
Bien, es otra parte de VP. Gracias a quienes han seguido la historia, a quienes me han alentado, inspirado, insinuado, etc, etc. Es justo que les haga un monumento. Uno de estos días… ^.^
Una breve nota, antes de iniciar…
Revisando el capítulo anterior, y con la decepción de la falta de inspiración por parte de mis musas, musos o lo que sea que sean, trabajé de una forma un tanto inusual este otro capítulo.
Retrocedemos un poco los acontecimientos para ver lo ocurrido en las infidelidades, en los juegos errados y en las consecuencias de las acciones equivocadas. Y después, la historia vuelve a tomar su curso normal.
Espero, como dije anteriormente, que este sea el último retraso al fic, y que también sea el último justificante de mis inspiraciones para dejar pasar tiempo.
Sin más, pasamos a la historia. Disfrútenlo.
V.K.
Capítulo Décimo Cuarto
Reino de Barhaim.
Mediodía del sábado.
Minutos antes de las pruebas de calificación de Ferrari.
Sintiéndose observado, Zechs volteó hacia uno de los extremos de la carpa, justo donde se encontraba el monoplaza que correría.
No había nadie más en el lugar, ya que los técnicos de la escudería estaban ya tomando sus posiciones dentro de los pits, y el único que faltaba en presentarse era él.
Sin embargo, seguía inquieto. Pero lo atribuyó al estrés de las últimas 24 horas.
No sólo tenía que preocuparse por recuperar la confianza de Khushrenada. Debía confrontar el problema ocasionado con Duo, que inevitablemente lo llevaría a confrontar también a Heero Yuy, y tal vez eso ocurriría de una forma poco civilizada.
Sumado a todo eso, las autoridades del Reino habían cerrado el autódromo por un accidente horas antes, y aunque los agentes italianos habían intentado por todos los medios saber a qué equipo le había ocurrido, no pudieron llegar más allá de saber que había sido una de las escuderías europeas.
Estaba colocándose el equipo de transmisiones en el overol, cuando escuchó claramente un ruido detrás de él. Aunque no le dio mucha importancia. Los técnicos debían estar como siempre, apresurados, retrasados, volviéndose locos con los últimos detalles previos a una competencia. Continuó con lo que hacía, hasta que una férrea mano lo sujetó por un hombro, volteándolo con brusquedad hacia atrás.
Zechs reaccionó de forma violenta, retrocediendo lo suficiente para soltarse del fiero agarre en el que el recién llegado lo tenía. Y pensaba reclamarle molesto a quienquiera que fuese el que lo había tratado de esa forma, pero no tuvo tiempo de hacerlo.
Un par de ojos azul cobalto, de endurecida expresión y con una velada amenaza en ellos lo detuvo.
-Heero…
El japonés levantó un brazo frente a él, mostrándole un objeto metálico, brillante,
Zechs lo observó, sintiendo un vuelco en el estómago al reconocerlo plenamente.
“¡Mi reloj!”
En su prisa por dejar la habitación, había olvidado el reloj, Ahora lo recordaba…
Heero le arrojó el reloj en un arrebato de ira, sin dejar de verlo. El rubio apenas alcanzó a esquivar el golpe en su cara. La máscara evitó en parte eso.
-¡Te advertí muy claramente que no te acercaras a nosotros, Marquise!
Zechs retrocedió dos pasos más, quitándose del alcance del japonés, aunque preparándose para una inminente pelea a golpes.
-No lo hice yo. –Dijo sin quitarle la vista a Yuy. –Él fue quien me buscó.
-¡Pero sabías que él estaba conmigo! ¡¿Por qué demonios lo usaste de esa forma?!
Marquise no le respondió de inmediato. Sus palabras tenían que ser tan creíbles como verídicas. Tenía también que liberar de esa culpa al americano. Así que pensó rápido qué debía decirle.
-Heero… sé que no querrás escuchar nada de lo que te diga, y que de todo este lío, al único que culparás será a mí. -Por un momento, Heero bajó levemente la cabeza, apretando los puños. -No puedo negar que tuve mucha responsabilidad en lo ocurrido, pero de verdad, no deseaba lastimarlos. No deseaba lastimarte otra vez…
-¡Basta! –Fue su respuesta a sus palabras.
Lo menos que el japonés quería escuchar era una historia de su pasado. No quería volver a encontrarse con más mentiras y traiciones que aun dolían, y que aunque había pensado que ya las había superado, volvían ahora con mayor fuerza. Y Zechs lo sabía.
Varios tecnólogos se dirigían hacia ahí, atraídos por el retraso de Marquise en su llegada al área de pruebas.
El rubio decidió aclarar las cosas de una vez. Ya había permitido demasiados errores.
-No Heero. No voy a callarme esta vez. Tenemos que hablar de lo que pasó.
Sorpresivamente, Heero se le echó encima, sujetándolo por el frente del overol, jalándolo con enorme fuerza hacia él. Ambos perdieron el equilibrio, pero no cayeron totalmente. Zechs se sostuvo del monoplaza, medio arrodillado, aun sujeto por el otro. Heero se recuperó casi de inmediato, quedando de pie frente a él. Su posición era demasiado ventajosa.
Al ver eso, varios hombres del grupo corrieron hacia el lugar, dispuestos a detener la pelea.
-¡Escúchame bien! ¡Esta es la última advertencia que voy a hacerte! -Zechs tembló internamente al ver el rostro del japonés tan cerca del suyo. Su actitud era escalofriante. -¡No vuelvas a acercarte a mí, ni a él! ¡Si provocas más daños, te juro que no voy a detenerme!
