Capítulo Primero
--------- El Primer Tropiezo...
Liechtenstein
Academia Militar
El joven cadete terminaba de empacar sus pertenencias con un fuerte temblor de sus manos, y un nudo atravesado en su garganta, dándole la sensación de que se asfixiaría si no se apresuraba.
A pesar de que habían pasado cerca de dos horas del incidente, sentía cada palabra dicha por el General Holessnelk aun con esa fuerza destructiva con la que se había dirigido a ellos, al Sargento Sven Rustler, su instructor de física, mecánica y armamento y a él, hablándoles de la grandiosa imagen de la Academia, las buenas costumbres y la intachable tradición que se llevaba ahí por generaciones, y cómo por un simple deseo hormonal, éstas se habían visto amenazadas por ambos, según el cuestionable punto de vista de los prefectos que los habían llevado ante el general.
Rustler y él se habían dado cuenta que durante su convivencia en el tiempo de estudios, el sentimiento de admiración mutuo había cambiado radicalmente, dando paso a un sentimiento más poderoso, más apasionado, y lo habían aceptado, enamorándose uno al otro con pequeños detalles. Y era arriesgado, pues sabían que estaban rodeados de un tradicionalismo que los condenaría en el instante mismo en que se descubriera la relación que apenas habían iniciado unos meses atrás. Y tal pareciera que por más esfuerzos que habían hecho por mantener su relación totalmente oculta de esa insensibilidad, muchos de los compañeros de aula y profesores se habían percatado de que había algo más entre ellos que una simple relación maestro-alumno, y habían empezado a circular los rumores, poniendo alertas a los concejales y prefectos.
Sentía también bastante vergüenza al recordar la forma en que los habían sorprendido, aunque sólo hubiese sido un simple gesto, una muy recatada caricia que Rustler le hiciera, casi imperceptible, sólo dejándole ver que deseaba estar con él mientras estaban en la biblioteca. Se dio cuenta entonces que los vigilaban de manera indiscriminada, como si se tratase de un par de delincuentes, y apretó los puños al revivir la forma como los habían humillado fuertemente, al ser llevados a la oficina del General. Había sido sólo por eso, por un pequeño escape que se habían permitido después de mucho tiempo, el segundo después de su reconocimiento en los baños, de esa declaración abierta y sincera de uno y otro, totalmente desnudos, tanto física como emocionalmente.
Tomó la maleta ya lista, y salió del dormitorio a la vista de todos los condiscípulos de esa área. Mientras era escoltado por dos prefectos hacia la salida principal del recinto, los escuchó murmurando de lo poco que sabían y de lo mucho que especulaban. Algunos llegaron al grado de insultarlo también, y eso lo hizo regresar mentalmente al momento en que los habían llevado a un extenuante interrogatorio, un careo con testigos que ni siquiera tenían un fundamento sólido en sus acusaciones, y finalmente, a la decisión de la expulsión definitiva.
Porque los habían expulsado a ambos, sin importar que Sven Rustler fuese uno de los catedráticos e instructores mejor preparados en las materias que impartía, o que él, Treize Khushrenada, en los dos años que permaneciera ahí, demostrase que era uno de los mejores estudiantes generacionales en mucho tiempo.
Su padre se encontraba en el recibidor, aguardando a que llegara hasta ahí. Al verlo, Treize tuvo la desagradable sensación de que su estómago saldría huyendo, y el temblor en su interior se hizo aun más intenso.
Y una de las posibles reacciones que esperaba, la más drástica, la que empeoraría la situación, fue precisamente la que se suscitó.
Al verlo, su padre se le acercó con gesto iracundo, y sin decirle algo, le asestó un fuerte golpe en la mejilla con la mano abierta, sin importarle que hubiera alumnos y padres presentes, sin importarle que quienes habían murmurado sin algún fundamento, harían aun más grandes las especulaciones y chismes en torno a eso.
Treize se quedó un momento con el rostro ligeramente inclinado hacia un lado, debido a la fuerza del golpe, con los ojos cerrados y los dientes fuertemente apretados por la ira que sentía, pero se controló rápidamente, y volteó con su padre otra vez, sin una expresión definida. Este sólo dijo unas palabras de manera fría, y volteó hacia la puerta principal.
- Debemos irnos.
Y eso fue todo. No hubo palabras, no hubo más recriminaciones, no hubo ni siquiera una mirada reprobatoria después de eso. El chico se percató entonces que así continuarían, alejados ahora por un abismal prejuicio, por una castrante autoridad que no le dejaba opción más que continuar con el rígido protocolo familiar que llegaba a asfixiarlo en ocasiones.
Ambos salieron en silencio hacia el auto que los esperaba, abordándolo, y se alejaron del lugar, hacia el aeropuerto.
----------------------- --------------------------------
------- Nuevas Esperanzas...
Colegio Deux Eliemther
Viena, Austria
El día se mostraba gris y ligeramente frío, aun para la época de verano que recién terminaba.
Treize observaba a los chicos en medio del campo de rugby, pensativo.
Tenía sólo unas horas de haber llegado, totalmente abatido por el destierro significativo que su padre había impuesto sobre él, y por la tristeza de saber que Rustler y él jamás volverían a encontrarse. Todo había quedado atrás; se había derrumbado estrepitosamente a su alrededor, y la efímera seguridad que Sven tenía de su rango militar no había sido útil en lo más mínimo.
Se sintió solo, en medio de una escuela repleta de estudiantes totalmente desconocidos para él. Y un oscuro sentimiento de derrota lo embargó momentáneamente. Apenas diecisiete años, y estaba sufriendo su primera pérdida emocional y sentimental… y sentía como si ese dolor devorara su pecho lentamente.
Suspiró, tomando entonces la determinación de que jamás volvería a pasar. No a él.
Había llorado interminablemente por tres noches, mientras que el caro colegio de Austria que su madre propusiera para seguir con su educación después de ese incidente, daba respuesta a la petición de aceptarlo a más de la mitad del año escolar. Se esforzó por controlarse totalmente por las mañanas para evitar que su familia se diera cuenta de cuán doloroso había sido ese episodio de su vida, y había decidido mostrarse impasible y en el futuro, jamás volver a llorar por alguien… Había decidido suprimir en lo posible su sexualidad, en parte para evitar más problemas con la familia, especialmente con su padre, y ello debido a que no podía ser lo que se esperaba de él, por más que se esforzara él mismo en cambiar. No sabía que esa promesa que se hacía a sí mismo sería terriblemente acosada días más tarde, en una inesperada situación.
Una singular figura en medio del campo de juego llamó su atención. Enfocó la vista hacia el jugador que parecía ser el titular del equipo, y la primera impresión que tuvo fue de sorpresa.
“¿Una niña? ¡¿Jugando Rugby?! ¡¡La van a matar!!” Se levantó de la banca en donde estaba sin quitarle la vista de encima, acercándose a la barda para poder observar mejor a quien llamara su atención. Y se dio cuenta de su error. “No, es un chico.”
Y por unos minutos, se abandonó a la contemplación del jugador.
Lo que lo había confundido era la forma en que llevaba su cabello, de un pálido tono rubio, y suelto en una melena ligeramente más arriba de los hombros, junto con la delicadeza de sus facciones, resaltadas por el sonrojo que el ejercicio provocaba en sus mejillas. Era un chico demasiado llamativo, demasiado vistoso, y demasiado hermoso para pasar inadvertido. Su habilidad en el juego, y su agilidad en la manera de correr, de llevar el balón, de burlar a los contrincantes, y de lograr que su equipo obtuviera una aplastante victoria sobre el otro eran también factores que lo obligaban a ponerle aun más atención.
