por Van Krausser

CAPÍTULO 15            DICIEMBRE 2007-12-28

Retrocediendo un poco los acontecimientos para poder darle seguimiento a la otra parte de los personajes, sitúo el inicio del siguiente capítulo a pocos meses del asesinato del padre de Treize.
Claro. No podemos olvidarnos de los malos, los terroristas, los que nos ponen las situaciones difíciles y complicadas.
Después de esto, la historia retoma su curso.

 

Tienda de antigüedades de Hertzel Göering.
Berlín, Alemania.
Cinco meses después del asesinato del padre de Khushrenada

 

Tsuvarov bajó del enorme y lujoso auto en el que viajaba, escoltado por dos de sus hombres de confianza.
Camnó hasta un pequeño local en la parte central de Berlín, en donde un hombre ya anciano los esperaba.
—Herr Mariscal —saludó el primero con cierta reverencia—. Me alegra verlo.
—Maximilian, muchacho —el anciano lo sujetó por los hombros, besándolo en ambas mejillas, y después lo abrazó afectuosamente, guiándolo al interior del local—. Ya tenía mucho tiempo sin verte.
—Lo sé, y lo lamento. Pero he estado muy ocupado con todo este asunto de Khushrenada.
—Khushrenada… —el anciano se detuvo un momento, pensativo. Finalmente sonrió al recordar—. Ah, si. El hombre de la Armería… El socio de Dermail.
—Sí, el mismo.
Continuaron caminando, hasta que llegaron a una pequeña salita en el interior del local.Tsuvarov lo ayudó a sentarse en un mullido sillón, frente a un enorme y envejecido escritorio de madera.
—Vaya, sí que ha sido todo un problema entonces.  
Maximilian asintió, al tiempo que buscaba sentarse también él en otro de los muebles del lugar. Su mirada recorrió la estancia aun con cierta curiosidad.
—Desgraciadamente, Herr Mariscal. 
—Pero está muerto. ¿Cómo puede un hombre muerto darte tantos problemas?
El terrorista sonrió nerviosamente ante la perspicaz mirada del anciano, quien esperaba una respuesta satisfactoria. No sería fácil mentirle a ese hombre.
—Verá, Herr Mariscal…
El anciano lo interrumpió con un ademán, volteando hacia uno de los hombres que estaban apostados a la entrada de la salita. Uno de sus sirvientes.
—Antes de empezar, Maximilian, permíteme ofrecerte un poco de te —le sonrió con una fingida paternalidad, observando la figura alta y fornida del terrorista—. A veces eso calma los nervios.
Tsuvarov rió levemente, viéndose descubierto. Escogió un pequeño silloncillo al frente del anciano.
—Herr Mariscal, usted siempre tan observador. Acepto su ofrecimiento.
El anciano hizo que otro de los hombres les acercara un carrito. Sobre él había un elegante tablero de ajedrez, con piezas talladas en maderas finas. Tsuvarov supo que la partida inconclusa se reanudaba.
—Un buen contrincante en el ajedrez siempre es bienvenido en mi humilde casa, Maximlian.
—Gracias, Herr Mariscal.
Por espacio de diez minutos un reverente silencio se hizo entre ellos, mientras las piezas de ajedrez comenzaban a moverse en estratégicas jugadas. La llegada de las tazas con una aromática infusión deshizo momentáneamente la concentración en el juego.
Tsuvarov se enderezó en el asiento en el que estaba para recibir la taza, aprovechando ese momento para hablar con el anciano.
—Herr Mariscal —le llamó respetuosamente mientras ambos tomaban un poco de la infusión—. El motivo de mi visita es para consultar con usted algunos movimientos que debo hacer. Imagino que lo sabe…
—Por supuesto. Ustedes los militares son muy predecibles.
Tsuvarov asintió lentamente, eligiendo sus palabras con cautela.
—Su experiencia me abruma…
—Deja tu lambizconería de lado, Maximilian, y ve al grano. Nuestro té se enfría.
Desconcertado, el terrorista habló.
—Uhm… sí… Bien. Respecto a Khushrenada… He sabido que usted lo conoció de cerca.
—Oh, sí. Un noble educado en la milicia, como la mayoría de su familia. Es una lástima que su hijo resultara todo un fraude.
—Su hijo…
—Su hijo, el único descendiente de la familia –afirmó el anciano—. Desde un principio supe que le causaría dolores de cabeza. Era muy “rarito”. Incluso lo expulsaron de la academia militar por entenderse con uno de los instructores.
El anciano volteó hacia uno de los enormes libreros empotrados que había a un lado, y el mismo hombre que les llevara el carrito con el tablero fue hacia ahí. Sacó un pesado y enorme libro cuando se lo señaló, y sin dilación se lo entregó a Tsuvarov.
Con enorme curiosidad, el terrorista lo abrió, encontrándose con que el libro era un álbum fotográfico, muy antiguo.
Las fotografías estaban amarillentas, mostrando el deterioro que el paso del tiempo hacía en ellas. Göering le señaló una en especial. Varios hombres jóvenes y de porte gallardo y soberbio se veían en ella, vistiendo un regio uniforme militar. Entre ellos Tsuvarov pudo distinguir a su interlocutor: un oficial joven, de mirada soberbia y actitud altiva.
—Mi generación, todos grandes oficiales, Maximilian —Tsuvarov levantó la vista hacia él, asintiendo en un respetuoso silencio—. Pero no te quedes ahí. Sigue avanzando, anda…
Obedeció sin hablar, pasando las hojas del álbum. Hasta que Göering lo detuvo.
—¡Ah, mira! Aquí está. Yo asistí a la condecoración de Alphonse Dermail, cuando entregó el prototipo del tanque anfibio rediseñado.
El terrorista observó con detenimiento las fotografías, encontrando en una de ellas, una de las más nuevas, pero igualmente maltratada por el paso del tiempo, una foto algo inusual.
Dermail y Khushrenada, jóvenes, con uniformes militares, posaban cerca de un vehículo de guerra. Cerca de ellos se podía ver a una mujer alta y de belleza llamativa, llevando a un niño de más de cinco años. Su mirada era penetrante, sus facciones muy finas, y el rasgo característico de sus cejas lo emparentaba con uno de los dos hombres del primer plano de la fotografía.
Tsuvarov reconoció a la mujer que había asesinado meses atrás. Pero no lo mencionó. Sólo señaló al niño.
—¿Es él?
—Sí, sí. El heredero único de la familia Khushrenada. Aunque en estos momentos debe tener mucha más edad que aquí.
—Por supuesto —reconoció Tsuvarov mientras dejaba el álbum a su lado, en una mesita que estaba cerca del sillón que ocupaba. Volvió a tomar su taza de té, dispuesto a terminar su bebida—. ¿Sabe qué ha sido de él?
–No mucho. Sé que abandonó el negocio familiar y se dedicó a la industria automotriz. Además, creo que es corredor de autos —al decir esto, hizo un mohín de desprecio—. ¡Vaya vergüenza para su familia!
—Corredor de autos… Fórmula 1, imagino... —el más joven de los dos hombres dejó que su pensamiento vagara por algunos instantes—. Debe ser el que llaman el ‘Kaiser’, Treize Khushrenada.   
—Maximilian, la familia Khushrenada es muy limitada. Por supuesto que debe ser él.
Tsuvarov sonrió con expresión convencida.
—Sabía que no había error.
Göering entrecerró los ojos al ver su expresión. Algo lo había alertado.
—¿Entonces es “ese” es el problema que te mantiene ocupado? Creí que se trataba de algo más serio.
Tsuvarov borró su sonrisa, pero asintió levemente.
—Podríamos llamarlo de ese modo, Herr Mariscal. El problema en sí es que no podemos localizar los documentos que Khushrenada padre tenía de nuestras armas y prototipos, ni los contratos que involucran el nombre del General O’Negull en este asunto. No los encontramos por ninguna parte, ni siquiera en la casa de Khushrenada…
—Ah, puedo suponer entonces que ya agotaste todos tus recursos.
Maximiliam Tsuvarov asintió otra vez con cierta expresión derrotada.
—Ha habido gente infiltrada en la empresa para la que labora, tratando de obtener información de él. Pero al parecer, nunca se enteró realmente de los negocios que sosteníamos con su padre. Al menos es lo que él afirma.
El anciano tomó el resto de su bebida, dejando después la taza en la mesilla que tenía él a su lado, y volvió al tablero de ajedrez.
—Eso es un gran problema.
—Así es…
—Bien, entonces tendrás qué hablar directamente con él.
Tsuvarov se sorprendió un poco al escuchar al anciano. Éste movió una pieza, avanzando significativamente en el tablero.
—Pero… Herr Mariscal. Si le hablo de esto seguramente negará que sabe algo. Y después de eso nos denunciará.
Göering le sonrió de manera peligrosa. No por nada había sido uno de los más astutos estrategas durante la Guerra Fría.
Tsuvarov movió también una pieza del tablero, tratando de no quedarse atrás.
—Pero hay métodos efectivos para eso, querido Maximilian. Como todo buen padre, no podrá resistirse a que lo convenzas por medio de su hija.
Tsuvarov parpadeó, aun más sorprendido.
—¿Su hija?
—Treize Khushrenada tiene una hija, Maximilian. La pequeña Marimeia Khushrenada. Ella será tu arma secreta —dicho esto, Göering sonrió triunfante, realizando una jugada más sobre el tablero—. Jaque Mate.
 

