Trébol de cinco hojas
por: Verónica
"Ran... Ran... Todo está
hecho”
Lentamente las conexiones que unían sus manos con el visor que amplificaba sus poderes, fueron desapareciendo. Su respiración escapaba en vahídos cansados y agitados.
"Ran... ¿Estás
bien...?”
-Sí, no te preocupes.
Dejó en la desordenada mesa, a un lado del monitor que reflejaba un rostro desvaneciéndose poco a poco, los guantes sin dedos. Se quedó por un momento recuperando las pulsaciones normales de la respiración. Cerró sus ojos, descansando la cabeza en el respaldo mullido del sillón. Desde que había huído de su jaula, había aprendido. Gingetsu lo dejaba solo casi todos los días. Ya estaba acostumbrado. A veces durante varios días seguidos porque no era de esperarse nada menos de un ocupadísimo teniente coronel y principal agente del consejo de magos. Se quedó allí y se durmió sin darse cuenta. Se despertó sobresaltado un rato después. No parecía que había caído la tarde. Negros nubarrones escondieron al sol durante todo el día. Seguía lloviendo. Hacía frío.
Desde abajo podía verse la silueta de alguien asomado detrás de uno de los tantos y amplios ventanales románicos. Una mancha oscura destacándose en las paredes de ladrillos rojos. Quieta. Sólo esperando. Un canto misterioso repercutía en toda la sala, propagándose por cada habitación.
"El tomar
tuyo de mi mano y mi mano que no la rechaza
Nuestros
caminos combinándose para convertirse en uno, como mentes mezcladas
profundamente, fuertemente, si nos mezclamos el uno con el otro.
Para nacer de
nuevo por mi causa
Para nacer de
nuevo en tus brazos"
Gingetsu regresó silenciosamente como siempre lo hacía. Lo escuchó limpiar las botas en el felpudo de la entrada, pero Ran ya lo sabía, lo presentía. Se volvió lentamente a mirarlo. La canción se detuvo.
Gingetsu no le habló. Ni un saludo, ni una palabra. Un poco de agua se escurría por el pelo claro.
-Enseguida te traeré una toalla... - ya comenzaba a dirigirse hacia los cuartos.
-No, no es necesario. Sólo es un poco de humedad- le dijo Gingetsu, repasando y tratando de acomodar los mechones apenas salpicados por la lluvia.
-¿Quieres comer algo...?
-No.
-Entonces traeré el té.
-Haz lo que gustes...
Ran se retiró para preparar la bebida. Cerrando la puerta, abandonándolo por un momento. Gingetsu se sentó en el amplio sofá con sumo placer. Estaba cansado. El trabajo y además, esas imágenes que se empeñaban en torturar su mente. Sobre él y Ran... Cada vez que lo veía observaba un nuevo cambio en él. Recordaba, tres años atrás cuando solamente era un precioso niño desvalido, solo en medio de la ciudad, en medio de la lluvia, con la ropa mojada y los infantiles pies descalzos... Tan desamparado... Recordaba la pequeña coleta que recogía su negro cabello despeinado hacia uno de los costados de su cara. Lo primero que le pidió, cuando ya sabía que se quedaría en su casa, fue que se la cortara y él le obedeció. ¡Cómo se había transformado en contados meses! ¡Cuánto había crecido! Frente a sus ojos, siempre vedados tras las gafas espejadas, veía y apreciaba a un guapísimo joven, todavía taciturno, pero aún hermoso. Más hermoso cada día. Y aunque florecía más su belleza, también cada día se marchitaba un poco más. Su cuerpo estilizado, delgadísimo, sólo abrigado por las ropas que él elegía, como una antigua muñeca, frágil y única, a la que había que tratar con manos suaves para que no se estropeara, a la que había que guardar aislada, para apartarla del polvo, para que no se manchara, para que permaneciera incólume e inmaculada. Le provocaba tantas sensaciones... Sin embargo, a pesar de todo, el rostro serio de Gingetsu no había variado ni modificado su expresión.