Pero pronto se dio cuenta de su debilidad momentánea.
“Khushrenada ¿Qué demonios haces?” Sintió que su conciencia le gritaba desesperada, llamando a su sentido común. “No más estupideces, recuérdalo”
Sacudió la cabeza ligeramente, como si con eso pudiera borrar los pensamientos anteriores. Y aunque se sentía tentado a permanecer en el lugar, y tratar de conocer al chico, decidió irse de ahí. No podía darse el lujo de meterse en más problemas. Ya eran suficientes los que aun cargaba sobre sus hombros. Regresó a la banca en donde tenía sus cosas, recogiéndolas, y se alejó, volteando por última vez hacia el campo, sintiendo que todo era sólo una ilusión pasajera.
-------------------------- -------------------------------
Un día más, un purgatorio más...
Era lunes. Un lunes gris y lluvioso, y a lo que se veía, todo el día estaría así.
Tenía apenas cuatro días de haber llegado a un país distante del suyo, a una tierra de desconocidos, y se le antojó una eternidad para acostumbrarse al estilo de vida que de ahora en adelante debía llevar.
Ese día despertó con un terrible vacío anímico, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo por levantarse de la cama y prepararse para iniciar su rutina de estudiante.
Mientras se bañaba, el recuerdo del primer flirteo con Sven, precisamente en las duchas de la academia, estando totalmente solos, lo asaltó. Cerró los ojos mientras el agua resbalaba por su piel sin obstáculo alguno. Y de pronto, su cuerpo se estremeció totalmente al revivir la sensación del contacto de las manos expertas con su piel húmeda y tibia, los labios urgentes y tiernos al mismo tiempo, y la cercanía en una caricia corporal completa, hablándole sin palabras de un deseo vivificante para uno, y novedoso, pero intenso, para el otro. Su libido lo estaba traicionando, y su sentido común reaccionó a eso, trayéndole un nuevo dolor.
“¡Basta ya! ¡Olvídate de eso!” Abrió los ojos, y desechó las sensaciones rápidamente, concentrándose en terminar.
Le tomó más tiempo de lo que generalmente hacía para llegar al colegio, y con paso cansado, llegó a una parte de las áreas administrativas, buscando la localización de los edificios para las clases de niveles superiores.
Y en medio del caos de pensamientos que aun lo torturaban, se preguntaba qué lo había motivado a elegir la carrera de ingeniería en aeronáutica, pero los muy breves recuerdos agradables de sus incursiones en la armería, las pláticas con varios de los ingenieros con los que había pasado tardes enteras antes de ingresar en la Academia, y sus temporadas de vacaciones en los que había trabado una muy buena amistad con el doctor G y otros tecnólogos, le habían dado la pauta para reconocer que tenía una facilidad increíble en las ciencias exactas.
De hecho, había sido el doctor J, uno de los más antiguos empleados de la armería, quien lo había enseñado a jugar ajedrez con una impecable técnica que siempre lo ponía en ventaja sobre cualquier contrincante. Y fue gracias a él, quien también le había permitido en varias ocasiones subir al simulador, en los que experimentaba una libertad extraordinaria en esas velocidades que alcanzaba mientras cruzaba espacios virtuales infinitos, o corría en interminables carreteras llenas de trampas y curvas, que se había percatado que su pasión era precisamente esa: la velocidad, la adrenalina y los grandes retos por rebasar límites establecidos en cualquier vehículo que existiera dentro del simulador.
--Prepárate bien,-- le había aconsejado el doctor G mientras cargaba un programa recién terminado de uno de los nuevos diseños, --y podrías llegar a ser uno de nuestros pilotos de pruebas en los prototipos de aviones y automotores.
Y esa había sido su enorme motivación. Cambiaría entonces todo sentimentalismo por esfuerzo y disciplina, quitándose de problemas, y llegando a sus propios objetivos, olvidándose también por completo de las expectativas de su padre y su tío, las cuales rechazaba rotundamente.
Por lógica, esto le había traído nuevas dificultades con su familia.
// Flashback//
Su padre lo había llevado a la armería justo en el día que cumpliera los dieciséis años. Deseaba que conociera de una vez cada situación, cada estrategia comercial, cada necesidad que la fábrica de armas tenía, y esto con el plan de interesarlo en el negocio familiar de la fabricación de armamento y transporte bélico.
Al saber sus intenciones, Treize se sintió sorprendido y frustrado. No era eso lo que él quería.
Pronto llegaron al galerón principal, y mientras lo atravesaban con paso rápido, Dermail, primo cercano de su padre y ex-militar experto en armamento, se les unió. De hecho, sabía lo que Khushrenada padre estaba haciendo, y lo aprobaba.
Treize los seguía un paso atrás, con expresión entre seria y molesta.
- Papá, espera.- Habló decidido, buscando que ambos adultos lo escucharan en sus decisiones.- No quiero que tomen decisiones respecto a mi vida, a mi carrera. Ya te había dicho que no quiero hacerme cargo de la armería.
- ¡No empieces con eso, Treize!- La voz de su padre se escuchó bastante alto, y en tono molesto.- ¡Sabes perfectamente que tendrás que hacerte cargo de ella cuando sea el tiempo preciso! ¡Así se ha hecho por generaciones!
- ¡Pero yo no estoy de acuerdo! No me gustan las armas… ¡Y no quiero ser administrador! Me aburren las situaciones contables.
- Treize, hay algo que debes aprender.- Su tío intervino, tratando de hacer el papel de conciliador que no le quedaba.- Hay ocasiones en las que tendrás que tomar responsabilidades que no te agraden, pero al hacerlo, puedes crecer como persona, puedes madurar como profesionista, y puedes sentir mucha satisfacción al comprobar que nada, por más tedioso o incongruente que sea para ti, si lo haces con calidad y bien, puede traerte muchos y muy grandes beneficios.
- Tío, gracias por tus palabras, pero…
Antes de que pudiera seguir adelante en su protesta, la secretaria se les acercó llevando varios papeles y un teléfono inalámbrico.
- Señor Dermail, le llama el Coronel Tsubarov, de Rusia.
- Ah, si, Gracias.- Volteó con el padre de Treize y sonrió con expresión de triunfo.- Ten por seguro que harán el pedimento. Hay bastante dinero en este negocio.
- Es buena noticia.
Y Treize se cruzó de brazos al ver que era estratégicamente ignorado por ellos a la sola mención de un jugoso trato comercial. Era desesperante.
// Fin del Flashback //
Mientras caminaba resguardándose de la incesante llovizna por uno de los corredores, buscando la sección que le correspondía, un sofocado tumulto llamó su atención en un callejoncillo que se formaba entre dos edificios. Intrigado, caminó hasta ahí, encontrándose con un espectáculo bastante inusual. Pudo darse cuenta que era un pleito, y que el chico que golpeaban estaba solo, y los atacantes eran siete. El lugar estaba poco transitado, y los que se percataban de lo que pasaba, sólo continuaban de largo, sin hacer algo para evitar esa situación.
Se acercó al grupillo, y sin meditarlo mucho, pasó entre ellos, tomando ventaja de su edad, su complexión desarrollada gracias al entrenamiento en la academia, y su motivo de justicia.
Le fastidiaba sobremanera ver que alguien abusara de otro menos privilegiado.
El chico lo vio aun desde el piso, incorporándose un poco al verse libre de sus victimarios, sosteniendo su brazo sobre la zona abdominal, lugar más castigado por los bravucones.