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Heinenkell, área de simuladores de velocidad.
Tres semanas después de Barhaim.

 

Wufei se concentró en la pista que el ordenador le mostraba, dispuesto a salvar todos y cada uno de los obstáculos que encontrara a su paso.
Estaba decidido a correr en el siguiente campeonato, así le costara a su padre millones de euros por su renuncia a McLaren. No le importaba en lo más mínimo, porque ahora estaba seguro que en poco tiempo cumpliría uno de sus sueños, el de poder correr un monoplaza sin restricción alguna. 
Treize marcó el tiempo en el cronómetro digital, señalando por medio del equipo de intercomunicación a los dos corredores que había terminado el tiempo de entrenamiento.
—Bien, llegamos al término de la sesión —Se acercó al panel y tomó los resultados del oriental en el registro que llevaba—.¡Wufei, desacelera tu prototipo!
—¡¡Ah, Treize…!!
—Son las reglas, Wufei —le recordó Treize, mientras se dirigía al simulador de Quatre—. No seas anarquista. Anda, mañana continuaremos.
A regañadientes, el joven chino obedeció, desacelerando totalmente el prototipo, mientras que la programación del mismo determinaba un apagado automático. Quatre ya había dejado el suyo, y revisaba en el pánel automatizado sus tiempos y aciertos.
—Vaya —Treize observó también cada uno de los resultados, gratamente sorprendido—, te estás convirtiendo en un piloto consumado, socio.
—Tengo a un gran maestro, amigo —Quatre le sonrió, palmeándole un brazo en un gesto de camaradería, mientras se desabrochaba el overol—. No habría logrado mucho si no hubiese sido por ti.
Treize le sonrió mientras registraba los resultados, negando levemente.
—Podrás decir eso cuando corras uno de los prototipos reales, Quatre. Tal vez este fin de semana tengamos listos los modelos en Williams.
Wufei se les emparejó, entusiasmado.
—¡Eso es genial! ¡Yo quiero correr uno de los protos!
—Depende de tus resultados. No me tienes muy convencido…
Wufei hizo un puchero gracioso, provocando sonrisas divertidas en los otros dos.
—Señor Chang, te recomiendo que entrenes más arduamente —le dijo Quatre en un tono que intentó ser conciliador—. Tal vez sí puedas correr uno de los protos si me alcanzas en los resultados.
–¿Me estás retando? –Wufei le sonrió al árabe, tomándolo en serio.
—Tengo una propuesta mejor —interrumpió Treize, pensando en algo—. Simularemos que uno de ellos es el titular, y el otro el prototipo de respaldo. Veremos qué tan templados están sus nervios para poder correr en una competencia. Yo podría darles batalla como piloto de una firma contrincante.
Los dos jóvenes lo vieron con expresión asustada.
—¡¿Qué qué?! ¡¿Correr contra el campeón mundial?!
—Treize, yo estaré algo chiflado, pero no soy suicida –terció el árabe, secundando a Wufei—. Claro que no voy a correr contra ti.
Khushrenada rió al verlos tan amedentrados, y levantó las manos en actitud de rendirse.
—Está bien, olvídenlo. Sólo correrán los prototipos como prueba. Otto seguirá siendo el titular de BMW-Williams—los dos jóvenes asintieron, tranquilizándose—. Vayan a cambiarse. Los espero en la casa.
—A propósito —Wufei decidió entonces preguntarle a él—. ¿No vas a correr con Otto en Bélgica? Podría necesitarte.
Treize lo observó detenidamente, pensando en eso.
—No lo creo. Otto se ha desempeñado bastante bien en estos últimos circuitos.
—¿Y qué me dices de Italia? —esta vez, Quatre fue quien lo cuestionó—. Imola es una pista difícil. No creo que Otto se niegue a ser secundario, respaldándote. Tú conoces perfectamente bien esa pista.
Hubo un momento de silencio, hasta que Treize se encogió de hombros.
—No sé si Williams decida aceptarme como titular siendo consultor externo. Sería cosa de preguntarles.
—Treize, Treize –Wufei movió la cabeza en un gesto impaciente—. Williams jamás se negará a que tú seas su titular. No después de todo lo que hiciste por ellos.
—Bueno, pero…
Antes de que pudiera agregar algo más, ambos muchachos se voltearon a ver en forma cómplice, decidiendo hacer las cosas por él.
—Imagino que con unas cuantas llamadas se arregla esto —afirmó Wufei al rubio, ignorando entonces a Khushrenada—. Aun deben estar trabajando. Voy a intentarlo.
—Oigan…
—¡Me parece bien! —Quatre respaldó la idea de Wufei—. Puedes usar mi despacho. Ven, aseguremos el lugar de Treize. Aun queda bastante tiempo para que lo integren…
—Hey, niños, esperen…
Sin hacerle caso, ambos salieron apresuradamente. Treize sólo los vio, sorprendido por la determinación que sus dos jóvenes aprendices mostraban. Especialmente, porque se trataba de él.
Salió de la sala de entrenamiento con una leve sonrisa, pensando que probablemente no podría evadir esa propuesta.
Porque pensándolo detenidamente, no le molestaba la idea. Quería hacerlo, aunque fuera por última vez.