Ran trajo el servicio y le ofreció la taza. A la vez, se acomodó a su lado, sin hablar, para beber con ganas el té verde. Su mirada se hallaba perdida hacia la ventana, hacia el exterior.
-¿Por qué me miras así...?
Como sorprendido en falta, instantáneamente Gingetsu apartó sus ojos y apenas esbozó una mueca de lo que pretendía ser una sonrisa. Confuso y algo turbado ensayó unas palabras. De pronto se había puesto algo nervioso. ¡Él...! ¿nervioso?. Casi no podía creerlo. Sí, porque lo supo apenas lo conoció, pero los deseos silenciosos que habían surgido en él, se habían transformado poco a poco. Lo supo en aquel momento, y ahora lo tenía muy presente. Quería a alguien que diese significado a su vida. Nunca se lo había hecho notar pero, ciertas ansias, se apoderaban de él al ver a Kazuhiko junto a Oluha. ¡Cómo su camarada se había transformado ante aquel amor...! Y no era que codiciara a la bella mujer de su amigo, no, no, de eso estaba seguro. Nunca lo había imaginado siquiera, porque además... él... Y ahora Kazuhiko se había ido tan lejos. Y la hermosa Oluha, ya no volvería.
Noche tras noche, en silencio, al regresar tarde, lo contemplaba dormido. Y se quedaba allí durante horas, a su lado, de pie, cuidando su sueño. Admirando la calma en la cual descansaba, esa que le faltaba a él en las horas del día, al llegar la noche. Ya no tenía ningún instante de sosiego porque aquellos pensamientos no se alejaban de su mente... Carraspeó unas torpes palabras...
-Sólo pensaba... -manteniendo los ojos al frente, sin mirarlo.
-¿Y qué pensabas...?
-En cuánto has cambiado...
-¡Ahh...!
-...
-¿Y eso no te complace...?
-....
-Viviendo aquí, contigo, pretendiendo ser alguien que no soy, sabiendo que para ti soy sólo otra misión, nada más. Ahora puedo buscar mis propias respuestas para todas las preguntas que te incomodaron tanto cuando las hice y que te siguen incomodando... todavía.
-No digas eso...
-¿Es mentira acaso...? Te obligaron a que me cuidaras, más bien diría a que me vigilaras y controlaras, para evitar cometer algún acto que pudiera ir en contra del consejo. Sé muy bien que es por eso. Aunque de alguna forma, yo mismo empeñé mi palabra y dije que nunca, jamás intentaría alguna acción contra ellos... Que yo sólo...
-Ran,... basta. No me obligaron. Yo mismo propuse que te quedaras aquí...
-Sí, pero ¿bajo qué condiciones...? La de arriesgar tu propia vida...
-Ran... A mí, eso no me importa... Yo...
-Dime...
-Es que...
-Lo sé... no te preocupes...
-¿Lo sabes...?
-Sí es parte de mis habilidades, ¿recuerdas...? Puedo saber todo lo que concierne a un trébol de dos hojas. Un trébol con una hoja de diferencia sobre su antecesor puede hacer eso. Igual que Suu supo cosas de mí que ni yo mismo sabía, ella el trébol más poderoso, la trébol de cuatro hojas...
Con un movimiento de su mano, a la distancia, hizo que comenzara a funcionar automáticamente la caja que reproducía la voz de Oluha. La pequeña estatua metálica con la cara del hada de los largos cabellos que vivió en la mente de Suu, y que ahora era real, cantando con los ojos cerrados... Y la voz sobrenatural, continuó con la canción...
"Para
nacer de nuevo por tu causa.
Para volver la
dicha de nuestro encuentro en una suave luz.
A la partida
que seguramente vendrá en sofocante lluvia
Como la pequeña
flor añil que florece delicadamente
Para nacer de nuevo en tus brazos."