La celeste mirada de Zechs se opacó ligeramente, pero su voz se escuchó calmada. Conocía sus reacciones, sabía lo que pasaría…
-Si vas a golpearme, Heero, deja que me quite la máscara. No quiero que estos inútiles tomen ese pretexto para demandarte.
Dos de los miembros de la escudería llegaron justo en esos momentos, separándolo con grandes trabajos del rubio, evitando que pudiera golpearlo.
Sin embargo, hizo una última advertencia mientras los otros lo echaban del lugar.
-¡Recuérdalo, Marquise! ¡Sabes que cumplo mis amenazas!
Zechs permaneció en silencio mientras Heero era sacado de la carpa a empujones y golpes por parte de los miembros del equipo. Cerró los ojos, suspirando de forma cansada.
La situación no podía ser peor.
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Hotel Ambassador.
Habitación de Treize Kushrenada.
Después de la junta con la Escudería y los Directivos.
Treize observó su imagen en el espejo por tercera vez, inconforme. Por más que lo intentaba, el vendaje que cubría su hombro era perfectamente visible bajo cualquier camisa que se pusiera.
No podría ocultarlo por la forma como lo habían colocado. Aunque no era eso lo que le preocupaba en realidad.
Lo que no deseaba era que Marimeia supiera de este accidente. No era justo que la pequeña se preocupara por él más de lo que debía estarlo, después de todo lo ocurrido meses atrás.
Había jurado que nunca la pondría en riesgo, y por ese motivo la mantenía dolorosamente alejada de él. No sería el responsable de su preocupación o sufrimiento por lo que pudiera llegar a pasarle, aunque pudiera sonar demasiado ilógico…
Unos golpes firmes en la puerta lo distrajeron momentáneamente de su enfado. Intuyó que se trataba de Quinze, así que se dio por vencido.
Se dejó la camisa que tenía en esos momentos, arreglándola adecuadamente.
Hecho esto, fue a abrir. Aunque la persona que vio frente a él no era quien esperaba, no se sorprendió.
Lady Une lo observaba con una extraña expresión en su rostro. Estaba sola.
-Hola, Lady. –Saludó Treize, invitándola a pasar. Ella lo siguió en silencio al interior. -¿Pasa algo?
Antes de responder, lo vio fijamente. Su mirada mostró un leve tinte de enfado.
-No puedo creer que sigas tan tranquilo después de lo que ha pasado hoy, Treize.
El mayor no le respondió de inmediato. Caminó hasta la cama, guardando más cosas en la maleta abierta que estaba ahí. Lady no se movió de donde estaba.
-Lady, escucha… -Dijo finalmente, dejando lo que hacía. –Ambos sabemos que esto es parte de mi trabajo. Siempre he tomado este tipo de riegos porque alguien debe hacerlo…
Repentinamente, ella levantó la voz en un furioso reclamo.
-¡Treize! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Todos esos riesgos son innecesarios! ¿Acaso no ves que es absurdo poner en juego tu vida de esta forma? –Se le acercó algunos pasos, tratando de controlar su enfado. -¿Qué va a pasar con Mary si algo realmente grave llega a sucederte?
Treize la vio sin cambiar su expresión tranquila. Las heridas del hombro empezaban a molestarle.
-Todos los días corremos riesgos, Lady. Por ese motivo dejé la empresa, mi vida y mis planes en ella. Pero es únicamente a Mary a quien debo explicarle mi comportamiento.
Lady guardo silencio al escucharlo. Se estaba dejando llevar por el temor de que alguna inesperada tragedia llegara a ocurrir.
Bajó la cabeza, apesadumbrada, asintiendo levemente.
-S-si, lo lamento…
Treize se enterneció al verla así.
-Sé que temes que algo pueda ocurrir, y que por algún error de mi parte Mary padezca el dolor de perder al único padre que tiene. Lo entiendo, y agradezco mucho tu preocupación, pero ambos sabemos que es imposible estar exentos de riesgos. Yo también temo por mi hija, y por ustedes, pero es parte de la madurez personal saber hasta qué límite debe uno preocuparse.
La abrazo de manera fraternal, tratando de infundirle confianza.
-Estaremos bien, Lady. No volveré a arriesgarme innecesariamente. Lo prometo.
Ella lo estrechó por algunos segundos, deseando creerlo con todas sus fuerzas. Después lo soltó, separándose de él totalmente.
-Sé que lo harás, Treize. Te conozco, y sé que tu palabra es válida.
Ambos guardaron silencio un momento, hasta que Lady Une decidió retirarse.
-Bueno… debo irme… -Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de llegar a ella. Volteó nuevamente, y clavó su mirada en el rostro de él. -Ahora entiendo por qué Leia te amó de la forma como lo hizo, y veo también lo afortunada que ha sido Mary al tenerte como padre. Te veo en el comedor.
Treize no se movió en un rato después de que ella lo dejara solo.
Nunca se había detenido a pensar qué era lo que sentían hacia él todos los que lo rodeaban, y verlo desde esa perspectiva lo había desconcertado.
Se sentó en la cama, pensando en lo que le había dicho. Bajó la cabeza, ocultándola entre sus manos, sintiéndose el ser más egoísta del Continente Europeo.
Tenía tantas personas a quienes les interesaba verlo con bien, y él sólo veía por sí mismo.
Tomó entonces la firme decisión de ser otro, de dejar de esconderse, y pelear por lo que amaba.
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Hotel Ambassador.
En el transcurso de la tarde, después de las pruebas de calificación.
Duo volteó a la puerta de la habitación que ocupaba, expectante. Se levantó, y con nerviosismo fue a abrir.
