que había ganado un ilícito negocio millonario.
—Perfecto, señor Chang.
—Me decía entonces que podríamos negociar la compra de los planos del nuevo motor. Pero si aun no está probado al cien por ciento…
—Eso no debería preocuparle, señor Chang. El diseño de esta maquinaria ha sido sumamente cuidadoso, al grado que se eliminaron todos los fallos técnicos que los anteriores habían presentado. Por otra parte, es mucho más ligero que sus predecesores.
—¿Cómo convenzo a la armadora de McLaren de que los planos funcionan? Porque no creo que usted sepa algo acerca de su construcción.
—Ah, veo que es previsor. Hay dos técnicos detrás de esto. Ambos han visto las pruebas anteriores, además de que han participado en el armado complementario de la maquinaria. Saben su trabajo.
—Bien, imagino que en estos momentos los planos tienen un precio, y después de los precalificativos, ese precio aumentará. ¿Me equivoco?
—Oh, sería sólo un pequeño porcentaje por otorgarle a usted la primicia. Algo significativo.
Como buen comerciante que era, Wufei estudió la situación. Debía ser muy cauteloso con sus siguientes preguntas para poder obtener más información.
—Señor Odell, su oferta es bastante interesante para mí, pero debo decirle que ha sido muy precipitada, ya que yo formo parte de la mesa directiva, no soy quien toma la decisión final. Necesitaría comunicarme inmediatamente con mis socios y los demás ejecutivos para tomar la mejor opción. ¿Qué puedo hacer?
—Podría esperarlo, señor Chang. Hasta la tarde de hoy.
—Me imagino que tiene otros prospectos para la compra de los planos… ¿Ferrari ya le hizo alguna oferta?
Odell rió levemente.
—Ferrari siempre los compra, aunque haya más prospectos. Pierda cuidado, señor Chang. Si se decide, estarán en igualdad de potencia para competir entre los primeros.
Ahora, ¿quiere que veamos el precio al que se lo ofrezco ahora, o espera a los resultados?
Wufei decidió hacerlo esperar. Debía hablar con Quinze antes, y saber qué acciones tomarían ellos.
—Preferiría que me diera un poco de tiempo. ¿Tres horas serán suficientes? Debo convencer a mi gente, y créame, a veces no es muy fácil, tratándose de novatos como yo, pero puedo asegurarle que ellos también estarán muy interesados en su oferta.
—Me parece adecuado.
—¿Me volverá a llamar, o desea que sea yo quien le hable, ya con la respuesta?
—Pienso que sería más conveniente si yo lo localizo. Le llamaré entonces en tres horas, señor Chang. Ha sido un placer hablar con usted.
—Igualmente, señor Odell. Hasta entonces —Wufei cortó la llamada, dirigiéndose a los que escuchaban por el otro teléfono—. ¿Y bien?
Quinze fue el primero que habló. En medio de la conversación se podían escuchar varias voces algo alarmadas, hablando de lo ocurrido.
—Estoy pasmado…
—Lo imaginé —respondió el oriental, pensando que él también se había sorprendido bastante al escuchar al ejecutivo por primera vez—. Tienen al enemigo entre ustedes. Creo que ya lo identificaron, así que podrán hacer algo para detenerlo.
—Así es, señor Chang —respondió el ingeniero Williams, consternado—. Le agradezco mucho lo que ha hecho por la compañía. Tal vez jamás hubiésemos encontrado la fuga de información y el fraude de no ser por usted.
Wufei sonrió, pensando que ahora ellos le debían un favor. Debía aprovecharlo.
—Oh, sólo hice lo correcto, ingeniero. Quería saber qué se siente ser una especie de ‘James Bond’. Por otra parte, podríamos decir que esto excluye a Zechs Marquise de la sospecha de robo de ideas y fraude.
—¿Zechs Marquise? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?
—Considerando que ya localizaron al verdadero responsable de los fraudes a la compañía, podrán ahora dejarlo fuera de este asunto.