-Supongo que luego de vivir contigo he aprendido a sentir... Sin quererlo, tú me has enseñado. Porque como tú mismo lo has dicho he crecido y yo... Sé todo lo que mi hermano sabe, siento todo lo que siente y... yo... y él... Ya no es lo que más amo. Y tengo miedo por sus últimas palabras... - no dijo nada más. Se quedó allí en silencio. Dejó la taza vacía en la mesita, junto a la bandeja- ¿No me preguntas nada...?
No le respondió, ni lo miró. Impasible como siempre, Gingetsu continuó sentado.
-Será mejor que me retire.
Se puso de pie y comenzó a marcharse, pero Gingetsu lo detuvo tomándolo de un brazo... Lo enfrentó con una marcada expresión de tristeza, ¿acaso Gingetsu no había entendido...?
Ran se inclinó para mirarlo de cerca, para adivinar cuál era la expresión de esos ojos ocultos. Tomó su rostro entre sus manos y lo acarició, buscando a través del visor espejado. Presionó sus labios delgados, apenas apretándolos contra la boca del teniente coronel.
-¿Es esto lo que deseabas...?
Gingetsu, gratamente sorprendido, correspondió apenas al candoroso beso. Moviendo suavemente los labios cerrados. De a poco lo acercó a su cuerpo. Atrapó entre sus manos el rostro de Ran y se unió fuertemente para explorar con ganas esa boca pequeña. Lo hizo acomodarse sobre él y se mantuvieron abrazados por un momento. Ran apoyó con ternura su cabeza en el hombro de Gingetsu para hablarle al oído, pero no dijo nada, se quedaron quietos. En ese instante fue que sus pensamientos se confundieron.
Ran, con un leve movimiento de su dedo, hizo que la puerta de su cuarto se abriera. Gingetsu lo levantó y lo llevó en sus brazos. Ran le habló apenas susurrando.
-¿Y los magos... qué pasará con ellos... qué pasará con nosotros...? No quiero que vuelvan a lastimarte por mi culpa. Ni ellos, ni mi hermano.
-No te preocupes... Olvídate de todo...
Lo sabía. Era más que deseo, había más que una necesidad física. Era el derecho de pedir y entregar, equilibrar la fuerza con la fragilidad, era más que piel contra piel. Dos espíritus y dos almas, uniéndose. Era el humano sentimiento de amar y ser amado y de sentirlo de todas las formas posibles.
Ran se hallaba sentado sobre él, rodeándolo con sus piernas, mientras se besaban. Luchó por unos instantes, desabrochando botones, abriendo hebillas, descorriendo cinturones. Pudo conseguir por fin, librarlo de ese envoltorio molesto e inoportuno que era el uniforme militar. Gingetsu esperaba y lo contemplaba ruiseño, aunque no lo ayudaba de ninguna forma. La tarea era sumamente excitante y seductora. Las lustrosas botas militares de caña alta, descansando en contraste con las zapatillas blancas, dobladas como chinelas, ambos pares caídos en el suelo, al azar. La sencilla remera y el pantalón oscuro con el aroma de Ran, pronto formaron parte del pequeño montículo que era la ropa de los dos. Sólo piel y anhelos entre los dos. Sólo eso. Besos fogosos con gusto a lujuria, enredando dos almas, además de los alientos.