Sin embargo se tranquilizó al ver a Zechs, aunque su mirada mostró una profunda tristeza.
-Ah… eres tú.
El rubio lo vio críticamente.
Sabía por lo que el americano estaba pasando, la enorme decepción que vivía en esos momentos.
Siguió al muchacho al interior de la habitación, esperando no ser el primero en hablar. Pero tuvo qué hacerlo cuando Duo sólo se sentó en la cama, sin dirigirle la mirada.
-Heero lo sabe. ¿Tú se lo dijiste?
Duo volteó hacia él, mostrando un brillo de ira en sus ojos violetas.
-¿Sólo a eso viniste? ¿A reclamarme?
Zechs se acercó a donde estaba, quedando frente a él. Duo siguió sus movimientos.
-No…no. Sería un necio si ese fuera el motivo por el que estoy aquí. Yo… -Su voz se perdió un momento. -… quería saber cómo estabas.
Una expresión agria y burlesca se dibujó en el rostro del trenzado. La sonrisa que mostró le dolió demasiado.
-¿Ahora te preocupas, Zechs? ¿No te parece que es algo tarde para hacer eso?
Marquise suspiró, quitándose la máscara frente a él. No quería ocultarle su pesar.
-Heero fue hace un rato a la carpa de Ferrari, y me regresó el reloj. Discutimos, e intento golpearme. Me preocupé al pensar que tal vez contigo no se había detenido.
El trenzado bajó la cabeza, negando con un gesto.
-Imagino que se enteró cuando vio el reloj en la mesita de noche.
-Fue por eso, pero también porque yo le hice ver lo que había ocurrido. –Sin levantar la cabeza, rió quedamente. –Le dije que había sido mi decisión, y no tu culpa. ¿No te parece lo más estúpido que pude haber hecho?
Hubo una incómoda pausa entre ellos. Zechs volteó hacia la puerta de la habitación un momento, deseando irse de ahí. Pero no lo hizo.
-No. –Su respuesta hizo que el americano levantara la vista hacia él. –Fue lo más sensato y valiente que pudiste haber hecho.
La expresión de Duo se desmoronó ante sus ojos al escucharlo.
Éste hizo un lastimoso puchero antes de ocultar el rostro entre sus manos y llorar en silencio.
-Lo perdí… -Alcanzó a murmurar entre sollozos. –Se fue… y no sé dónde pueda estar…
Zechs imaginó que la incertidumbre de no saber nada de Heero Yuy desde que se fuera del hotel, desquiciaría su pensamiento, y que ese terrible dolor de haber destruido su relación por una necedad lo hundiría totalmente.
No podía dejarlo solo.
Se arrodilló frente al lloroso trenzado, quitándole las manos del rostro, sujetándolas con delicadeza mientras buscaba su mirada.
-Duo, escucha… Lamento demasiado haberte orillado a esta situación. De verdad, es muy doloroso para mí verte sufrir de esta forma, pero no puedo hacer nada por el momento para arreglarlo. –La mirada vidriosa del americano lo siguió. –Aun no sé cómo, pero voy a hacer algo para que Heero recapacite.
-No hay nada que puedas hacer.
-Esto ha sido más culpa mía que de nadie, Duo. Por esa razón debo enmendarlo.
Duo soltó sus manos de las del rubio, exasperado.
-¡No! El daño ya está hecho, y no lo puedes remediar. Deja las cosas como están
-Pero…
-¡Ya basta, Marquise! –El americano se llevó las manos a sus sienes, intentando aminorar el repentino dolor que estallaba en su cabeza debido a la tensión. –Déjame sólo. Vete.
Zechs asintió, apesadumbrado.
Se levantó, colocándose la máscara mientras se dirigía sigilosamente hacia la entrada de la habitación. Antes de salir volvió a hablar.
-Duo, si necesitas algo, sabes dónde encontrarme.
Dicho esto, salió, cerrando con cuidado la puerta. Pero casi en cuanto lo había hecho, alcanzó a escuchar un golpe seco en ella, y el sonido de un objeto de cristal haciéndose pedazos, obligándolo a detenerse.
Iba a regresar a la habitación, pero el lastimoso grito de ira y frustración de Duo lo hizo recapacitar. Cerró los ojos y agachó la cabeza, sintiendo que algo en su interior se despedazaba…
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Zechs llegó hasta el bar del hotel, malhumorado y exhausto por todo lo ocurrido en el día hasta ese momento. Se sentó frente a la barra, en el lugar más apartado que encontró.
No quería hablar con nadie. Si lo buscaban los directivos o cualquier otro que hablara italiano, planeaba mandarlos al diablo.
Mientras pensaba eso, pidió una bebida fuerte, dispuesto a quitarse el fastidio a base de una borrachera marca Barhaim.
Además del fracaso de la amarga visita hecha a Duo, estaban todos los problemas que se habían presentado en el autódromo.
Sabía que los resultados obtenidos habían sido mediocres. El auto había mostrado fallas en el funcionamiento, señal de la falta de interés de los tecnólogos a sus recomendaciones para la mejora del motor. Pero a esos tipos con corbatas de seda cara, y cero entendimiento de la ingeniería mecánica no les importaba eso. Ellos le recriminarían a él, y volverían a tratarlo como si él fuera el culpable por la negligencia de algunos miembros de la escudería.
Eso jamás había ocurrido en el equipo de Williams-BMW. Todo lo contrario.
Siempre se había sentido apoyado, motivado. Sus logros eran reconocidos, y sus recomendaciones escuchadas.
Extrañaba todo eso... Extrañaba escuchar esas palabras de aliento, y los comentarios de felicitación del Ingeniero Williams, de Quinze y Otto... de Treize…
Se mordió el labio inferior al pensar en él.