—¡Por todos los cielos! —reclamó Quinze, abochornado. Recordó con pesar el momento en que Treize le había dicho que él creía lo que decía Zechs, pese a toda la evidencia en su contra—. ¿Qué tiene eso qué ver con el asunto que tenemos ahora?
—Tiene mucho que ver, Quinze, porque voy a cobrarles favor por favor. Supe que Treize pasó un momento bastante desagradable cuando usted inculpó a Marquise de robo y fraude.
—¡Pero eso pasó hace meses!
—Quinze, deja que termine —la voz tranquila y autoritaria del ingeniero Williams lo hizo guardar silencio—. ¿Qué tiene en mente, señor Chang?
El joven oriental lo pensó con cuidado. Lo que hiciera, Treize tenía qué saberlo. Eso le daría puntos ante él.
—Primero… si hay una denuncia en contra de Ferrari, Zechs Marquise estará a salvo de eso. En segundo lugar, su reputación quedó bastante maltratada cuando se le inculpó, así que no estaría mal que se le diera una disculpa… pública.
—¡¿Qué está…?!
—Me parece razonable —se adelantó el director general de Williams, callando la protesta de Quinze—. La disculpa se hará el mismo día de la competencia.
—Perfecto —asintió satisfecho Wufei—. Bien, señores, los dejo entonces para que puedan detener a Odell. Debe estar impaciente por saber qué va a suceder con su oferta.
Los veré en Italia.
Dicho esto, Wufei terminó la llamada, sentándose en el enorme sillón ejecutivo que tenía detrás de su escritorio.
Sonriente, pensó en que Treize estaría sumamente agradecido con él.
---------------------------------------------
Heinenkell, Alemania.
Martes, 8 a.m.De regreso en la Armería, ajeno a los acontecimientos en Williams, Treize llegó a su despacho, dispuesto a terminar de unir todas las piezas del rompecabezas que le dejara su padre.
Sacó la nota del paquete dirigido a Marimeia, así como la carta que le había dejado en el departamento de Trowa, y con sumo cuidado, cotejándolo con los demás papeles en los que había descifrado la parte del código que recibiera la niña, Treize pudo armar un mensaje totalmente legible y comprensible.
Había coordenadas, y él las conocía.
Rápidamente, tomando un libro de referencias geográficas e ingeniería, se dio a la tarea de encontrar las coordenadas en un mapa, y ubicó la ciudad de Munich. Era exactamente la dirección de la oficina de correos a la que pertenecía la llave que contenía el paquete, y el recibo de compra del espacio de almacenamiento postal.
Decidido a terminar de descubrir todos esos secretos, comenzó a preparar todo para viajar a Munich lo más pronto posible.
Unos ligeros golpecillos en la puerta abierta de su despacho lo hicieron distraerse momentáneamente de lo que hacía.
—No sé por qué tuve la corazonada de que regresarías antes de lo previsto, Treize.
—Trowa, buenos días —saludó el mayor, un poco sorprendido al encontrar a su familiar aun en la armería—. Pensé que habías regresado a Dolfindog.
—Le solicité un día más a Quinze para estudiar los cambios al prototipo del motor en los túneles de prueba de velocidad. Si vas a correrlo, lo mejor que puedo hacer es asegurarte que funcionará.
—Te preocupas demasiado.
El latino entró al despacho, metiendo las manos a los bolsillos de su pantalón, en un gesto muy común de él cuando estaba preocupado.
—No, Treize. Me estoy asegurando de que Marimeia no se quede huérfana a tan corta edad. Recuerda que Imola tiene curvas demasiado peligrosas. Ya han cobrado dos vidas.
Asintiendo en silencio, Treize juntó los documentos que tenía sobre el escritorio y empezó a guardarlos en un portafolio. Eso no pasó desapercibido para Barton.