Lentamente Gingetsu fue moviéndose, bajando por su pecho blanco, lamiendo con cuidado cada porción de piel, se deslizaba muy lentamente hasta que Ran quedó sentado a la altura de su cabeza. Comenzó a besar el sexo que chocaba con su cara, acariciando con la nariz los testículos y con la lengua comenzó a recorrer el miembro. Ran gimió al sentir la cálida y húmeda caricia. Inconscientemente se tomó de los barrotes del respaldar de la cama, enloqueciendo. Lentamente su sexo fue creciendo y finalmente Gingetsu lo tomó en sus labios, para encerrar la rígida carne. Se movió unas veces saboreando la quemante porción de piel. Ran emitió un pequeño grito y un largo suspiro, ya no pudo contenerse y comenzó él mismo a buscar su propio ritmo. Lo penetraba por la boca y además sentía los dedos de Gingetsu perderse por la íntima entrada. Mientras se movía en él al balancearse, a su vez podía sentir cómo bailaban los dedos acompañando los movimientos. Al aumentar el compás rítmico, instintivamente supo que estaba cerca del fin e intentó librar a Gingetsu, se daba cuenta que se le dificultaba la oxigenación, pero aquel no se lo permitió, sujetó sus glúteos aún con más fuerza para permitirle seguir... Estaba mareado, sentía la caliente respiración en su vientre, la ardiente demanda insatisfecha de su sexo y su propia respiración acelerada. Se aferró con violencia a la cabeza de Gingetsu, atrapando y tironeando los plateados cabellos. Sintió cómo el alivio salía de su miembro, cómo el orgasmo lo hacía temblar aún sobre su cuerpo. Inmediatamente lo dejó libre y se pegó a él abrazándolo, permitiéndole recuperarse de la agitación, de la respiración entrecortada. Lo besaba otra vez lentamente, con besos diminutos, por toda su espalda, respirando el dulce aroma de su pequeña ave azul, disfrutando de la suavidad de su piel. Recorría con la mano acariciando con las puntas de sus dedos, los brazos blancos, las largas piernas, apenas rozándolos. Bajó otra vez, para darle esa placentera y mojada tortura, el remover de una lengua cálida en el rincón oculto de su cuerpo, su pecho delgado había comenzado a agitarse otra vez, su piel se estremecía con cada intromisión que debilitaba los pliegues tiernos que comenzaban a ceder.
No dejó que continuara, se volteó buscando su boca, para tomar sus labios con desesperación. Sus manos se movían también por el ancho pecho, en el trabajado abdomen con los músculos perfilados, en el sexo... Y no sólo sus manos, inmediatamente la boca de Ran saboreó la vibrante excitación que se erguía entre las piernas de Gingetsu. La saliva resbalaba brillante, llevada de arriba hacia abajo por los labios de Ran.
Gingetsu no pudo evitar un gemido de placer total. Su protegido sabía cómo tratarlo.
-¡Ahhh...!
Se detuvo un momento en su tarea y posó sus ojos en la mirada clara y ardiente.
-¿Acaso no te complace...?
-Haz lo que gustes...
-Cuando estás de acuerdo conmigo, me dices lo mismo... desde el primer día que me trajiste aquí, a tu casa.
Gingetsu lo tomó suavemente de la cabeza y lo alzó hasta tocar los labios con los suyos propios. Un beso posesivo y profundo.
-Siéntate aquí- Ran sorprendido le obedeció. Se colocó sobre el musculoso vientre, donde podía sentir el contacto del sexo erecto. Colocó sus manos expectantes, apoyándolas en el poderoso pecho de Gingetsu. Éste corrió su mano derecha y tomó su erección, moviéndola entre medio de los glúteos de Ran. Al mismo tiempo, abría con la otra mano para poder hacerse sitio. Ran gimió. Gingetsu se detuvo. Mojó los dedos en la boca de Ran, y luego los bajó para tocarlo, para explorar su intimidad con ellos, acostumbrándolo a la invasión. A pesar del cuidado con que lo acariciaba, una sombra de dolor se adivinaba en su cara. Continuó hasta que la expresión casi desapareció. Ya no podía soportar más, su cuerpo pedía la unión con Ran. Y lo hizo. De a poco movió otra vez su miembro erecto y muy, muy despacio empujó apenas entrando. El joven trébol gritó y con desesperación clavó sus uñas en la piel desnuda dejando surcos en el par de bien formados pectorales. Gingetsu se detuvo. Esperó. Y comenzó otra vez... Un dolor silencioso coloreaba su blanco rostro y los ojos se humedecían, abría su boca buscando el aire que se consumía por la pasión. Y lo dejó, para que Ran por si mismo condujera el placer.