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Oficinas de la compañía Williams
Dolfindog, Alemania.
Esa misma tarde…

Quinze alcanzó el auricular después del tercer timbrazo del aparato. Estando a punto de retirarse a casa, no tenía intenciones de contestar, pero un fuerte presentimiento lo hizo cambiar de idea.
—¿Si, Lady? ¿Quién? —volvió a sentarse cuando escuchó que Lady le mencionaba un nombre conocido. Winner, el socio de Treize deseaba hablar con él—. Si, Lady. Tomaré la llamada. Gracias.
Esperó algunos segundos, hasta que escuchó el tono jovial y fresco de la voz de Quatre.
—¿Ingeniero? Habla Quatre Raberba Winner.
—Sí, Quatre. Recuerdo que trabajas en la Armadora, con Treize. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Bueno… creo que seré yo quien haré algo por ustedes. Hace unos minutos, Treize y un amigo de ambos especulábamos que tal vez Williams aceptaría que por esta ocasión, él fuese el piloto titular para la competencia de Monte Carlo, Imola.
Otto llegaba en esos momentos al privado de Quinze, un tanto fastidiado por estarlo esperando por varios minutos. Pudo ver cuando el manager de la escudería abría la boca en una expresión de sorpresa, y eso hizo que su mal humor se esfumara.
Algo le decía que eran buenas noticias.
Quinze le hizo señas de que se acercara en cuanto lo vio, el otro no se hizo repetir la invitación.
—Un momento… quiero que me vuelvas a decir eso.
Abrió el altavoz del aparato justo para que Otto se enterara de lo que momentos antes él había escuchado. Ambos encontraron sus miradas, dándose cuenta que la respuesta sería la misma por parte de ellos.
—¿Quatre? —Otto lo interrumpió, aun sin poder dar crédito al rubio—. ¿Fue Treize quien lo dijo? ¿O sólo se quedaron en especulaciones?
Wufei intervino en ese momento, autoritario y sin tacto, como acostumbraba.
—Treize aceptará si Williams acepta la propuesta, señores. No lo duden.
—¿Quién habla? —preguntó Quinze, intrigado—. No reconozco quién es…
—¿Cómo que no me reconoce? ¡Quinze, me sorprende! — Wufei se presentó con ellos, dándose bastante importancia, algo molesto—. Soy Chang Wufei, de los Consorcios Constructores de Beijing, China. Mi padre es socio comercial de Mercedes Benz.
—Ah, si —interrumpió el alemán con algo de fastidio—. Ya recordé. ¿Qué hace el ‘Príncipe de los Constructores’ en Heinenkell?
—Tengo negocios con Treize. Bastante importantes, pero confidenciales. Así que concretémonos a la propuesta que les estamos ofreciendo.
—¡¿Qué ustedes nos están ofreciendo?! ¡Señor Chang…!
—Quinze, déjame tratar esto a mi, por favor—Otto lo detuvo antes de que se le ocurriera cortar la comunicación—. Quatre, ¿Treize está con ustedes?
—No en el despacho, pero podemos hacerlo que venga. Permíteme un minuto, Otto.
—No, Quatre. Déjame ver qué dice la junta directiva antes de que intentemos ilusionarnos. Yo estoy de acuerdo en que Treize corra como titular en Imola, pero falta ver qué dice también el Ingeniero Williams, aparte de los otros directivos. Dame quince minutos, y te regreso la llamada.
—o.k. Estaremos al pendiente. Gracias, Otto.
Al interrumpirse la comunicación, Otto confrontó a Quinze.
No le tenía mucha confianza a la pista, pues había dos sitios extrañamente construidos en ella que la hacían un tanto inestable y peligrosa. De alguna manera, se decía que sólo había tres competidores que habían podido dominar sin problemas esos dos tramos, y uno de ellos era Treize.
Incluso Marquise se había mostrado inseguro la última vez que lo habían probado dentro de esa pista, indicativo de que tal vez, con Treize a la cabeza del equipo, Imola podría ser una de las competiciones ganadas para Williams.
Era una opción que no podían darse el lujo de rechazar.
—Jefe, sabes que tenemos una oportunidad de oro. Treize nos puede ganar el título una vez más.
—No sé si él acepte, Otto. Pienso que estos niños están tomando ventaja, y ni siquiera Treize lo sabe.
—Tal vez, pero no pienso dejarme aplastar por meros temores. Voy a hablar con el ingeniero Williams.
—Espera. Lo llamaré, y ambos sabremos su opinión. Además, si él lo autoriza, los demás directivos no tendrán más remedio que aceptar. Somos tres contra los otros, así que no tienen oportunidad.
Ambos sonrieron en forma cómplice mientras Quinze hacía la llamada.