Aparte de todos los dilemas pasados con su propio equipo, con Heero Yuy y Duo Maxwell, y las frustraciones de las fallas mecánicas en medio de los precalificativos, tampoco había tenido suerte para encontrar al alemán, por más que estuvo tratando de localizarlo. Parecía como si la tierra se lo hubiera tragado. A él, junto con la escudería completa.
Nunca se imaginó que en el momento mismo en que Heero Yuy y él sostenían la amarga confrontación en la carpa de Ferrari, Treize y Quinze discutían acaloradamente la decisión del ahora consultor en el pequeño cubículo acondicionado como dispensario médico.
El barman puso frente a él una enorme y curiosa copa adornada con fruta en sus bordes, llena casi hasta el tope con un líquido estrafalariamente pintado de un verde brillante. Zechs la observó algunos segundos, dudando de su cordura al pedir algo como eso. Hasta que finalmente decidió tomarla.
Total, ahora no importaba si la borrachera resultaba colorida también.
Sin embargo, apenas había dado algunos tragos al líquido, cuando alguien detrás de él hizo un comentario ácido, haciéndolo voltear.
-¿Embriagándote tan temprano, Marquise? ¿No es eso un gesto común en los perdedores?
Su mirada permaneció en una completa apatía, marcada por el fastidio al ver de quién se trataba.
-¿Por qué no dejas de fastidiarme, Chang?
La irónica sonrisa del oriental aumentó su mal humor. Chang lo notó, y acentuó su expresión, bastante divertido.
-Típico. Huyes de tus problemas de la manera más fácil.
-¡No estoy huyendo! –Marquise se volteó totalmente, dejando la copa en la barra. -¡Vete a fastidiar a otro! ¡No estoy de humor para escuchar necedades!
Un gesto de ira se perfiló en sus ojos claros. Eso no amedrentó al oriental, pero si logró que su expresión cambiara a una bastante seria.
- Ahora entiendo por qué decidió rechazarte.
Zechs entrecerró los ojos, sintiendo crecer su ira.
-¿Rechazarme? ¿De qué demonios hablas?
Wufei hizo una expresión de enfado, para responderle en seguida.
-Pues precisamente de eso, Marquise. Treize me dijo que te había rechazado también a ti.
Zechs parpadeó un poco más rápido que lo habitual, asimilando eso último.
Wufei se dio cuenta tardíamente de que había hablado de más.
-Espera un momento. ¿Quieres decir que nos lo hizo a ambos? –Una ligera sonrisa asomó en la comisura de su boca al ver que el oriental casi se daba de topes en la barra. –Eso es algo nuevo, Chang. ¿Pretendías ocultarme tu desaire para seguir burlándote de mí? No, tengo una explicación mejor. No me dirías esto, haciéndome creer que tus estúpidos comentarios de ayer eran ciertos.
-Oh… como sea. –Intentó arreglar el otro. Pero terminó resignándose. Se sentó junto al rubio con aire derrotado. –Bueno, si. Pensaba guardármelo, pero ya que no ha sido posible, te lo diré. Si, también me rechazó. Pero no lo hizo por mi forma de comportarme con él.
-¿Ah, no? –Zechs lo observó con interés mientras Wufei pedía algo al barman. -¿Entonces?
-No tengo idea si tú sepas esto… -El oriental bajó un poco la cabeza, clavando sus ojos negros en la superficie de la barra. Carraspeó ligeramente y habló en un tono de voz casi cercano a un susurro. –El… me dijo que amó a alguien más… antes que su vida fuera lo que es ahora. No me dio detalles, pero pude intuirlo en la forma como lo decía.
Zechs sintió una muy ligera, pero dolorosa punzada en su pecho. Esa historia no era ajena a él. No quiso, sin embargo, dejárselo saber a Wufei.
-Pero si ese alguien no está con él, es obvio que la relación terminó. ¿O me equivoco?
Wufei volteó a verlo con algo de disgusto mientras hablaba.
-No si ese alguien está muerto, Marquise. Un sentimiento muchas veces sobrevive a la muerte, encadenando a la persona. –Su mirada cambió entonces a una expresión triste. –Treize continúa atado a eso, y nadie en este mundo que no sea él mismo podrá liberarlo.
Zechs lo observó críticamente, pensando en sus palabras.
Tuvo que reconocer que el oriental tenía razón al decirle eso. Porque él mismo lo había visto, y comprobado,
Treize seguía atado a Miliardo Peacecraft, a pesar del tiempo, y de los acontecimientos.
Pero en este caso, Zechs sabía que no podría liberarse por sí sólo, porque él estaba atándolo también a todos esos recuerdos, a toda esa vida pasada al comportarse como lo había hecho hasta ese momento.
El barman puso la colorida copa de la bebida que había pedido Wufei enfrente de él, sacándolos a ambos de su ensimismamiento.
Wufei la observó por algunos segundos, realmente sorprendido.
-¿Qué se supone que es esto?
-Lo que pediste, Chang. –Zechs levantó su copa, y esperó a que el otro hiciera lo mismo. - Anda, no te hagas del rogar.
El oriental comprendió, imitándolo. Entonces, ambos rivales, competidores por el mismo objetivo, brindaron de forma civilizada.
-Por Treize, y su libertad. –Dijo sin dudarlo Wufei.
-Por él, y su felicidad. –Secundó Marquise.
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Tres horas y cinco bebidas de diferentes colores y sabores más tarde, Zechs llegó a su habitación.
Estaba un poco mareado, pero tranquilo.