Estiraba sus manos para tocar suavemente, recorriendo su espalda y deteniéndose en el hombro izquierdo donde adivinaba la marca del trébol, donde decía la verdad de Ran, donde decía que antes había sido C y que aún lo era. Mientras lo veía agitarse sobre él, cerrados los ojos, variando constantemente las expresiones del rostro, ya de dolor, mordiéndose los labios, ya de placer, sonriendo y estremeciéndose. Gimiendo suavemente. Correspondiendo a la suave caricia en su hombro, Ran tomó la mano izquierda de Gingetsu y besó y lamió la muñeca que reflejaba la imagen de su condición de trébol de dos hojas. Gingetsu, se aferró al cuerpo sudoroso y lo sujetó, los brazos de Ran lo rodearon para sostenerse. Con todo cuidado dejó su cuerpo para acostarlo lo más suavemente que pudo aunque aún así, Ran gimió, se dobló hacia el pecho delgado y buscó sus labios para besarlo con brusquedad, para enredar su lengua a esa otra de dulce sabor. Irguió su torso y con toda calma volvió a entrar en su cuerpo... muy suavemente, despacio, disfrutando de la oposición natural del cuerpo de Ran, y que éste trataba de menguar, venciéndola, notándolo totalmente a gusto, viéndolo mientras ceñía sus manos tomándose de sus anchos hombros, nuevamente unidos, nuevamente suyo. Dándole placer, y pidiéndole el propio. Buscando el mutuo alivio en un balanceo furioso... y encontrándolo.
No eran sólo dos cuerpos amándose. La peligrosa y maravillosa cohesión que tanto temían los magos se había consumado al fin. Como nunca antes, cinco resultaba ser la sumatoria más absolutamente exacta en la complementariedad de aquellos dos seres. No había oposición ni razón que pudiera detenerlos. ¿Podía ser sublime esa unión...? ¿Y, por qué no...? ¿Y había poesía en sólo gemidos y suspiros...? Sí, la había.
***
Gingetsu se despertó y no lo vio a su lado. Estaba de pie, frente a la ventana, mirando la ciudad. De pie, desnudo. Su gentil forma iluminada, su piel, negada al sol, a la brisa fresca, a la humedad de la lluvia, refulgía aún más que la luna llena, destellando apenas.
Gingetsu se levantó lentamente, y se aproximó a él. Lo rodeó con sus brazos, envolviéndole.
-¿No tienes frío? - le preguntó agachando su cabeza hasta la altura de la de Ran y descansando en su hombro.
Ran no respondió, aceptó el gesto de cariño, correspondiendo con sus manos, recostándose en el cálido pecho.
-Aquel día, también llovía...
-¿Qué día...?
-Cuando nos conocimos, cuando me encontraste...
Silencio.
-Cuando ya no éramos tres. El día que dejé a A, mi hermano gemelo y fratricida, y abandoné mi jaula...
Silencio.
-Y después me diste mi nombre...
Silencio.
-Y ahora tengo miedo... Miedo de mi hermano, miedo de los ancianos... ¿Te lo dijeron verdad...? Yo lo sé... el día se acerca... rápidamente...
-Sí... - respondiéndole, lo abrazó con más fuerza.
¿Por qué crear a los tréboles...?¿Por qué existían...? El trébol de dos y tres hojas... ¿Por qué fueron destruidos el de una hoja, la hermosa Oluha y también la pequeña Suu...? ¿Por qué...? ¿Acaso los magos iban a permitir ese amor...?
¿Cuánto tiempo quedaba...?
Ahora la luz estaba encendida, y lo alumbraba y brillaba por él. Porque había renacido en unos brazos cálidos. Había vuelto a nacer, por segunda vez, en los brazos de Gingetsu.
-Tú encendiste esa luz para mí - Ran lo veía de frente, elevando su cabeza hasta la altura de los ojos de Gingetsu.
-No, tú lo hiciste para mí... - había ternura, admiración, amor en sus palabras.
Se vieron sólo dos sombras que se volvían una, a contraluz de los vidrios llovidos.
¿Cuánto tiempo quedaba aún...? No importaba.
El trébol de tres hojas, ahora tenía un dueño.
05/2003