—Voy a ir a Munich —le dijo al darse cuenta que Trowa veía con mucho interés lo que hacía—. ¿Quieres que te lleve, o te quedarás más tiempo?
Trowa volvió su mirada inquisitiva al rostro de Khushrenada.
—Acabas de llegar, y ya piensas irte otra vez. ¿Significa eso que encontraste la respuesta a lo que tu padre te dejó?
—La llave que venía en el paquete es de un compartimiento postal, en Munich —Treize volteó a verlo con expresión seria, a manera de respuesta—. Quiero ir allá para saber qué ocasionó que mi padre actuara con tanto secreto. Quiero hacerlo antes de que pase más tiempo, y que el compromiso de conseguir el título para Williams me lo impida.
Trowa asintió, comprendiendo su posición.
—Te acompaño a Munich, Treize. Tal vez necesites quedarte allá.
Treize dejó el portafolio a un lado, aun pensativo.
—¿Cómo vas con las pruebas al prototipo? —preguntó finalmente, dejando sus pensamientos muy aparte de lo que trataba ahora con Trowa.
—Bueno… faltaban dos pruebas. Estábamos esperando al doctor J para que nos ayudara a monitorear la resistencia de los materiales de los componentes externos. Me dijeron que tuvo un pequeño percance, y que tal vez llegue aquí hasta dentro de una hora y media, o tal vez dos.
—Es demasiado tiempo de espera —el mayor sonrió, pensando en qué hacer mientras el tecnólogo llegara—. ¿Ya desayunaste, Trowa?
—Aun no. Aunque pienso tomar algo ligero.
—Bien, entonces seremos dos. ¿Me acompañas a desayunar? Podría ayudarles también a revisar y monitorear los resultados de las demás pruebas, mientras llega J.
Trowa asintió levemente, al tiempo que ambos echaron a andar hacia el corredor que los llevaría a las escaleras, y de ahí, al comedor de la mansión. Treize desvió totalmente la conversación a lo que sabía que le interesaba a Trowa. No quería involucrarlo más de la cuenta.
—Deberías aceptar la invitación de Quatre de ir un fin de semana a su casa. Jebel Alí es un lugar muy hermoso.
El latino lo volteó a ver con cierta expresión sonriente. Treize y sus ánimos de cupido lo divertían.
—Lo haré cuando la temporada termine. Estoy pensando en pedirle un mes de vacaciones a Quinze.
—¿Un mes? Me parece que Quinze no aceptará tu sugerencia. Eres relativamente nuevo, y él absolutamente apegado a los reglamentos de su área.
—Yo puedo ser reglamentariamente obstinado, Treize. Más si se trata de asuntos relacionados con Quatre.
—Ya lo creo —respondió Khushrenada al tiempo que alcanzaban las escaleras, sin dejar su leve sonrisa cómplice.
Inmediaciones de la ciudad de Munich, Alemania.
3:50 p.m.
Poco después de que las pruebas del prototipo finalizaran, Treize y Trowa abordaron uno de los vehículos más seguros para la autopista que los llevaría a Munich.
A muy grandes rasgos, Treize le había comentado a Trowa acerca del paquete, y lo que significaba cada una de las piezas del mensaje, aunque ahora faltaba descubrir la que al parecer, era la parte más importante y la más peligrosa de ese asunto.
El viaje resultó un poco pesado para Treize, aunque las horas que había pasado en la Armería le habían dado un poco de descanso de todo el estrés que podría haber llevado encima al volver de Jebel Alí. Además, conducir siempre lo relajaba, así que había decidido ir por tierra, dejando que la tranquilidad de la carretera lo envolviera.
Durante la mayor parte del trayecto, Trowa le habló de cómo se sentía con respecto a los cambios hechos en la estructura principal del motor. A pesar de que las pruebas que recién habían realizado al prototipo fueron más que satisfactorias para los demás tecnólogos, e incluso para el mismo Khushrenada, aun no se sentía seguro.
Su preocupación ante eso, aunque ligera, era muy evidente.