El hablar con Wufei Chang todo ese tiempo en forma distinta a su trato anterior, simplemente en torno a negocios, contactos industriales y datos tecnológicos, había sido una especie de relajante.
Había sido una charla superficial, en ocasiones divertida, y en la que no se volvió a tocar el tema “Khushrenada” en ningún momento. Y eso lo agradeció Zechs infinitamente.
No quería someterse a un estrés más, así que esperaría a estar más tranquilo, menos angustiado y mucho más dispuesto a escuchar las razones que Treize pudiera tener para rechazarlo a él.
Decidió terminar el día con una ducha tibia, y dormir sin importarle que el mundo detrás de la puerta de su habitación siguiera rodando. Esa noche deseaba descansar por completo.
Pero poco antes de poder completar todos sus planes, minutos después de salir del baño, secarse el largo cabello y acomodarse en la cama justo para apagar la luz, unos tímidos golpes en la puerta lo interrumpieron.
A regañadientes se levantó de la cama, colocándose la máscara y pensando en recordarle a quien estuviera frente a él cuál sería su posible causa de muerte violenta. Pero el insulto se colapsó en su garganta al abrir la puerta.
Duo estaba ahí, con expresión vacía y el cabello totalmente desaliñado. Zechs se alarmó.
-Maxwell. ¿Qué ocurre?
El americano levantó sus cansados y enrojecidos ojos hacia él, y trató de sonreír, sin lograrlo.
-Yo… no sabía si…
Antes de que continuara, lo hizo entrar a la habitación. Antes de entrar él también, se asomó unos momentos, volteando hacia todas partes. Al encontrar toda el área desierta, entró y cerró, asegurando la puerta.
Regresó al interior, encontrando a Duo sentado en la cama, con la misma expresión, viendo algún indefinido lugar en el piso.
Zechs se paró frente al americano, preocupado. Se quitó la máscara, esperando que dijera algo.
Duo se levantó, viéndolo fijamente. Se le acercó hasta alcanzarlo con sus brazos, enredándose con él en un desesperado abrazo. El rubio no se movió, ni siquiera al sentir su aliento tibio sobre sus labios.
Fue como una súplica que Zechs no correspondió.
-... espera. –Lo separó un poco, pero no se soltó del abrazo del americano. Sus ojos se encontraron por un momento. –No puedo permitir que esto continúe. Cometimos un grave error, y actuar de esta forma no lo solucionará.
Duo dejó caer sus brazos lentamente, abatido. Su mirada se desprendió de la de Zechs, perdiéndose en la nada.
-Mi habitación es fría… y solitaria… -Murmuró apenas de forma audible. -…no quiero volver allá…
Marquise alcanzó una de sus manos, llevándolo nuevamente a la cama.
Lo hizo acostarse en ella, ayudándole a quitarse los zapatos. Lo arropó, acariciando su cabello.
-No voy a dejarte solo. Duerme un poco, y trata de no pensar en lo que ha ocurrido. Mañana podremos buscar una solución con el pensamiento despejado.
Duo asintió, rindiéndose al cansancio que llevaba a cuestas, confortado por el contacto de Marquise.
Permaneció a su lado, sin otra intención que hacerlo sentir seguro. Hasta que comprobó que dormía profundamente, se separó de la cama y fue a los sillones del recibidor, disponiéndose a dormir en uno de ellos.
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Domingo, día de l a competencia.
Hotel Ambassador.
7:25 a.m.
Treize recibió una llamada en su habitación mientras se arreglaba para bajar a desayunar.
Imaginó que se trataba de Quatre, o tal vez de Quinze y Otto, para fijar el lugar en el que se encontrarían en el restaurante del hotel. Sin embargo, no fue ninguno de ellos.
-Buenos días. En unos minutos estaré listo.
-Treize…
El fuerte acento alemán que respondió lo alcanzó a sorprender un poco.
-¿Doctor G? –Se sintió inquieto. Nunca había recibido una llamada directamente de él.
La voz del doctor G tenia un ligero matiz desesperado.
-Siento interrumpirte, Treize, pero se nos presentó un contratiempo, y es necesaria tu presencia para poder resolver esto.
-¿Qué ocurrió?
-Uno de los embarques de piezas y refacciones ha sido detenido en aduanas. Amenazaron con devolverlo y cobrar una fuerte multa si no te presentas con los papeles originales de la transacción hoy mismo.
-Pero es domingo…
-Si, yo también les dije eso, pero al parecer, no les interesa. Pusieron de plazo hoy, antes de las tres de la tarde.
Treize pensó rápido, y supuso que no tendría opción que aceptar las condiciones de las autoridades. Aunque eso le daba un buen pretexto para irse rápidamente.
Su pesar, sin embargo, fue por Quatre.
Sabía que al darle la noticia, el rubio también tomaría la decisión de irse junto con él.
Por ética empresarial, lo haría.
Suspiró cansadamente, y respondió.
-Está bien, doctor G. Preparen los documentos. Llegaré antes de mediodía.
Ambos se despidieron rápidamente, y después de cortar la comunicación con él, marcó a la habitación de Quatre.
El rubio tardó un momento en contestar.
-¿Hola?
-Quatre, soy Treize.
-Ah, hola. Buenos días. –El alemán alcanzó a escuchar una leve risa del rubio, e imaginó que Trowa estaría con él. Quatre se esforzó por ponerle atención. –Dime.
-Recibí una llamada de Alemania. Tengo que darte malas noticias…
-------------------- Despedida inesperada…
Zechs llegó al piso doce, aun dudando de que su idea de hablar con Treize funcionara.