Treize había golpeado una sola vez al que parecía el cabecilla del grupo, y uno a uno los había arrojado a los lados, tumbándolos. Finalmente, rechazó al último de un fuerte empujón, y sin una palabra, sólo con su expresión, una leve sonrisa cínica, y la demostración de lo que había hecho sin mucho esfuerzo, se paró entre el niño y ellos. Dándose cuenta de que no podrían hacer nada en contra de él, los bravucones huyeron.
Al ver que se iban, volteó con el chico, y le tendió la mano, ofreciéndole ayuda para ponerse de pie. Éste la aceptó, y con algo de dificultad, pudo levantarse del piso. Estaba mojado y sucio por haber permanecido tirado en medio de un charco.
- Te recomiendo que no vuelvas a buscar emociones como estas, amigo.
- ¡Yo no los busqué!- El rubio lo observó con enfado al reconocer su tono sarcástico mientras limpiaba con el dorso de la mano la sangre que corría por su mentón en un fino hilillo- Son unos idiotas.
- ¿Por qué te golpearon?- Treize lo reconoció entonces. Era el mismo chico que había visto en el campo de juegos durante el partido de rugby, precisamente el día que llegara,
- Porque me detestan. Dicen que me parezco a mi padre, que soy un dictador.
Treize razonó por algunos segundos mientras recogían las cosas del chico.
- ¿Y no es verdad?
- ¡Por supuesto que no!
- Entonces, deberías reportarlos con los supervisores del colegio.
- No soy un soplón.- Echó un mechón de cabello hacia atrás, dejando ver totalmente su rostro, sus facciones, y sujetó los libros que Treize le daba. Éste no le quitó la vista de encima. Sencillamente, la fascinación que experimentó al ver los ojos celestes y expresivos del chico lo paralizó por unos segundos.- Además, me metería en más problemas con ellos. Y ya estoy bien.
- Eh... si... creo que si...- Difícilmente, Treize dejó de verlo para empezar a caminar a su lado, afuera del callejón que formaban los dos edificios.- Aunque no creo que con un ojo morado y el labio roto se pueda decir que se está bien. A propósito, soy Treize Khushrenada.
- Ah, si. Lo siento, fui algo descortés.- El chico le tendió la mano derecha, ya un poco más tranquilo.- Miliardo Peacecraft.
Peacecraft... igual que el Cónsul de Cracovia... Ese país recién nacido a la democracia. Tal vez era su hijo.
- No te preocupes.- Treize le sonrió levemente, y le estrechó la mano.- Además, las circunstancias no eran muy propicias para ser cortés.
Y sintió que ese contacto despertaba en él algo de ansiedad.
Su pensamiento fue demasiado rápido al darse cuenta que sus hormonas le estaban jugando una mala pasada. “Contrólate, esto no debería suceder.” Retiró su mano con cierta brusquedad, y se esforzó por mostrarse totalmente natural.
- ¿Cuántos años tienes?
- Doce... bueno, casi trece. En tres meses los cumplo. ¿Y tú?
- Diecisiete.
- Eres nuevo, ¿verdad?
- Pues... si, llegué el viernes pasado.
- Peleas bastante bien.
El mayor sonrió mientras volteaba hacia el frente, perdiendo su vista en el camino de concreto que los llevaba a un módulo de salones.
- No... fue suerte. Son más chicos que yo, por eso fue fácil quitártelos de encima.
- Pero ellos eran siete.
- Si, pero yo hago ejercicio. Aparte se nota que son novatos en esto de pelear limpiamente.
Y Miliardo tuvo entonces una genial idea.
- Oye, podrías ser mi guardaespaldas, si no te molesta.
Treize se sorprendió al oírlo. Pero era comprensible, sabiendo que el chico estaba acostumbrado a eso, por la condición en la que habían vivido mientras se restauraba el país del caos provocado por el levantamiento civil. Y no le pareció mala esa proposición. Estaría más tiempo con él, y tal vez al paso de los días, llegasen a ser amigos... buenos amigos.
- Oh... lo consideraré, especialmente si ellos no desisten de seguir molestándote.
- ¿En qué salón estás?
Se detuvieron un momento, mientras Treize trataba de recordarlo. Negó ligeramente con la cabeza, y sacó una agenda, revisando la localización de las aulas.
- En el A-6, de la sección de pre-universitarios.
- Ah. Queda cerca. Si quieres, puedo decirte en donde es.
- Te lo agradecería enormemente. Esta escuela me pierde todavía.
Miliardo sonrió algo divertido viendo el desazón de Treize. Le agradaba tener un nuevo amigo, y más todavía porque era mayor que sus condiscípulos, y por lo que su forma de hablar y comportarse demostraba, bastante maduro aun para su edad.
Treize lo observó nuevamente antes de volver a caminar, y pudo ver que temblaba por la ropa mojada y el clima. Si no se cambiaba o se abrigaba, el chico se enfermaría.
- Oye, estás temblando. ¿Tienes algún cambio de ropa?
- Tengo el uniforme, pero está en los vestidores, a un lado del gimnasio.
- Y queda algo lejos de aquí... mmmmmm....- Treize entonces le dio su cuaderno y la pluma que llevaba, y se quitó el abrigo. Al tratar de colocárselo, el chico respingó, apenado.
- ¡Hey! ¿Qué haces? ¡No...!
- Soy tu guardaespaldas, ¿lo recuerdas? Y debo protegerte, incluso de alguna pulmonía.- Y sin agregar más, con delicadeza deslizó el caro abrigo sobre los hombros del chico, sonriéndole.- Me lo regresas cuando te hayas cambiado. ¿De acuerdo?
- Pero ¿y tu...?
- No te preocupes. El sweater que llevo es bastante abrigador.
Miliardo sintió un leve sonrojo en sus mejillas. Apenado y agradecido, asintió levemente.
- Gracias, Treize.
- Es parte de mi trabajo.- Consultó el reloj, y su expresión cambió ligeramente.- Oh, y creo que estoy un tanto retrasado. Debo irme, Miliardo. Te veo después. Cuídate.
Y desde ese momento, se volvieron casi inseparables.
------------------------------------------
------ Amistad incondicional
Hacía más de quince días que se habían conocido, y la amistad que llevaban era bastante firme. Miliardo no supo en qué momento había dejado de tomarlo como “su” guardián, para empezar a verlo como uno de los muy contados amigos que tenía.
Nadie lo había molestado desde que se conocieran en el incidente del callejón, y parecía que no habría más problemas para él mientras estuvieran juntos.
Treize recogió sus cosas al terminar la clase, y fue el primero en salir del salón.
Miliardo lo esperaba afuera del aula, y eso lo hizo sentirse bien. Suponía que era en parte por su obstinada obsesión hacia lo bello y apacible. Y este chico poseía una curiosa belleza masculina, aun en sus rasgos infantiles, pero bien definida. Y disfrutaba mucho hablar con él. No tenía el razonamiento de un chico de su edad; tal parecía que las circunstancias vividas tanto en el ambiente político en el que se desenvolvía su familia, como los acontecimientos que había presenciado recientemente lo habían forzado a madurar.
- ¿Vas a irte ya?
- Imagino que si, Mili. ¿Tú piensas quedarte a dormir aquí?
- No me refiero a eso.- Miliardo hizo un esfuerzo por no sonreír. Sus comentarios lo divertían, pero procuraba mostrarse ofendido con ellos, dándose un poco más de importancia.
Y Treize lo sabía. Sonrió levemente, palmeando el hombro del chico.
- Sólo bromeaba. ¿Tienes planeado algo en especial?