—No sé qué es lo que no puedo ver en el diseño, Treize —le confió al mayor sus temores, poco antes de llegar a la última caseta de peaje—. Siento que algo no encaja bien, que puede fallar en cualquier momento, pero no puedo preverlo.
—Empiezo a creer que eres un poco obsesivo —replicó Khushrenada sin despegar su vista del rostro del latino, mientras esperaban llegar al área de cobro—; en cierta forma, Trowa, los prototipos siempre marcan un nivel de inseguridad entre sus constructores. Yo lo he vivido, sé de lo que me hablas. Pero te recomiendo que no te estreses más de la cuenta.
—Treize, no estamos hablando de un civic, o de cualquier auto de bajo riesgo. Es un prototipo que puede alcanzar los cuatrocientos veinte kilómetros por hora. Un peligro si no se puede llegar a controlar debidamente.
—Lo sé —Treize volvió la vista al frente, pensando en ello—. Pero mientras no identifiques alguna falla real, no deberías considerarlo en forma pesimista.
—No es pesimismo —alegó Trowa con un ligero tinte de enfado en la voz—. No quiero sentirme responsable si algo te llega a pasar, ya te lo había dicho.
Guardaron silencio, y permanecieron así hasta que llegaron a la barrera, pocos minutos más tarde. No tardaron mucho en cruzar la caseta de peaje, dirigiéndose de inmediato a la bifurcación de la autopista que los llevaría a la ciudad de Munich.
Trowa suspiró en tono cansado mientras observaba el tráfico del atardecer.
—¿Qué harás cuando localices lo que has venido a buscar?
—Aun no lo sé, Trowa —respondió con franqueza el mayor—. No he recibido ninguna llamada del número de la tarjeta que me dejó mi padre. Eso me parece algo muy anormal.
—¿Y la policía?
—Parecería la mejor opción, pero créeme que no les tengo mucha confianza. Al menos no a la policía local. Por otra parte, quiero saber primero qué es lo que voy a encontrar.
—¿No es muy riesgoso si te quedas con eso?
Treize negó levemente, esquivando el tráfico de forma diestra.
—Nada en el mensaje dice lo que puede ser, ni tiene advertencias. Solamente sé que es algo de riesgo por la forma como me fue entregado, además de que fue el móvil del asesinato de mi padre.
—Con mayor razón, Treize. Yo no me arriesgaría.
Por un momento, Khushrenada lo observó de manera furtiva. Después regresó su vista a la vía de asfalto.
—No niego que puede ser un error de mi parte el no entregarlo de inmediato a la policía, Trowa, pero no quiero quedarme con la incertidumbre de ver qué es lo que voy a tener en mis manos.
Trowa asintió, dándose cuenta que Treize no cambiaría su actitud. Así que decidió seguir con él hasta comprobar que todo estaría bien.
Oficinas postales.
Munich, AlemaniaNo tardaron mucho en localizar la oficina postal en donde se encontraban los apartados.
Siguiendo las coordenadas internas, Khushrenada llegó rápidamente al espacio comprado por su padre, a nombre de su esposa muerta.
Que su padre hubiese hecho eso, aun seguía siendo un misterio para Treize. Pero no quiso enfrascarse en un juicio sin fundamento.
Entre los dos sacaron algunos papeles enrollados sobre sí mismos, y envueltos cuidadosamente en plástico. Ahí mismo, Treize abrió uno de ellos, encontrándose con los bocetos de algunos artefactos bélicos bastante sofisticados.
Trowa los estudió con suma concentración, tratando de entender lo que eran.
Sin embargo, Treize había comprendido casi a primera vista que los bocetos eran apenas la planeación de un tipo de arma muy peligrosa.
Estupefacto, los revisó con el pulso acelerado y una fuerte opresión en el pecho.
—Treize… —la voz queda de Trowa lo hizo volver a la realidad—. ¿Estás bien?