Tenía que hacerlo justo en esos momentos, o después sería muy difícil encontrarlo.
La puerta del elevador se abrió, haciéndolo detenerse abruptamente al ver a Treize ahí, frente a él, con su equipaje en la mano.
Khushrenada titubeó.
Era el último a quien había imaginado que vería ese día.
Sin embargo, se apresuró al ver que las puertas del elevador se cerraban. Alcanzó a detenerlas y entró, sintiendo un molesto cosquilleo en su estómago. La imagen del rubio acariciando al muchacho trenzado frente a él se hizo presente en su memoria con bastante claridad.
-Buenos días. –Saludó con cierta frialdad al rubio, mientras oprimía el botón del tablero. –Me sorprende verte en esta parte del hotel.
Zechs asintió, aun sin saber qué decirle. No esperaba esa ligera ventaja que se le había presentado. Tuvo que obligarse a pensar antes de llegar al piso principal del hotel.
-Ho-hola, Treize. No esperaba que pudiéramos encontrarnos así.
-Por tu expresión, me imagino que no. –Serenamente, volteó hacia él. Su trato era amable, pero totalmente impersonal. -¿Qué puedo hacer por ti?
-eh… necesitaba hablar contigo. -Zechs titubeó. -Verás… ayer fue un día demasiado raro, y no tuve oportunidad para ver si podía encontrarte… además, hoy habrá demasiado ajetreo y no creo que podamos hablar en medio de todo eso.
El alemán bajó la cabeza, agobiado.
Debía aplazar esa conversación, y sabía que Marquise lo resentiría.
-Zechs, no puedo en este momento.
-Pero… aun hay tiempo. La carrera es hasta dentro de tres horas…
Treize levantó su vista hacia él. Había una ligera ansiedad en la forma como el rubio intentaba detenerlo. Se sintió mal tan sólo de pensar que en verdad no tenía tiempo. No en esos momentos. No ese día.
-No voy a participar en la carrera. Debo regresar a Alemania antes del mediodía.
Los azules ojos de Zechs se abrieron enormes por la sorpresa.
-¡¿Qué?! ¡Pero no puedes abandonar esto! ¿Qué va a pasar con tu equipo…?
Khushrenada lo interrumpió, viendo que llegaban al nivel de la recepción.
-Ya no soy parte de BMW-Williams. Renuncié ¿lo recuerdas? –Al abrirse la puerta del elevador, salió apresuradamente, seguido por el rubio. –Tengo otros intereses qué atender, y éstos me reclaman el día de hoy. Así que debo irme.
-¡Treize, espera…!
Zechs intentó detenerlo, sujetándolo del hombro derecho con algo de fuerza.
No podía dejarlo ir. No así.
Khushrenada se detuvo y lo separó bruscamente, en un reflejo doloroso.
Ambos se observaron por un momento, Treize con preocupación, Zechs desconcertado.
Entonces, el rubio se fijó en el cuello de la camisa, abierto por el leve forcejeo.
Una extraña mancha rojiza asomaba por el borde del cuello de la prenda, en la parte en que el hombro y el cuello de Khushrenada se unían, y parecía extenderse por su pecho y espalda, justo debajo del vendaje que llevaba en esa zona.
Treize intentó acomodar su camisa rápidamente, tratando de restarle importancia a eso. Sin embargo, el rubio no lo dejó pasar.
-No tenías ese vendaje ayer. ¿Qué te pasó?
-No es nada.
Khushrenada no pudo dejar de sentirse incómodo al notar la mirada de escrutinio que Zechs le dirigía. Por su parte, el rubio supuso que lo ocurrido el día anterior en las pruebas de calificación tenía demasiado que ver con eso. Su expresión cambió entonces.
-E-el accidente de ayer… ¿Fuiste tú?
Treize suspiró, ligeramente fastidiado. Volteó hacia la recepción, descubriendo a Quatre y a Trowa, quienes presenciaban lo que estaba pasando.
-Debo irme.
Zechs volvió a interponerse en su camino, buscando sus ojos, exigiendo respuestas aun en silencio.
-¿P-por qué…? Treize… esto…
Treize dejó su mirada entristecida en él por varios segundos, dándole fuerza a sus palabras.
- Lamento que aun no puedas comprenderme. -No debía detenerse. No ahora. - Te llamaré después, Zechs. Adiós.
Sin decir más, se dio la vuelta, dirigiéndose a paso rápido hacia la salida principal, dejándolo ahí, con la impotente sensación de un nuevo fracaso. Quatre y Trowa lo siguieron, volteando por un segundo con cierta curiosidad hacia donde el rubio se quedara.
Zechs suspiró, resignándose a dejarlo ir. Sonrió con tristeza, pensando en sus palabras.
-Te entiendo mejor de lo que crees.
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Noin lo esperaba en su habitación, en el corredor, para ser exactos.
-Necesito hablar contigo. –Fue lo primero que le dijo en cuanto lo vio aparecer. Se veía molesta.
Zechs sólo le dirigió una fugaz mirada, antes de abrir la puerta. Noin entró junto con él, sin preguntarle si podía hacerlo.
Duo estaba aun en la habitación del rubio, en el baño.
-Bien, te escucho. –La encaró Marquise al tiempo que se sentaba en uno de los sillones del recibidor de la habitación.
Noin señaló el baño, bajando su voz a un susurro, pero no el tono de la misma.
-¿Qué hace él aquí? –Marquise suspiró, volteando un momento hacia el techo de la habitación.
-Noin…
–Se suponía que ibas a dejar estos juegos absurdos, Zechs.
-Lucrezia, basta. –Por primera vez, Zechs la detuvo antes de que continuara incriminándolo. –No ha pasado nada más que la estupidez de ayer.