- Bueno, quería invitarte a casa. Si no es inconveniente, y si tus padres te lo permiten, claro.
Treize sonrió con un leve velo de tristeza al oír eso.
- Mis padres están muy lejos de aquí.- Pensó un momento, decidiendo si pasaba sólo esa tarde, como todas las anteriores, en la casa de asistencia en la que se encontraba ahora, o compartía un poco de tiempo con su pequeño amigo.- Y no, no es ningún inconveniente.
Aceptó la invitación. Sentía que era justo dejar ya atrás esa parte que tanto le lastimaba aun, y enfocarse hacia el futuro.
- ¡Perfecto! Entonces podrás ayudarme con mi tarea de trigonometría
- Ah, vaya. Así que esa era la conveniencia
- Claro que no.- Miliardo sintió que sus mejillas aumentaban su temperatura, y trató de remediar la situación.- Quería pasar más tiempo contigo, fuera de clases.
- ¿Ah, si?- El mayor se extrañó por esa confesión, pero lo atribuyó a que tal vez Miliardo se sentía solo, y lo veía como un hermano mayor, alguien en quien podía depositar su confianza, ya que sus padres, al igual que él, estaban demasiado lejos para darle la atención adecuada.- Podrías llegar a aburrirte conmigo. ¿No importa?
- ¿Aburrirme? ¡Oye, no seas modesto!- Miliardo sonrió ampliamente mientras caminaban hacia la salida del edificio.- Desde que te conozco, no recordaba lo que eso significa.- Además, no tengo nada que hacer hoy por la tarde, claro, después de terminar con Trigonometría.
- Me siento halagado. Al menos me consideras algo mejor qué hacer.
- ¡Treize!
- Sabes que bromeo. ¿Vamos por tu hermana?
- Si. Hace un rato pasé por ahí, pero aun no terminaban con la clase.
- Pero ya debe estar desesperada. ¿Te dijo tu tía que pasarían por ustedes?
- No, esta vez nos iríamos en el autobús. Mis tíos tenían algo que hacer hoy. Y creo que tampoco nos acompañarán a comer.
Treize asintió con un gesto.
- Bueno, entonces seré también niñero por un día
- ¡Oye!
- Mili, cálmate.- Y el mayor rió levemente al ver el bochorno que había ocasionado al chico.- También estoy bromeando.
- Eres malo. Te gusta divertirte conmigo.
- No… me gusta ver cómo cambias de color cuando te digo estas cosas.
- ¡Treize! ¡Ya deja de hacer eso!
Y ambos rieron mientras seguían por el pasillo hacia uno de los edificios del principio.
-------------------------- ---------------------------
La casa de la familia Darlian era de estilo victoriano, espaciosa y con pequeños salones que se prestaban para una tarde de lectura o una reunión ocasional para tomar el te, como a veces acostumbraban hacer los adultos.
Treize pudo darse cuenta que los Darlian eran una familia conservadora, y pensó en los inconvenientes que tal vez pudieran surgir si llegasen a saber de lo que ahora él había considerado un impronunciable secreto en su vida. Debía ser cuidadoso.
Los tres chicos comieron juntos. Y al terminar, Treize les ayudó a ambos con sus tareas, adelantando él mismo algo de trabajo que debía hacer para el día siguiente.
Antes de las cuatro de la tarde, los chicos estaban en la biblioteca de la casa, trabajando en sus deberes, cuando los tíos de los chicos llegaron. Y fue la señora Darlian quien, al entrar a la biblioteca, descubrió al joven que acompañaba a los niños, e inmediatamente supo de quién se trataba.
- Hola, jovencitos. Veo que están ocupados.
- ¡Tía!- Relena se levantó del escritorio, llevando su cuaderno hasta ella y mostrándoselo con cierto orgullo. Los dos chicos sólo voltearon a verse.- Mira, ya casi termino mi tarea.
- ¡Oh, es buena noticia!- Y ella dejó a la niña, acercándose al escritorio que compartían los dos hombrecitos. Treize se levantó en un gesto de educación.- Y me imagino que ha sido gracias a que nuestro invitado te ha ayudado con ella.- Le sonrió, extendiendo su mano hacia él.- Tú debes ser Treize.
- Si, Treize Khushrenada, a sus órdenes.
Por un momento, ella sostuvo su mano firmemente, estudiando su rostro, intentando recordar dónde había escuchado antes ese nombre. Pero no perdió su sonrisa amable.
- Miliardo nos ha hablado mucho de ti, Treize.
Y el joven sólo asintió con cierto nerviosismo, volteando a ver a Miliardo.
- Tía, ¿puede quedarse a cenar con nosotros?
- No veo por qué no. A menos que tenga otros planes, o que esto represente algo de inconveniente.
- Se lo agradezco, señora, pero no…
- ¡Treize, por favor!- La aguda voz de la niña lo interrumpió.- ¡Quédate a cenar con nosotros! Mili casi nunca trae a sus amigos.
Iba a negarse por segunda ocasión, pero al escuchar a Miliardo, se retractó.
- Quédate, por favor. Será sólo esta vez. Además, no creo que haya alguien que te espere en la casa de huéspedes en la que estás.
¿Cómo rechazarlo? Por supuesto que aceptó después de escuchar a su amigo.
- Oh, está bien.- le sonrió al chico antes de voltear nuevamente con la señora Darlian.- Gracias, señora. No es inconveniente para mí.
- Bien, entonces los veré en el comedor más tarde. Diviértanse mientras los llamamos.
- Si, tía.
- Ah, Relena. Si quieres, puedes ayudarme en la cocina, pero también en cuanto termines con tu tarea.
- ¿De verdad?- La niña se emocionó, y regresó rápidamente al escritorio, dándose prisa.
Minutos más tarde, terminaba con eso, guardando sus cosas y dejándolos solos en el estudio.
Treize se dirigió entonces a Miliardo con un poco de reproche.
- ¿Por qué dijo eso tu tía?
- ¿Eso qué?
- Que les has hablado mucho de mí. ¿Por qué, si no soy nada extraordinario?
Miliardo parpadeó un par de veces, sorprendido. Y sonrojándose, intentó explicar.
- Para mi sí. Eres alguien totalmente diferente a todos los que he conocido. Me gusta escucharte hablar, tus historias son muy interesantes.
- ¡Ah, vaya! Ahora también soy cuentacuentos.
- ¡No, nada de eso!- Y Treize dejó de ser sarcástico al ver la expresión angustiada del chico.- No pienses eso. Eres como un hermano mayor para mí. Te aprecio mucho, y quisiera pasar más tiempo contigo, porque lo disfruto de verdad, ya te lo había dicho.
Treize lo observó por unos segundos con una leve sonrisa en sus labios, y estiró su mano hacia él, acariciando su cabello una vez en forma tierna, enormemente conmovido.
- Gracias, Miliardo.
El rubio le sonrió levemente, y regresó a su tarea.
- Ya casi acabamos. Sólo resuelvo este ejercicio.
- ¿Qué te gustaría que hiciéramos después?
- ¿Qué te parece si vemos alguna película?
- Mmm...- Treize se estiró hacia su mochila y sacó un libro.- Mejor leemos un poco. Tengo que entregar un ensayo, y apenas llevo una parte del libro.
- ¿De qué trata?
- Es una novela basada en la vida de Alejandro Magno. Es bastante interesante, considerando que quien lo escribió tomó muchos tópicos de este hombre olvidados por otros historiadores.
Miliardo lo observó, interesado también.
- De acuerdo. Leeremos un poco de tu libro entonces.