Por un momento titubeó, pero finalmente tomó una decisión sumamente arriesgada.
Ordenó sus pensamientos y se obligó a conservar la calma.
—Si… si. Trowa, ayúdame a llevar esto al auto.
—Pero es peligroso…
—Quiero asegurarme, Trowa —la voz de Treize fue casi una súplica para que no lo detuviera. El latino entendió—. Tengo qué saber realmente a lo que me enfrento. Así podré pelear contra ellos. Así podré estar seguro de que Mary no vuelva a ser amenazada. Tengo qué hacerlo.
Trowa lo observó un momento, entre dubitativo y empático.
Finalmente, asintió, apresurándose a guardar los bocetos que habían desenrollado.
—¿Qué vas a hacer?
—Quiero que los doctores J, K y G los vean y me den una valoración por escrito. De esa forma podré hacerle llegar los datos a la policía.
—De acuerdo. Pero yo me refería a estos momentos.
—Voy a regresar a Heinenkell para estudiar los bocetos.
Trowa le sujetó un brazo con un gesto suave.
—Deberías pasar la noche aquí. Sé que te desestresa conducir por las supercarreteras, pero has pasado bastantes horas sentado, viajando de un lado a otro del continente, y aunque lo niegues, el cansancio se te nota a leguas. Aparte, quisiera invitarte a cenar.
Treize pensó en la propuesta, midiendo su resistencia, y pudo entender la preocupación del latino. El cansancio que sentía empezaba a embotarlo un poco.
—Está bien. Acepto tu invitación. Pero me iré mañana temprano.
—Bien. Vayamos al departamento entonces a dejar esto. No creo que si alguien está buscándolo, tenga tantos datos de mi como para saber que estoy metido también en este asunto.
—Eso es lo que me preocupa, Trowa.
Barton lo vio por un momento, y asintió sin responderle realmente.
—Duermes, descansas bien, y mañana a primera hora te vas sin arriesgarte.
—O.k. Tomaré tu consejo.
A pesar de mostrarse tranquilos, ambos sintieron en silencio cómo el monstruo de la incertidumbre empezaba a anidar en su ánimo.
Con los planos y documentos recuperados, los dos hombres salieron de la oficina postal, verificando que nadie los vigilaba ni seguía.
De esa forma, cuidando sus espaldas, lograron llegar al departamento de Trowa en pocos minutos.
Ya ahí, mientras Trowa se dirigió a la cocineta a preparar un poco de té y a pedir algo para cenar, Treize se dedicó a revisar lo encontrado en el apartado postal.
Además de los planos enrollados, encontró una carpeta de cartoncillo con muchos documentos de los movimientos de venta de armamento. Reconoció la firma de varios mandatarios de países con gobiernos dirigidos por militares dictadores, pues conocía a bastantes de los que habían hecho trato con su padre y su tío, los había visto firmar los documentos, cerrar los tratos, e incluso, celebrar algunas veces el uso que les daría a las armas.
Sin embargo, una firma escueta y de trazo poco elegante, lo hizo detenerse en un legajo que se mantenía separado del resto. Al observarlo mejor, el garabato en el papel le causó un fuerte malestar.
Pero no fue en sí el burdo trazo lo que desmoronó su entereza, al grado de que tuvo qué sentarse porque sus piernas flaquearon, llamando a un vívido y terrible recuerdo a su mente.
Era una firma que se había grabado con fuego en la memoria, con dolor en el corazón, porque por causa de quien había estampado esa firma, había perdido todo.
Era la firma del General O’Negull, dictador de Crakovia.
Entonces, tuvo la total certeza de que lo que su padre le había dejado, era una gigantesca encomienda. Una súplica de justicia no sólo para su familia asesinada, sino para muchas personas involucradas en actos terroristas, pues se trataba de los mismos subversivos que habían llevado a una parte de Europa Oriental a cruentas guerrillas y revoluciones internas desde el incidente en Cracovia... desde el atentado a la familia Peacecraft.