-¿En dónde está Yuy?
-No lo sé, ni él. Por eso está aquí. Le dije que lo buscaríamos.
-¡¿Pero estás loco?! ¡¿Quieres que te acomode un tiro en medio de los ojos?!
-¡Por supuesto que no! –El rubio se quitó la máscara, tallándose el rostro con ambas manos. Se sentía cansado. –Pienso arreglar todo este lío, y aclararle lo que pasó hace tiempo.
-No creo que quiera escucharte.
Suspiró levemente, y guardó silencio al escuchar la puerta del baño.
Duo se asomó antes de salir totalmente de ahí. Se había bañado, y había arreglado el cabello, haciendo la trenza con la que lo habían conocido. Aun se veía demacrado, pero tranquilo.
-Hola… -Saludó tímidamente, dispuesto a irse. –Debo ir a empacar mis cosas, antes de presentarme con el equipo.
-Duo. –Zechs se levantó del sillón y lo alcanzó, sujetándolo por un brazo. -¿Estás bien?
Sonriendo tristemente, el americano le retiró la mano.
-Estoy mejor que ayer, no te preocupes.
-De acuerdo…
-Sé que Heero estará ahí, y prefiero encarar lo más pronto posible todo esto. –Volteó totalmente con él, e inesperadamente, lo abrazó. Zechs no se movió, sorprendido. –Gracias por aceptar que me quedara contigo anoche. Fue un bello gesto de compasión, Zechs.
Se separó del rubio, regresando a la puerta.
-Te dije que no te dejaría solo.
Duo asintió, y sin decir más, salió de la habitación.
Zechs volteó a ver a Noin cuando ella carraspeó un poco. Volvió junto a ella, sentándose esta vez en la cama desarreglada.
-Sólo espero que Heero no se desquite con él.
-Confiemos en que no, Zechs. Si no lo hizo contigo, tal vez tenga oportunidad. –Lucrezia se sentó en uno de los sillones, dispuesta a hablarle ahora del asunto que la preocupaba. –Recibí una llamada de Solo, hace media hora.
Zechs la observó con atención, casi intuyendo lo que habían descubierto.
-Hay movimientos en la frontera rusa. No me lo ha confirmado, pero me comentó acerca de un arresto que varios agentes checos hicieron esta madrugada.
-Imagino que esto relaciona a varios de nuestros sospechosos.
-Imaginas bien. Me envió un documento, y la firma es conocida por ambos.
-Tsuvarov…
-No con ese nombre, pero así es.
Marquise asintió. Era tiempo de dejar el mundo del automovilismo y enfocarse en lo que realmente lo había hecho regresar a Europa. Después de esa carrera, era el más problable paso a seguir.
------------------------------- La oportunidad de Quatre...
Ex Armería de Oz.
Heinenkell, Alemania.
Lunes. 8:50 am
Al día siguiente de los acontecimientos en Barahim, después de haber solucionado satisfactoriamente el problema en aduanas, todo volvía a su cauce normal.
Ambos socios estaban en esos momentos en el salón que habían acondicionado para las juntas empresariales. En él había una enorme pantalla de 50 pulgadas , de resolución impresionante en las imágenes proyectadas.
Treize se detuvo junto al televisor, con los brazos cruzados sobre su pecho.
Transmitían en uno de los canales especializados en deportes el desenlace de la competencia del día anterior.
Eran las últimas vueltas del circuito en Barahim, y había una reñida lucha por el primer lugar entre el piloto de BAR Honda y Zechs. Ninguno de los dos cedía su lugar, o su posición frente al otro.
Al parecer, ambos eran demasiado tercos como para perder la carrera. Aunque Khushrenada tenía el leve presentimiento de que no sólo se trataba del título automovilístico, sino de una razón un tanto más personal.
Sentado en uno de los extremos de la mesa, Quatre lo observó un momento, descubriendo una finísima línea en su frente, como una muestra de preocupación por el desenlace de esa contienda.
-¿Quién ganó? -Su voz distrajo momentáneamente a Khushrenada. Éste volteó un poco hacia el muchacho, sonriéndole.
-Apuesto por el Conde Relámpago. El otro piloto es muy audaz, pero yo entrené a Zechs.
Quatre arqueó en forma leve una ceja al escucharlo. Trowa no le había hablado de eso.
-¿En serio? Debe ser muy bueno entonces.
-Por supuesto. –Treize sonrió con un leve dejo de amargura. Recordar el incidente de Barahim aun dolía. –Aunque no ha podido superarme.
Quatre no entendió la metáfora, pero sí tomó el comentario como un incentivo para hablarle a su socio de sus planes.
-Si, no lo dudo. A propósito, Treize… he estado pensando… -El mayor centró su atención en el rubio, dejando de lado la televisión. -Estos últimos días fueron de muchos cambios y revelaciones personales… me di cuenta que me fascina todo esto de la F 1, y la manera como se vive dentro de los circuitos…
-Si, es otro mundo.
Quatre enrojeció levemente, sonriendo con algo de pena. Sin embargo, se obligó a seguir.
-Es verdad. Y sinceramente, me encantaría ser parte de todo esto.
-Pero ya lo eres, Quatre.
-No, no como consultor, o como fabricante de carburantes o incluso prototipos y motores para monoplazas. Quiero decir… yo… me gustaría…
La mirada profunda del mayor se hizo un poco más aguda ante esos titubeos. Era muy obvio lo que estaba tratando de decirle. Así que se le adelantó.
-¿Quieres ser piloto…?