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Y en Heinenkell…

 

Wufei permanecía de pie frente al aparato, con los brazos cruzados y su eterna mirada de suficiencia, con matices de un gigantesco enfado.
—¿Por qué demonios tardan tanto?
Quatre suspiró, tratando de ser paciente.
—Wu, amigo. Sabes que las juntas con los directivos pueden tardar demasiado. Apenas hace cinco minutos hablamos con ellos, no creo que ya hayan resuelto algo.
Chang bufó, impaciente, a lo que Quatre sólo sonrió.
Treize llamó entonces al despacho de su socio, pero no fue el árabe el que respondió. Wufei se abalanzó contra el aparato, contestando él ante la mirada disgustada del otro.
—Despacho del ingeniero Winner…
—¿Wufei? ¿Desde cuándo eres el secretario de Quatre?
—Já-já, muy gracioso, Treize —replicó el oriental con enfado—. Estoy esperando una llamada importante de Williams.
—¿’Estoy’? — Quatre le reclamó, volteándolo a ver aun molesto.
—Oh, vamos, Quatre —Chang tapó a medias la bocina del auricular, dejando que Treize escuchara su discusión—. No vas a enfadarte por palabrillas y frases que acostumbro usar.
—¡Pero si te estás dando el crédito tú solo, Wufei!
Treize rio divertido al escucharlos discutiendo. Pero fue por pocos segundos.
—Wufei, comunícame a Quatre, por favor.
Con otro gruñido, Chang lo hizo. Quatre alcanzó el auricular.
—Si, Treize. Te escucho.
—Tengo que retirarme, Quatre. Quedé de verme con uno de los clientes de Londres para un nuevo diseño de su jet personal.
—Oye, pero Quinze nos va a llamar. ¿Puedes esperar diez minutos?
Un breve silencio se hizo en la llamada, y finalmente, Treize respondió.
—De acuerdo. Espero diez minutos y me retiro. La junta con el cliente es en una hora y media, pero quería tener un poco de tiempo para mí.
—Entiendo, socio. Pero no será mucho tiempo.
—Bien. Estaré en mi despacho, por si me necesitan.
La comunicación se cortó, y casi justo en ese momento, una llamada foránea entró.
Esta vez, Quatre le ganó el aparato a Wufei, abriendo el altavoz desde el inicio.
—Habla Quatre Rabeaba.
—Ah, Quatre. Qué bueno que me contestaste tú —el tono de alivio de Quinze fue muy evidente, y el bufido de Wufei muy notorio. El árabe rió al escuchar eso—. Tengo ya una respuesta. ¿Treize está ahí?
—No, pero puedo hacerlo venir. ¿Tiene qué estar presente?
—Si. El ingeniero quiere escuchar la respuesta de sus labios.
—O.k. Permíteme, voy por él… —antes de que pudiera soltar el aparato, Wufei ya se había lanzado en carrera desaforada hacia el despacho de Khushrenada—. Oh… en un momento llega, Quinze. No se desesperen.
A los pocos minutos Quatre esuchó voces en el corredor. Wufei literalmente iba arrastrando a Treize al despacho del árabe.
—Wufei, suéltame.
—¡Es que ya te están esperando! ¡Anda, apúrate!
—Por todos los cielos, señor Chang…
Llegaron, y Quatre le indicó que aun tenía la llamada.
—Son Quinze, Otto y el Ingeniero Williams. Quieren hablar contigo.
—Gracias, Quatre —dijo secamente Treize. Eso se estaba saliendo de su control—. ¿Señores?
—¡Hola, campeón! —saludó Otto con su jovial espontaneidad—. Qué gusto escucharte en estos momentos.
—Hola, Treize —saludaron con más calma Quinze y el ingeniero.
—Hola. Imagino que están reunidos a esta hora por la propuesta que les han hecho mi socio Quatre y el señor Wufei Chang, de que yo sea titular en Imola.
—Imaginas bien, Treize —recalcó Quinze—. Tú conoces la pista de memoria, y sabes también que esta temporada no ha sido como la habíamos previsto.
—Sí, me enteré que Ferrari les ha quitado dos fechas importantes.
—Pues sí, desgraciadamente así ha sido —terció el ingeniero Williams—. Por eso decidimos tomar en serio esta propuesta que nos están ofreciendo. Pero queríamos ver si estás dispuesto a ofrecernos más que Imola.
Treize se desconcertó. ¿Más que San Marino?
—¿Qué exactamente es lo que tienen pensado?
Hubo unos segundos de silencio en el otro lado de la línea, y finalmente, la voz del Ingeniero Williams se volvió a escuchar.
—El resto de la temporada, Treize. Contigo en Imola, el campeonato es prácticamente tuyo.
Treize suspiró profundamente. Temía que le dijeran eso.
—Bueno… esto es muy precipitado. Tenemos compromisos de trabajo bastante pesados, y no puedo decir que podré desentenderme de ellos en un tiempo…
—Eso no es problema —interrumpió Quatre, con una enorme sonrisa en su rostro—. Podríamos dejar a los dos ejecutivos que nos están auxiliando al cargo de las ventas, Treize.
Sí, genial. Quatre le había quitado su única excusa viable.
—Uhm… tendría qué pensarlo…
—Yo que tú les decía que sí —Wufei volvió a hablar, esta vez para tratar de convencerlo—. Volverías a ser el piloto número uno del planeta entero. Y eso te permitiría holgazanear varios meses, junto a tu hija.
Genial por partida doble. Wufei le estaba llamando holgazán.
—Señor Chang… —dijo en tono serio, mientras los otros se reían con la ocurrencia del oriental.
—Si, o.k. Me callo.
Retomando la seriedad del asunto, Quinze preguntó otra vez.
—Bueno, bueno. ¿Qué dices, Treize? ¿San Marino y la temporada completa para ti? Suena tentador.
Treize suspiró, aun debatiéndose entre la línea del deber y su deseo personal.
—Además, ingeniero —se escuchó la voz segura del ingeniero Williams—, será tu oportunidad de saber si el nuevo motor rinde lo que esperan. El prototipo no ha sido probado, y esa pista sería el bautizmo perfecto para el auto.
Eso lo decidió.
—Está bien —respondió al fin—. Imola para las pruebas del prototipo, y el resto de la temporada con el mismo, si funciona. De no ser así, volveremos al original con las mejoras propuestas por Trowa.
Alcanzaron a escuchar que Otto festejaba por el corredor, mientras que Quinze y el Ingeniero hablaban entre sí, casi felicitándose por haber logrado que Treize accediera, sin muchas posibilidades para negarse.
—Bien, entonces podremos elaborar el documento de contratación para enviártelo mañana mismo —Quinze se aseguró de que todo marchara sin cambios entonces—.  La siguiente semana serás entonces parte importante de la escudería otra vez.
—Si, perfecto. Gracias.
—Gracias a ti, Treize —fue el agradecimiento sincero del ingeniero Williams—. Te veo entonces la siguiente semana para la firma del contrato.
De esa forma, Treize volvía a ser titular de Williams.
Volvería a tener la oportunidad de ser el piloto número 1 a nivel mundial, y a correr contra Ferrari.
Contra Zechs Marquise.
Volverían a encontrarse en las pistas.