Y volvieron a concentrarse en el último ejercicio.
--------------------------- -------------------------------
Treize se recostó un poco en el amplio sillón estilo Luis XV, dejando el libro en el mismo, a la altura de su rostro, mientras Miliardo hacía lo mismo en el otro sillón, cercano a donde estaba el mayor.
Habían preparado todo para estar cómodos, y por un rato, ambos se sumergieron en la lectura de la novela.
- Treize...- La voz de Miliardo lo hizo detenerse.- ...No entendí esa parte.
- ¿Qué parte?
El mayor regresó la vista hacia los párrafos que ya había pasado, esperando la respuesta del chico.
- La referencia que hace de Patroclo y Aquiles, comparándolos con Alejandro y su amigo... He...
- Hephaestión.- Treize lo observó, intuyendo que le preguntaría algo fuera de lo común.- ¿qué no entendiste?
- Bueno, Ptolomeo dice que Hephaestión era su mejor amigo, y un inquebrantable soldado leal, y que eso pudo dar pie a sus sentimientos... ¿Cuáles sentimientos? ¿Y por qué dice que la relación era similar a la de Aquiles y Patroclo? Se supone que eran compañeros de batalla, y algo había de parentesco entre ellos...
- Mmmmmh... bueno, tengo que explicarte primero que en esos tiempos, la homosexualidad y la bisexualidad eran vistas como algo común, algo cotidiano y normal.
Miliardo se sobresaltó, cambiando también de posición en donde se encontraba. Se incorporó, acercándose a él un poco.
- ¿Eran homosexuales? ¿En serio? ¡Pero los libros de historia no dicen de eso!
- Este no es un libro de historia común, Miliardo.- Treize lo observaba atentamente. La actitud del chico al hablar de ese tema lo obligaba a ser más cuidadoso aun con sus propios sentimientos.- De hecho, vas a encontrar muchas discrepancias de un historiador a otro. Elegí este libro porque muchos biógrafos reconocidos le han dado crédito a los detalles recuperados por este autor. Y en realidad, este no es un libro de historia, es un análisis.
- Ah...
- Ahora bien, según se dice, Alejandro creía que era descendiente directo de Aquiles, quien era un semidios, según los relatos de Homero. La Iliada habla de que Aquiles y Patroclo eran amantes, Y la relación que sostenía Alejandro con Hephaestión lo hacía pensar que había mucha similitud entre ellos. Por eso, cada uno colocó una ofrenda sobre la tumba del personaje con quien se identificaba. Aparte, tanto Plutarco como este autor te hacen mención de que eran bisexuales. Alejandro tuvo por esposa a una de las hijas de Darío.
- ...
Miliardo lo observó también, en silencio. Parecía estar en medio de un conflicto por ese descubrimiento, así que Treize decidió distraerlo con otro tema.
- Oye, ¿todavía quieres ver alguna película? Puedo dejar esto para otra ocasión.
- Eh... no sé. Es tu tarea...
- Pero no es para mañana, no te preocupes.- Cerró el libro, sentándose bien, dispuesto a levantarse para dirigirse a la sala de televisión.- Es justo que te desenfades un rato.- Se levantó, sonriéndole al acercarse a él y ayudarlo también a incorporarse.- Ya has trabajado mucho, y me has soportado aun más.
- Bueno... – Miliardo lo siguió, aun indeciso y pensativo.- Treize...
- Dime
- ¿Qué piensas de ellos? Quiero decir... de los homosexuales.
Treize se detuvo antes de poder cruzar la puerta del saloncillo, dubitativo. Y decidió salir de esa situación con otra pregunta.
- ¿Puedo saber primero qué es lo que piensas tu?- Su mirada azul profundo se tornó aun más aguda y escrutadora. Sabría realmente lo que ocurría con Miliardo.
Pudo ver el rubor intenso que cubrió las mejillas del chico, y cómo desviaba su mirada de él, como que si tocar ese tema fuera un enorme crimen entre ellos. Entendió entonces que había pisado terreno peligroso, y debía salir rápidamente de esa situación.
- B-bueno... nunca he hablado de esto con alguien... no sé...
- No importa, Mili. Es un tema que muchos aun consideran tabú.
- Mis tíos no los soportan.- Treize sintió que un sobresalto lo embargaba.- ...pero yo no sé qué pensar. Quiero decir... son personas igual que nosotros, y tienen sentimientos, y razonamientos que a veces ni siquiera a nosotros se nos cruzan por la mente... Pienso que pueden ser personas extraordinarias, pero no sé...
- En eso estoy de acuerdo. Y no tengo nada en contra de ellos. Sé que algunos son personas increíbles, y por eso no creo que esté bien juzgarlos por sus preferencias.- Miliardo lo observó un momento, y suspiró. Y el mayor no le quitó la vista de encima.- ¿Puedo saber por qué es esa expresión?
- Es que es extraño hablar de esto... No sé qué haría si conociera a alguna persona así... eh... más que nada por la familia...
Treize se sintió aliviado al oírlo también. Su amigo, aun en su inocencia, detestaba la discriminación.
- No soy racista ni me gusta discriminar a las personas. Ni por preferencias, o color de piel, o estatus social o económico. Es absurdo hacerlo.
- Ah... Bueno, al menos sé que no debo preocuparme más por esas circunstancias.- Y dicho eso, el chiquillo lo jaló por un brazo, casi arrastrándolo hasta el salón de TV, sin darle tiempo a ahondar más en esa situación.- ¡Quiero ver alguna de terror! ¡Hace mucho que no veo una de esas! ¿Y tú?
- La que escojas estará bien. No soy muy afecto a ver películas.
- ¡Hey, eso es ser aburrido!
- Mili, me habías dicho que no soy aburrido. ¿Tan rápido cambias de idea?
- Treize, no empieces...
- Está bien, está bien. Olvídalo.
Ambos llegaron al saloncillo, y mientras Miliardo escogía el DVD, Treize se acomodaba nuevamente en uno de los sillones. Poco después, ambos conversaban sentados uno junto al otro, mientras la película corría sin que se le prestara mucha atención. Y hubo un momento en que el chico se recargó con plena confianza en él. Al hacerlo, volteó con él, sonriendo en forma inocente.
- No te molesta, ¿verdad?
- No, en lo absoluto.- Y era cierto. Por el contrario, era algo que deseaba.
Su tía los encontró ya plenamente concentrados en la película, y en cierta forma, le agradaba ver que Miliardo no pasaría más tiempo en solitarias meditaciones, consumiéndose en una temprana depresión, aunque aun tenía esa pequeña inquietud. Sabía que conocía algo del nuevo amigo de su sobrino, pero no podía recordar. Y decidió no preocuparse de eso. Ya habría oportunidad de averiguarlo.
----------------------------- --------------------------------
-------- ¿Cuándo comenzó...?
Tres meses habían pasado desde que se conocieran, y las visitas continuas de Treize a la casa de los Darlian comenzaban a ser totalmente normales. Miliardo notó en esos días que algo en él lo hacía desear con mayor fuerza que esas visitas fueran aun con más frecuencia.