Sin poderlo evitar, el rubor que cubría las mejillas de Quatre se intensificó al tiempo que asentía. Lo había entendido sin muchos rodeos, y no estaba seguro de su reacción. No después de todo lo ocurrido en esos días.
Treize se sentó en uno de los sillones que había en el lugar, sin dejar de verlo.
Era cierto que el joven árabe era decidido, arriesgado en el campo de las inversiones y bastante audaz cuando apoyaba un proyecto que parecía no tener futuro. Pero ser hombre de negocios con una actitud agresiva y visionaria distaba mucho de ser piloto de Fórmula 1. Sin embargo, no quiso poner en duda la capacidad del joven rubio. Podría darle una oportunidad, y si no llenaba los requisitos principales, que fuera el propio Quatre quien se diera cuenta de ello.
Finalmente, después de pensarlo por algunos segundos que al rubio le parecieron eternos, el mayor habló.
-No logro verte de esa forma, Quatre. Se necesitan nervios de acero y estómago inalterable para tomar decisiones en fracciones de segundos. –Al ver que el rostro del muchacho adoptaba un gesto de desilusión, bajando la vista al piso, se apresuró a completar su pensamiento. –Aunque podríamos intentarlo.
Quatre levantó la mirada hacia él, un tanto sorprendido y con renovadas esperanzas.
-¿D-de verdad? Quiero decir... S-si... ¡Si... podríamos hacerlo!
-Pero te advierto, socio. Soy muy exigente cuando se trata de resultados con los cronómetros. ¿Estás dispuesto a soportar mis regaños?
-¡¡Claro que sí!! –El árabe se levantó, presa de una graciosa excitación. Sus enormes ojos claros brillaban, mostrando cuánto deseaba entrar en ese mundo. -¿Ya podemos empezar con los entrenamientos? ¿Hoy mismo?
Treize sonrió al ver su entusiasmo.
Tuvo qué reconocerlo. Cuando la pasión de los circuitos llegaba, nada ni nadie podía detenerla.
-------------------------------- … Y la de Wufei…
Ex Armería de Oz.
Heinenkell, Alemania.
Dos semanas después de Barahim.
Treize revisaba algunos papeles que le había entregado su socio esa mañana.
Las acciones que la empresa generaba, habían alcanzado un muy buen nivel dentro de la bolsa de valores europea, asegurando la inversión de la construcción del motor para el siguiente prototipo, totalmente diseñado y perfeccionado por ambos, Trowa y Khushrenada. Prácticamente, estaban apostando por un nuevo triunfo de BMW-Williams en esa temporada, aun si él no regresaba a los óvalos.
Sin embargo, Quatre no dejaba de mencionarle que nadie como él volvería a presentarse dentro de esa escudería.
Un sentimiento de satisfacción lo invadió al leer los datos financieros y las estadísticas, cuando el teléfono se dejó escuchar. Levantó el auricular sin dejar los papeles.
-Treize Khushrenada.
-Hola, amigo. -La voz de Wufei Chang lo desconcertó en un principio, arrancándole una leve sonrisa. -He visto que eres un exitoso hombre de negocios. Mis felicitaciones.
-Gracias, Wufei. ¿Cómo has estado?
-Extrañándote.
-Wufei...
-Es en serio. Los circuitos no son lo mismo sin ti. El inicio de temporada ha sido pésimo.
-Eso es cuestionable. -Dejó los papeles mientras se levantaba a uno de los ventanales, distraído por la conversación. -Pero eso cambiará cuando seas ya un piloto reconocido de McLaren. Créeme.
Chang gruñó al oírlo.
-No, Treize. No sucederá así.
-¿Por qué? ¿No tienes confianza en ti?
-No es eso. No puedo entrenar formalmente por algunas restricciones que acaban de hacer en la junta directiva.
-¿En serio?
-Si. Dicen que ningún ejecutivo debe estar en la escudería. Sería arriesgar las inversiones.
-Eso es ridículo. -Treize lo pensó por un momento, y se decidió. –O. K. Te propongo algo...
-¿Matrimonio?
Ambos rieron, pero Khushrenada agradeció al cielo que Wufei no pudiera ver el sonrojo que había provocado.
-¡Qué gracioso, señor Chang! No, nada de eso. Escucha, estoy entrenando a mi socio en las instalaciones de la armería...
-¿Qué? ¿Y por qué no me lo habías dicho antes?
-Bueno, no sabía que tenías esos problemas. Podría entrenarte también a ti, en horas de simulador y con equipo real. ¿Te interesa?
-¿Que si me interesa? ¡Pero qué pregunta haces, Treize! ¡Claro que me interesa! Además, tendré un buen pretexto para estar cerca de...
-Ah, ah, ah... Señor Chang, ya habíamos hablado de eso.
Otro gruñido lo hizo reír levemente.
-Si, lo sé. -Finalmente, Wufei suspiró con resignación. -O.K. Sí me interesa, aunque sólo sea para entrenar.
-Bien, entonces será cuestión de que arregles tu agenda. ¿Me avisarás cuando lo tengas decidido?
-Claro. Tal vez el fin de semana esté allá.
-Veo que te urge, amigo. -Volvieron a reír, y esta vez fue el oriental el que se despidió primero.
-Bueno, Treize. Gracias por tu oferta. Haré lo posible por estar allá en unos días. Debo colgar. Me requieren en la siguiente aburrida, extenuante y kilométrica junta.
-De nada, Wufei. Disfruta tu junta. –Sonrió otra vez al escuchar el sonido de disgusto de su interlocutor. -Nos vemos en unos días.
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Notas, aclaraciones, abucheos, les dejo mi e-milio elivaz@yahoo.com