 

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Casa de la familia Une.
El jueves anterior a la competencia de Bélgica.
Viena, Suiza.

 

—¡Yo atiendo!
Middie bajó las escaleras apresuradamente para ir a abrir la puerta y ver quién los visitaba en ese día. Marimeia se encontraba en esos momentos en la escuela.
Sin embargo, al abrir se encontró con un conocido, de la oficina postal.
—Señorita Une, buen día —saludó el muchacho con una enorme sonrisa.
—Hola, Geert. Muy buen día.
Middie también sonrió, siendo amable. Lo conocía desde hacía tiempo, y sabía que era un tímido pretendiente.
—Traigo un paquete para Mary. Al parecer, alguien de la familia lo envió para su cumpleaños.
La muchacha lo recibió, extrañada. Aun faltaban unos meses para el cumpleaños de la niña. Sin embargo, al leer el nombre del remitente, su sonrisa se desdibujó.
—Oh… sí, es del abuelo de Mary.
El muchacho notó su cambio, y trató de no ser impertinente.
—Uh… Bueno… Le dejo el paquete. Hasta luego, señorita. Saludos a sus padres.
—Sí, Geert. Gracias.
Cerró la puerta, viendo nerviosamente para ambos lados de la calle, cerciorándose que nadie estaba ahí, observándolos.
No quiso abrir el paquete. Pensó inmediatamente en la advertencia que le había hecho Treize, así que sin perder más tiempo, Middie fue al teléfono y marcó la tecla que la comunicaba directamente a su despacho, en la Armería.
Sin sentir que casi no respiraba debido a la repentina angustia que eso le había  ocasionado, esperó que la llamada enlazara.
—Treize Khushrenada…
—¡Treize, tienes qué venir inmediatamente! —Lo interrumpió, al tiempo que dejó escapar el aire que retenía en sus pulmones cuando escuchó la voz tranquila y firme de él, al otro lado de la línea—. ¡Acabo de recibir un paquete extraño!
—Middie… Middie, escucha….
–¡El remitente es de tu papá, y viene dirigido a Mary!
—¡Middie, tranquilízate! —Ella dejó de hablar, escuchándolo. Entonces Treize pudo hablarle ya con más calma—. Dices que llegó un paquete a tu casa, que lo envió mi padre y va dirigido a Mary. ¿Llegó por correo ordinario?
—S-si… si, me lo acaba de entregar uno de los repartidores.
—Bien, escúchame con atención. Ve por Mary y quédense en casa hasta que yo llegue. Voy para allá en este mismo instante, así que no creo que tarde mucho en llegar. Mientras, habla con tus padres. Si ves algo fuera de lo normal, no dudes en pedir ayuda. ¿De acuerdo?
—Por favor, apresúrate, Treize. 
Al cortar la comunicación, Middie no dejó pasar tiempo para ir por la niña a la escuela.
Sin darle mayores explicaciones a la profesora del grupo, sólo la hizo salir del recinto y se dirigió a la casa.
No quería pensar en que algo pudiera sucederles por algo que ni ellas ni Treize tenían qué ver.

 

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Heinenkell, oficinas generales.
Después de la llamada de Middie.