Había pensado mucho en cómo pasar más tiempo con él, no sólo llevarlo a su casa, invitarlo a su habitación, compartir un poco más de lo que hacía, lo que tenía. Treize lo hacía sentirse importante, pues le prestaba mucha atención en las largas charlas que a veces los tiempos de receso en el colegio les daba oportunidad de tener, o esas cortas horas de la tarde en las que ambos pasaban tiempo en la biblioteca, o el salón de TV, o en la habitación de Miliardo. Y él sentía bastante curiosidad por saber más de él, de su vida antes de que se conocieran. Se le antojaba que su personalidad era misteriosa, diferente a todo lo que había conocido incluso de sus condiscípulos más populares, y su curiosidad empezó a tejer una fantasía, liberada por su precoz pensamiento, forzado a madurar tempranamente. Deseaba tenerlo a su lado todo el tiempo que pudiera, sin importarle nada más…
El chico había tenido otra idea acerca de cómo lograr una mayor cercanía con Treize, y después de pensarlo por varias noches seguidas, se armó de valor y habló con su tío.
Este estaba en el estudio, trabajando con algunos de los papeles administrativos de la empresa de la familia, cuando se percató que el jovencito rubio se acercaba tímidamente al escritorio en donde estaba.
- Hola, tío.
- Hola, Miliardo. ¿Qué te trae por aquí?
- Eh, quería hablar contigo.- Fijó su mirada celeste en la del adulto, y continuó con su idea.- Ya ves que Treize viene muy seguido porque le hemos pedido ayuda con nuestros trabajos de la escuela.
- Si, me he dado cuenta.
- Bueno, él vive solo aquí, en una casa de asistencia. Sus padres tienen que atender la empresa que tienen, y no han podido acompañarlo por esa razón.
- ¿En serio?
- Si. Y a veces siento que esa soledad le pesa demasiado. Estuve revisando la casa, y me di cuenta que tenemos cuatro habitaciones desocupadas.
- Son habitaciones para huéspedes. Tal vez estén desocupadas por un tiempo, pero no siempre será así.
- Oh, si, es cierto. Quería preguntarte… si podríamos ofrecerle una de esas habitaciones para que se quede aquí, y que no esté solo.- Su tío sólo lo observó un momento, dejando los papeles a un lado. Y antes de que hablara algo, Miliardo le ganó la palabra.- Será sólo por algunos meses, tal vez poco más de un año, hasta que haga los trámites a la universidad. Además, no creo que acepte estar en un lugar sin pagar su alquiler. Podrías tomar esto como un pequeño negocio.
- No se trata de eso, Miliardo.
- Tío, por favor. Sólo dime que lo pensarás.
- ¿Por qué te preocupa tanto este muchacho?
- Es mi mejor amigo.
- Y te sientes mal por él, me imagino.- Su tío lo observó seriamente. El chico presentaba los rasgos filantrópicos de su padre. Le sonrió levemente, y asintió con un gesto.- Voy a platicarlo con tu tía y tus padres. Tal vez en dos días te demos una respuesta.
- ¿De verdad?- Su rostro infantil se iluminó en una enorme sonrisa al escuchar a su tío, y en un arranque de euforia, lo abrazó brevemente.- ¡Gracias, tío! ¡Mañana le diré…!
- Mañana es muy apresurado.- Se soltó del abrazo del chico y lo hizo ubicarse.- No le comentes nada hasta que volvamos a hablar tú y yo. Si tus padres no están de acuerdo en esta idea, no quiero que tu amigo se sienta defraudado. ¿Está bien?
- Si, comprendo.- El jovencito se dio cuenta que tenía razón, e hizo un esfuerzo por controlar su impulsividad.- Entonces, ¿me avisarás?
- Por supuesto. Ahora, sobrino, tengo que terminar estos reportes contables, si no, tu padre me asesina.
- Bueno, gracias de nuevo, tío.
Y salió corriendo del lugar, aun eufórico. Sentía que las ansias por comunicárselo a Treize lo matarían, pero su tío tenía razón, así que debía reprimirlas lo más que pudiera, debía resistir esa enorme tentación. Sería una gran sorpresa para su amigo.
Esa noche casi no pudo dormir, por más que se esforzó. Pensaba en que era lo mejor que le había ocurrido, a pesar de estar lejos de su hogar, porque tendría a quien más estimaba en esos momentos cercano a él...
------------------------- -----------------------------------
Sábado por la tarde.
Miliardo esperaba a su amigo con marcada impaciencia.
Además de que lo había invitado por ser su cumpleaños, era también una ocasión especial, ya que le daría la noticia de que podría mudarse con ellos, que su familia permitiría que viviera en la casa de los Darlian el tiempo que hacía falta para terminar el pre-universitario.
Treize llegó con un pequeño regalo. Había buscado algo que pudiera interesarle a Miliardo, algo que lo hiciera sentirse halagado por esa etapa de transición a la que ahora llegaba. Y había encontrado el regalo perfecto, a su muy particular punto de vista.
Había en la casa unos cuantos compañeros de escuela de Miliardo, tal vez unos cuatro, y dos jóvenes, al parecer, hermanos de algunos de los chicos. Treize reconoció a uno de ellos como alumna de pre-universitarios, en un grado más avanzado, la chica que lo veía insistentemente, y le sonrió más como una cortesía.
Se trataba de Leia Barton, hija de uno de los socios mayoritarios de varias compañías de construcción, algunas de las más fuertes de Europa del Este. Por lo que había visto diariamente, era bastante popular, y se daba el lujo de hacer lo que quería debido a la influencia de su padre en el ámbito de los maestros y la mesa directiva del colegio.
Admitió que era una joven llamativa, pero no pudo evitar compararla con Miliardo, y sonrió levemente al pensar que él le había ganado en belleza y refinamiento. Al menos, a su forma de verlos a ambos.
Miliardo presentó a Treize a su pequeño grupo de amigos, y en un momento en que los chicos lo acapararon con los regalos, ella se acercó a Khushrenada con natural coquetería.
- Así que tú eres el amigo misterioso de Mili.
- Ehm... bueno, no debería ser misterioso.
- Es que tiene fascinados a estos chiquillos hablándoles de ti.
Treize se sonrojó, volteando a ver al rubio. Pero éste por el momento no podía prestarle atención.
- Miliardo exagera.
- ¿Es cierto que lo rescataste de los buscapleitos?
- Oh, Dios. ¿Les dijo eso?
- ¡Uy, no sabes!- Sonrió divertida al imaginar qué cara pondría cuando le contara lo de la historia del guardaespaldas.- No dejó de repetir en toda una semana que tenía un guardaespaldas. Creo que su imaginación se desbocó más de la cuenta.
- No lo hizo.- Treize sonrió también, observando la reacción de la chica.- Después del incidente, me contrató como su guardaespaldas.
Y la sorprendida fue ella.
- ¿Qué? ¿Entonces es cierto?
- ¡Claro! ¿Por qué tendría que mentirles?
- Bueno, es que los chicos exageran para hacerse notar. Sabes que es común que lo hagan.
- Si, pero en ocasiones.- Voltearon con el grupo al escuchar un poco más de alboroto, y ambos sonrieron al ver que todos festejaban ruidosamente cada vez que un regalo era abierto.- Y al menos me he dado cuenta que Miliardo no lo hace con frecuencia. Podríamos decir que es muy... auténtico.
La chica arqueó ligeramente una ceja, tratando de percibir qué era lo que había querido decirle.
- Lo conoces mejor que sus amiguillos.
- No lo creo. Sólo nos vemos unas pocas horas al día.
- ¿Horas? Entonces eres privilegiado. Casi todo el tiempo lo pasa solo. No creas que soporta mucho a sus amigos, menos lo hace con los que sólo son compañeros.
Treize la observó en silencio, pensativo. Eso no lo sabía.
Ella se levantó del sillón en el que estaban y se dirigió a él otra vez.
- Voy por algo para tomar. ¿Quieres?
Treize primero la vio, y reaccionó por educación. Se levantó también, dispuesto a seguirla.
- Te acompaño. Podría ser que necesites ayuda.
- Gracias, qué amable eres.
Y mientras los dos jóvenes salían conversando, Miliardo los siguió con la vista. Y un nuevo sentimiento se hizo presente en él. Un sentimiento molesto, totalmente diferente a todo lo que él conocía...
La reunión terminó cuando la tarde declinaba. Ya los chicos habían hecho bastante por ese día, jugando, escuchando algo de música que los más actualizados habían llevado, y por así decirlo, habían tenido un rato de pláticas más “adultas”, como ellos mismos las habían llamado, para diversión de los más grandes. Y algo que tanto Treize como Miliardo habían notado, era que Leia no se apartaba del joven, y que buscaba llamar su atención. Lógicamente, Treize se sintió algo incómodo con esa situación, pero supo sobrellevarla.
Finalmente, todos los amigos se despidieron, y los Barton fueron los últimos en hacerlo.
Miliardo le sonrió a la chica cuando esta se le acercó y le dio un beso ligero en la mejilla.
- Cuídate mucho, Mili. Y gracias por invitarnos.
- Claro, Leia. Nos vemos
Y mientras el chico se despedía del hermano de ella, Leia se acercó nuevamente a Treize y en un gesto bastante usual de ella al buscar una conquista más, se despidió de él con un beso muy sugerente en la mejilla, casi alcanzando sus labios. Treize soportó el acto con estoicismo, volteando discretamente hacia donde estaban Miliardo y su amigo, y pudo darse cuenta que el rubio había visto la intención de ella. Vio también que la expresión del chico era diferente a cualquier otra que había visto antes. Una expresión que jamás había visto en él.
Separó a la chica de sí con delicadeza y le sonrió, despidiéndose también de ella.
- Espero que nos sigamos viendo en la escuela, Treize.
- Si, imagino que no será difícil. Estás en el mismo módulo de edificios la mayor parte de la semana.
- ¡Vaya, veo que te has fijado un poco en mi!
- Leia, tú no pasas desapercibida para nadie, créeme.
La muchacha rió levemente, y alcanzó a su hermano en la puerta. Ambos se despidieron de manera efusiva mientras salían de la casa.
Treize permaneció cerca de la pared, observando a Miliardo mientras éste cerraba la puerta.
El chico lo volteó a ver, serio, pero con rastros de esa expresión en su mirada.
- Veo que te divertiste con ella.- Su voz se oyó rara, como si fuera un reclamo.
- Mili, sólo platicamos.
- Pues se despidió de ti de una forma muy acaramelada.
- Oye, pareciera que su forma de actuar te molesta.
- A decir verdad, si, me molesta un poco. Tiene una espantosa famita de ser conquistadora y rompecorazones, y de que se aprovecha de cuanto chico cae en sus garras. No sé qué tan cierto sea eso, pero no me gustaría que llegara a jugar contigo.
- ¡Hey!- Treize le sonrió ampliamente.- Se supone que el guardaespaldas soy yo.
- Yo sólo te estoy diciendo lo que he oído de ella.
- Vaya, pues de verdad que impresionan con esos comentarios.
- Dicen que es cruel, que no le importa que el chico conquistado en turno quede destrozado.
- Se ve que es peligrosa.- La expresión en el rostro del mayor desconcertó al chico. ¿Era sarcasmo?- Me haces sentir como heroína de novela, amigo.
Al ver que Treize no le daba importancia a la preocupación que sentía hacia él, decidió no molestarse más con eso. Se dio la vuelta, dirigiéndose al comedor. Le había prometido a su tía limpiar todo después de la reunión.
- De acuerdo. Yo te lo advertí, Khushrenada.
Treize lo alcanzó en el pasillo, observándolo entre divertido y preocupado.
- Mili… oye, lo siento.
- No, está bien. Es una chica bonita, y es normal que te guste.
- Miliardo, estás haciendo suposiciones extrañas.- Treize notó algo más en su tono de voz. ¿Acaso eran celos?- Ya te dije que sólo estuvimos hablando. ¿Qué te pasa?
- Nada.
- ¿Es acaso porque no estuve contigo todo el tiempo?- Y al no obtener respuesta, imaginó que algo de eso podía haber molestado al chico.- No te hice falta. Estuviste con tus amigos, y me di cuenta que te divertiste bastante con ellos.
- Pero quería pasar más tiempo contigo.
- Bueno, eso se puede arreglar. Ya estamos solos, juntos, y con varias horas para ello.
- ¿No te vas a ir ahorita?
- Voy a ayudarte a limpiar. No creo que acabes hoy si lo haces solo.
- En eso tienes razón. Gracias.
- Por nada. Hay que empezar ya, o no terminaremos.
- Muy de acuerdo.
Entraron al comedor, y entre los dos se dieron a la tarea de hacer limpieza del lugar.
Afortunadamente no había sido mucho desorden, sólo por unos cuantos platos y vasos desechables, y algo de basura que había quedado en la sala en la que habían hecho la celebración. Mientras Miliardo barría, Treize acomodaba lo que se había movido de lugar, llegando a la mesita en donde se habían puesto los regalos. Y su vista llegó hasta el que él le había dado, que permanecía cerrado aun. Eso lo extrañó.
- Mili, ¿por qué no abriste el regalo que te traje?
El chico volteó con él y le sonrió.
- No quise hacerlo frente a ellos. Quiero disfrutarlo a solas.
- Excéntrico.
Miliardo dejó lo que hacía, acercándose al mayor, y éste se lo entregó.
- ¿Qué es?
- Ábrelo. No pienso decirte hasta que lo veas.
- O.k., o.k., ya voy.- Y se dedicó a abrir el paquete. Encontró un libro de pasta azul, y un cd. Al abrir el libro, se dio cuenta que estaba totalmente en blanco, a excepción de la primer hoja. Treize lo había dedicado con un breve poema shakespereano, haciendo alusión a Macbeth.- ¿Un diario?
Treize sólo le dirigió una mirada profunda, sonriendo levemente, y asintió.
- Te puede acompañar en los momentos en que yo no esté. Y es una gran distracción. Yo también tengo uno.
Miliardo abrió los ojos enormemente al oírlo.
- ¿En serio? ¿Hace cuánto que escribes un diario?
- Mi madre me regaló mi primer diario cuando cumplí los nueve años. Desde entonces no he dejado de escribir.
- Debe ser interesante. ¿Alguna vez podría…?
- Es privado. Nadie lo ha visto, más que yo.
- ¡Treize, por favor! - El chico hizo un leve puchero mientras seguía juguetonamente al mayor por la habitación.- ¡Sólo unas páginas!
- No. Por más que implores, no tienes acceso a él. Olvídalo.
- ¡Ah, qué malo!
- En absoluto. Es privacidad.- Treize organizó lo que hacía falta, y revisó la habitación rápidamente.- Bueno, ya está listo. ¿Terminaste?
- No, todavía no recojo la basura.
- Te ayudo, con la condición de que te olvides de mi diario.
El rubio se quedó un momento viéndolo, y finalmente se rindió.
- Tú ganas. Malo.
- Curioso. Anda, trae el recogedor.- Le sonrió en forma traviesa, revolviéndole el cabello.
Finalmente terminaron, y Miliardo decidió hablarle de lo que había comentado con su tío.
- Treize, quería decirte algo.- Ambos se sentaron en el sillón Luis XV, mientras el chico organizaba sus pensamientos.- Hace unos días hablé con mi tío, y él lo hizo con mi familia. Y quedamos de acuerdo en que sería una gran idea que te vinieras a vivir aquí.