Trowa, Quatre y Wufei vieron el gigantesco cambio en Treize después de que este colgara el auricular del teléfono.
Estaban en una de las revisiones de rutina de los prototipos cuando una llamada los había distraído. En especial a Khushrenada.
Wufei fue el primero en notar que algo no estaba bien, pues pudo ver el gesto de preocupación de Treize casi desde el principio de la llamada. Trowa notó también que sucedía algo extraño cuando levantó un poco la voz y mencionó a Middie, pidiéndole que se tranquilizara.
Sin embargo, ya cuando la llamada terminó, Treize se veía distraído y muy preocupado.
Trowa dejó de lado los papeles que revisaba, dirigiéndose de manera discreta al mayor.
Wufei estuvo atento a lo que pudiera escuchar.
—Treize, ¿pasa algo?
El aludido sólo asintió levemente, pensando si podría hacerlo partícipe de su preocupación. Pensó rápidamente que Trowa era parte de su familia, por muy lejano el parentesco que pudiera ser. Además, ya lo había involucrado en todo ese asunto al pedirle su apoyo cuando intentaba proteger a su padre. Decidió arriesgarse, y hacerle saber lo que ocurría.
—Middie llamó. Parece que recibió un paquete que tiene el nombre de mi padre en el remitente. Tal vez es lo que motivó a sus asesinos a terminar con su vida. O lo que desencadenó los crímenes contra mi familia.
La verde mirada de Trowa permaneció fija en su rostro por algunos segundos. No fue difícil adivinar su siguiente movimiento.
—Imagino que vas a ir a Viena —Khushrenada asintió, suspirando.
—Tengo que hacerlo. Lo más probable es que con este inconveniente, Mary y Middie podrían estar en peligro. Debo averiguarlo.
Asintiendo en silencio, Trowa se decidió a acompañarlo.
—Voy contigo. Podrías necesitar ayuda.
Wufei se acercó en ese momento, tratando de ser también parte de eso.
—Treize, si él va, yo también voy.
Tanto Trowa como Treize lo vieron con con reticencia.
—Wufei, amigo —sin embargo, Khushrenada no quiso exponerlo—. Agradezco mucho tu interés en lo que está sucediendo, y tu deseo de ayudarme, pero no quiero que te veas involucrado en un asunto que es sólo de familia.
—Pero, Treize…
—De verdad, Wufei. Gracias, podré arreglármelas mejor si me apoyas desde un lugar seguro —y volteando hacia su socio, también decidió excluir a Trowa—. Trowa, lo mismo te digo. Si esto es en verdad de peligro, no me gustaría que Quatre se quedara esperándote con los nervios destrozados. Menos aun me gustaría que se viera involucrado en esto.
Trowa sonrió levemente, volteando también por un momento hacia el muchacho rubio. Después regresó su atención a Khushrenada.
—Quatre sabe cuidarse muy bien, Treize. Además, pienso que toda la ayuda que tengas en lo que a la seguridad de tu hija atañe, no viene nada mal.
Treize suspiró, pensando en eso.
Trowa tenía razón.
Resignado, pensó en lo que debía hacer desde ese momento.
—Está bien, lo haremos de esta forma. Iremos tú y yo a Viena, mientras Wufei y Quatre esperan instrucciones aquí. Poniendo a salvo a Mary y Middie, veremos de lo que se trata el famoso paquete, y si hay necesidad de contactar a la policía, lo haremos.
—Me parece bien —asintió el latino.
—¡Treize! ¡¿Me vas a privar de tener emociones fuertes?! —protestó el chino.
Treize entonces volvió a ver a Wufei, ya con cierta exasperación.
—Señor Chang…
—Oh, ya, ya entendí. Cuando me dices así, significa que nada te hará cambiar de idea.
Trowa sonrió ligeramente, pero decidió acelerar las cosas. Treize debía estar impaciente por irse.
—Pongamos entonces al tanto a Quatre —recomendó, mientras dejaban todo lo referente a los monoplazas de lado.
Marimeia era su prioridad ahora.

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Casa de la familia Une
Tres horas más tarde.
Viena, Suiza

Treize y Trowa llegaron sin muchos contratiempos a la casa de la familia Une.
Marimeia fue quien abrió la puerta, y en cuanto vio a su padre, gritó efusivamente, abrazándolo. En un estado de ánimo muy opuesto al de la niña, Middie los esperaba.
Treize la saludó con un fraternal abrazo, en parte para tratar de confortarla.
—Middie, gracias por avisarme—ella sólo asintió, soltándose de él con delicadeza—. Tuvimos un pequeño retraso en el aeropuerto, pero ya estamos aquí. ¿Recuerdas a Trowa Barton? Mi socio de Williams.
—Si, lo recuerdo —saludó a Trowa con un gesto nervioso—. Hola
El muchacho devolvió la cortesía con una ligera sonrisa y un movimiento de su cabeza.
Entonces Treize decidió ir directamente al asunto que los había llevado hasta ahí.
—Vinimos tan pronto como nos fue posible. ¿Abriste el paquete? ¿Sabes qué contiene?
—No. Pensé que tú eres el más indicado para hacerlo —comentó la muchacha mientras iba a otra habitación. Tardó un momento, regresando poco después con el paquete en las manos—. La verdad, me puse muy nerviosa.
Treize le recibió el paquete, examinándolo con detenimiento por fuera. Trowa se acercó también, al momento en que Khushrenada lo dejaba sobre una mesa, pensativo.
Marimeia veía todo lo que estaba ocurriendo, y Treize decidió tomar precauciones.
—Middie, no sé qué tan seguro sea abrir el paquete —dijo, volteando a ver a la niña con una sonrisa—. Mary, imagino que tienes tarea por terminar.
—Oh… —la niña hizo un gracioso mohín, y asintió—. Sí, pero puedo terminarla en un rato.
—Prefiero que vayas a hacerla ya. Vamos a estar un poco ocupados con esto, así que cuando termines, también nosotros nos desocuparemos. Así podremos ir a cenar juntos.
—¿Te vas a quedar desde hoy? —preguntó la chiquilla con la mirada brillante.
Treize se enterneció, y pensó que tal vez podría llevarla con él ese fin de semana. Podrían irse a Berchstegaden, o tal vez a Altdorf. Incluso, podría preguntar a Quatre si les permitiría visitar el país en el que tenía su residencia oficial. Esa era una buena opción.
—No lo creo, hija. Pero lo que puedo hacer es tomar este fin de semana de vacaciones e irnos a las montañas, o tal vez a la playa. ¿Qué decides?
Marimeia se emocionó mucho al escucharlo.
—¡La playa! ¡Vamos a la playa!
—Entonces portate bien, ve a terminar tu tarea, mientras preparo el viaje —y sin borrar su sonrisa, fijó su vista en la tía de la pequeña, dándole a entender que ambas salieran de la habitación—. Voy a revisarte cuando la termines, ¿de acuerdo?
—Vamos, Mary. Te ayudo a estudiar. Treize, Trowa, tengan cuidado.
Middie sujetó a la niña por una mano y la llevó a otra parte de la casa, lo más alejado posible.
Ambos hombres asintieron, esperando a quedar solos. Entonces, con sumo cuidado, Trowa palpó las esquinas del mismo, tratando de encontrar algo anormal.
—¿Crees que sea muy peligroso?
—No lo sé. Tiene la letra de mi padre, aunque al parecer, escrita de prisa. Tal vez lo envió él, antes de lo encontraran.
—¿Te vas a arriesgar a abrirlo? —Trowa se cruzó de brazos, viéndolo con duda.
Sin decir una palabra, Treize alcanzó nuevamente el paquete y empezó a abrirlo. Ambos casi dejaron de respirar mientras lo hacía, pero al ver que era inofensivo, la tensión bajó. Khushrenada sacó lo que había en el interior, encontrándose con un recibo de renta de un compartimiento de equipaje en la estación central del expreso de Munich, una carta escrita con el resto de las claves y una cajita que al abrirla, expuso una llave marcada con el mismo número del recibo.
—Trowa —el latino notó que el semblante de Treize adoptaba un aire de gravedad—, creo que encontramos la otra parte del mensaje que mi padre dejó en tu departamento.
—¿Entonces sí lo envió tu padre? Eso significa…
—Que este paquete es mucho más peligroso de lo que me imaginaba —fijó su mirada azul profundo en la de su acompañante al decirlo—. Si la gente que perseguía a mi padre se entera de su existencia, mi familia completa estará en peligro. Eso te incluye, y tal vez a Quatre.
Trowa también se preocupó al escucharlo.
—¿Qué piensas hacer ahora?
—Creo que lo más sensato es tener a la policía de nuestro lado —el mayor agarró el resto del paquete, y cuando iba a guardar lo que habían sacado, una tarjeta cayó de él. Curioso, Treize la levantó del suelo y la revisó—. ¿Qué es esto?
La tarjeta sólo tenía el nombre Odin Low grabado, junto con un número de teléfono. Sin pensarlo mucho, Treize sacó su teléfono celular y marcó al número, sin resultado. Una máquina grabadora le respondió.
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Trowa lo vio colgar la llamada, aun más extrañado.
—¿Qué ocurre?
—Parece ser algo sin importancia, pero no sé por qué tengo el presentimiento de que no es así… —se mantuvo en un breve debate interior, pensando qué podría pasar si tomaba un pequeño riesgo. Volvió a levantar el celular y oprimió la tecla de re marcación—. Voy a dejar un mensaje, y si el que responde al nombre de la tarjeta me contacta, sabremos si realmente hay peligro.
Esperó algunos segundos, y al escuchar que la grabadora señalaba el tono para dejar el mensaje, lo dijo sin titubeos.
—Habla Treize Khushrenada. Encontré una tarjeta a nombre de Odín Low que al parecer tenía mi padre. Necesito respuestas. Volveré a comunicarme la siguiente semana, o si puede contactarme a este número de teléfono…
Sin decir más después de que dejara el número de su celular, cortó la comunicación. Trowa lo observaba atento.
—Espero que esto no sea contraproducente, Treize.
—Yo también, Trowa — Khushrenada suspiró, observando la tarjeta. Después la guardó junto con lo que había en el paquete—. Voy a llamar a Quatre para preguntarle si es posible que nos de alojamiento el fin de semana.
El latino sonrió al recordar que en Heinenkell, dos impacientes discípulos de Treize aguardaban noticias.
—Deben estar vueltos unos manojos de nervios. Pienso que tu llamada va a ser más que bienvenida.
El otro sonrió mientras volvía a marcar en su celular.

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Despacho de Quatre Raberba Winer
Heinenkell, Alemania.

 

Quatre tuvo que hacerse a un lado cuando Wufei literalmente se abalanzó sobre el aparato del teléfono, justo en el momento que éste se dejó escuchar, anunciando una llamada.
—Despacho del ingeniero Winner… —ignorando la mirada asesina del rubio, el chino puso la mano libre en la cintura, con el brazo en jarra, en señal de disgusto—. ¡Vaya, ya era hora!
—Hola, Wufei. ¿Puedes abrir el altavoz para poder hablar con Quatre, por favor?
El chino bufó, dándose cuenta que Treize lo ignoraba en su arranque de disgusto y reclamos. Se dirigió al aparato y oprimió una tecla, abriendo la comunicación.
—¿Treize? —Quatre sonrió malicioso al verlo hacer eso. Imaginó que su socio lo había calmado con sólo algunas palabras—. Estábamos un poco impacientes
—Si, Quatre. No quisimos dejarlos más tiempo sin que supieran lo que había ocurrido.
—Te agradezco ese gesto. ¿Ocurrió algo de cuidado?
—Podríamos decir que tendré qué poner mucho empeño en que mi familia esté protegida. Precisamente por eso necesito hablar contigo.
—Ah, lamento escuchar lo de tu familia. Pero dime, sabes que puedes contar con mi ayuda.
Quatre vió divertido las gesticulaciones molestas de Wufei, totalmente ignorado por ambos socios. Después le daría oportunidad de desquitarse con Khushrenada. Por el momento, urgía más lo que debía hacerse para proteger a la familia.
—Estuve considerando muy seriamente tu invitación de pasar este fin de semana en tu casa, junto al mar. ¿Aun está en pié la oferta?
—¡Por supuesto, Treize! —un punto más para Khushrenada. Wufei lo veía ahora a él con la palabra CELOS totalmente visible en su frente—. Imagino que Mary y Middie son las invitadas de honor.
—Tienes muy buena imaginación, Quatre —Treize se escuchó aliviado con su respuesta—. Así es. Mientras aclaro lo que encontramos en el paquete que recibió Mary.
—¿Se irán directamente de Viena?
—Nosotros no. Quiero regresar a la Armería y dejar allá el paquete. Sin embargo, me gustaría que ellas se pudiesen poner en marcha lo más pronto posible.
—Descuida. Hoy mismo pueden estar en Jebel Alí, y desde mañana temprano disfrutarían de la playa. Voy a llamar inmediatamente para que preparen todo en casa. Sólo dime a qué hora partirán.
—Gracias, Quatre. Voy a ver eso con Middie, y te regreso la llamada.
Dicho esto, cortaron la comunicación para apresurarse en sus planes.