- ¿Qué?
- Si, sería cuestión de que lo hablaras con mi tío.- Miliardo se recostó un poco, alcanzando a recargar su cabeza en las piernas del mayor.- ¿cuánto te cobran de alquiler en la casa de asistencia?
- No es mucho.- Sin embargo, Treize se sentía algo incómodo por la propuesta.- Pero no creo que sea muy conveniente.
- ¿Por qué? ¿Te gusta estar solo?
- B-bueno, no es por eso. Pero me he acostumbrado, y en realidad no me gustaría ocasionarles problemas a tus tíos.
- No sería problema, Treize. Le comenté a mi tío que pueden llegar a un arreglo contigo, y ver esto como un pequeño negocio. Todos nos beneficiamos con eso.
- Tendría que pensarlo.
Miliardo se incorporó un poco, observándolo con detenimiento.
- No te hace muy feliz la idea, ¿verdad?
- Eh… no es eso… es que… tengo que verlo también con mi familia.- Era mentira. Treize no quería perjudicar al chico con su comportamiento, e incluso si llegaba a cometer algún error debido a su “punto débil” no quería involucrar a Miliardo.- Mira, podría hablar con tu tío, pero la decisión no corre por mi cuenta. Papá es quien desembolsa el alquiler.
- Si, lo imagino. Pero no creo que te digan que no. Al fin y al cabo, sólo sería un cambio de domicilio. Todo seguiría igual para ellos, ¿no?
- Veo que pensaste en todo.
Miliardo sonrió encantadoramente, asintiendo.
- Piénsalo, y me avisas para ver cuándo podemos hablar con mi tío.
- Si, eso haré.
- ¡Bien!- Miliardo se levantó, y volteó con él otra vez.- Oye, quería pedirte un favor.
- Dime.
- ¿Me leerías un cuento? O novela, o lo que sea.
Treize se extrañó al oír esa petición.
- ¿Bromeas?
- No, para nada. Es que me gusta escuchar cómo me lees… eh… cómo lees. ¿Podrías hacerlo? Por favor.
El mayor lo observó un momento, y sonrió nuevamente.
- Por ser tu cumpleaños, te leeré lo que me pidas.
- ¡Wow! Gracias. Ahora regreso.- El chiquillo corrió a la biblioteca, buscando algún libro de título interesante. Poco después regresaba con dos volúmenes, indeciso. Se sentó otra vez junto a Treize, mostrándoselos.- ¿Cuál me recomiendas?
- A ver, un clásico... y un contemporáneo. Dumas, y Humberto Eco. Ambos son interesantes. ¿qué prefieres, aventura y romanticismo, o un poco de relato detectivesco y acción?
- No he leído el de Eco. Mmmmmm, ese se escucha interesante.
- Lo es. Ponte cómodo entonces.- Treize se recostó en el sillón, y de pronto, el chico lo imitó, pero a su lado, cerca del libro que el mayor había ya abierto.- Mili, ¿qué haces?
- Me pongo cómodo. No quiero perderme nada de lo que digas.
- Eh... bueno, no creo que haya problema. Mientras quepamos aquí...
Y al tiempo que Treize leía, Miliardo lo observaba, fascinado no sólo por la facilidad con que fluían las palabras, sino por la forma como su boca atraía su atención.
------------------------- ----------------------------
Treize movió ligeramente al chico a su lado, y éste sólo refunfuñó algo que parecía un reclamo para no ser despertado.
No habían llegado a la mitad del libro, cuando el sueño lo venció. Y en algún momento inesperado, Miliardo se acurrucó en su amigo, incluso pasando un brazo sobre él, a la altura de la cadera. Con ese movimiento, Treize percibió una ligera excitación que crecía al grado que su imaginación empezaba a jugar con su líbido, y había decidido levantarse, dejando al chico acostado en el sillón. Pero al sentir que se movía, Miliardo también lo hizo, estrechando más el abrazo y eso provocó algo más que una reacción.
// Oh, no, no, no.... // Treize sintió que un cosquilleo daba inicio en su vientre, creciendo incesante al contacto con los brazos del chico aun sobre su ropa. //Khushrenada... tranquilo... tranquilo...// Y la lucha con su propio deseo se volvió feroz e inmisericorde.
- Mili...- Su voz salió en un debilitado susurro.- Suéltame.
- ....mmmmghgh.... un ratito.... mas....
- No, suéltame ya. Tengo que irme.- Sin embargo, esta vez no hubo respuesta.
Treize sujetó los brazos del chico, y con delicadeza lo hizo a un lado. Se levantó despacio, recorriendo a Miliardo hasta el respaldo del sillón para evitar que se cayera, mientras pensaba cómo tranquilizarse.
- Treize, no creí que te encontraríamos aquí a esta hora.
Al escuchar la voz de la señora Darlian en la puerta del salón, un fuerte rubor lo invadió. No podría darse la vuelta y verla, ya que era muy evidente que algo sucedía con él.
- S-señora Darlian, buenas noches... – Se las ingenió para tomar el libro que había estado leyendo y colocarlo frente a él, a una altura pertinente para ocultarse de la inquisitiva y muy perspicaz mirada de ella. Debía encontrar rápido el abrigo y cubrirse antes de que algo más ocurriera. Volteó entonces con ella, tratando de comportarse lo más natural posible.- E-estaba por irme... es que... no me di cuenta del paso del tiempo... y...
- Si, entiendo. ¿Dónde está Miliardo?
- E-en el sillón, dormido.- Sonrió nerviosamente, sujetando el abrigo y resguardándose con él mientras dejaba el libro.- Parece que logré arrullarlo.- Treize no supo descifrar la forma como ella lo escudriñaba en los momentos en que un incómodo silencio los envolvió. Decidió entonces apresurar la retirada.- Bueno... debo irme. Aun... eh... tengo tarea por terminar... Buenas noches, señora.
- Buenas noches, Treize. Que descanses.
Prácticamente salió huyendo de la casa de los Darlian, pero tuvo que detenerse a varias manzanas de ahí, debido a que lo embargó un fuerte ataque de risa y ansiedad por la presión a la que estuvo sometido frente a ella. Y todavía pasó un buen tiempo caminando al fresco de la noche, tranquilizándose antes de llegar a la casa de asistencia.
Ya en la habitación, seleccionó un compacto, y después de ponerlo en el aparato reproductor, se dejó caer en la cama, permitiendo que su pensamiento se relajara en el Canon de Bach, mientras recordaba lo que había sucedido en casa de los Darlian, y todo provocado por la cercanía de Miliardo.
Cerró los ojos, ruborizado nuevamente al aceptar la realidad de los hechos. Había dejado que su razón cediera a las sensaciones, y eso lo inquietaba demasiado.
Antes de caer en el sueño que lo rondaba, decidió aceptar la propuesta de Miliardo.
Y se percató entonces, en medio de una dulce somnolencia avivada por los suaves acordes que fluían a su alrededor, que el chico había dejado ya de ser sólo su amigo, para convertirse ahora en su debilidad, su rubia y hermosa debilidad.
-----------------------------------------------------------------------------
Si, sé que el prólogo hablaba de automovilismo y esas cosas, y por supuesto que vendrá, pero más adelante. Un poquito de paciencia. La historia me está costando un poco más que trabajo de lo que yo imaginaba.
Dejo otra vez el correo, en caso de que quieran desahogarse, abuchearme, insultarme, etc, etc. (sufridores anónimos me tiene como cliente ya, así que no hay problema) ^_^
E-milio elivaz@yahoo.com