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Casa de la familia Une…

Trowa tomó otra vez el paquete, esperando lo que haría Treize. Este fue a llamar a Middie.
Cuando ambos regresaron a donde estaba el latino, hablaban acerca del viaje.
—…además, el sistema de seguridad que manejan en su familia es sumamente confiable, Middie. Sé que allá estarán totalmente a salvo de cualquier situación de peligro.
Ella movía la cabeza en silencio, no muy convencida. Sin embargo, estaba dispuesta a hacer lo que fuera para poner a la niña a salvo.
—Mary va a resentir que no estés a su lado desde que lleguemos allá.
—Tengo qué investigar primero lo que mi padre dejó en ese paquete. Al parecer hay un mensaje inconcluso, y esas son las claves que faltan para saber por qué lo asesinaron.
Middie se detuvo abruptamente, obligándolo también a detenerse a su lado. Entonces lo confrontó, fijando su mirada en la de Khushrenada.
—Está bien, Treize. Iremos más porque se que ella estará segura bajo la protección de tu socio. Iremos a empacar.
Treize asintió, besando a la muchacha en la frente en señal de agradecimiento.
—Te ayudaré a preparar el equipaje de la niña. Quiero que estén seguras hasta que las ponga en el avión.
Middie asintió, regresando al interior de la casa. Treize aprovechó para dar una instrucción a su acompañante.
—Trowa, ¿podrías llamar a Quatre e informarle que en una hora y media ellas salen de aquí, por aire? Ah, y que vamos a necesitar otro transporte para regresar a Heinenkell.
Trowa asintió, sacando su teléfono celular.

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Área de embarques de vuelos privados.
Aeropuerto Internacional de Viena

Una hora después, Treize despedía a Middie y a su hija, quienes estaban ya a bordo del jet de la compañía Oz, listo para emprender el vuelo hacia los Emiratos Árabes.
Khushrenada permanecía abajo, enfrente de la ventanilla, viéndolas con cierta melancolía, y a su lado, Trowa esperaba.
Ambos vieron en silencio cómo el avión era llevado al inicio de la pista, y en poco tiempo, iniciaba su carrera para lograr velocidad para el ascenso.
Mary pudo ver a su padre una vez más, cuando el piloto del jet hizo un pequeño viraje alrededor de los hangares, para después tomar rumbo hacia el destino programado.
Treize suspiró al ver que el aparato se alejaba, y en silencio se dio la vuelta para ir hacia las oficinas principales de las pistas privadas.
Esperarían ahí la llegada del jet que los regresaría a Heinenkell. No debía tardar mucho.
—¿Llamarás a la policía?
Khushrenada asintió. Debían tener todo listo para cuando los detectives que investigaban el asesinato de su familia llegaran a la Armería.
—Es curioso, Trowa, pero creo que esto va más allá de lo que la policía local pueda hacer.
—Bueno, podríamos ver hasta dónde logran llegar, ya en el curso de sus investigaciones imagino que ellos mismos determinarán si es necesario que algún cuerpo policiaco más grande intervenga.
Treize asintió, tratando de no pensar mucho en ello.
Se determinó a tratar de encontrar el mensaje oculto que le había dejado su padre, incluso mucho antes de entregarle el paquete a la policía local. Podría tratarse de terrorismo, y si era así, ellos mismos corrían grave peligro.
—Aun tenemos una hora para esperar el avión —dijo al latino, consultando el reloj de pulso—. ¿Quieres tomar algo?
—Si, me gustaría un poco de café y tal vez algo ligero. No hemos probado bocado desde que salimos de Heinenkell.
Ambos cambiaron el rumbo, dirigiéndose al edificio más cercano de embarques turísticos del enorme aeropuerto.
Sin embargo, Treize no se quedó tranquilo.
Mientras esperaban en una mesa de una de las enormes cafeterías, sacó nuevamente el paquete y la nota, tratando de recordar lo que la otra carta tenía escrito en clave. Gracias a su buena memoria, no fue empresa difícil.
Su acompañante lo observó en silencio, y decidió darle espacio.
Al repasar una y otra vez las líneas de la nota, algunas palabras empezaron a tomar forma, aunque no las reconoció. Parecían coordenadas, y algunos números.
Finalmente, desistió al ver que Trowa le llamaba la atención hacia la hora.
—El avión debe estar por llegar. ¿Nos vamos?
Treize asintió, guardando lo que tenía en la mesa junto con la servilleta con lo que había decodificado. Dejando unas monedas en la mesa, abandonaron entonces el lugar.
Sin contratiempos llegaron después de la media noche a Heinenkell. Sólo los recibieron algunos de los empleados de seguridad que hacían guardias. Quatre y Wufei seguramente estarían dormidos.
Ninguno tuvo ánimo de seguir con el asunto del paquete, en parte porque sabían que Middie y Mary estaban seguras.
Cansado, Trowa se despidió de Treize en cuanto llegaron a la mansión y se dirigió a la habitación que tenía designada. Sin embargo, al llegar a ella, se encontró a Quatre en su cama, dormido.
Sin hacer ruido, sonriendo levemente, se desnudó y entró bajo las mantas con cuidado, tratando de no despertarlo.
Casi en cuanto lo abrazó, se quedó dormido.
Treize, por su parte, aun se quedó despierto parte de la noche, ya con el resto de las cosas que le dejara su padre.
Pero no tendría tiempo de descifrar el mensaje completo.
Al día siguiente debía salir hacia los Emiratos, dejando primero indicaciones a los tecnólogos y al personal de seguridad, en caso de que se presentara alguna emergencia.
No tenía la certeza de que quienes perseguían a su familia, estuvieran al margen de saber del paquete.
Pero no iba a arriesgar a nadie más.
Enterraría la evidencia hasta que estuvieran de regreso, ya seguros de que nadie los seguía.
Pensando en ello, guardó lo que había descifrado de cada una de las cartas junto con las mismas, los mensajes y la Biblia en una pequeña caja de seguridad. Hecho esto, fue a una de las bóbedas subterráneas de la Armería y se aseguró de dejarla lo más oculta que pudo.
El asunto se vería después de lo que pasara en los Emiratos Árabes.
Con un poco más de tranquilidad, Treize fue a la Mansión, dispuesto a dormir algunas horas antes de salir hacia Dubai.

 

 

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